Capítulo VI
VARKHAZ
Chronos lo condujo hacia las montañas donde, según todas las historias modernas, los dragones ya no existían. El viaje duró cuatro días. Durante los primeros dos Darian asumió que la entidad dentro de su cabeza estaba jugando con él. —No hay dragones. —Entonces puedes volver. Darian siguió caminando. El tercer día encontraron huellas. No parecían huellas. Parecían cráteres con garras. Darian se agachó junto a una. —Esto podría ser cualquier cosa. —Claro. —Una criatura grande. —Enorme coincidencia. —No necesito tu sarcasmo. —Lo necesitas más de lo que crees. El cuarto día el aire cambió. Había menos pájaros. Las cabras montesas habían desaparecido. Incluso el viento parecía pasar con cuidado entre las rocas. Darian cruzó un paso estrecho y llegó a una cuenca rodeada de picos. Había tres dragones. Rojo. Azul. Negro. El rojo dormía bajo una cornisa. El azul tenía las alas extendidas al sol. El negro permanecía inmóvil sobre una plataforma de piedra más alta que una torre. Era el mayor.
Cuando abrió los ojos, Darian sintió que una montaña había decidido mirarlo. Su primer impulso fue llevar la mano a la espada. Chronos habló inmediatamente. —Si haces eso, no tendré tiempo ni de llamarte idiota. Darian bajó la mano. El dragón negro inclinó la cabeza. La pupila era más grande que el torso de Darian. —Inclínate —dijo Chronos. —¿Por miedo? —Por respeto, imbécil. Darian se arrodilló. No bajó la cabeza hasta el suelo. No suplicó. Simplemente reconoció que estaba ante una criatura mucho más antigua que él. El dragón acercó el hocico. El aire que expulsó olía a piedra caliente y metal. —Los de tu especie dejaron de hacer eso hace siglos. Darian levantó la vista. —Los de la mía hacen muchas cosas estúpidas. Una risa profunda hizo temblar la piedra. El dragón rojo abrió un ojo y volvió a cerrarlo. —Soy Varkhaz. —Darian Vhalyr. —Sé quién eres. Eso consiguió que Darian mirara a Chronos. —¿Le hablaste de mí? —No. Varkhaz soltó humo por la nariz. —Hueles a él. —Eso es ofensivo —dijo Chronos. —Para mí también —respondió Darian. Varkhaz volvió a reír. Darian no pidió permiso para montarlo. No pidió obediencia.
No preguntó cuánto fuego podía escupir ni qué podía destruir por él. Solo habló. Durante horas. Del ejército. De Vhalyr. De sus padres. Del cuaderno de nombres. De no querer volver a mirar una masacre sin poder detenerla. Varkhaz escuchó sin interrumpir hasta que Darian terminó. —Quieres poder. Darian pensó antes de responder. —Sí. Chronos guardó silencio. Varkhaz acercó más la cabeza. —Al menos no mientes. —No quiero poder para sentirme grande. —Todos dicen algo parecido. —Entonces no puedo convencerte con palabras. —Correcto. —¿Qué quieres que haga? Varkhaz observó sus alas. —¿Sabes volar? Darian las abrió. —Sí. Varkhaz lo observó. —No. El entrenamiento casi lo mata. La primera lección consistió en subir a un risco. La segunda, saltar. Darian miró el vacío. —¿Eso es todo? —No. También tienes que dejar de gritar. —No estoy gritando.
La piedra bajo los pies de Darian se partió. Darian cayó. —¡VARKHAZ! —Eso cuenta como gritar. Darian desplegó las alas demasiado pronto. El aire las golpeó, perdió estabilidad y empezó a girar. Varkhaz descendió junto a él sin esfuerzo. —Deja de pelear contra la gravedad. —¡ESTOY CAYENDO! —Sí. Cae donde quieras estar. —¡ESO NO TIENE SENTIDO! —Entonces muere confundido. Darian logró corregir el giro a pocos metros del suelo y aterrizó de hombro. Varkhaz descendió después con una delicadeza insultante. —Otra vez. Durante días, Darian aprendió que volar no era sostenerse en el aire por pura fuerza. Era aceptar el peso, usar corrientes, plegar un ala para girar antes y dejar que la caída se convirtiera en velocidad. Varkhaz lo obligó a volar bajo lluvia. Con viento lateral. Entre columnas de piedra. Una tarde lo persiguió por un cañón únicamente para enseñarle que mirar atrás era una excelente forma de chocar contra una pared. Darian chocó contra una pared. —Lección aprendida —dijo Varkhaz. —Te odio. —Eso mejora la memoria. Al séptimo día Darian atravesó el cañón completo sin tocar piedra. Subió utilizando una corriente caliente y aterrizó sobre el risco sin caer de rodillas. Varkhaz no dijo nada durante varios segundos. —¿Eso fue bueno? —Fue menos vergonzoso.
Varkhaz miró hacia el horizonte. —Los tuyos volverán a la guerra. —Nunca salimos de ella. —No hablo de batallas. Hablo de lo que viene después de ellas. Darian lo observó. —Chronos también habla así cuando quiere ser insoportable. —Entonces quizá por eso todavía está vivo. Chronos murmuró algo que Darian decidió ignorar. Varkhaz bajó la cabeza hasta quedar frente a él. —Te acompañaré. Darian parpadeó. —¿Por qué? —Todavía no lo sé. —Eso no inspira confianza. —Perfecto. Tampoco confío en ti. Darian sonrió. —Entonces estamos de acuerdo. Varkhaz dejó claro algo antes de partir. —No soy tu montura. —Bien. —Ni tu mascota. —No iba a decirlo. —Mejor. El dragón podía reducir su tamaño hasta parecer una criatura de cuarenta centímetros. La primera vez que lo hizo frente a la unidad, Kael abrió los ojos como un niño. —Qué wyvern tan bonito. El mundo pareció detenerse. Varkhaz giró lentamente la cabeza. Kael dejó de sonreír. —Darian. —¿Sí? —¿Por qué el wyvern me mira así? —No lo sé. Parece un problema personal.
Varkhaz casi lo incendió.