Capítulo XXIII
La primera firma
El nombre apareció después de cuarenta y siete propuestas malas.
Sofía fue quien lo escribió.
RS HORIZONTE.
Mateo miró la hoja.
—Eso suena demasiado optimista para nuestra familia.
—Precisamente —respondió ella.
Santiago repitió el nombre en voz baja.
R.
S.
Reyes.
Serrano.
Pero ya no como una copia de la antigua sociedad.
Horizonte.
Algo que todavía no existía.
—Me gusta —dijo.
Mateo suspiró.
—Dos contra uno. Democracia. Horrible invento.
La constitución de RS Horizonte fue deliberadamente aburrida.
Santiago insistió en ello.
Nada de estructuras diseñadas para esconder a personas.
Nada de nombres prestados.
Nada de empresas que solo tuvieran sentido si alguien conocía una contraseña.
Dirección profesional.
Auditorías.
Consejo.
Separación clara de responsabilidades.
Las decisiones extraordinarias necesitarían participación de ambas ramas familiares.
Nadie podría usar la empresa como caja privada.
Nadie podría obligarla a sostener negocios clandestinos.
—¿Y si Reykov necesita ayuda algún día? —preguntó Mateo.
Santiago no dudó.
—Entonces Reykov resuelve su problema.
—¿Y si el problema eres tú?
—Entonces mejor todavía.
Sofía dejó de escribir.
—¿De verdad aceptarías que Horizonte te negara algo?
—Si la empresa depende de obedecerme, estamos reconstruyendo exactamente el error que quiero
evitar.
Sofía asintió.
—Bien.
Mateo miró a ambos.
—Empiezo a sentir que soy el único miembro divertido de esta familia.
La primera firma ocurrió en una sala pequeña.
Sin prensa.
Sin fotografías oficiales.
Sin discursos.
Santiago firmó primero.
Santiago Reyes.
No Volkov.
No Reykov.
Reyes.
El apellido que había pasado años evitando utilizar como una declaración pública.
Mateo firmó después.
Mateo Serrano.
Sofía fue la última.
Sofía Serrano.
Durante unos segundos los tres observaron los nombres.
Alejandro y Joaquín ya no estaban.
Pero tampoco estaban decidiendo.
Aquello pertenecía a sus hijos.
—A partir de hoy —dijo Santiago—, si cualquiera de nosotros desaparece, Horizonte sigue.
Mateo levantó la mirada.
—Bonito brindis.
—No era brindis.
—Por supuesto que no.
Sofía sonrió.
—Yo sí quiero brindar.
Levantó una taza de café.
—Por algo que no necesite miedo para existir.
Santiago levantó la suya.
Mateo miró su vaso de agua.
—Esto es ofensivamente legal.
Brindó de todas maneras.
La misma semana llegó una noticia desde Michoacán.
Héctor Barragán seguía vivo.
No retirado.
No escondido.
Activo.
Ximena colocó sobre la mesa una serie de datos que no demostraban culpabilidad alguna.
Solo continuidad.
Empresas vinculadas indirectamente a antiguos intereses Reyes habían terminado, con los años,
relacionadas con personas cercanas a Barragán.
—Eso no prueba que haya destruido a Alejandro —dijo Santiago.
—Correcto.
—Ni que enviara a los hombres del aeropuerto.
—Correcto.
—Ni que sepa que sigo vivo.
Ximena dudó.
—Eso acaba de complicarse.
El teléfono de Santiago sonó.
Esteban Salazar.
La conversación duró poco.
Después Santiago permaneció completamente inmóvil.
Mateo lo observó.
—¿Qué pasó?
Santiago bajó el teléfono.
—Alguien preguntó por mí en México.
—¿Santiago Reyes?
—No.
Silencio.
—Santiago Volkov.
Nikolai dejó de moverse.
Ximena tomó inmediatamente la computadora.
Mateo perdió la sonrisa.
El apellido Volkov no pertenecía a la historia mexicana de Santiago.
Quien preguntara por ese nombre conocía Rusia.
—¿Quién? —preguntó Mateo.
—Salazar no sabe.
—¿Barragán?
Ximena levantó una mano.
—No.
Mateo la miró.
—No qué.
—No vamos a unir dos historias porque nos resulta cómodo.
Señaló una hoja.
—Hecho: Barragán está activo.
Otra.
—Hecho: alguien preguntó por Santiago Volkov.
Otra.
—Hecho: Viktor está investigando Reykov.
Pausa.
—Hipótesis: todo está conectado.
Santiago recordó a Mikhail.
Primera impresión.
Hipótesis.
No verdad.
Tomó el bolígrafo.
Dibujó dos nombres.
VIKTOR.
BARRAGÁN.
Entre ambos colocó un signo de interrogación.
—No lo cerramos hasta tener pruebas.
Esa noche Mateo encontró a Santiago solo en la terraza.
—No vas a dormir.
—Tú tampoco.
—Yo tengo mejores razones.
Santiago sonrió apenas.
Mateo se apoyó junto a él.
—Si alguien está preguntando por Volkov en México, vas a necesitar saber qué parte de nuestro
mundo está tocando qué parte del tuyo.
—Nuestro mundo.
—Sabes a qué me refiero.
Santiago permaneció callado.
Mateo continuó:
—Tú quieres construir empresas legales. Bien. Eres mejor en eso de lo que esperaba.
—Qué generoso.
—Pero no vas a hacer desaparecer las otras relaciones solo porque no te gusten.
—Lo sé.
—Entonces alguien tiene que manejarlas.
Santiago lo miró.
Mateo no estaba pidiendo trabajo.
Ni lugar en Reykov.
Estaba planteando una división.
Todavía sin nombre.
—Hablamos mañana —dijo Santiago.
Mateo asintió.
—En privado.
—En privado.
Al regresar a la biblioteca, Santiago abrió su libreta.
Escribió:
RS HORIZONTE.
Primera firma.
Debajo:
BARRAGÁN: vivo.
SANTIAGO VOLKOV: alguien pregunta en México.
Y finalmente:
No unir historias solo porque ambas me pertenecen.
El signo de interrogación entre Viktor y Barragán permaneció abierto.
Por ahora.