Capítulo XXVI
La puerta rusa
Alexei Voronin hizo la pregunta en la cuarta reunión.
—¿Qué quieres de Rusia?
Mateo tomó un sorbo de café.
—Nada todavía.
Alexei lo observó.
—Nadie viaja tantas veces para no querer nada.
—Quiero que, cuando llegue el día en que necesitemos algo el uno del otro, no tengamos que
empezar presentándonos.
Silencio.
Alexei sonrió.
—Eso es más caro que pedir dinero.
—También dura más.
La relación creció despacio.
Los hombres del Círculo Orlov querían cosas concretas en sentido estratégico, no inmediato.
Acceso a relaciones latinoamericanas.
Presentaciones mediterráneas.
Una conexión independiente que no necesitara protección rusa para existir.
Mateo quería exactamente lo contrario de un favor rápido.
Quería comprender.
Quién hablaba con quién.
Qué nombres seguían importando después de los Volkov.
Quién consideraba a Viktor útil.
Quién lo consideraba inevitable.
Nunca preguntó directamente.
Eso fue lo que Alexei empezó a respetar.
El primer problema compartido fue pequeño.
Una relación empresarial podía favorecer a Mateo si presionaba hasta obtener mejores
condiciones.
También podía dejar a Alexei en una posición peor frente a otra parte.
Mateo aceptó una ganancia menor.
Alexei se enteró después.
—Podías haber ganado más.
—Sí.
—¿Por qué no lo hiciste?
Mateo respondió:
—Porque si gano una vez y tú no vuelves a llamarme, perdí.
Alexei permaneció quieto.
Días después llamó sin que existiera ningún negocio.
Solo para hablar.
Eso fue más importante que cualquier acuerdo.
Meses después Alexei lo llevó a Praga.
Konstantin Orlov esperaba en un salón privado.
Mayor.
Sereno.
La clase de hombre que no necesitaba recordar a nadie que tenía poder.
—Mateo Serrano —dijo.
—Konstantin Orlov.
—Tu padre tenía reputación.
Mateo sostuvo su mirada.
—Entonces mi padre ya hizo su parte. Yo todavía tengo que hacer la mía.
Konstantin sonrió.
La cena duró tres horas.
Orlov preguntó por México.
España.
Italia.
Turquía.
Nunca por Santiago.
Nunca por Reykov directamente.
Al final dijo:
—Podrías trabajar con nosotros.
Mateo negó.
—No.
Alexei lo miró.
Konstantin no pareció ofendido.
—¿Por qué?
—Porque si trabajo para usted, deja de necesitar respetarme como socio.
Silencio.
Orlov comenzó a reír.
—Bien.
No volvió a ofrecerlo.
La expresión llegó meses después.
Amigo de la casa.
No miembro.
No subordinado.
Amigo.
Mateo entendió el peso que tenía en aquel contexto.
También entendió que todavía podía desaparecer si cometía el error de creer que significaba
inmunidad.
Se lo dijo a Santiago.
—Orlov confía.
—¿En ti?
—Lo suficiente.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
Santiago sonrió.
—Bien.
Viktor apareció por primera vez en boca de Orlov.
No de Mateo.
Estaban cenando cuando Konstantin comentó:
—Hay hombres que crecen demasiado rápido.
Mateo continuó comiendo.
—Eso suele molestar a quienes ya estaban ahí.
Orlov lo observó.
—¿No quieres saber de quién hablo?
—Si quisiera que lo supiera, habría dicho el nombre.
Konstantin sonrió.
—Viktor Sokolov.
Mateo no mostró sorpresa.
—Sé quién es.
—¿Qué opinas?
—Nada todavía.
—Eso empieza a convertirse en tu respuesta favorita.
—Me ha funcionado.
Orlov habló.
Viktor había crecido después de la caída Volkov.
Al principio había aportado estabilidad.
Después había empezado a convertir esa estabilidad en dependencia.
No controlaba Rusia.
Pero cada año parecía necesitar sentarse en más mesas.
Mateo escuchó.
Después dijo:
—Cuando un hombre necesita sentarse en demasiadas mesas, normalmente es porque ya no
confía en quienes deberían sentarse por él.
Orlov quedó pensativo.
Mateo no añadió nada.
Ximena se enteró esa noche.
—Lo estás empujando.
Mateo negó.
—Estoy respondiendo.
—Estás eligiendo qué verdad poner delante de él.
—Sigue siendo verdad.
—También Viktor hacía eso.
La frase lo detuvo.
Ximena continuó:
—Conseguir que alguien llegue a una conclusión por sí mismo no significa que esa conclusión sea
correcta.
Mateo dejó de sonreír.
—Entonces ¿qué quieres que haga?
—Que no inventes.
—No lo hago.
—Que no escondas un hecho únicamente porque contradiga la conclusión que te conviene.
Mateo permaneció callado.
—Eso sí puedo hacerlo.
Pasaron más meses.
Orlov volvió a mencionar a Viktor.
Después otra vez.
Cada vez menos como observación y más como preocupación.
Hasta que una noche colocó una carpeta frente a Mateo.
SOKOLOV.
—Tenemos un problema —dijo.
Mateo no abrió la carpeta.
—¿Nosotros?
Konstantin sonrió.
—Rusia.
—Eso suena más preciso.
Orlov apoyó las manos sobre la mesa.
—Quiero saber qué harías tú.
Mateo pensó.
—Primero decidiría si realmente es un problema.
—¿Y si lo es?
Mateo sostuvo su mirada.
—Decidiría si necesito eliminarlo...
Pausa.
—o simplemente hacer que deje de ser necesario.
Konstantin no respondió durante varios segundos.
La propuesta llegó semanas después.
—Sokolov se está volviendo incómodo —dijo Orlov.
Mateo esperó.
—Creemos que necesita perder algunas posiciones.
—¿Creemos?
—No seas molesto.
—Es una pregunta razonable.
Konstantin sonrió.
—Queremos equilibrio.
Mateo apoyó la espalda.
—¿Y qué quieren de mí?
—Ayuda.
Silencio.
Mateo no aceptó.
Tampoco rechazó.
Primero llamó a Santiago.
—Lo propusieron.
Santiago permaneció callado.
—¿Tú lo pediste?
—No.
—¿Lo insinuaste?
Mateo tardó.
—Durante meses les mostré cómo veo las cosas.
—Eso no responde.
—No les pedí que atacaran a Viktor.
Pausa.
—Llegaron solos a que su dependencia es un problema.
Ximena estaba en la habitación.
No parecía completamente satisfecha.
Nikolai tampoco.
—Rusia va a cambiar cuando empiece esto —dijo Nikolai.
—Lo sé.
—Y Viktor siempre busca a la persona detrás de las decisiones.
Mateo respondió desde el teléfono:
—Entonces no le demos una.
Santiago miró hacia Ximena.
Rafael por un lado.
Mateo por otro.
Dos caminos que todavía no debían tocarse.
—No cerramos la pinza —dijo Santiago.
Mateo entendió.
—Todavía no.
A partir de aquella noche existieron dos frentes alrededor de Viktor Sokolov.
Uno que él podía ver: Rafael Montoro y la expansión empresarial de Reykov.
Otro que apenas empezaba a sentir: Mateo Serrano y una relación rusa que ya no necesitaba
preguntar quién era Viktor.
En medio de ambos, Santiago permanecía invisible.
Por ahora.