Capítulo XXII
La empresa de los muertos
La carpeta había sobrevivido a tres hombres.
Alejandro Reyes.
Joaquín Serrano.
Y ahora Santiago.
Sobre la cubierta, envejecida en los bordes, todavía podía leerse el nombre completo:
R&S DESARROLLO PATRIMONIAL Y COMERCIAL.
Santiago la dejó sobre la mesa de la biblioteca de Santa Aurelia.
—¿Cuánto tiempo llevaba guardada? —preguntó Nikolai.
—Más del que debería.
Ximena deslizó hacia él una copia de los registros que había logrado reconstruir.
—No desapareció. Se quedó dormida.
La sociedad había sido creada años atrás por Alejandro Reyes y Joaquín Serrano. No era una
fachada improvisada ni una empresa creada para sostener el mundo clandestino que ambos habían
conocido. Había tierras, almacenes, participaciones agrícolas y relaciones comerciales legítimas.
Pequeñas en comparación con otros intereses de los dos hombres, pero reales.
Y, precisamente por eso, habían sobrevivido.
—La participación de Alejandro te corresponde —dijo Ximena—. La de Joaquín pasó a Mateo y
Sofía.
Santiago observó las firmas antiguas.
Dos padres muertos.
Tres hijos intentando entender qué hacer con lo que habían dejado.
—No quiero heredar otro fantasma —dijo.
—Entonces no lo heredes —respondió Ximena—. Reconstrúyelo.
Mateo y Sofía llegaron a Santa Aurelia dos días después.
Mateo tardó menos de diez minutos en encontrar una botella.
Sofía tardó menos de cinco en encontrar errores en los documentos.
—Esto no puede reactivarse tal como está —dijo.
Santiago levantó la vista.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días. Esto no puede reactivarse tal como está.
Mateo sonrió.
—Por eso la traje.
Sofía colocó tres hojas frente a Santiago.
—La estructura pertenece a otra época. Demasiado depende de las personas que firmaban. Hay
decisiones que podían tomar Alejandro o mi padre sin consejo, sin supervisión y sin un
mecanismo real de sustitución.
Santiago leyó.
—Entonces se cambia.
—¿Así de fácil?
—No. Así de claro.
Sofía lo observó por un instante.
Esperaba resistencia.
No la encontró.
—Necesitamos dirección profesional —continuó—. Un consejo. Reglas para decisiones
extraordinarias. Y ninguna rama familiar puede controlar todo por sí sola.
Mateo se sentó.
—¿Incluso nosotros?
—Especialmente nosotros.
Santiago sonrió.
—Me cae bien.
—Es mi hermana.
—Eso no impide que me caiga bien.
Sofía ignoró a ambos.
—Y quiero una cláusula clara. Esta sociedad no se utiliza para proteger Reykov.
Santiago dejó de sonreír.
—De acuerdo.
Mateo levantó una ceja.
—Eso fue rápido.
—Porque tiene razón.
Santiago cerró la carpeta.
—No usarla para proteger Reykov. No usar Reykov para protegerla. Que pueda sobrevivir a
ambos.
Sofía lo miró de otra manera.
No con confianza todavía.
Pero sí con interés.
Durante las siguientes semanas, la biblioteca de Santa Aurelia dejó de parecer una biblioteca.
Documentos.
Balances.
Copias de escrituras antiguas.
Participaciones olvidadas.
Correos con abogados de México y España.
Sofía trabajaba con Santiago durante horas.
Mateo aparecía, preguntaba si seguían vivos y desaparecía antes de que alguien pudiera entregarle
una hoja de cálculo.
Ximena supervisaba la estructura general.
Nikolai decía que, por primera vez, veía a Santiago disfrutar algo que no implicaba sospechar de
todo el mundo.
Santiago lo negó.
Sofía no.
—Te gusta esto.
—¿Qué?
—Construir.
—Siempre me ha gustado construir.
—No así.
Santiago dejó el bolígrafo.
Sofía continuó:
—Aquí no necesitas que nadie tenga miedo de ti.
La frase permaneció unos segundos.
—Precisamente —respondió Santiago.
El problema llegó desde un lugar completamente distinto.
Ximena entró una noche con su computadora bajo el brazo.
—Tenemos una solicitud.
Santiago siguió leyendo.
—¿De quién?
—Quieren reunirse con Rafael Montoro.
Santiago levantó la cabeza.
Mateo también.
Nikolai tardó un segundo más.
—¿Quién es Rafael?
Ximena cerró los ojos.
Santiago señaló a Nikolai.
—Gracias.
—No me mires así —dijo Nikolai—. Tú preguntaste lo mismo primero.
Sofía observó a todos.
—¿Estoy perdiéndome algo?
Ximena respondió:
—Rafael Montoro Salcedo es la identidad pública que utilizamos alrededor de determinadas
estructuras empresariales de Reykov.
Mateo sonrió.
—El hombre que no existe.
—Existe en documentos suficientes para hacer su trabajo.
Santiago:
—Hasta que alguien quiere sentarse con él.
—Exactamente.
La petición no venía directamente de Viktor.
Eso era lo inquietante.
Venía a través de intermediarios empresariales que habían empezado a preguntar por la persona
visible detrás de Reykov.
Ximena no aceptó.
Tampoco rechazó.
Respondió mediante abogados.
Rafael estaba ocupado.
Rafael estudiaría la propuesta.
Rafael respondería cuando fuera oportuno.
Cada frase compraba tiempo.
—¿Cuánto? —preguntó Santiago.
—No suficiente.
—Nunca es suficiente para ti.
—Por eso seguimos vivos.
Nikolai sonrió.
—Empiezo a creer que esa es vuestra forma de decirse cosas bonitas.
Ximena lo ignoró.
El último documento de la noche era diferente.
No tenía relación con Rafael.
Era un borrador de reconstrucción de la vieja sociedad de Alejandro y Joaquín.
Sofía colocó tres espacios de firma al final.
Santiago Reyes.
Mateo Serrano.
Sofía Serrano.
Mateo leyó el papel.
—Nuestros padres hicieron esto primero.
Santiago asintió.
—Y no terminó bien.
Sofía respondió antes que ambos.
—Entonces no hagamos lo mismo.
Santiago la miró.
—¿Qué propones?
—Que no intentemos continuar lo que ellos eran.
Pausa.
—Construimos lo que no pudieron terminar.
Mateo permaneció callado.
Santiago también.
Después tomó el borrador.
—Necesitamos un nombre nuevo.
Sofía sonrió.
—Eso sí podemos discutir mañana.
—¿Por qué mañana?
—Porque llevamos nueve horas aquí.
Santiago miró el reloj.
—No puede ser.
—Sí puede.
Ella se levantó.
—Buenas noches.
Santiago la observó salir.
Mateo esperó hasta que la puerta se cerró.
—No.
Santiago giró.
—¿Qué?
—Nada.
—Mateo.
—No dije nada.
Santiago volvió a mirar los documentos.
La empresa de los muertos todavía no había regresado.
Pero por primera vez tenía algo que Alejandro y Joaquín ya no podían darle.
Una segunda oportunidad.
Y esta vez serían sus hijos quienes decidirían qué clase de empresa merecía sobrevivir.