Capítulo XV
VELMORA
Velmora llegó a manos de Darian como un territorio secundario con minas mal administradas, caminos rotos y una nobleza convencida de que nada importante podía ocurrir allí. El rey Azrhael lo nombró barón. Darian leyó el decreto dos veces. —¿Qué hice mal? Vorak soltó una carcajada. —Te promovieron. —Exactamente. El viaje a Velmora confirmó sus sospechas. La carretera principal tenía tantos baches que Varkhaz, reducido sobre el asiento del carro, empezó a contarlos por aburrimiento. —Ciento doce. Darian miró por la ventana. —Deja de contar. —Ciento trece. —Varkhaz. —Ciento catorce. El administrador local recibió al nuevo barón frente a una mansión demasiado grande para un territorio que no podía mantener sus puentes. —Velmora cumple con sus obligaciones tributarias —dijo antes incluso de saludar. Darian observó una gotera cayendo sobre un cubo en el vestíbulo. —Eso es una afirmación preocupantemente específica. Los primeros días no fueron ceremoniales. Darian visitó talleres. Depósitos. Pozos. Graneros. Las minas.
Los capataces intentaron mostrarle únicamente las galerías productivas. Darian pidió ver las cerradas. —No hay nada importante allí. —Entonces no perderemos tiempo. En una de las galerías encontró una veta de metal oscuro que los mineros evitaban por su dificultad. Las herramientas comunes se desgastaban demasiado rápido y el mineral parecía absorber parte del calor de las fraguas. Un minero anciano golpeó una muestra con el pico. —Piedra maldita. Darian tomó un fragmento. —¿Cuánto hay? —Demasiado si piensa obligarnos a sacarlo. —No obligo a nadie a meterse en una galería que no sabemos trabajar. Mandó muestras a Maelis. Ella llegó tres días después con dos ayudantes, cuatro cajas y la expresión de alguien a quien acababan de regalar un problema delicioso. —¿Dónde está? —Buenos días. —Sí. Buenos días. ¿Dónde está? Los herreros tardaron semanas en aprender a trabajarlo. El primer intento agrietó una fragua. El segundo produjo una placa quebradiza. El tercero terminó con Maelis gritando a un ayudante porque había enfriado el metal demasiado rápido. Finalmente obtuvieron una lámina estable. Era más ligera que el acero común, extraordinariamente resistente y conducía runas y magia de manera casi absurda. Maelis dejó la pieza sobre la mesa. —Necesitamos un nombre. —Metal oscuro. —Eso es terrible. —Funciona. —No.
Los estudiosos acabaron recuperando un término antiguo de textos mineros. Mithril oscuro. Darian prohibió fabricar cien armaduras de inmediato. —Una. Maelis protestó. —¿Una? —Una que funcione. —Tenemos pedidos potenciales de media docena de unidades. —Entonces podrán esperar a que dejemos de matar a quien la use. La primera armadura fue probada hasta romperla. Darian hizo que un soldado golpeara las placas, después un mago, después una ballesta pesada. Una unión del hombro falló. Maelis maldijo durante un minuto entero. La segunda sobrevivió. La tercera mejoró. Cuando llegaron los primeros pedidos, Darian limitó la producción. Cincuenta. Después ciento cincuenta. Finalmente quinientas. Los soldados empezaron a llamarla “Acero de Velmora”, para indignación de los estudiosos que insistían en que no era acero. A nadie le importó. El verdadero problema llegó con el dinero. La mina empezó a producir más de lo que Velmora había visto en décadas. Comerciantes aparecieron. Casas nobles enviaron propuestas. Un funcionario sugirió aumentar inmediatamente los impuestos sobre los mineros. Darian lo miró. —¿Por qué? —Ahora ganan más. —Porque producen algo más valioso. —Precisamente.
—Entonces si les quito la mayor parte, producirán menos, se irán o me odiarán. —Es el derecho del señor. —No pregunté qué puedo hacer. Pregunté qué conviene hacer. Dravenn llegó poco después y convirtió el entusiasmo de todos en columnas de números. —No gastes ingresos extraordinarios como si fueran permanentes. —Caminos. —Sí. —Agua. —Sí. —Talleres. —Probablemente. —Vivienda. Dravenn cerró los ojos. —Sabía que ibas a decir vivienda. Darian reutilizó residuos del mineral en prótesis, herramientas y componentes rúnicos. Las minas contrataron más trabajadores, pero también se impusieron inspecciones y compensaciones por accidente. Parte de los ingresos se reservó para mantenimiento antes de financiar proyectos nuevos. Los primeros caminos reparados redujeron días de transporte. Eso abarató alimentos. Los alimentos más baratos permitieron que talleres pequeños contrataran aprendices. Los aprendices alquilaron casas. Las casas necesitaron madera, piedra y herreros. Darian empezó a ver el territorio de otra manera. Una noche extendió sobre la mesa un mapa de Velmora lleno de rutas, minas, aldeas y almacenes. Vorak entró y lo encontró moviendo fichas como si preparara una batalla. —¿Enemigo? —Barro. —¿Perdón?
—Este camino se vuelve inutilizable cada invierno. Nos cuesta más que una compañía humana. Vorak miró el mapa y sonrió. —Te nombraron barón y empezaste a declarar la guerra a los caminos. —Los caminos empezaron. Velmora empezó a crecer. Darian empezó a entender que una economía también podía ser una fortificación. No porque produjera riqueza. Porque hacía más difícil que la gente tuviera que elegir entre sobrevivir y obedecer a cualquiera que prometiera salvarla.