Casa Reykov

La mujer que sobrevivió

Capítulo XLI

La mujer que sobrevivió

Andrei Záitsev había estado junto a Viktor Sokolov durante tantos años que su presencia

había dejado de resultar interesante.

Ese había sido el error.

Konstantin Orlov volvió a abrir el expediente y ya no vio al asistente de Viktor.

Vio un testigo.

Las fechas lo colocaban demasiado cerca de todo.

Después del ataque contra Mikhail, Yelena y Dmitri.

Después de la explosión en la oficina de Anastasia.

Después de los días en que la estructura de Viktor había intentado confirmar quién había

muerto y quién no.

Orlov cerró la carpeta.

—Encuéntrenlo.

No llamó a Santiago.

Ni a Nikolai.

Sabía qué pedirían.

Tiempo.

La oportunidad de hablar.

Konstantin tomó la decisión solo.

Andrei Záitsev desapareció dos noches después.

No hicieron falta detalles.

Cuando volvió a abrir los ojos, Orlov estaba sentado frente a él.

Sobre la mesa había una fotografía.

La familia Volkov.

—Esto es un error —dijo Andrei.

Konstantin negó.

—Esto es una pregunta que lleva demasiados años sin respuesta.

Záitsev miró la fotografía.

Orlov señaló a Mikhail. —Muerto.

Yelena.

—Muerta.

Dmitri.

—Muerto.

Después Nikolai.

—Dado por muerto. Error.

Santiago.

—También dado por muerto. Otro error.

Záitsev cambió de expresión.

—¿Qué?

Konstantin se inclinó.

—Los dos están vivos.

Por primera vez Andrei perdió seguridad.

Orlov dejó el dedo sobre Anastasia.

—Ella no tiene tumba.

Silencio.

—¿Murió en la explosión?

Záitsev evitó la mirada.

—Andrei.

Nada.

—¿Murió?

Záitsev respiró.

—No.

Konstantin quedó inmóvil.

—Repite eso.

Andrei levantó los ojos.

—Anastasia Volkov no murió en la explosión.

—Sobrevivió.

—Sí.

Durante un instante Konstantin dejó de ser Orlov. Fue simplemente el viejo amigo de Mikhail comprendiendo que una de sus hijas había

salido viva.

Después volvió a ser el hombre de la mesa.

—Cuéntamelo todo.

Anastasia había sobrevivido gravemente herida.

Despertó.

Pero sus recuerdos estaban fragmentados.

—Memoria —dijo Záitsev.

—¿Su nombre?

—A veces.

—¿Su familia?

Silencio.

Konstantin entendió.

—¿Santiago?

Andrei negó.

—¿Nikolai?

Otra negación.

—¿Mikhail?

—No claramente.

Orlov apretó lentamente la mandíbula.

—¿Viktor sabía?

—Sí.

—Entonces ¿por qué no la mató?

Záitsev tardó demasiado.

Konstantin comprendió antes de escucharlo.

—Dejó de considerarla una amenaza.

Andrei asintió.

—Dilo.

—Para Viktor dejó de importar.

La frase resultó más cruel que una explicación de misericordia habría sido.

Mikhail muerto. Yelena muerta.

Dmitri muerto.

Santiago y Nikolai dados por muertos.

Anastasia sin memoria suficiente para reconstruir su lugar.

Viktor no la había perdonado.

Simplemente había dejado de verla como un problema.

Después apareció México.

—¿Qué tiene que ver? —preguntó Orlov.

Záitsev miró la fotografía de Santiago.

—Santiago Reyes.

Viktor había querido comprender quién era realmente el muchacho mexicano adoptado por

Mikhail.

Había empezado a investigar a Alejandro Reyes y sus relaciones.

El nombre que encontró fue Héctor Barragán.

—¿Trabajaba para Viktor?

—No.

—¿Aliado?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Viktor quería información. Barragán se negó varias veces a darle todo sobre los Reyes.

Eso sorprendió a Orlov.

—¿Qué cambió?

—Vio a Anastasia.

Konstantin levantó la mirada.

—¿Viva?

—Sí. Dormida.

—¿Sabía quién era?

—Sabía que era Volkov. No puedo confirmar que entendiera toda su relación con Santiago.

Záitsev recordó la conversación.

Barragán había dicho que no entregaría toda la información sobre los Reyes, pero podía

facilitar ciertas relaciones en México. Lo que Viktor hiciera después no le importaba

mientras no terminara afectándolo a él. Orlov no pidió nombres ni detalles.

No los necesitaba.

La conexión importaba más que la mecánica.

—¿Cuánto duró?

—Casi seis meses después de que Viktor dio por muertos a Santiago y Nikolai, la relación

empezó a enfriarse. Viktor quería más. Barragán seguía negándose a entregar todo.

Eventualmente dejaron de insistir.

Konstantin volvió al centro.

—Anastasia. ¿Dónde está?

Záitsev negó.

—No lo sé.

—Mala respuesta.

—Es la verdad.

Durante un tiempo había permanecido bajo vigilancia de gente de Viktor. Su memoria

había mejorado algo, pero nadie sabía cuánto.

Después su rastro desapareció.

—¿Escapó?

—No lo sé.

—¿Alguien la ayudó?

—No lo sé.

—¿Viktor la movió?

—No que yo sepa.

—¿Barragán?

—No lo sé.

Orlov apretó los dedos contra la mesa.

—¿Viktor sabe dónde está ahora?

—No puedo asegurarlo.

—¿Pero podría saber más que tú?

—Sí.

Aquello era suficiente para cambiar la guerra.

No para encontrarla.

Pero sí para saber que había sobrevivido.

La conversación terminó.

Orlov tomó una decisión que Santiago no habría tomado de aquella manera.

Záitsev no regresó con Viktor.

Dos días después se informó de su muerte en un accidente.

Nada más necesitaba explicarse.

Viktor recibió la noticia sentado frente a la silla que Andrei había ocupado durante años.

—¿Accidente?

Eso decía el informe.

Viktor miró el expediente de Adrián Valdés.

Después los movimientos empresariales.

Las relaciones que cambiaban.

Y ahora Záitsev.

—No.

Caminó hacia la ventana.

—Alguien está demasiado cerca.

Orlov llamó a Santiago esa misma tarde.

Santiago estaba con Ximena y Nikolai.

—Necesito verte.

—¿Viktor?

Konstantin miró la fotografía.

—Anastasia.

Santiago se puso de pie.

—¿Qué sabes?

—No por teléfono.

—Voy.

Nikolai vio su expresión.

—¿Qué pasa?

—Anastasia.

—Voy contigo.

Santiago negó. —Primero necesito saber qué encontró.

Nikolai endureció el rostro.

—Es mi hermana también.

—Lo sé. Y si tengo una respuesta, no vas a enterarte por teléfono.

Nikolai cedió.

—Vuelve.

—Siempre.

Orlov lo recibió solo.

Santiago entró sin máscara.

—Habla.

—Encontré a Andrei Záitsev.

—¿El hombre de Viktor?

—Sí.

—¿Qué tiene que ver con Anastasia?

Konstantin no adornó la respuesta.

—Anastasia sobrevivió.

Santiago no reaccionó.

No porque no hubiera escuchado.

Porque su mente se negó a avanzar.

—Repite eso.

—Tu hermana salió viva de aquella explosión.

Santiago miró la fotografía.

—Viva.

—Sí.

—¿Dónde está?

—No lo sabemos.

Santiago levantó la cabeza.

Orlov marcó la diferencia.

—Sabemos que sobrevivió entonces. No puedo decirte todavía que esté viva hoy.

Santiago cerró los ojos.

—Sobrevivió. —Sí.

Después recibió las demás verdades.

La pérdida de memoria.

Viktor sabiendo que estaba viva.

La razón cruel por la que dejó de considerarla amenaza.

Barragán viéndola hospitalizada.

La búsqueda de Viktor sobre los Reyes.

La relación limitada con Héctor.

El rastro perdido de Anastasia.

Cuando Orlov terminó, Santiago permaneció callado.

México intentaba abrirse otra vez delante de él.

—No —dijo.

Konstantin levantó una ceja.

—¿No qué?

—No vamos a México.

—Barragán la vio.

—Sí.

—Puede saber más.

—Sí.

Santiago miró la fotografía.

—Primero encontramos a Anastasia. Después Viktor. Solo entonces decidiremos qué

hacemos con Héctor.

Orlov asintió lentamente.

—Estás aprendiendo a cerrar frentes.

—Intentándolo.

Después Santiago preguntó:

—¿Dónde está Záitsev?

El silencio respondió antes que Orlov.

—Konstantin.

—Murió. Santiago cerró los ojos.

—¿Accidente?

Orlov no respondió.

—Joder.

Santiago caminó unos pasos.

—Yo habría querido hablar con él.

—Lo sé.

—Nikolai también.

—Lo sé.

Santiago giró.

—Estoy molesto.

—Lo veo.

—No significa que estemos peleando.

Orlov pareció ligeramente sorprendido.

Santiago continuó:

—No voy a desperdiciar el primer día en que sé que mi hermana sobrevivió discutiendo

sobre algo irreversible. Pero escucha bien: la próxima persona que haya visto directamente

lo que ocurrió con mi familia, Nikolai y yo hablamos con ella antes de que tú decidas qué

hacer después.

Orlov esperó.

—No estoy pidiendo permiso.

Konstantin sonrió apenas.

—Eso sonó mucho a Mikhail.

—Probablemente porque él también habría estado enfadado contigo.

—Con seguridad.

Orlov extendió la mano.

—De acuerdo.

Santiago la estrechó.

—De acuerdo.

Antes de irse, Konstantin añadió:

—No conviertas "sobrevivió" en "está viva hoy" hasta que tengamos pruebas.

Santiago asintió.

—Lo sé. Pero dame unas horas para ser su hermano antes de volver a ser estratega. —Tómalas.

Nikolai estaba esperando en la entrada de Santa Aurelia.

Cuando Santiago bajó del vehículo, avanzó hacia él.

—Dime.

Santiago no preparó discurso.

—Anastasia sobrevivió.

Nikolai no reaccionó.

—¿Qué?

Santiago sonrió con los ojos húmedos.

—Nuestra hermana sobrevivió al ataque.

Nikolai se llevó las manos al rostro.

Después empezó a reír y llorar al mismo tiempo.

—Esa maldita mujer.

Santiago rió también.

Nikolai lo abrazó.

Durante unos segundos no existieron Viktor, Orlov, Barragán ni Reykov.

Solo dos hermanos descubriendo que una tercera había salido viva del día en que su

familia terminó.

Cuando se separaron, Santiago intentó continuar.

—Niko, necesitamos hablar de—

Nikolai levantó una mano.

—No.

—No sabemos si sigue—

—Déjame tener esto cinco minutos.

Santiago calló.

—Durante años pensé que estaba muerta. Déjame cinco minutos en los que mi hermana

simplemente sobrevivió.

Santiago asintió.

—Cinco minutos.

Duraron más.

Ninguno los contó.

Después reunieron a Casa Reykov.

Ximena.

Samir.

Mateo.

Sofía.

Ekaterina.

Santiago colocó la fotografía.

—Tenemos confirmación. Anastasia sobrevivió a la explosión.

Ximena entendió antes que nadie.

Sofía se llevó una mano a la boca.

Ekaterina miró a Nikolai.

Mateo preguntó:

—¿Entonces está viva?

Santiago negó.

—No podemos afirmar eso todavía.

Nikolai lo miró.

—Ya pasaron mis cinco minutos. Puedes volver a ser insoportable.

—Gracias.

Santiago escribió en una pizarra:

**HECHO: ANASTASIA SOBREVIVIÓ AL ATAQUE.**

**HECHO: SUFRIÓ PÉRDIDA DE MEMORIA.**

**HECHO: VIKTOR SABÍA QUE ESTABA VIVA.**

**HECHO: HÉCTOR BARRAGÁN LA VIO VIVA DESPUÉS.**

**PARADERO ACTUAL: DESCONOCIDO.**

Ximena miró a Santiago.

—México.

—Sigue congelado.

Mateo:

—Aunque Barragán la haya visto.

—Aunque la haya visto. Si la evidencia nos lleva a él, iremos. Pero no abrimos otra guerra

mientras Viktor siga delante.

Nikolai señaló la última línea. —No me gusta.

—A mí tampoco.

—Entonces cámbiala.

Santiago lo miró.

—Encuéntrala.

Santiago asintió.

—Eso haremos.

Trabajaron hasta oscurecer.

Cuando terminaron, Ximena cerró la tableta.

Santiago miró el nombre de Anastasia.

Había sido hermano, estratega, líder y socio durante todo el día.

Ahora necesitaba hacer algo que no tuviera ninguna utilidad estratégica.

Se puso la chaqueta.

—Tengo que dar un paseo.

Ximena lo miró como si hubiera anunciado una enfermedad.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Voluntariamente?

—Mei.

—¿Quieres compañía?

Santiago pensó.

—No.

—¿Estás bien?

Miró nuevamente el nombre de Anastasia.

—No lo sé.

Por una vez Ximena no insistió.

—Vuelve.

—Siempre.

La cafetería estaba casi igual.

La misma mesa. La misma ventana.

Pero Antonio Herrera no estaba.

Santiago esperó antes de preguntar al barista.

—Don Antonio hace días que no viene —respondió el hombre.

—¿Está enfermo?

—No que yo sepa. Creo que está sacando cosas de su casa.

Santiago frunció el ceño.

—¿Por qué?

El barista dudó.

—Problemas con el banco. Tenía una hipoteca pendiente y parece que ya empezó el

embargo.

Santiago miró la silla vacía.

—¿Está perdiendo la casa?

—Eso escuché.

—¿Sabe dónde vive?

Antonio estaba cargando una caja cuando vio aparecer a Santiago.

—El muchacho de la cuenta bancaria.

—Sigue recordándome así.

—Era difícil olvidarlo.

Santiago miró las cajas, los libros y las fotografías.

—Me dijeron lo de la casa.

Antonio negó.

—No.

—No dije nada.

—No hace falta. Tiene la cara de un hombre que acaba de decidir resolver un problema que

no le pertenece.

Santiago permaneció callado.

Antonio señaló.

—Esa.

Santiago vio una fotografía del anciano junto a su esposa.

—¿Vivieron aquí? —Cuarenta y siete años.

—¿Quiere perderla?

Antonio bajó la mirada.

—No.

—Entonces déjeme ayudar.

—No necesito caridad.

—No dije caridad.

—Va a pagar una deuda que no es suya.

—Probablemente.

—¿Por qué?

Santiago respondió:

—Porque puedo.

Antonio lo señaló.

—Esa es una razón peligrosa.

Santiago pensó en la reserva de Mateo.

—Sí.

—¿Sí?

—Por eso intento aprender cuándo utilizarla.

Antonio discutió.

Santiago más.

Al final la deuda quedó cubierta y la casa dejó de estar en riesgo.

El anciano seguía molesto.

—Voy a devolvérselo.

—No.

—Sí.

—Tiene ochenta años.

—Y todavía sé hacer cuentas.

Santiago suspiró.

—Bien. Cinco euros al mes.

Antonio lo miró.

—Váyase al demonio. Santiago empezó a reír.

—Diez, si insiste.

Pero Santiago no había terminado.

Colocó otra carpeta sobre la mesa de la cocina.

Antonio la miró.

—No.

—Todavía no sabe qué es.

—Ya pagó la casa.

—Sí.

—Entonces terminamos.

Santiago negó.

La carpeta contenía una cantidad considerable. Suficiente para que Antonio pudiera vivir

con tranquilidad sin convertirlo en un hombre rico.

El anciano levantó la mirada.

—¿Por qué?

Santiago tardó.

Después eligió una verdad.

—Porque nunca quise este dinero.

Antonio permaneció inmóvil.

—Me obligaron prácticamente a aceptarlo. Me dijeron que algún día podía necesitar

recursos que fueran solamente míos.

—¿Y no está de acuerdo?

—Entiendo la razón.

Pausa.

—Pero nunca me gustó lo que representa.

Antonio miró los documentos.

—Entonces deshágase de él.

Santiago sonrió ligeramente.

—Eso estoy haciendo.

—¿Por qué conmigo?

Santiago respondió: —Porque prefiero darle un buen uso. Y prefiero que una gran persona como usted tenga

una parte antes que dejarlo guardado esperando el día en que yo encuentre una razón peor

para utilizarlo.

Antonio negó.

—No me conoce.

—Lo suficiente.

—Nos hemos tomado café.

—Y me dijo cosas que personas que llevan años conmigo no consiguieron hacerme

entender.

Antonio preguntó de dónde venía el dinero.

Santiago no mintió.

—De algo en lo que participé y que prefiero no explicar.

—¿Pertenece a otra persona?

—No.

—¿Lo robó?

—No.

—¿Alguien vendrá a reclamarlo?

—No.

Antonio lo observó.

—Eso fue muy específico.

—Usted hizo preguntas específicas.

—Y sigue sin contarme de dónde salió.

—Sí.

Antonio asintió.

—Al menos no me está mintiendo.

La frase golpeó a Santiago.

Pensó en Ximena.

Sofía.

Ekaterina.

En la única cosa que había decidido no contarles.

Antonio empujó la carpeta.

—No quiero ser una forma de limpiar su conciencia. Santiago quedó quieto.

—No lo es.

—¿Seguro?

Santiago iba a responder inmediatamente.

Se detuvo.

—No completamente.

Antonio levantó una ceja.

—Eso suena más sincero.

—Una parte de mí probablemente quiere saber que algo bueno salió de ese dinero.

—Entonces sí hay conciencia.

—Complicada.

Santiago miró las cajas.

—Pero hoy usted estaba metiendo cuarenta y siete años de vida en cajas y yo podía

evitarlo. No iba a quedarme mirando. Y tampoco quiero que dentro de seis meses vuelva a

temer perder esta casa.

Antonio permaneció en silencio.

—Quiero que viva tranquilo.

Antonio terminó aceptando una cantidad considerable, aunque menor de la que Santiago

quería darle.

—El resto lo utilizará para algo bueno —ordenó.

Santiago levantó una ceja.

—Eso es extraordinariamente impreciso.

—Usted parece el tipo de hombre que complica lo sencillo. Encontrará algo.

Santiago cedió.

Antonio miró los documentos.

—Esto sigue siendo demasiado.

—Probablemente.

—No puedo devolvérselo.

—No quiero que lo haga.

—Entonces no es préstamo.

—Nunca dije que lo fuera.

Antonio lo miró. —Le gusta ganar discusiones.

—Muchísimo.

—Eso debe volver locas a esas dos mujeres.

Santiago quedó inmóvil.

Antonio sonrió lentamente.

—Ah.

—No haga esa cara.

—Entonces sí hay dos.

Santiago se levantó.

—Necesito café.

—Va a necesitar bastante.

Sentados en la cocina, Santiago contó solo la parte humana.

No Volkov.

No Reykov.

No Rafael.

No Orlov.

No Viktor.

No nombres.

Solo dos mujeres.

—Son diferentes —dijo.

Antonio asintió.

—Normalmente las personas lo son.

—Una es muy directa.

—¿La otra?

Santiago pensó.

—También.

Antonio levantó las cejas.

—Excelente elección de problemas.

Santiago suspiró.

Le contó que ambas le habían dicho que les gustaba.

Antonio dejó lentamente la taza. —¿Las dos?

—Sí.

—¿Y ellas lo saben?

—Sí.

—¿Y no se mataron?

Santiago pensó brevemente en los disparos de Ekaterina.

—No exactamente.

Antonio levantó una ceja.

—Eso claramente es una historia.

—No para hoy.

Santiago explicó que las dos habían decidido esperar hasta que resolviera un asunto

familiar y otro problema importante.

—Entonces son inteligentes —dijo Antonio.

—Mucho.

—¿Qué quiere saber?

—Qué hago cuando llegue ese momento.

Antonio sonrió.

—Otra vez intentando resolver el corazón como una cuenta bancaria.

Santiago cerró los ojos.

—Sabía que iba a decir eso.

Antonio se puso serio.

—No compare cuál le conviene más. No haga una lista de virtudes. No piense cuál entiende

mejor su trabajo ni cuál abre más puertas.

Santiago casi sonrió ante la ironía.

—Entonces ¿qué pienso?

El anciano respondió:

—Con cuál puede ser usted sin interpretar una versión de usted mismo.

Santiago dejó de moverse.

Antonio lo vio.

—Eso tocó algo.

—Es complicado. —Todo lo importante suele serlo.

Santiago pensó en cuántas versiones de sí mismo existían.

Reyes.

Volkov Reyes.

Adrián.

El líder.

El hermano.

El estratega.

Antonio no conocía ninguna y aun así había llegado al centro.

—¿Y si siento algo por las dos?

—Entonces averigüe qué significa ese algo con cada una.

—¿Y si significa lo mismo?

Antonio bebió café.

—Entonces tendrá una conversación más complicada.

Santiago lo miró.

—Eso no ayuda.

—No me pagan por ayudar.

Santiago miró alrededor de la casa recién salvada.

Antonio lo señaló.

—No se atreva.

Santiago empezó a reír.

Antes de que se marchara, Antonio recuperó su consejo anterior.

—No prometa algo solo por miedo a perder a una. Y no rechace algo por miedo a lastimar a

la otra.

Santiago asintió.

—No cruel.

—No cobarde.

—Claro.

—Exacto.

En la puerta Antonio añadió: —No espere hasta que todo en su vida esté resuelto para permitirse querer a alguien. La

vida no termina de ordenarse nunca.

Santiago pensó en Anastasia.

Viktor.

Sofía.

Ekaterina.

Reykov.

México esperando su turno.

—Empiezo a creerlo.

—Créalo antes de tener mi edad.

De regreso a Santa Aurelia, Santiago pensó en el dinero.

Era la primera vez que utilizaba una parte.

No para sí mismo.

No para Reykov.

No para Viktor.

No para comprar influencia.

Había salvado una casa y dado tranquilidad a un anciano que le había ofrecido algo que el

dinero no podía comprar: una mirada desde fuera de todos sus nombres.

Santiago se sentía mejor.

Solo que no completamente.

Podía explicar perfectamente por qué había gastado aquel dinero.

Lo que no podía explicar con la misma facilidad era por qué Ximena, Sofía y Ekaterina no

sabían que existía.

Pensó en contarlo aquella misma noche.

Podía sentarlas y decir:

"Hay algo que omití."

Tuvo la oportunidad.

Otra vez decidió:

Todavía no.

Cuando regresó, la pizarra seguía en la sala.

**PRIORIDAD I - ANASTASIA.** **PRIORIDAD II - VIKTOR.**

**MÉXICO - EN ESPERA.**

Santiago tomó un marcador.

Debajo del nombre de su hermana escribió:

**LA ENCONTRAREMOS.**

No sabía dónde estaba.

No sabía cuánto recordaba.

Ni siquiera podía prometer todavía que siguiera viva.

Pero por primera vez en años tenían algo más que una ausencia.

Tenían una superviviente.

Y la guerra contra Viktor había cambiado.

Ya no se trataba primero de vengar a los muertos.

Se trataba de encontrar a alguien que quizá todavía estaba esperando que su familia la

encontrara.

Primero Anastasia.

Después Viktor.

Lo demás podía esperar.