Casa Reykov

La mesa de los lobos

Capítulo II

La mesa de los lobos

El primer trabajo de Santiago con los Volkov parecía sencillo: acompañar una reunión con un empresario mexicano llamado Carlos Mendoza y traducir ciertos matices que el intérprete habitual de Mikhail no dominaba.

Santiago llegó treinta minutos antes.

Mikhail llegó cinco.

"¿Nervioso?", preguntó.

"Sí."

"Bien. La gente demasiado tranquila antes de algo importante normalmente no entiende lo que está en juego."

La negociación empezó mal.

Mendoza insistía en modificar precios. Dmitri respondía con cifras. Los asesores hablaban de márgenes y costos. Santiago traducía, pero algo no encajaba.

Mendoza repetía ciertas palabras: respeto, posición, autoridad. Cada vez que Dmitri justificaba una propuesta con números, el mexicano endurecía la postura.

Durante una pausa, Mikhail preguntó:

"¿Qué ves?"

Santiago pensó que era una prueba.

"No está peleando por dinero."

Dmitri levantó una ceja.

"Claro que está peleando por dinero."

"No principalmente. Cree que si acepta delante de sus socios parecerá débil."

Mikhail no dijo nada.

Santiago continuó:

"Si el acuerdo cambia de forma para que pueda presentarlo como una decisión suya, probablemente aceptará pagar más."

Dmitri parecía a punto de rechazar la idea.

Mikhail dijo:

"Probemos."

La propuesta final aumentó el precio once por ciento, pero dio a Mendoza un contrato de volumen garantizado durante veinticuatro meses y suficiente control sobre la presentación pública del acuerdo para que pudiera venderlo como una victoria.

Aceptó.

Santiago salió de la reunión sintiéndose invencible durante aproximadamente siete minutos.

Mikhail se encargó de corregirlo.

"Tuviste razón."

"Sí."

"Eso es peligroso."

Santiago frunció el ceño.

"¿Tener razón?"

"Creer que porque entendiste a un hombre hoy entenderás al siguiente mañana."

Mikhail se detuvo junto al automóvil.

"Observar no significa adivinar, Santiago. Una primera impresión es una hipótesis. No un hecho."

Esa noche Santiago añadió otra línea al cuaderno:

"Hechos antes que hipótesis."

La relación con los Volkov creció lentamente.

Yelena corregía su ruso mientras fingía no hacerlo. Nikolai lo arrastraba a conversaciones y reuniones familiares. Anastasia comenzó a prestarle documentos para que entendiera las empresas legítimas de la familia. Dmitri continuaba desconfiando, aunque dejó de tratarlo como una presencia temporal.

En su cumpleaños diecinueve, Yelena decidió cocinar tacos.

El resultado fue un crimen gastronómico.

Santiago observó la tortilla demasiado gruesa, el relleno excesivamente dulce y algo que definitivamente no debía estar allí.

"¿Qué?", preguntó Yelena.

Santiago buscó una respuesta diplomática.

Nikolai probó uno. "Está horrible."

Yelena lo golpeó con una servilleta.

Santiago empezó a reír.

Fue una risa inesperada.

Hacía meses que no se reía así.

Aquella noche comprendió algo que le produjo más miedo que cualquier amenaza recibida en México:

Estaba empezando a sentirse en casa.

Mikhail lo llevó después a la biblioteca.

Era enorme. Dos niveles. Mapas. Libros en ruso, inglés, francés, alemán y otros idiomas que Santiago ni siquiera reconocía.

"Si vas a trabajar conmigo, necesitas aprender algo más que ruso."

Mikhail señaló distintos estantes.

Sun Tzu.

Napoleón.

Maquiavelo.

Gengis Kan.

Clausewitz.

Historia económica.

Diplomacia.

Psicología.

Propaganda.

Santiago tomó un volumen sobre Napoleón.

"Todo el mundo estudia Austerlitz", dijo Mikhail.

"¿Y usted?"

"Moscú."

Santiago sonrió.

Mikhail no.

"Nunca estudies solamente cómo ganó alguien. Estudia también por qué dejó de ganar."

La frase terminó en el cuaderno esa misma noche.

También comenzaron a jugar ajedrez.

Santiago atacaba demasiado pronto.

Perdía casi siempre.

Después de una derrota especialmente humillante, Mikhail señaló una pieza que Santiago había sacrificado tres movimientos antes.

"Estabas tan preocupado por atacar al rey que dejaste de ver el tablero."

"Pensé que podía terminar rápido."

"La prisa es una forma elegante de permitir que otro hombre decida tu ritmo."

Santiago miró el tablero.

Otra lección.

Otra línea.

Semanas después, Mikhail le entregó un libro viejo.

Era una edición anotada de El arte de la guerra.

Las notas estaban escritas a mano en ruso.

"Era de mi padre."

Santiago no lo tomó inmediatamente.

"No puedo aceptar esto."

"Puedes."

"¿Por qué?"

Mikhail lo observó.

"Porque los libros solo sirven si alguien continúa discutiendo con ellos."

Santiago lo recibió con ambas manos.

Fue el primer objeto Volkov que sintió como algo más que prestado.

Pero Mikhail no había terminado.

"La mente sirve poco si el cuerpo deja de obedecerte cuando tienes miedo."

Santiago levantó la mirada.

"¿Qué significa eso?"

Nikolai apareció en la puerta sonriendo demasiado.

"Significa que mañana conocerás a Alekséi."

Santiago miró a Mikhail.

"¿Quién es Alekséi?"

Nikolai respondió antes:

"Alguien que hará que extrañes México."