Capítulo XXIV
Dos mundos, un acuerdo
Mateo cerró la puerta antes de hablar.
No había Ximena.
No Sofía.
No Nikolai.
Solo Santiago y él.
—Quiero proponerte algo —dijo Mateo.
Santiago se sentó.
—Eso nunca termina bien.
—Lo mismo digo cuando tú empiezas una frase así.
Mateo colocó dos hojas sobre la mesa.
En una había nombres de empresas, abogados, empresarios y relaciones legítimas.
En la otra, nombres de personas pertenecientes al mundo que ambos preferían no describir
demasiado.
—Dos mundos —dijo.
—No están realmente separados.
—No. Pero pueden tener responsables distintos.
Santiago entendió.
Mateo señaló la primera hoja.
—Tú.
Después la segunda.
—Yo.
El acuerdo tardó horas.
No porque estuvieran en desacuerdo con la idea.
Porque ambos desconfiaban de las consecuencias.
Mateo no trabajaría para Reykov.
Sus relaciones seguirían siendo suyas.
Santiago no dirigiría su estructura mexicana.
Cuando existiera un interés compartido en el mundo clandestino, Mateo llevaría la conversación.
Cuando existiera una oportunidad legal o empresarial para ambos, Santiago lo haría.
—Socios —dijo Mateo.
—No jerarquía.
—Exactamente.
—Y Sofía queda fuera de cualquier compromiso clandestino.
Mateo sostuvo su mirada.
—Eso no es negociable.
—No estaba negociándolo.
Pausa.
Mateo extendió la mano.
Santiago todavía no la tomó.
—Hay otra cosa.
Mateo esperó.
—Rusia.
La expresión cambió.
—¿Qué quieres de Rusia?
—Nada todavía.
Mateo levantó una ceja.
Santiago continuó:
—Quiero que construyas una relación con gente importante allí.
—¿Viktor?
—No preguntes por Viktor.
—¿Volkov?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué hago?
—Tu propia relación. Aprende quién es quién. Quién tolera a Sokolov. Quién depende de él.
Quién lo considera útil. Quién cree que está creciendo demasiado.
Mateo lo observó.
—Quieres que me acerque a la Bratva.
—A un grupo capaz de entender el terreno. No a “Rusia” entera.
—¿Y luego?
—Luego veremos si alguna vez necesitamos algo.
Mateo sonrió.
—Eso sí sonó a ti.
Finalmente estrecharon las manos.
Dos mundos.
Un acuerdo.
Ximena se enteró al día siguiente.
Santiago había considerado esperar.
Después recordó que Ximena siempre descubría las cosas que intentaban contarle tarde.
—Mateo llevará las relaciones clandestinas compartidas —explicó.
Ximena miró a Mateo.
—¿Y tú aceptaste?
—Sí.
—¿Sin manipularlo?
Mateo fingió indignación.
—Todavía no.
Ella volvió hacia Santiago.
—¿Y tú llevarás la parte legal?
—Sí.
—Tiene sentido.
Santiago parpadeó.
—¿Eso es todo?
—No.
Claro.
—Quiero límites escritos. No operativos. De responsabilidad.
Mateo:
—Eso suena romántico.
—También quiero que quede claro que ninguna relación de Mateo pasa automáticamente a
Reykov.
—Ya está claro.
—Y que ninguna relación de Reykov se convierte automáticamente en obligación de Mateo.
—También.
Ximena cerró la carpeta.
—Entonces no tengo objeción estructural.
Mateo sonrió.
—¿Personal?
—Muchas.
Bellandi fue el primero.
Santiago viajó con Mateo a Italia.
La presentación fue breve.
—A partir de ahora —dijo Santiago—, cuando una conversación pertenezca a determinados
asuntos, hablará con Mateo.
Bellandi observó al mexicano.
—¿Trabaja para usted?
Mateo respondió antes que Santiago.
—Con Santiago.
Bellandi sonrió.
—Mejor respuesta.
No hubo transferencia teatral de poder.
No hizo falta.
Bellandi entendió que Santiago estaba construyendo especialización.
Y que Mateo no era subordinado.
Idris El-Mansouri recibió la noticia con menos palabras.
—Entonces tú eres la nueva puerta —dijo a Mateo.
—Una de ellas.
Idris sonrió.
—Mejor.
Santiago permaneció al margen de la conversación posterior.
Por primera vez de forma deliberada.
No le gustó.
Precisamente por eso sabía que era necesario.
Mateo cumplió su parte en México.
Presentó a Santiago con empresarios que conocía desde hacía años y que jamás habían participado
en la vida clandestina de los Serrano.
Agricultura.
Almacenamiento.
Servicios comerciales.
Desarrollo inmobiliario.
Nada espectacular.
Todo útil.
Sofía acompañó varias reuniones.
En la tercera, mientras Santiago discutía durante cuarenta minutos una estructura de inversión,
ella se inclinó hacia Mateo.
—Le gusta.
Mateo sonrió.
—Lo sé.
—Mucho.
—También lo sé.
Santiago los miró desde el otro lado de la mesa.
—¿Están hablando de mí?
Sofía:
—No.
Mateo:
—Sí.
Sofía lo pateó por debajo de la mesa.
La puerta rusa tardó meses.
Eso era buena señal.
Mateo rechazó contactos demasiado rápidos.
Personas que ofrecían demasiado.
Personas que preguntaban demasiado.
Finalmente apareció un nombre a través de una relación europea:
Alexei Voronin.
No era el hombre más poderoso de Rusia.
Eso también era buena señal.
Era una puerta hacia alguien que sí importaba.
El Círculo Orlov.
Mateo se limitó a aceptar una conversación.
Nada más.
Santiago recibió el mensaje en Santa Aurelia.
—Ya está abierta —dijo Mateo.
—¿La puerta?
—Una rendija.
—Mejor.
La última sorpresa llegó de Ximena.
Entró en la biblioteca acompañada por un hombre de unos cuarenta y cinco años.
Andaluz.
Elegante sin exageración.
Santiago lo reconocía vagamente de algunos informes empresariales.
—Gabriel de la Vega Márquez —dijo Ximena.
El hombre extendió la mano.
—Santiago.
Santiago la estrechó.
—¿Por qué está aquí?
Ximena dejó una carpeta sobre la mesa.
RAFAEL MONTORO SALCEDO.
Santiago miró a Gabriel.
Después a Ximena.
—No.
Ella respondió:
—Sí.
Nikolai apareció en la puerta.
—¿Qué hicieron?
Ximena miró a todos.
—Si Viktor quiere conocer a Rafael...
Pausa.
—presentémosle a Rafael.
Gabriel extendió nuevamente la mano, esta vez con una leve sonrisa.
—Rafael Montoro Salcedo.
Santiago lo miró.
—Tú no eres Rafael Montoro.
Gabriel se encogió de hombros.
—Hasta esta mañana, probablemente no.
Mateo empezó a reír.
Ximena no.
—Lo conozco desde hace tres años —explicó—. Es empresario. Administrador. Negociador.
Puede sostener una conversación sin que yo le escriba cada frase.
Gabriel añadió:
—Y no soy actor.
—Eso espero.
—Si voy a sentarme con Viktor durante dos horas, necesito poder pensar por mí mismo.
Santiago observó a Ximena.
—Planeaste esto hace tres años.
—Planeé la posibilidad.
—Eso es peor.
Nikolai sonrió.
—Yo diría mejor.
Santiago volvió hacia Gabriel.
Rafael Montoro ya no era solamente una carpeta.
Ahora podía caminar.
Hablar.
Improvisar.
Y, si todo salía bien, mirar directamente a Viktor Sokolov sin que Viktor supiera que estaba
conversando con una puerta construida por las mismas personas a las que creía muertas.