Capítulo III
El hierro también aprende
Alekséi Morozov no parecía impresionado por el apellido Reyes ni por el hecho de que Mikhail Volkov hubiera enviado personalmente a Santiago.
Eso fue lo primero que le gustó de él.
También lo primero que llegó a odiar.
El centro de entrenamiento se encontraba lejos de Moscú. Allí conoció a Sergei Antonov, Pável Orlov e Irina Sokolova, una mujer que hablaba español con suficiente fluidez para destruir cualquier esperanza de Santiago de fingir que no había entendido una orden.
"Mikhail dice que piensas demasiado", dijo Alekséi.
"Normalmente me dicen que eso es bueno."
"Normalmente te mienten."
El entrenamiento no estaba diseñado para convertirlo en un soldado. Alekséi se lo aclaró desde el primer día.
"No necesito enseñarte a ganar una guerra. Necesito descubrir qué haces cuando estás cansado, asustado y equivocado."
Durante las primeras semanas, la respuesta fue simple:
Santiago tomaba malas decisiones.
El agotamiento reducía su paciencia. El frío lo volvía impulsivo. Cuando un ejercicio parecía tener una solución clara, intentaba resolverlo demasiado rápido.
Irina lo encontró una noche escribiendo en el cuaderno.
"¿Qué escribes?"
"Que la disciplina comienza donde termina la comodidad."
Ella leyó la frase.
"Bonito."
Santiago esperó.
"También incompleto." "¿Por qué?"
"Porque el agotamiento vuelve estúpida hasta a una persona inteligente. Aprende a descansar antes de convertir la destrucción personal en virtud."
Santiago añadió la segunda frase debajo.
Uno de los ejercicios que más lo marcó no involucró fuerza.
Le entregaron un grupo de desconocidos y un problema con información insuficiente. Debía decidir a quién confiar determinada responsabilidad.
Santiago eligió basándose en comportamiento, postura y forma de hablar.
Falló.
Irina le preguntó por qué había seleccionado a uno de los hombres.
"Parecía seguro."
"Parecía."
"Sí."
"Entonces convertiste una impresión en evidencia."
Santiago recordó a Mikhail.
Hechos antes que hipótesis.
La lección empezó a convertirse en hábito.
También aprendió liderazgo de una forma que no esperaba.
Alekséi le presentó situaciones donde ninguna opción era completamente correcta.
Salvar tiempo significaba perder recursos.
Proteger a una persona significaba exponer a otra.
Esperar podía empeorar todo.
Actuar demasiado pronto también.
Santiago terminó una sesión furioso.
"No había respuesta correcta."
Alekséi asintió.
"Exacto."
"Entonces ¿qué evaluabas?"
"Tu criterio."
Santiago quedó callado.
"Un líder que solo sabe decidir cuando existe una opción correcta no es un líder. Es un examinando."
Cuando regresaba a la casa Volkov, Nikolai lo encontraba cada vez más cambiado.
"Hablas menos."
"Escucho más."
"Qué tragedia."
Dmitri, en cambio, empezó a respetarlo.
No por el entrenamiento.
Porque Santiago dejó de intentar demostrar que merecía estar allí.
Una noche, durante una cena familiar, apareció Viktor Sokolov.
Mikhail lo presentó como un viejo amigo.
Viktor tenía esa clase de carisma que no necesitaba dominar una habitación para controlarla. Escuchaba. Preguntaba. Recordaba nombres.
Nikolai lo trataba como un tío.
Dmitri discutía con él sin formalidad.
Yelena parecía conocerlo desde siempre.
Santiago observó.
Viktor lo notó.
"Así que tú eres el mexicano."
"Eso parece."
Viktor sonrió.
Durante la cena hablaron de negocios, historia y poder.
En un momento Viktor dijo:
"Una persona puede sentarse frente a ti durante veinte años y aun así no sabes quién es."
Santiago respondió:
"Entonces quizá miraste mal durante veinte años."
Nikolai dejó escapar una carcajada.
Viktor también.
"Me agrada."
Mikhail bebió tranquilamente.
"Yo confiaría mi vida a Viktor."
La frase quedó en la mente de Santiago.
Esa noche escribió: "Mikhail confía completamente en Viktor Sokolov."
No como sospecha.
Como hecho.
Años después, aquella línea se convertiría en una de las más dolorosas de todo el cuaderno.