Capítulo I
CENIZAS DE VHALYR
Darian Vhalyr tenía ocho años cuando aprendió que una casa podía desaparecer antes de que terminara de arder el desayuno. Hasta entonces, su mayor problema aquella mañana había sido una herramienta demasiado grande para sus manos. Varos sostenía el extremo de una barra de hierro mientras Darian intentaba mantener el otro sin que le temblaran los brazos. El pequeño taller familiar olía a carbón, aceite y pan recién hecho que llegaba desde la cocina. —Más arriba —dijo su padre. Darian apretó los dientes. —Está arriba. —Eso es abajo con entusiasmo. Darian resopló y volvió a intentarlo. Era pequeño incluso para un niño demonio. Sus cuernos apenas sobresalían entre el cabello y sus alas, todavía cortas, podían sostenerlo unos segundos antes de que tuviera que volver al suelo. Dos niños que pasaban frente al taller imitaron su manera torpe de desplegarlas y se rieron. Darian bajó la mirada. Varos dejó la herramienta sobre la mesa. —Mírame. Darian obedeció. —Ser débil no significa valer menos —le dijo su padre—. Y no uses contigo una regla que no usarías con otros. —Ellos vuelan mejor. —Entonces hoy vuelan mejor. —También son más fuertes. —Entonces hoy son más fuertes. Varos le dio un golpecito con un dedo en la frente. —Mañana ya veremos. Lyra apareció en la puerta con una bandeja y una expresión de falsa severidad.
—Si siguen discutiendo filosofía antes de desayunar, voy a declarar este taller territorio enemigo. Varos levantó ambas manos. —Me rindo. —Demasiado tarde. Darian sonrió. Años después intentaría recordar ese desayuno con precisión. El borde quemado del pan. La forma en que su madre apartaba el cabello de su rostro con el dorso de la mano. La risa de Varos cuando una de las alas de Darian golpeó una taza al levantarse demasiado rápido. Los recuerdos se volverían borrosos con el tiempo. Pero aquella mañana todavía estaban completos. Vhalyr no era una aldea importante. No tenía grandes murallas ni torres, solo casas de piedra y madera levantadas alrededor de una plaza, pequeños talleres, huertos y un puesto de vigilancia en la entrada norte. La gente se conocía por nombre. El anciano Orman discutía todas las semanas con el panadero por el precio de la harina y después terminaba comprando lo mismo de siempre. Los soldados de paso rara vez permanecían más de una noche. Era una casa demasiado pequeña para aparecer en los mapas importantes. Eso no la salvó. Las primeras campanas sonaron poco antes del mediodía. Darian levantó la cabeza. —¿Mercado? Varos ya se había puesto de pie. —No. El segundo toque fue más rápido. Después un tercero. La alarma. Alguien gritó desde la calle. —¡Camino norte! Varos salió del taller. Darian lo siguió hasta la puerta antes de que una mano lo detuviera. Lyra.
Por encima de los tejados se levantaba polvo. Primero aparecieron jinetes. Después armaduras blancas y doradas. El símbolo del sol brillaba sobre escudos y capas. La Orden del Sol. No marchaban como una patrulla que buscara hablar. El anciano Orman salió a la calle con ambas manos visibles. —¡Esperen! Aquí no hay— Una lanza lo atravesó antes de que terminara. Durante un segundo nadie se movió. Después Vhalyr empezó a morir. Los soldados entraron por el camino norte derribando puertas. Una flecha incendiaria cayó sobre un techo. Otra alcanzó un granero. Las llamas encontraron paja seca y corrieron más rápido que cualquier persona. —Dentro —ordenó Varos. —Papá— —¡Dentro, Darian! Varos tomó una espada que llevaba años sin usar. Darian nunca había visto a su padre sostenerla. Eso fue lo que finalmente le hizo entender que aquello era real. Lyra lo agarró del brazo. —Ven conmigo. —¿Y papá? —Va a ganar tiempo. —¿Para qué? Lyra no respondió. Una explosión de magia hizo temblar las ventanas. Varos empujó a Darian hacia ella. —Corre. Darian recordaría siempre el sonido de esa palabra. No la voz completa. Solo esa palabra. Lyra lo arrastró entre dos casas mientras el humo comenzaba a cubrir el cielo. Darian tropezó con una cesta rota, recuperó el equilibrio y miró atrás.
Vio a Varos un instante en mitad de la calle. No volvió a verlo con vida. Lyra conocía un paso entre las rocas detrás de las últimas casas. Allí había una grieta tan estrecha que un adulto apenas podía meter un brazo, pero un niño pequeño podía arrastrarse unos metros hacia dentro. —Entra. —Mamá, no. —Darian. —Ven conmigo. Los gritos se acercaban. Lyra se arrodilló y le tomó el rostro con ambas manos. Tenía hollín en una mejilla. —Escúchame. No salgas. —Mamá... —No importa lo que escuches. No salgas. —Pero tú— Lyra lo empujó dentro. Darian intentó volver, pero ella bloqueó la entrada un segundo. —Te quiero. Después se levantó y corrió en dirección contraria. Gritó. A propósito. Para que la vieran. Darian comprendió demasiado tarde. Se mordió la mano para no llamarla. Escuchó primero a su padre. No distinguió palabras. Solo un grito cortado de golpe y el choque de metal. Después escuchó a su madre. No vio cómo murieron. Durante años desearía haberlo hecho y al mismo tiempo agradecería no haberlo visto.
Pasó horas dentro de la piedra, abrazándose las piernas. El humo entraba por la grieta y le hacía arder los ojos. Afuera, hombres adultos caminaban entre las casas y discutían cuántas quedaban por revisar. —La del herrero ya está. —Revisen los establos. —¿Supervivientes? Una voz respondió: —No dejen supervivientes. Aquella frase no se borró nunca. Darian permaneció inmóvil incluso cuando una sombra pasó frente a la entrada. Incluso cuando escuchó pasos a menos de dos metros. Incluso cuando algo ardió tan cerca que la roca empezó a calentarse. No sabía cuánto tiempo pasó. El día se volvió naranja. Después gris. Después oscuro. Cuando finalmente escuchó otras voces, no salió. —¡Aquí! —¡Revisen las rocas! —¡Somos del Tercer Ejército! ¿Hay alguien vivo? Darian siguió sin moverse. Un soldado demoníaco encontró la grieta y se agachó. —Eh. Pequeño. Darian retrocedió hasta chocar con la piedra. El soldado dejó su espada en el suelo antes de acercar las manos. —No voy a hacerte daño. Tardaron varios minutos en conseguir que saliera. Vhalyr ya no era una aldea. Era una extensión de madera negra, cuerpos, humo y paredes que todavía ardían por dentro. Darian buscó el taller. No quedaba. Buscó la puerta de su casa. Tampoco.
El soldado se arrodilló a su lado. —¿Cómo te llamas? Darian tardó en responder. —Darian. —¿Tu familia? Miró las cenizas. —Muerta. El soldado intentó tocarle el hombro. Darian retrocedió. —¿Qué quieres que hagamos contigo? El niño miró la espada que el hombre había dejado en el suelo. —Enséñenme. —¿Qué cosa? Darian levantó la vista. —A pelear. No habló de venganza. Todavía no sabía ponerle nombre a todo lo que sentía. Solo sabía una cosa: nunca quería volver a ser el niño escondido en una grieta mientras alguien decidía si merecía vivir.