Casa Reykov

El apellido que regresó

Capítulo XVII

El apellido que regresó

Santiago volvió a escuchar español latinoamericano en cuanto salió del aeropuerto.

No era el español de España.

Era más rápido, más cercano y, de una manera que no esperaba, más peligroso para su

memoria.

Colombia le devolvió sonidos que había guardado sin darse cuenta. Vendedores.

Familias hablando demasiado fuerte. Comida que olía a algo anterior a Rusia. Ximena lo

observó durante el trayecto.

"Estás callado."

"Estoy escuchando."

"Eso también haces cuando estás preocupado."

Santiago miró por la ventana.

"Hace años que no estaba tan cerca de México."

Salazar tardó dos días en recibirlos.

Ximena interpretó la demora como una prueba de paciencia. Santiago decidió no

regalarle una reacción.

El tercer día viajaron a una propiedad rural.

Esteban Salazar resultó mucho menos impresionante de lo que los rumores sugerían.

No tenía necesidad de demostrar autoridad. Eso bastó para que Santiago lo tomara en

serio.

La primera hora fue deliberadamente aburrida.

Logística legítima.

Productos agrícolas.

Relaciones comerciales.

Capacidad de cumplir sin convertir a ninguna parte en dependencia.

Después almorzaron.

Salazar observó el rostro de Santiago durante demasiado tiempo.

Finalmente dijo:

"Tu cara me resulta familiar."

Santiago dejó el vaso.

"¿Nos hemos visto?"

"No."

Salazar siguió mirándolo.

"Eres mexicano, ¿cierto?"

"Sí."

"¿De dónde?"

Santiago dudó una fracción de segundo.

"Michoacán."

Salazar dejó de comer.

"¿Tu apellido?"

Podía responder Vega.

Podía mantener distancia.

Eligió la verdad.

"Reyes."

El cambio fue inmediato.

Salazar se recostó.

"Conocí a unos Reyes de Michoacán."

Santiago sintió que Ximena dejaba de respirar al mismo tiempo que él.

"¿A quién?"

"Alejandro Reyes."

El mundo se estrechó.

"Era mi padre."

Salazar lo observó como si acabara de aparecer un muerto en la mesa.

"Alejandro nunca dijo que tenía un hijo."

"Eso parece una costumbre familiar."

La conversación dejó de ser comercial.

Salazar contó lo que sabía y, más importante, lo que no sabía. Había hecho negocios

con Alejandro. No había sido su jefe ni su empleado. Eran socios en asuntos

determinados. Alejandro participaba en negocios ilegales, pero poco antes de

desaparecer había comenzado a hablar de salir.

"¿Salir de qué?" preguntó Santiago.

"De todo lo que pudiera alcanzar a su familia."

Un recuerdo regresó.

Santiago tenía diecisiete años.

Una puerta mal cerrada.

La voz de Alejandro:

"No podemos seguir así."

Otra voz respondió:

"Ya estás dentro."

"Eso no significa que tenga que quedarse mi familia."

"Tu familia ya existe."

"Mi hijo no tiene nada que ver."

Silencio.

"Entonces mantenlo lejos."

Santiago regresó a la mesa.

"¿Mi padre murió?"

Salazar tardó.

"Eso escuché."

"No fue lo que pregunté."

"Nunca vi un cuerpo."

Santiago apretó las manos.

"¿Mi familia?"

"Escuché que otros Reyes desaparecieron. Nada más."

Ximena intervino:

"¿Cuándo fue la última vez que habló con Alejandro?"

"Poco antes de perder contacto. Estaba asustado."

Santiago negó.

"Mi padre no se asustaba fácilmente."

Salazar lo miró.

"Eso es lo que lo hacía preocupante."

Otro recuerdo.

Alejandro entrando a su habitación.

Las manos sobre sus hombros.

"Si alguna vez alguien te dice que tienes que irte, te vas."

Santiago adolescente había reído.

"¿Por qué?"

Su padre no.

"Porque puede llegar un día en que ser un Reyes sea suficiente para que alguien

quiera hacerte daño."

"Eso suena dramático."

"Prométemelo."

Santiago había prometido.

Años después, alguien le dijo que debía irse.

Y se fue.

De regreso al hotel, Ximena abrió una libreta nueva.

"Hechos."

Santiago permaneció junto al balcón.

"Alejandro hizo negocios con Salazar."

"Hecho."

"Quería salir."

"Según Salazar. Todavía no hecho independiente."

Santiago la miró.

"Estás disfrutando esto demasiado."

"No. Estoy evitando que construyas una teoría porque quieres una respuesta."

Continuaron.

Muerte de Alejandro: rumor, no confirmada.

Desaparición de otros Reyes: rumor.

Santiago salió de México aproximadamente en la misma época.

Ximena cerró el bolígrafo.

"Hay una diferencia entre expulsión y evacuación."

Santiago la miró.

"Expulsión significa que alguien quería que salieras. Evacuación significa que alguien

quería salvarte."

"No sabemos cuál."

"Exactamente."

Más tarde, ella salió al balcón.

"Estamos muy cerca de nuestra tierra."

"No digas eso."

"Santiago."

Él apoyó las manos sobre la baranda.

"Después de México, Mikhail fue el primero que me dio una casa. Después los Volkov.

Después todo se cayó otra vez."

"Y construiste Santa Aurelia."

"Sí."

"¿Cuánto tiempo más vas a posponer esto?"

Santiago tardó.

"Creo que ese plazo acaba de terminar."

No significaba viajar inmediatamente a Michoacán.

Precisamente lo contrario.

Antes necesitaba saber a quién podía despertar regresando.

Salazar pidió una segunda reunión antes de que se marcharan.

Esta vez no habló de negocio.

Le entregó una fotografía vieja.

Alejandro Reyes aparecía más joven, junto a Salazar y otros hombres.

Santiago sostuvo la imagen con cuidado.

"Hay otra cosa", dijo Salazar.

"¿Qué?"

"Un nombre."

Santiago levantó la vista.

"Héctor Barragán."

"¿Quién es?"

"Mexicano. Michoacán. Fue una de las últimas personas que recuerdo reuniéndose con

Alejandro antes de que él se apartara de nuestros negocios."

"¿Eran socios?"

"No lo sé. Pero Alejandro parecía odiarlo."

"¿Y Barragán?"

Salazar sonrió sin humor.

"Parecía disfrutarlo."

En el avión de regreso a Europa, Santiago abrió su vieja libreta.

Escribió:

"ALEJANDRO REYES. Relación con Salazar confirmada. Intentó salir. Muerte no

confirmada. Familia posiblemente protegida o evacuada."

Después:

"HÉCTOR BARRAGÁN - MICHOACÁN."

Ximena observó la página.

"No vas a México todavía."

"No."

"Me sorprende."

"Primero regreso a casa."

La palabra salió con naturalidad.

Casa.

Santa Aurelia.

Reykov.

Santiago miró la fotografía de Alejandro.

México ya no era únicamente el lugar que lo había expulsado.

Podía ser el lugar del que alguien había conseguido sacarlo a tiempo.

Y mientras el avión cruzaba el Atlántico, dos historias comenzaron a moverse sin saber

todavía que estaban destinadas a encontrarse.

En México, el apellido Reyes seguía vivo en conversaciones que Santiago nunca había

escuchado.

Y en Europa, informes menores empezaban a mencionar un nombre nuevo:

Reykov.

Todavía ninguno había llegado a Viktor Sokolov.

Pero llegarían.