Capítulo XX
EL PRÍNCIPE EQUIVOCADO
Dareth debía ser una fortaleza difícil. La inteligencia hablaba de murallas reforzadas, una guarnición experimentada y reservas para varias semanas. Darian llegó preparado para un asedio. Desplegó exploradores. Artillería. Sanadores. Reservas. Y antes de terminar de colocar la segunda línea, apareció una bandera blanca. Darian miró a Vorak. —¿Eso es nuestro? —No. —¿Alguna unidad se rindió sin avisarme? —También no. El comandante humano había escuchado suficiente sobre Asterhal para saber que una rendición ante Darian no significaba masacre. Las puertas de Dareth se abrieron bajo condiciones casi idénticas. Armas entregadas. Heridos registrados. Civiles protegidos. Sin saqueo. Darian entró esperando revisar arsenales. Encontró un príncipe. Lucien de Arthel estaba sentado en una sala de mapas con una capa que intentaba parecer discreta y fallaba de manera espectacular. Darian se quedó inmóvil. —¿Por qué carajos hay un príncipe en una fortaleza fronteriza? Lucien, joven, cansado y tan confundido como él, respondió: —Es una excelente pregunta.
El comandante de Dareth miró al suelo. Darian lo señaló. —No. No hagas eso. Mírame y explícame por qué tengo al hijo del rey enemigo bajo custodia. —El príncipe inspeccionaba las defensas. Lucien levantó una mano. —En mi defensa, parecía una buena idea antes de que ustedes aparecieran. Vorak se tapó la boca para ocultar una sonrisa. Darian respiró despacio. —Nadie toca al príncipe. —Agradecido —dijo Lucien. —No era por ti. No quiero provocar una guerra más grande por accidente. —Mucho mejor. La noticia llegó a ambas coronas con rapidez. El rey humano Edric de Arthel exigió garantías inmediatas sobre la seguridad de su hijo. Azrhael envió un mensaje menos diplomático: No lo pierdas. Darian respondió: Plan brillante. Gracias. Mientras las coronas discutían términos, Lucien pidió caminar por Dareth. Darian negó. —No. —Soy prisionero. —Eres un problema diplomático con piernas. —Entonces necesito ejercicio. Finalmente Darian permitió que recorriera Asterhal bajo escolta. Lucien esperaba una ciudad ocupada. Encontró otra cosa. Vio humanos trabajando en talleres junto a demonios. Niños asistiendo a escuelas.
Veteranos demoníacos recibiendo prótesis al lado de civiles humanos. Un mercado donde una anciana humana discutía con un vendedor demoníaco por el precio de las manzanas con una agresividad que parecía totalmente normal. Lucien se detuvo frente al hospital. —¿Esto es para mostrarme algo? —No. —Conveniente. —Si quisiera impresionarte, habría mandado limpiar la calle. Lucien miró barro en sus botas. —Punto para ti. Dentro del hospital habló con un antiguo soldado de Arthel que había perdido una pierna años antes. —¿Te obligaron a quedarte? El hombre soltó una carcajada. —Me obligaron a pagar mis deudas. Eso sí. Lucien miró a Darian. —¿Y si quiere volver a Arthel? —Puede hacerlo. —¿Con la prótesis? Darian frunció el ceño. —Es su pierna. Lucien guardó silencio. Más tarde caminaron sobre una muralla. —No esperaba esto —admitió el príncipe. —Eso parece ser un problema frecuente. —En Arthel cuentan otra versión de Asterhal. —¿Cuál? —Que es propaganda. Una jaula limpia. Una forma de hacer que los humanos olviden quién ganó. Darian apoyó los brazos en la piedra. —¿Lo olvidaste? Lucien miró las banderas demoníacas. —No.
—Entonces la propaganda funciona mal. El príncipe sonrió. —¿Realmente crees que esto puede durar? Darian tardó en responder. —No sé si humanos y demonios van a quererse. —Respuesta pésima. —No necesito que se quieran. Necesito que una discusión no termine siempre con una espada. —Eso suena menos heroico. —Por eso quizá funcione. La captura accidental de Lucien abrió una puerta diplomática que nadie había planeado. Edric quería a su hijo de vuelta. Azrhael quería una frontera que dejara de consumir soldados. Darian quería tiempo para construir algo que no estuviera ardiendo. Lucien, para sorpresa de todos, pidió estar presente en una de las conversaciones preliminares. —Mi padre creerá mi descripción de Asterhal antes que un informe demoníaco. —Eso no te convierte en aliado. —No dije que lo fuera. —Bien. —Eres realmente malo para esto. —Dravenn dice lo mismo. Por primera vez en años, las dos coronas hablaron de una pausa real en la guerra. No porque hubieran aprendido a confiar. Porque por primera vez ambos lados podían imaginar que detenerse no significaba perder.