Capítulo XXI
El hombre que no existía
Viktor Sokolov había aprendido hacía muchos años que los nombres podían ser más
peligrosos que las personas.
Una persona podía morir.
Un nombre podía sobrevivirla.
Durante dos días intentó ignorar uno:
REYKOV.
Una casa relativamente nueva en Andalucía. Empresas agrícolas. Propiedades.
Logística. Relaciones comerciales en Italia y Turquía.
Nada extraordinario.
Pero algo en el expediente seguía obligándolo a regresar.
"¿Quién la dirige?"
Su asistente abrió una carpeta.
"Rafael Montoro Salcedo. Empresario andaluz."
Viktor revisó los documentos.
Nombre español.
Trayectoria española.
Participaciones españolas.
Nada ruso.
Nada mexicano.
Nada Volkov.
"¿Fotografía?"
Le mostraron imágenes suficientemente normales para resultar olvidables.
Un hombre maduro. Traje. Eventos empresariales menores.
Viktor dejó la fotografía.
"¿Relaciones con Rusia?"
"Ninguna confirmada."
"México."
"Nada relevante."
"Turquía."
"Empresariales."
"Italia."
"Lo mismo."
El expediente debería haber terminado allí.
No lo hizo.
Reykov crecía de una forma que Viktor conocía demasiado bien: con prudencia,
separando dependencias, evitando demostrar demasiado rápido que existía.
"Montoro es cuidadoso", murmuró.
Días después preguntó si alguien había negociado personalmente con él.
La respuesta fue vaga.
Representantes.
Abogados.
Directores regionales.
Pocas apariciones.
Ninguna entrevista importante.
Viktor cerró lentamente la carpeta.
Todavía no sospechaba de Santiago.
Pero comenzó a sospechar de la respuesta.
En Santa Aurelia, Santiago estaba discutiendo con Sofía por una explotación agrícola
cuando Ximena cerró su computadora.
"Tenemos un problema."
Santiago dejó el informe.
"¿Qué pasó?"
"Alguien está investigando a Rafael."
Santiago frunció el ceño.
"¿Quién es Rafael?"
Ximena lo miró.
Silencio.
"¿Hablas en serio?"
"Completamente."
"Rafael Montoro Salcedo."
Santiago siguió esperando.
"¿Debería conocerlo?"
Ximena apoyó las manos sobre la mesa.
"Es la identidad empresarial alrededor de la cual estructuramos Reykov."
Santiago tardó.
"Ah."
"¿Ah?"
"Ahora recuerdo."
"No. No recordabas absolutamente nada."
Sofía empezó a sonreír.
Santiago la señaló.
"No ayudes."
Ximena continuó:
"No soy tan tonta como para poner nuestros nombres en los registros. Ni el tuyo. Ni el
mío. Y muchísimo menos el de Nikolai."
Santiago dejó de bromear.
"Entonces quien investiga Reykov encuentra a Rafael."
"Exactamente."
"No a nosotros."
"Exactamente."
"Entonces funciona."
Ximena levantó un dedo.
"Funcionaba sin llamar mi atención. Ahora alguien está haciendo suficientes preguntas
como para que yo lo haya notado."
Sofía preguntó qué clase de preguntas.
"Demasiadas y demasiado concentradas."
Santiago pensó en Barragán.
Ximena lo detuvo.
"No asumir."
"Viktor."
"Tampoco asumir."
"Un competidor", sugirió Sofía.
"Posible."
Santiago observó a Ximena.
"Pero crees que alguien quiere saber quién está detrás de Reykov."
Ella asintió.
Nikolai llegó diez minutos después.
Santiago lo recibió con una sonrisa.
"Tenemos que hablar de Rafael."
Nikolai frunció el ceño.
"¿Quién demonios es Rafael?"
Santiago empezó a reír.
Ximena cerró los ojos.
"Gracias", dijo Santiago.
"¿Qué hice?"
"Acabas de salvarme."
Ximena señaló a ambos.
"No puedo creer que construí una capa empresarial para proteger sus vidas y ninguno
recuerda el nombre."
Nikolai pensó.
"¿Es alguien de los Valcázar?"
Sofía soltó una carcajada.
"No existe", respondió Santiago.
Nikolai quedó inmóvil.
"Eso dificulta bastante conocerlo."
Ximena respiró.
"No existe dentro de la Casa. Es la identidad pública alrededor de la que organizamos
la representación empresarial."
Santiago sonrió.
"Y está haciendo un excelente trabajo. Alguien investiga Reykov y encuentra a Rafael
en lugar de nosotros."
"Ese era el punto", respondió Ximena. "El problema es cuánto tiempo seguirá
funcionando."
Samir formuló la pregunta importante.
"¿Qué saben de nosotros?"
"Nada confirmado. Santiago no aparece. Nikolai tampoco. Yo mucho menos."
Nikolai sonrió.
"Por supuesto."
Samir asintió.
"Entonces no cambien el comportamiento. Si alguien observa y ustedes reaccionan,
confirman que había algo que ocultar."
Ximena estuvo de acuerdo.
Reykov siguió funcionando.
Rafael siguió siendo aburrido.
En México, Mateo Serrano escuchó el nombre por primera vez en boca de un hombre
que no sabía nada de Santiago.
"Dicen que Montoro es bueno."
Mateo necesitó controlar la expresión.
"¿Montoro?"
"Rafael Montoro. Andaluz."
Mateo escribió a Ximena después de la reunión.
"Acabo de escuchar el nombre de Rafael Montoro en México."
La respuesta llegó rápido.
"¿Contexto?"
"Reykov. Creen que él dirige."
"Perfecto."
Mateo sonrió.
"¿Santiago sabe que existe?"
Pasaron varios segundos.
"Ahora sí."
Mateo soltó una carcajada.
Sofía lo encontró todavía sonriendo y, al enterarse, prometió no dejar que Santiago
olvidara a Rafael nunca más.
En Europa, Viktor siguió haciendo preguntas.
"Quiero reunirme con Montoro."
"Será complicado."
"¿Por qué?"
"Rara vez participa personalmente en reuniones externas."
"Entonces una entrevista."
"No da entrevistas."
"Conferencia."
"No suele asistir."
Viktor cerró lentamente el expediente.
"Una organización con intereses en varios países tiene un presidente con el que nadie
necesita hablar."
Su asistente intentó justificarlo.
Viktor levantó una mano.
"No quiero saber más sobre Montoro."
"¿Entonces?"
Viktor sostuvo la fotografía.
"Quiero saber quién necesita que yo crea que este hombre importa."
En Santa Aurelia, Ximena detectó el cambio.
Las consultas ya no se concentraban únicamente en Rafael. Empezaban a buscar
personas alrededor de la estructura.
Fue directamente a Santiago.
"Nuestro investigador ya no está interesado solo en Rafael."
"Entonces sospecha."
"Sí."
"¿Puede llegar a nosotros?"
Ximena tardó.
"Eventualmente. No fácilmente."
Santiago asintió.
"Entonces ganamos tiempo."
"Eso era para lo que Rafael existía."
La investigación mexicana continuó en paralelo. Sofía y Santiago estudiaron la antigua
sociedad de Alejandro y Joaquín. La idea de reconstruirla comenzaba a tomar forma,
siempre bajo una condición: debía ser legal y capaz de existir sin el mundo clandestino.
Mateo se resistía.
No porque odiara la idea.
Porque empezaba a comprender lo que significaba.
Una alternativa.
Salazar llamó desde Colombia con otra advertencia: en Europa empezaban a preguntar
por Montoro. Posiblemente rusos.
Mateo avisó a Ximena.
Ella respondió:
"Díselo a Santiago también."
"Pensé que tú lo harías."
"Lo haré. Gracias."
Mateo permaneció mirando esa última palabra demasiado tiempo.
Sofía apareció detrás.
"Ximena."
Mateo bloqueó la pantalla.
"¿Cómo haces eso?"
"Tu cara."
Esa noche Santa Aurelia no cambió físicamente.
No aumentaron guardias visibles.
No cerraron puertas.
No cancelaron reuniones.
Precisamente porque Ximena no quería regalar confirmaciones.
Pero internamente todos comprendieron que la invisibilidad absoluta no duraría para
siempre.
Santiago encontró a Ximena pasada la medianoche.
"Montoro no va a detener a Viktor si es él."
"Nunca debía hacerlo."
"Solo necesitábamos tiempo."
"Sí."
"Y nos lo dio."
Ximena miró hacia la oscuridad de Santa Aurelia.
"Nunca es suficiente."
"Por eso sigo vivo."
Ella no discutió.
A miles de kilómetros, Viktor observaba nuevamente la fotografía de Rafael Montoro
Salcedo.
No podía demostrar que fuera una mentira.
Eso era precisamente lo elegante.
Los documentos encajaban. Las empresas encajaban. La historia encajaba.
Pero estaba construido para responder una pregunta demasiado rápido:
¿Quién dirige Reykov?
Rafael Montoro Salcedo.
Una persona normal habría dejado de preguntar.
Viktor no era una persona normal.
Cerró el expediente.
No buscaría todavía a Santiago. Eso sería permitir que un recuerdo guiara una
investigación sin pruebas.
Buscaría grietas.
Personas.
Patrones.
Y solo cuando pudiera demostrar que Rafael era una puerta intentaría descubrir quién
estaba detrás.
En Santa Aurelia, Santiago abrió su libreta.
Escribió:
"Rafael Montoro Salcedo. Recordar quién es."
Sonrió solo.
Después añadió:
"Alguien investiga Reykov. Identidad real todavía protegida. No asumir Viktor. Usar el
tiempo."
Eso era exactamente lo que Rafael debía comprarles.
Tiempo para entender a Alejandro.
Tiempo para descubrir quién ordenó la muerte de Joaquín.
Tiempo para reconstruir la empresa Reyes-Serrano.
Tiempo para que Mateo descubriera si quería una vida distinta.
Tiempo para que Sofía ayudara a construirla.
Tiempo para fortalecer Reykov.
Por ahora, Viktor Sokolov seguía buscando a Rafael Montoro.
Y Santiago Mijáilovich Volkov Reyes continuaba muerto.
Al menos para él.