El rey demonio y la heroina

EL HEREDERO DE AZRHAEL

Capítulo XXX

EL HEREDERO DE AZRHAEL

Azrhael convocó a las casas antiguas. Malthor Varesh. Selvara Nareth. Korven Draeth. Vaelor Theryn. Otros nobles con suficientes generaciones detrás como para convertir una genealogía en arma política. Darian llegó a la capital dos días antes de la reunión. Dravenn lo acompañaba con tres carpetas de cuentas, una lista de alianzas y una paciencia que empezaba a agotarse. —No necesitas convencerlos de que eres simpático. —Excelente. —Necesitas convencerlos de que el reino no se desintegrará cuando Azrhael muera. —Menos excelente. —Y no insultes a nadie. —Eso limita mis opciones. Dravenn cerró los ojos. —Voy a fingir que no escuché eso. La reunión se celebró sin público. Azrhael entró último. Se veía más delgado que durante la ceremonia del ducado, pero su voz seguía teniendo suficiente peso para silenciar la sala. —Darian Vhalyr será mi heredero. La sala no explotó. Eso ya era una buena noticia. Malthor Varesh habló primero. —Majestad, su lealtad no está en duda. Darian pensó que aquello era exactamente lo que alguien decía antes de poner algo en duda.

Selvara Nareth añadió: —Su casa es joven. Sus instituciones dependen demasiado de su presencia personal. —Eso último sí me preocupa —dijo Darian. Varias cabezas giraron. Selvara frunció el ceño. —¿Está de acuerdo conmigo? —Si Vhalyr deja de funcionar porque yo paso una semana fuera, entonces construí mal. La respuesta desarmó parte de la objeción, pero no todas. Korven Draeth apoyó ambos brazos sobre la mesa. —Integra humanos en su Guardia. —Sí. —Ha concedido autonomía regional. —Sí. —Firma tratados con elfos. —También. —Cambiar Vhalyr es una cosa. Gobernar un reino es otra. Darian no negó la última parte. —Gobernar todo el reino como Velmora sería una estupidez. Korven levantó una ceja. —¿Entonces respetarás las tradiciones? —Las que sirvan a la estabilidad y a la gente. —¿Y las demás? —Tendrán que explicar por qué existen. Eso sí provocó murmullos. Malthor soltó una risa breve. —Al menos no pretende tranquilizarnos. —Dravenn me pidió que lo intentara. Desde el fondo, Dravenn llevó una mano a la cara. Vaelor Theryn había hablado poco. Era mayor que la mayoría de los presentes y no parecía interesado en competir por volumen. —¿Quieres ser rey?

—No. —Entonces ¿por qué aceptarías? Darian miró a Azrhael. —Porque si puedo impedir que esto se fracture y me niego solo porque tengo miedo, eso sería cobardía. Vaelor asintió. —Mejor respuesta. Selvara no estaba convencida. —¿Y cuando una región rechace una reforma de Vhalyr? —Dependerá de la reforma. —¿No impondrá su modelo? —No por orgullo. Si una provincia administra bien sus tierras, protege a su gente y cumple obligaciones, no necesito que sus oficinas se parezcan a las mías. Malthor intervino. —¿Y si no lo hace? —Entonces empezamos por medir el problema antes de declarar que ya sabemos la solución. La discusión duró horas. Impuestos. Ejército. Sucesión. Relaciones con Arthel. Autoridad de las casas. Competencias regionales. Darian descubrió algo irritante: algunos de sus opositores tenían buenos argumentos. Selvara señaló que la Guardia Territorial dependía de ingresos de Vhalyr difíciles de replicar en provincias pobres. Darian anotó la objeción. Korven advirtió que una integración apresurada de tropas humanas en el Ejército Real podía provocar motines. Darian estuvo de acuerdo. Malthor cuestionó si los estándares ferroviarios podían financiarse a

Dravenn respondió antes que Darian y ambos terminaron discutiendo cifras durante veinte minutos. Al final no hubo unanimidad. Pero tampoco ruptura. Eso era suficiente. Tres días después Azrhael proclamó públicamente a Darian como heredero de la Corona Demoníaca. En el discurso hizo algo deliberado: recordó que Darian no había inventado el ferrocarril, la radio ni las prótesis. —Su mérito fue reconocer a quienes podían hacerlo y darles espacio para conseguirlo. Darian escuchó esas palabras desde el estrado. Le incomodaron más que los elogios militares. Cuando llegó su turno, miró a la multitud. —No acepto esto porque crea que lo merezco más que todos los demás. Pausa. —Y no porque quiera una corona. Otra pausa. —Pero si llega el día, no voy a esconderme del peso. Después empezó la transición. Tesoro. Reservas. Fortalezas. Tratados. Casas. Todo a escala nacional. Darian descubrió que gobernar un ducado no preparaba por completo para entender un reino. Vhalyr tenía sistemas relativamente nuevos; otras regiones acumulaban pactos, deudas y privilegios de generaciones. Durante una revisión del tesoro preguntó por una partida de dinero que se repetía desde hacía ciento cuarenta años. —¿Qué financia? El funcionario buscó en varios registros. —No estamos seguros.

—No digas nada. —No pensaba hacerlo. —Tu cara está hablando. Mientras Darian aprendía, los informes humanos empeoraban. Tropas. Caballería. Armas. Fortificaciones. No había una explicación política clara desde Arthel. Solo señales. Darian se negó a llenar el vacío con suposiciones. —Trabajamos con lo que sabemos —ordenó—. No con lo que nos gustaría demostrar. Mandó auditorías de puentes, reservas de comida y munición, horarios militares de ferrocarril, frecuencias de radio y planes de evacuación. No rompía el tratado. Se preparaba para el día en que alguien más lo hiciera. En Vhalyr, Malvek aparecía ya en los informes como responsable de coordinación de defensas mágicas en Asterhal. Vessa había sido destinada a una unidad de evacuación y recuperación, donde su capacidad para cargar heridos mientras los insultaba seguía siendo considerada, según un informe de Cassian, “sorprendentemente eficiente”. Orin había ascendido y servía en una formación de lanceros de reserva. Darian leyó los tres nombres y sonrió un instante. El mundo había seguido moviéndose también para ellos. Una noche vio a Azrhael toser sangre durante una revisión de mapas. —Médicos. —Estoy bien. Darian lo señaló. —No vuelvas a decirme eso. Azrhael sonrió con cansancio. A cientos de kilómetros, en una fortaleza humana, miles de soldados seguían llegando. El Tratado de Dareth todavía existía. Sobre el papel.