El rey demonio y la heroina

DIEZ AÑOS

Capítulo II

DIEZ AÑOS

La guerra no convirtió a Darian en prodigio. Eso habría sido más fácil. Durante los primeros años de entrenamiento perdió contra casi todos. Era menos fuerte, menos rápido en vuelo y su magia parecía agotarse cuando otros apenas empezaban a sudar. Los instructores corrigieron postura, respiración, resistencia y disciplina. Nada apareció de repente para demostrar que el niño de Vhalyr había nacido elegido por alguna fuerza superior. Darian siguió entrenando. Cuando caía, volvía a levantarse. Cuando un ejercicio le tomaba veinte intentos, hacía veintiuno. A los quince años podía vencer a hombres más grandes no porque hubiera superado su fuerza, sino porque había aprendido a leer hombros, caderas y respiración. A los diecisiete podía mantenerse en el aire durante una marcha completa, aunque llegara con los músculos temblando. A los dieciocho firmó su ingreso en el Tercer Ejército. El capitán Vorak leyó su expediente. —Vhalyr. Darian permaneció firme. —Sí, capitán. —Conozco el nombre. —Muchos lo conocen. Vorak levantó los ojos. —Eso no te hace especial aquí. —Bien. La respuesta hizo que el veterano arqueara una ceja. Darian fue asignado a una unidad donde conoció a Kael, demasiado alto y demasiado alegre para su propio bien; Serah, arquera que parecía juzgar a todo el mundo en silencio; Malvek, mago de humor seco; Orin, lancero de piel roja; y Vessa, escudera capaz de cargar a un herido sin dejar de insultarlo.

—¿Eso funciona? Darian lo miró. —¿Tu cerebro? Serah soltó la primera risa. La amistad empezó así. La primera campaña no fue gloriosa. Marcharon bajo lluvia, durmieron en barro y pasaron tres días vigilando una carretera que nadie atacó. Darian descubrió que el ejército consistía en enormes cantidades de aburrimiento interrumpidas por momentos en los que todo podía matarte. Vorak lo observaba más de lo que Darian notaba. No buscaba al soldado más fuerte. Buscaba al que miraba alrededor antes de moverse. Meses después, cuando un sargento cayó durante una escaramuza, Darian fue quien reorganizó a cinco hombres desorientados y los sacó de una posición expuesta. Vorak no lo felicitó. Al terminar, solo preguntó: —¿Por qué retrocediste por el barranco? —Porque el camino era obvio. —¿Y? —El enemigo también lo sabía. Vorak asintió. —Bien. Darian descubrió que aquello, viniendo de Vorak, equivalía a una ceremonia. Diez años después de ser el niño de las cenizas, el soldado empezaba a convertirse en alguien capaz de cuidar de otros. Y eso resultaría mucho más peligroso que cualquier deseo de venganza.