Capítulo XXIX
EL PESO DE UNA CORONA
Los años de paz pasaron demasiado rápido. Cuando faltaban alrededor de tres años y dos meses para el final del Tratado de Dareth, Vhalyr ya era otra cosa. Las radios de campaña podían ser transportadas por un solo operador. La red ferroviaria conectaba regiones enteras. La Guardia Territorial era normal. Velmora parecía una capital regional. La gente discutía horarios de tren como si las locomotoras hubieran existido siempre. Darian había aprendido que ese era uno de los signos más extraños del éxito: cuando algo revolucionario funcionaba el tiempo suficiente, la población empezaba a quejarse de que llegaba doce minutos tarde. Azrhael lo convocó a la capital sin explicar por qué. Dravenn revisó la invitación. —Ceremonial. —Eso temía. —Hay una lista de casas invitadas. —Peor. —Y uniforme de gala obligatorio. Darian dejó caer la cabeza sobre la mesa. —Cruel. La ceremonia fue grande. Demasiado grande. Darian recibió el título de Duque de Vhalyr frente a nobles, oficiales y representantes de regiones que años antes apenas sabían dónde estaba Velmora. Azrhael explicó públicamente que no premiaba una batalla, sino años de resultados sostenidos. Caminos. Industria. Instituciones.
Defensa. Integración de territorios. Darian permaneció quieto mientras una cadena ceremonial le caía sobre los hombros. Pensó que pesaba menos que su cuaderno de nombres. Después del acto, Azrhael lo llevó a una habitación privada. No había consejeros. No había vino. Solo un mapa. —Arthel está reconstruyendo fortalezas. Darian dejó de sonreír. —Lo sé. —Reservas. —También. —Producción de armas. —Sí. —Movimientos de unidades lejos de los sectores acordados. Darian señaló dos marcas. —Aquí y aquí. Azrhael lo observó. —No creo que esperen tres años. Darian miró el mapa. —Yo tampoco. Habían recibido señales durante meses. Ninguna bastaba por sí sola para acusar a Arthel de romper el tratado. Juntas formaban una imagen que Darian no quería mirar demasiado tiempo. —¿Edric respondió a la última consulta? —Con garantías generales. —Eso no responde. —Lo sé. Darian guardó silencio. Lucien tampoco había enviado nada útil en semanas. No sabía si significaba presión política, enfermedad, vigilancia o simplemente una decisión calculada.
La incógnita le molestaba más que una amenaza abierta. Azrhael se sentó. Entonces tosió. No fue una tos normal. Se dobló ligeramente y llevó un pañuelo a la boca. Cuando lo retiró había sangre. Darian se levantó. —Médicos. —Siéntate. —No. —Darian. —No voy a sentarme después de verte toser sangre. Azrhael respiró con dificultad hasta recuperar el control. —Ya han venido los médicos. Darian se quedó inmóvil. —¿Qué significa eso? El rey cambió de tema de la peor forma posible. —Me estoy muriendo. Darian no respondió. Azrhael explicó la degeneración de sus canales vitales. Maelis, sanadores reales y especialistas de Vael’Shara habían revisado el caso por separado y después juntos. No había cura. Tal vez dos años. —Encontraremos algo. —No. —Hay técnicas élficas que— —Ya las intentaron. —Chronos podría saber— —Pregúntale si quieres. Darian apretó la mandíbula. —No me digas que lo acepte. —No te pedí eso. —Entonces dime qué quieres.
Azrhael lo miró durante varios segundos. —No tengo hijos. El silencio se volvió más pesado. Darian entendió antes de que terminara. —No. —Voy a designarte heredero. —No. —Eso tampoco era una pregunta. —Hay casas con sangre real. —Sí. —Generales con más experiencia. —Sí. —Administradores que llevan décadas gobernando provincias enteras. —Sí. —Entonces elige a uno de ellos. Azrhael sonrió con cansancio. —No quieres el trono. —Correcto. —Una de las razones por las que confío en ti. Darian dio dos pasos hacia la ventana y volvió. —Eso es una frase terrible para elegir un rey. —Hay personas más fuertes que tú. —Sí. —Más estudiosas. —Sí. —Con mejor linaje. —Muchas. Darian frunció el ceño. —Excelente discurso. Azrhael se inclinó hacia él. —Tú haces algo que la mayoría de ellos no hace. —¿Qué? —Encuentras a quien sabe más que tú y le permites trabajar.
—No inventaste las prótesis —continuó Azrhael—. Encontraste a Maelis y evitaste que el programa dependiera de tu bolsillo. No inventaste el ferrocarril. Escuchaste a Elias. No inventaste la radio. Le diste recursos a Ilan. No convertiste cada casa subordinada en una copia de Velmora. Dejaste que hicieran lo que sabían hacer. —Eso no me convierte en rey. —No. Pero evita que creas que tienes que ser el hombre más inteligente de cada habitación. Azrhael señaló el mapa del reino. —Construye un reino capaz de decirte que estás equivocado antes de que tu error mate miles. Darian regresó a Vhalyr al día siguiente. No anunció nada. Vorak lo encontró en una plataforma ferroviaria mirando vagones pasar. —Tienes cara de haber recibido una promoción. Darian lo miró. —¿Por qué todos dicen eso como si fuera una enfermedad? —Porque contigo suele producir síntomas. Darian tardó un momento. —Azrhael se está muriendo. Vorak dejó de bromear. —¿Cuánto? —Tal vez dos años. —Lo siento. —Quiere nombrarme heredero. Vorak parpadeó. —Ah. —Esa reacción es poco útil. —Estoy intentando encontrar una peor. —No quiero el trono. —Lo sé. —Podría negarme. Vorak observó los trenes. —Podrías.
—Eso esperaba que dijeras. —También podrías preguntarte quién lo toma si tú dices que no. Darian cerró los ojos. —Te odio. —Varkhaz dice que mejora la memoria. Aquella noche Chronos apareció entre estrellas. —Este problema no puedes resolverlo volviéndote más fuerte. Darian miró el vacío. —Ya lo sé. —No puedes romper una corona como rompes una barrera. —También lo sé. —Entonces deja de buscar una técnica secreta que te permita cargarla solo. Darian pensó en Maelis. Dravenn. Vorak. Elias. Ilan. Kaervan. Cassian. Aelyra. En todos los nombres que habían convertido Vhalyr en algo que él nunca habría podido construir por sí mismo. Chronos lo observó. —Aprende a no hacerlo solo.