El rey demonio y la heroina

ASTERHAL

Capítulo XI

ASTERHAL

Asterhal debía ser una fortaleza humana imposible de tomar sin un asedio largo. Darian la observó durante dos días y llegó a una conclusión diferente. La fortaleza dominaba una colina baja. Dos murallas rodeaban una ciudad apretada de almacenes, viviendas y talleres. Las banderas de Arthel todavía ondeaban sobre las torres, pero el movimiento en los caminos había disminuido. Serah regresó del reconocimiento al anochecer. —Carros entrando: tres. —¿Saliendo? —Ninguno. Malvek dejó un informe sobre la mesa. —Las barreras mágicas están activas por turnos. No pueden sostenerlas toda la noche. Vorak miró a Darian. —¿Qué ves? Darian señaló el mapa. —Hambre. Un capitán de otra compañía soltó una risa seca. —Yo veo murallas. —Las murallas no comen. Darian cortó dos caminos y dejó abierto el tercero. El capitán frunció el ceño. —¿Por qué dejarles una salida? —Porque quiero que puedan imaginar una vida después de rendirse. —También podrán recibir suministros. —No por ese camino. Serah lo vigila desde las alturas. La primera oferta de rendición salió al amanecer. Soldados desarmados y registrados. Heridos atendidos.

Sin saqueo. Sin ejecución de oficiales por el simple hecho de haber defendido la ciudad. El comandante humano respondió antes del mediodía. Asterhal no se rinde. Darian dobló la carta. —Bien. Vorak arqueó una ceja. —¿Bien? —Ahora esperamos. Esperaron. El primer día, nada. El segundo, las cocinas de la fortaleza redujeron humo. El tercer día un grupo de civiles intentó salir por la puerta oriental. Darian permitió que cruzaran, los registró y los dejó continuar. El capitán que había protestado volvió a hacerlo. —Podrían ser espías. —Entonces ya saben que tenemos tiendas, caballos y soldados. Información devastadora. —Darian. —No voy a encerrar civiles para que el hambre haga mi trabajo más rápido. Aquella tarde llegó un mensajero con bandera blanca. El comandante de Asterhal pedía hablar. Se encontraron entre líneas, cada uno acompañado por dos oficiales. El humano se llamaba Commander Rhen Arvas. Tenía el rostro hundido y el uniforme demasiado limpio para alguien que llevaba días durmiendo poco. —Sus condiciones son propaganda. —Son condiciones. —¿Y cuando entren sus hombres? —Seguirán siendo las mismas. —No puede controlar a todos. Darian lo miró.

—Puedo castigar a los que decidan comprobarlo. Rhen guardó silencio. —Tengo soldados que perdieron familias contra demonios. —Yo también. —Y aun así espera que confíe en usted. —No. Espero que confíe en algo más sencillo: necesito Asterhal funcionando. Una ciudad saqueada no me sirve. Una población aterrorizada tampoco. Rhen soltó una risa sin humor. —Al menos es una razón honesta. —Tengo otras. Esa es la que probablemente le importe más ahora. El comandante regresó a la fortaleza. Dos días después, Asterhal abrió las puertas. Los soldados demoníacos entraron esperando botín. Darian los detuvo antes de cruzar la segunda muralla. —Formación. Un capitán lo miró confundido. —La ciudad se rindió. —Exacto. —Entonces las casas— —Las casas no son pago. —Es ciudad enemiga. —Era una posición enemiga. Ahora está bajo nuestra responsabilidad. El capitán abrió la boca. Darian no elevó la voz. —Si alguien saquea, roba o ataca a un civil, responderá ante mí. ¿Hay alguna parte que necesite repetir? No la había. La primera noche fue peor que la toma. Los civiles cerraron puertas y ventanas. Algunos escondieron comida. Otros esperaron soldados que nunca llegaron. Los heridos humanos permanecían en un hospital sin suficientes vendas y los médicos miraban a los sanadores demoníacos como si llevaran veneno. Darian entró sin escolta ceremonial.

Una mujer se interpuso frente a una cama. —No se lo lleve. —¿A quién? —A mi hijo. Darian miró al muchacho herido. —No pensaba hacerlo. —Es soldado. —Ahora es prisionero herido. La mujer no pareció entender la diferencia. Darian llamó a un sanador. —Atiéndanlo. Aquella noche durmió en una oficina militar dentro de la fortaleza, no en la residencia del comandante. Al amanecer pidió tres listas. Heridos. Alimentos. Edificios vacíos. Asterhal comenzó a cambiar por necesidades, no por discursos. Barracas junto a un hospital. Talleres de prótesis. Escuelas de oficio. Almacenes abiertos bajo registro. Viviendas reparadas antes de que llegara el invierno. Mercados donde humanos y demonios empezaron a compartir espacio sin que nadie fingiera que la guerra había desaparecido de sus recuerdos. Hubo peleas. Hubo insultos. Hubo soldados que pidieron traslado porque no querían comer junto a humanos y comerciantes humanos que se negaron a vender a demonios. Darian no intentó obligarlos a gustarse. Solo impidió que se destruyeran. Meses después, una frase suya apareció pintada sobre la entrada del hospital: —Las paredes no saben quién las construyó. Darian la vio y se quedó mirando.

—Yo no dije eso así. Maelis, que acababa de llegar con un cajón de piezas, se encogió de hombros. —La versión buena ya es del público. Con el tiempo, Asterhal dejó de ser solo una conquista. Se volvió una prueba. No de que la guerra hubiera terminado. De que podía existir algo después.