Capítulo XVI
El otro lado del mar
El Mediterráneo parecía pequeño desde un mapa.
Ximena insistía en que esa era una de sus características más peligrosas.
"España, Marruecos e Italia caben en una mesa", dijo. "Eso no significa que quepan en
nuestra capacidad."
Santiago apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.
"No estamos abriendo tres operaciones."
"Todavía."
"Estamos conociendo gente."
"Napoleón también conocía gente."
Nikolai levantó la mirada.
"¿Utilizas a Napoleón para todas las discusiones?"
Ximena respondió:
"Solo cuando Santiago se pone creativo."
El primer viaje fue Marruecos.
Mateo Cabrera había hablado con Idris El-Mansouri antes de ellos. No lo presentó
como amigo. Tampoco como aliado. Simplemente informó que Rafael Valcázar había
dejado de ser la persona detrás de determinadas relaciones y que una nueva Casa
intentaba entender qué debía conservar.
Idris aceptó una conversación.
Era un hombre de más de sesenta años, elegante sin ostentación, que hablaba como si
nunca tuviera prisa. Rafael había escrito junto a su nombre:
"Influencia real. Nunca subestimarlo. No deberle demasiado."
Santiago recordó la última frase durante toda la reunión.
Idris no preguntó cuánto dinero tenía Reykov.
Preguntó cuánto pensaba durar.
"No lo sé", respondió Santiago.
"Mala respuesta."
"Es la única honesta."
Idris sonrió.
Hablaron de empresas, de agricultura, de puertos sin entrar en detalles innecesarios,
de relaciones comerciales que habían sobrevivido a generaciones de familias distintas.
Idris mencionó puertas que antes abría para los Valcázar.
Santiago respondió:
"Yo prefiero saber quién tiene la llave."
Idris inclinó ligeramente la cabeza.
"Algunas puertas tienen más de un dueño."
Ximena no escribió nada durante varios segundos.
Después, fuera de la reunión, dijo:
"No me gusta."
"¿Idris?"
"La dependencia potencial."
"No aceptamos nada."
"Bien."
"Pareces decepcionada de no poder decir te lo dije."
"Siempre puedo esperar."
De Marruecos fueron a Italia.
Nikolai insistió en acompañarlo.
Santiago intentó negarse.
Nikolai no permitió que terminara la primera frase.
"No soy equipaje roto."
La frase cerró la discusión.
Alessandro Bellandi los recibió en una propiedad discreta. Era menos teatral de lo que
Santiago esperaba y más paciente de lo que Ximena consideraba cómodo.
El italiano observó a Nikolai durante demasiado tiempo.
"Volkov."
Nikolai respondió:
"Reykov."
Bellandi sonrió.
"Eso todavía estoy intentando entender."
Durante la conversación hizo una pregunta que no tenía nada que ver con contratos.
"Mikhail Volkov era tu padre. ¿Y ahora permites que este hombre dirija?"
Nikolai no miró a Santiago.
"Mikhail lo eligió como hijo. Yo lo elegí como hermano."
"Eso no responde."
"Sí responde. Solo que no es la respuesta que querías."
Bellandi sonrió otra vez.
No encontró grieta.
La primera relación comercial fue limitada a propósito. Nada que pudiera convertir a
ninguno en indispensable para el otro. Ximena insistió en que el objetivo no era ganar
mucho, sino comprobar comportamiento.
Ambas partes cumplieron.
Y después Reykov hizo algo que sorprendió a sus nuevos contactos.
Se detuvo.
Durante meses no abrió otro país.
Santa Aurelia se convirtió en centro de consolidación.
Las empresas legítimas empezaron a cubrir una proporción creciente de los costos de
la Casa. Ximena reorganizó funciones para que ninguna compañía dependiera de un solo
administrador. Samir convirtió seguridad en rutina, no en espectáculo. Nikolai avanzó en
su recuperación hasta que el bastón comenzó a permanecer más tiempo apoyado contra
las paredes que en su mano.
Santiago aprendió algo que Mikhail nunca había logrado enseñarle completamente:
construir también significaba no moverse.
Mateo Cabrera llegó una tarde con una advertencia.
"Empiezan a preguntar quiénes son."
Santiago no levantó la mirada de un informe.
"Eso era inevitable."
"Hay rumores de un ruso."
Nikolai sonrió.
"Somos discretos."
Ximena lo miró.
"Tú eres rubio, ruso y cojeas. No eres exactamente anónimo."
"Qué cruel."
Cabrera continuó:
"Nada llega a Rusia. Todavía. Pero el apellido Volkov ha aparecido en
conversaciones."
La sala perdió parte del humor.
Santiago preguntó:
"¿Viktor?"
"No he escuchado su nombre."
Ximena intervino:
"Entonces no lo inventamos nosotros."
Santiago asintió.
Viktor descubriría que estaban vivos algún día.
La pregunta era qué encontraría cuando llegara ese momento.
Una noche, nueve meses después de la primera conversación con Bellandi, el italiano
llamó.
"Tengo personas interesadas en Colombia."
Santiago permaneció callado.
Bellandi añadió una palabra que cambió el tono.
Cocaína.
Santiago apoyó el teléfono sobre la mesa durante unos segundos antes de responder.
"Reykov no va a convertirse en una casa cuyo negocio principal sea mover drogas."
"No dije principal."
"Yo sí."
Bellandi rió ligeramente.
"Entonces solo conoce a la persona."
"¿Quién?"
"Esteban Salazar."
Ximena investigó durante dos días.
Salazar era colombiano, alrededor de cincuenta años, calmado, poco dado a aparecer
públicamente. No necesitaba compradores nuevos. Eso, paradójicamente, lo hacía más
interesante y más peligroso.
Santiago dijo que podían estudiar una relación limitada.
Ximena lo miró.
"¿Solo estudiar?"
"Solo estudiar."
"Quiero escuchar que no vas a convertir Reykov en un experimento continental."
"No voy a convertir Reykov en un experimento continental."
Nikolai apareció en la puerta.
"¿Qué hicieron ahora?"
Ximena respondió:
"Colombia."
Nikolai miró a Santiago.
"¿Napoleón?"
"Ya empezó."
La siguiente discusión fue sobre transporte.
Santiago propuso crear una compañía internacional de logística que fuera legítima por
sí misma, capaz de funcionar con agricultura, exportaciones y clientes normales aunque
cualquier relación clandestina desapareciera. No debía existir únicamente para servir a
una oportunidad oscura.
Ximena aceptó con una condición:
"Si alguna parte legal depende de la ilegal para sobrevivir, paramos."
Santiago asintió.
En determinados documentos comerciales utilizó la máscara pública de S. R. Vega. No
como una segunda vida, sino como una separación entre el hombre y algunas funciones
comerciales.
Meses después, la compañía operaba de verdad.
Solo entonces aceptaron la presentación de Bellandi.
Colombia no era todavía un nuevo territorio.
Era una conversación.
Pero cuando Santiago vio el itinerario, algo cambió.
México quedaba mucho más cerca.
No geográficamente solamente.
Culturalmente.
Lingüísticamente.
Emocionalmente.
Ximena observó el mapa.
"Estamos mucho más cerca de nuestra tierra."
Santiago no respondió.
"No digas eso."
"¿Por qué?"
"Porque todavía no sé si puedo volver."
Ximena cerró el mapa.
"Entonces quizá sea momento de descubrirlo."
Santiago miró hacia la ventana de Santa Aurelia.
Años atrás había salido de México creyendo que lo habían expulsado.
Ahora, al otro lado del mar, un hombre llamado Esteban Salazar estaba a punto de
abrir una puerta que Santiago había mantenido cerrada durante casi toda su vida adulta.