Capítulo XXV
El hombre detrás del nombre
Gabriel pasó tres días aprendiendo a no interpretar a Rafael Montoro.
Eso era exactamente lo que Ximena quería.
—No quiero un actor —repitió.
—Ya lo dijiste.
—Lo repetiré hasta que dejes de preguntar qué frase deberías utilizar.
Gabriel cerró la carpeta.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que entiendas cómo piensa Rafael.
Santiago levantó una ceja.
—Rafael no existe.
Ximena lo miró.
—Tampoco una empresa existe como persona y aun así sabes cuándo una decisión contradice su
estructura.
Nikolai sonrió desde una silla.
—Me encanta cuando te regaña utilizando filosofía corporativa.
Rafael Montoro tenía límites.
No prometía lo que Reykov no pudiera cumplir.
No hablaba de propietarios.
No demostraba conocer información que solo el círculo interno podía poseer.
No pretendía controlar todas las decisiones.
Su mayor fortaleza era precisamente parecer un hombre competente que delegaba.
—Si Viktor pregunta quién diseñó Reykov —dijo Ximena—, no te defiendes.
Gabriel:
—¿Qué respondo?
—Que ninguna organización seria la diseña una sola persona.
Santiago:
—Eso es verdad.
—Por eso funciona.
Gabriel lo observó.
—¿Y si pregunta si tú existes?
Santiago sonrió.
—Dile que no.
Ximena:
—No bromees con eso frente a Viktor.
La reunión ocurrió en Viena.
Territorio suficientemente neutral para que ninguno pudiera reclamar ventaja simbólica.
Viktor llegó puntual.
Gabriel también.
Rafael Montoro Salcedo estrechó la mano del hombre que había destruido a la familia Volkov.
Santiago no estaba presente.
Eso había sido decisión de Ximena.
Todavía.
Viktor comenzó con Valcázar.
—Compraron una estructura en decadencia.
—Adquirimos activos útiles de una familia que necesitaba simplificar su situación —respondió
Gabriel.
—Una forma elegante de decirlo.
—Las formas elegantes suelen evitar discusiones innecesarias.
Después Italia.
—Pudieron crecer más rápido.
—Sí.
—¿Por qué no lo hicieron?
Gabriel respondió:
—Porque crecer demasiado rápido habría convertido una oportunidad en dependencia.
Viktor quedó inmóvil apenas un instante.
La palabra.
El concepto.
Familiar.
—¿Y Turquía?
—Una relación antigua.
—¿Rusia?
—Todavía no forma parte de nuestras prioridades.
Viktor sonrió.
—Todavía.
—Toda empresa debería conservar el derecho a cambiar de opinión.
La conversación duró casi dos horas.
Viktor nunca mencionó Santiago.
Ni Nikolai.
Ni Ximena.
Eso era importante.
Preguntó por estructura.
Gobierno.
Inversiones.
Riesgo.
Y finalmente:
—¿Quién le enseñó a construir una organización así?
Gabriel sonrió.
—Los errores de otras personas.
Viktor lo observó.
Algo se movió detrás de sus ojos.
No reconocimiento.
Memoria.
Una forma de pensamiento que había escuchado antes.
—¿Está construyendo un imperio, señor Montoro?
Gabriel negó.
> —Yo no estoy construyendo un imperio.
—¿Entonces qué construye?
—Algo que pueda sobrevivir si mañana dejo de estar aquí.
Viktor no respondió inmediatamente.
Mikhail habría dicho algo parecido.
Santiago también.
Pero Gabriel no podía saberlo.
Esa era precisamente la inquietud.
Antes de despedirse, Gabriel decidió arriesgar una pregunta.
—Usted lleva casi dos horas intentando descubrir algo que no está preguntando directamente.
Viktor sonrió.
—¿Qué cree que es?
—Por qué Reykov le resulta familiar.
El silencio cambió.
Gabriel continuó:
—Parece un hombre intentando entender por qué algo nuevo le recuerda a algo viejo.
Viktor sostuvo su mirada.
—Quizá solamente me interesa la competencia.
—Entonces espero haber resultado suficientemente aburrido.
Por primera vez, Viktor rió.
Horas después escribió una sola nota en el expediente de Rafael Montoro:
NO DIRIGE SOLO.
Debajo:
¿QUIÉN DISEÑÓ LA ESTRUCTURA?
No escribió Volkov.
Todavía.
Mientras Gabriel enfrentaba a Viktor, Mateo estaba construyendo otra relación.
Alexei Voronin no parecía impresionado por apellidos.
Eso le gustó.
Su primera conversación seria duró una hora.
La segunda, tres.
En la tercera Alexei mencionó, como quien habla de historia rusa reciente:
—Después de los Volkov muchas cosas cambiaron.
Mateo no movió un músculo.
—Eso he oído.
—¿Los conociste?
—No.
Verdad.
No había conocido a Mikhail.
—¿Y Sokolov?
Mateo tomó agua.
—Sé quién es.
Nada más.
Alexei cambió de tema.
La prueba, si había sido una, no recibió información.
RS Horizonte continuó creciendo lentamente.
Sofía y Santiago discutían con una facilidad que empezaba a volverse costumbre.
Una llamada de veinte minutos se convertía en dos horas.
Un documento terminaba acompañado de tres cafés.
Mateo lo notó.
Naturalmente.
Ximena también.
Naturalmente.
Ninguno dijo demasiado.
Ximena tenía su propio problema.
Mateo empezó a escribirle incluso cuando no necesitaba información.
Una noche:
¿Cena cuando vuelva a España?
Ximena leyó el mensaje.
No respondió durante seis minutos.
Mateo:
Eso no era una pregunta especialmente compleja.
Ximena:
Para ti quizá.
Mateo:
¿Eso es sí?
Ximena:
Eso es que deberías dormir.
No era sí.
Tampoco no.
Mateo consideró aquello una victoria.
Gabriel regresó a Santa Aurelia con una conclusión.
—Viktor no me creyó completamente.
Ximena:
—No necesitaba hacerlo.
—Pero tampoco cree que Rafael sea simplemente una mentira.
Santiago:
—Mejor.
Gabriel dejó la carpeta sobre la mesa.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Creo que no está buscando una persona concreta.
Pausa.
—Está buscando una filosofía.
Santiago comprendió.
Eso era más peligroso.
Un rostro podía ocultarse.
Un nombre podía cambiarse.
Una forma de pensar aparecía una y otra vez.
En las reglas de Reykov.
En sus decisiones.
En Rafael.
Y, tarde o temprano, en Mateo.
Santiago abrió su libreta.
Escribió:
RAFAEL: primera prueba superada.
VIKTOR: reconoce patrones, no identidades.
Debajo:
La estructura también deja huellas.