Casa Reykov

El hombre sin patria

Capítulo I

El hombre sin patria

Moscú recibió a Santiago Reyes con nieve, un idioma que no entendía y la certeza de que no podía volver atrás.

Tenía dieciocho años, una maleta demasiado pequeña para toda una vida y un pasaporte que, por primera vez, le parecía más importante que cualquier otra cosa que poseía. Había salido de México con la sensación de que alguien había cerrado una puerta detrás de él. No sabía quién había dado la orden, quién había creado las acusaciones que terminaron envolviendo a su familia ni por qué hombres demasiado poderosos parecían interesados en que desapareciera. Solo sabía lo que le habían repetido antes del vuelo: quedarse era peligroso.

No se consideraba un fugitivo. Tampoco un criminal. Pero durante las primeras semanas en Rusia descubrió que las diferencias jurídicas importaban poco cuando uno no tenía dinero, contactos ni un lugar al cual regresar.

Alquiló una habitación diminuta en las afueras de Moscú. Trabajó donde pudo. Cargó cajas, limpió bodegas, hizo traducciones improvisadas para turistas latinoamericanos cuando su ruso empezó a mejorar y aprendió a comer barato. Cada noche copiaba palabras nuevas en un cuaderno negro.

En la primera página escribió cinco líneas:

"No confiar en nadie."

"Aprender ruso."

"Conseguir dinero."

"Descubrir qué ocurrió realmente."

La quinta tardó varios días en aparecer:

"No convertirme en aquello de lo que estoy huyendo."

En una librería de segunda mano encontró una edición bilingüe de El arte de la guerra. Había leído fragmentos en México, pero en Moscú comenzó a estudiarlo como si fuera un mapa. No le interesaban las batallas. Le interesaba la forma en que una persona podía perder antes de saber que había empezado el conflicto.

Una noche, después de salir tarde de un restaurante donde había conseguido trabajo temporal, escuchó voces elevadas en un callejón lateral. Su primera reacción fue seguir caminando. La segunda fue observar.

Dos hombres discutían con un tercero junto a un automóvil oscuro. No comprendió todas las palabras, pero sí el tono. Uno estaba furioso. El otro intentaba tranquilizarlo. El tercero, un hombre de cabello gris y abrigo negro, permanecía completamente quieto.

Santiago no sabía quién era. Solo vio algo que le resultó extraño: el hombre aparentemente amenazado era el único que no tenía miedo.

Cuando uno de los otros dos levantó demasiado la voz, aparecieron dos figuras desde la calle. La discusión terminó sin golpes. Sin disparos. Sin espectáculo.

El hombre del abrigo negro miró a Santiago.

"¿Entendiste algo?", preguntó en ruso.

Santiago respondió con su vocabulario todavía imperfecto.

"Lo suficiente para saber que usted no era quien estaba perdiendo."

El hombre lo observó varios segundos.

"Mexicano."

No era una pregunta.

"Sí."

"Tu ruso es malo."

"Está mejorando."

Una sonrisa mínima apareció en el rostro del desconocido.

"Eso dicen todos los que todavía hablan mal."

Se llamaba Mikhail Volkov.

Santiago lo descubrió diez minutos después, cuando el hombre le ofreció llevarlo porque la nieve comenzaba a empeorar. Santiago se negó primero. Mikhail no insistió.

Eso fue precisamente lo que consiguió que aceptara.

Dentro del automóvil, Mikhail vio el libro que sobresalía de la mochila.

"Sun Tzu."

"Sí."

"¿Quieres aprender a ganar guerras?"

Santiago miró por la ventana.

"Quiero aprender por qué la gente las pierde."

Mikhail giró ligeramente hacia él.

"¿Por qué?"

Santiago tardó.

"Porque perder me trajo hasta aquí."

No hubo más preguntas.

El automóvil no lo llevó a su habitación. Mikhail le preguntó si había cenado. Santiago mintió. Mikhail lo supo.

Una hora después estaba sentado en una mesa demasiado grande, rodeado por una familia rusa que no tenía ninguna razón para recibirlo.

Yelena Volkov fue la primera en tratarlo como si el frío que llevaba encima fuera un problema personal. Le sirvió comida antes de preguntarle nada.

Nikolai, el segundo hijo, habló demasiado rápido incluso después de descubrir que Santiago apenas comprendía la mitad.

Anastasia observaba más de lo que decía.

Dmitri, el mayor, no intentó ocultar su desconfianza.

"¿Dónde lo encontraste?", preguntó a su padre en ruso.

Santiago entendió la frase.

Mikhail respondió:

"No lo encontré. Estaba mirando."

Dmitri miró a Santiago.

"Eso puede ser peor."

Nikolai soltó una carcajada.

La cena terminó sin que nadie le preguntara exactamente por qué había salido de México. Santiago lo agradeció.

Antes de marcharse, Mikhail le ofreció un trabajo menor de traducción y apoyo con clientes latinoamericanos.

"No es caridad", aclaró.

Santiago sostuvo su mirada.

"No la aceptaría si lo fuera."

"Bien."

Cuando volvió a su habitación, abrió el cuaderno.

Debajo de todas las reglas escribió una sola palabra:

"Volkov."

No sabía todavía que aquella palabra terminaría convirtiéndose en apellido.

Mucho menos que un día tendría que aprender a vivir después de perderlo todo.