Capítulo XL
Las puertas que se cierran
Los primeros cambios fueron demasiado pequeños para parecer una ofensiva.
Eso era exactamente lo que Santiago quería.
Ninguna empresa desapareció.
Ningún contrato fue destruido de manera absurda.
No hubo amenazas ni titulares.
Simplemente algunas personas comenzaron a descubrir que trabajar con Viktor Sokolov ya
no era la única opción disponible.
Ximena fue la primera en ponerlo sobre la mesa.
Sofía revisaba documentación a su lado y Ekaterina terminaba una llamada en ruso.
Santiago entró.
—Buenos días.
Nadie respondió inmediatamente.
—Veo que mi presencia sigue siendo muy valorada.
Sofía levantó un dedo.
—Un minuto.
Ximena:
—Treinta segundos.
Ekaterina hizo un gesto sin dejar de hablar.
Santiago tomó asiento.
—Perfecto.
Cuando finalmente lo miraron, Ximena giró una tableta.
—Tenemos tres oportunidades.
—¿Objetivos?
—No voy a llamarlos así.
—Gracias.
Una empresa que llevaba años relacionada indirectamente con Viktor no estaba sufriendo.
Simplemente había crecido y empezaba a sentirse limitada por depender demasiado de la
misma estructura.
Reykov podía ofrecer otra opción. Santiago escuchó.
—¿Legalmente limpio?
Sofía asintió.
—¿Nadie rompe contratos?
—No.
—¿Empleados?
—No cambian.
—¿Presión?
Ximena negó.
Santiago miró a Ekaterina.
—¿Cómo se verá en Rusia?
—Como competencia, si lo hacemos bien.
Santiago asintió.
—Entonces adelante.
Ximena lo observó.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—Que decidieras primero y nos explicaras después.
Santiago cerró los ojos.
—¿Van a hacer esto cada vez?
—Durante un tiempo.
—Estoy preguntando antes de actuar.
—Sí.
—Porque quiero su opinión.
Ximena lo estudió.
—¿Estás enfermo?
—Estoy intentando mejorar.
—Eso es todavía más preocupante.
Sofía empezó a reír.
La primera respuesta fue sencilla:
**Estamos dispuestos a conversar.** Era suficiente.
El cerco no necesitaba saltos.
Necesitaba movimiento.
Mientras el frente empresarial avanzaba, Mateo llamó.
—Salazar rechazó a Viktor.
Santiago se detuvo en un corredor.
—¿Qué le ofreció?
—Suficiente para que yo hubiera pensado dos veces.
—¿Y Salazar?
Mateo respondió:
—"Ya di mi palabra".
Santiago bajó la mirada.
Cada vez que uno de los hombres de aquella mesa cumpliera, la promesa de Santiago
pesaría un poco más.
Mateo lo sabía.
—Ahora entiendes por qué te pidió la tuya.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
Santiago tardó.
—No.
—Eso tardó demasiado.
—No me arrepiento. Solo entiendo mejor el peso.
—Ese era el punto.
Bellandi no rompió con Viktor.
Diversificó.
Idris hizo lo mismo.
Orlov dejó de facilitar ciertas relaciones por costumbre.
Mateo empezó a aparecer como alternativa en espacios donde el apellido Sokolov antes
había tenido demasiado peso.
Una palabra comenzó a repetirse en los informes de Viktor.
**Diversificación.** Un socio no se marchaba.
Diversificaba.
Otro no terminaba una relación.
Diversificaba.
Cada vez que aparecía la palabra, Viktor sentía que alguien retiraba una pieza de su
estructura sin darle una agresión clara contra la cual responder.
Andrei Záitsev lo encontró frente a cuatro informes.
—Esto no es una pérdida —dijo.
—Todavía.
—Siguen trabajando contigo.
—Todavía.
Záitsev tomó otro documento.
—Una empresa amplió relaciones con Montoro.
—Sí.
—Otra conversa con un grupo vinculado a Reykov.
—Sí.
—Y una relación mediterránea está utilizando otros interlocutores.
Viktor no respondió.
—Pueden ser independientes.
Viktor tomó los papeles uno a uno.
—Uno puede ser coincidencia. Dos, mala suerte.
Colocó los demás.
—Pero esto no es caótico.
Záitsev se reclinó.
—¿Crees que coordinan?
Viktor negó.
—Creo que alguien quiere que parezca que no coordinan.
—¿Quién?
Viktor no tenía nombre.
Todavía.
Gabriel recibió la llamada dos días después.
Entró a la biblioteca de Santa Aurelia.
—Viktor quiere una reunión con Rafael.
Santiago cerró el libro que estaba leyendo.
—¿Para qué?
—Cooperación. Muy amplio. A propósito.
—¿Está preocupado?
—No lo dijo.
Santiago sonrió apenas.
—Entonces sí.
Gabriel tomó asiento.
—¿Qué respondo?
—Acepta.
Gabriel levantó una ceja.
—Estamos intentando reducir su influencia.
—Sí.
—Y quieres ayudarlo.
Santiago corrigió:
—Rafael va a cumplir cualquier acuerdo legítimo que acepte.
—Eso puede fortalecerlo.
—También puede acercarlo.
Gabriel entendió.
—A nosotros.
—Sí.
—Y a Adrián.
Santiago miró hacia el armario donde guardaba la máscara.
—También.
La máscara volvió al rostro de Santiago cuatro días después.
Adrián Valdés seguía muerto dentro de la casa Orlov.
Pero hacia Viktor todavía era útil.
Gabriel recibió a Sokolov como Rafael Montoro. La primera parte de la reunión fue realmente empresarial.
Rafael escuchó propuestas legítimas, aceptó algunas y rechazó otras.
Santiago insistía en una regla: la reputación de Gabriel no se convertiría en mentira
solamente porque el hombre sentado enfrente fuera Viktor.
Al final, Rafael dijo:
—Hay posibilidades.
Viktor pareció relajarse apenas.
Santiago lo vio detrás de la máscara.
No estaba derrotado.
Pero necesitaba estabilidad.
Y Rafael acababa de ofrecer una pequeña cantidad.
Gabriel salió unos minutos para atender una llamada.
Santiago quedó solo con Viktor.
—Rafael confía mucho en usted —dijo Sokolov.
—Sí.
—Demasiado.
—Depende de cómo defina demasiado.
Viktor sonrió.
—Siempre responde como si cada palabra tuviera una segunda puerta.
—Tal vez usted está acostumbrado a buscar puertas donde solo hay paredes.
Viktor soltó una risa breve.
Después cambió de tema.
—Las personas están cambiando.
—Las personas siempre cambian.
—No de esta manera.
Viktor habló de relaciones que llevaban años funcionando y que ahora miraban hacia otros
lugares.
Santiago respondió con calma:
—Quizá no cambiaron las personas.
Viktor esperó.
—Quizá cambió cuánto lo necesitan. El silencio se endureció.
—Observación interesante —dijo Viktor.
—No especialmente.
—Para un hombre que supuestamente administra asuntos de otra persona, entiende
demasiado bien cómo funciona el poder.
—Mi trabajo es entender lo que afecta a Rafael.
—¿Y yo lo afecto?
Santiago respondió:
—Hoy está sentado aquí.
Viktor sonrió.
—Respuesta cuidadosa.
—Pregunta imprecisa.
Entonces Viktor preguntó algo inesperado.
—¿Alguna vez perdió a alguien en quien confiaba?
Santiago quedó completamente inmóvil.
Mikhail.
Yelena.
Dmitri.
Demasiados nombres.
—Sí.
—¿Una persona?
—Más de una.
Viktor bajó la mirada.
—Entonces sabe lo que ocurre cuando una estructura empieza a quedarse sin personas
confiables.
Santiago sintió la ironía como metal.
—Sí. Lo sé.
—Entonces sabe lo que se siente.
Santiago sostuvo su mirada desde detrás de la máscara.
—Más de lo que imagina.
Durante un segundo Viktor frunció el ceño. No reconoció voz ni rostro.
Solo una familiaridad imposible de colocar.
Gabriel regresó y el momento desapareció.
Después, Rafael confrontó a Santiago.
—Estamos ayudándolo por una puerta mientras tú le quitas otras.
—No le estoy quitando nada.
Gabriel lo miró.
—Sabes a qué me refiero.
Santiago asintió.
—Sí.
—Estamos utilizando mi relación con Viktor.
—Sí.
Gabriel pareció sorprendido por la ausencia de defensa.
—¿Dónde termina?
Santiago respondió:
—No destruimos empresas. No dañamos trabajadores. No interferimos contratos que
nosotros hayamos firmado. Si alguien quiere quedarse con Viktor, se queda. Si alguien
prefiere trabajar con nosotros, puede hacerlo.
Gabriel lo estudió.
—Quieres quitarle poder.
Santiago negó.
—Quiero quitarle necesidad.
—Es peor.
—Para Viktor, sí.
Semanas después, Záitsev dejó otro informe delante de Viktor.
—Montoro otra vez.
Viktor abrió un cajón.
Sacó un expediente.
**ADRIÁN VALDÉS.**
Fotografías.
La máscara. Antecedentes demasiado escasos.
La confianza de Rafael.
La reunión privada con Orlov.
Viktor preguntó:
—¿Qué sabemos realmente de él?
—Trabaja para Montoro.
—Eso es una descripción.
—Tiene autoridad.
—También.
—Rafael confía en él.
—Demasiado.
—Antecedentes incompletos.
Viktor levantó la mirada.
—Exactamente.
Tomó una pluma.
Escribió:
**VALDÉS CONOCE DEMASIADO.**
Después:
**¿REYKOV APROVECHA MI DEBILIDAD?**
Se detuvo.
Tachó la frase.
Escribió otra:
**¿O LA CREÓ?**
Záitsev observó.
—Eso es una acusación grande.
—No es acusación.
—¿Entonces?
—Una pregunta.
Pausa.
—Y últimamente tengo demasiadas.
Mientras Viktor miraba hacia Adrián, Orlov empezó a mirar hacia Záitsev. Un expediente antiguo llegó a su oficina.
Fechas.
Fotografías.
Años de cercanía con Sokolov.
Konstantin pasó varias páginas hasta detenerse.
—¿Esto está confirmado?
—Parte.
—¿Qué parte?
—Záitsev estuvo con la estructura de Viktor durante la caída Volkov.
Orlov levantó la mirada.
—Eso ya lo sabíamos.
El hombre frente a él negó.
—No así. Estuvo presente después de los ataques.
Silencio.
El mausoleo apareció en la memoria de Konstantin.
Tres nombres.
Y un espacio vacío.
**Anastasia.**
—¿Qué tan cerca estaba?
—Lo suficiente para haber sabido qué ocurrió después.
Konstantin miró la fotografía de Andrei Záitsev.
—¿Dónde está ahora?