Capítulo XXVII
Cuando el equilibrio empieza a romperse
Konstantin Orlov dejó una carpeta sobre la mesa.
SOKOLOV.
Mateo no la tocó.
—Dijo que querían mi ayuda.
—Sí.
—¿Para qué?
—Para evitar que Viktor Sokolov llegue a creer que Rusia le pertenece.
Mateo sostuvo su mirada.
—Eso suena como un problema ruso.
—Lo es.
—Entonces ¿por qué estoy aquí?
Orlov sonrió.
—Por eso me agradas.
Konstantin no quería destruir a Viktor.
Quería disminuir la necesidad que otros sentían de depender de él.
—Sokolov cumple —admitió—. Ese no es el problema.
—¿Entonces?
—Cada año necesita algo más a cambio. Está construyendo personas que creen que no pueden
vivir sin él.
Mateo recordó a Santiago.
Dependencia.
Otra vez.
—¿Qué esperan de mí?
—Alternativas.
Italia.
Marruecos.
Latinoamérica.
No para convertir a los socios de Viktor en enemigos.
Para demostrarles que existían otras puertas.
Mateo puso límites.
No regalaría relaciones.
No arrastraría a Bellandi, Idris o Salazar a una disputa que no les pertenecía.
Si una relación era beneficiosa por sí misma, podía existir.
Si únicamente servía para herir a Viktor, no.
Orlov aceptó.
Santiago escuchó la propuesta desde Santa Aurelia.
Ximena y Nikolai estaban con él.
—¿Qué quiere primero? —preguntó.
—Nada grande —respondió Mateo.
—Eso me preocupa más.
Mateo explicó que dos hombres cercanos al ecosistema de Viktor querían saber si podían
sobrevivir sin él.
No abandonarlo.
No desafiarlo.
Solo saber si podían.
Nikolai asintió.
—Ahí empieza.
—¿Seguro?
—Viktor hizo lo mismo con nosotros. Antes de destruir a los Volkov convirtió nuestras
dependencias en puertas que podía cerrar.
Santiago permaneció callado.
Después:
—Hazlo.
Ximena giró.
—Con límites.
Santiago asintió.
—Si beneficia a ambas partes sin importar Viktor, avanza. Si solo tiene sentido porque lo
perjudica, llamas.
Mateo sonrió.
—Eso limita bastante la diversión.
—No estamos divirtiéndonos.
—Tú nunca.
Yuri Malenkov fue el primero.
No odiaba a Viktor.
Eso era importante.
—Sokolov cumple —dijo.
—Entonces siga trabajando con él —respondió Mateo.
Yuri sonrió.
—Quiero saber si puedo dejar de hacerlo.
Aquella era la verdadera pregunta.
Mateo estudió la dependencia, no los detalles de ningún negocio clandestino.
Descubrió que Viktor no era indispensable.
Solo cómodo.
Semanas después Yuri estableció una relación alternativa limitada.
Nada espectacular.
Suficiente.
—Pensé que sería más complicado —dijo Yuri.
Mateo respondió:
—Las dependencias suelen parecer inevitables hasta que alguien prueba una puerta diferente.
Dmitri Karelin fue más difícil.
Pasó veinte minutos explicando por qué Viktor era extraordinario.
Mateo finalmente dijo:
—Entonces no necesita ninguna alternativa.
Karelin frunció el ceño.
—Orlov dijo que podía ofrecérmelas.
—Puedo. Pero usted todavía no tiene una pregunta.
La reunión terminó.
Tres días después Karelin llamó.
—Tengo una pregunta.
Mateo sonrió.
—Ahora sí podemos hablar.
Mientras Rusia empezaba a moverse, Santiago se alejaba deliberadamente de aquella parte del
tablero.
RS Horizonte ocupaba cada vez más su tiempo.
Sofía llevaba semanas en Andalucía.
La empresa seguía siendo pequeña, pero ya tenía estructura propia.
Una noche revisaron una oportunidad de inversión hasta pasada la medianoche.
—Te gusta esto —dijo Sofía.
—Ya hemos tenido esta conversación.
—Y sigues negándolo mal.
Santiago sonrió.
—Me gusta construir algo que pueda seguir funcionando sin mí.
Sofía lo observó.
—Eso sí te lo creo.
Ximena apareció en la puerta, vio los cafés, los documentos y la facilidad con que ambos
discutían, y retrocedió.
Nikolai estaba detrás.
—¿Qué?
—Nada.
Nikolai miró dentro.
—Ah.
Ximena:
—No.
—No dije nada.
—Tu cara.
Mateo tuvo una conversación parecida esa misma noche.
Con Ximena.
El asunto ruso se resolvió en doce minutos.
La llamada continuó cuarenta más.
—¿Qué haces? —preguntó Mateo.
—Trabajando.
—Es casi medianoche.
—¿Y?
—Sofía dijo lo mismo sobre Santiago.
Mateo sonrió.
—Eso explica por qué se llevan bien.
Ximena quedó callada.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—No fue el tono.
Mateo sonrió.
—Interesante.
—Buenas noches, Mateo.
La llamada terminó.
Gabriel, mientras tanto, descubrió que Rafael Montoro estaba adquiriendo vida propia.
La gente empezaba a buscarlo.
Empresarios.
Consultores.
Inversionistas.
Ximena entendió que ya no podía existir únicamente cuando necesitaban distraer a Viktor.
—Rafael se convierte en presidente público —dijo.
—¿Propietario? —preguntó Santiago.
—No.
—¿Cabeza real de Reykov?
—No.
Gabriel asintió.
—Representante.
—Exactamente.
Nikolai sonrió.
—Felicidades por el ascenso de una persona que no eres.
—Gracias. Es el momento más extraño de mi carrera.
Viktor empezó a sentir los primeros cambios.
Malenkov dejó de necesitar una intermediación vinculada a él.
Karelin renegoció otra relación.
Una tercera persona hizo algo parecido.
Ninguna pérdida era importante.
Juntas sí lo eran.
—¿Quién está ofreciendo alternativas? —preguntó Viktor.
Su gente no tenía un único nombre.
Eso era precisamente el problema.
Viktor estaba perdiendo algo más importante que dinero.
Necesidad.
Una de las personas regresó parcialmente a Viktor después de recibir mejores condiciones.
Orlov informó a Mateo.
—Perdimos uno.
Mateo negó.
—No.
—Volvió con Sokolov.
—Porque Viktor tuvo que pagar más para conservar algo que antes daba por sentado.
Konstantin permaneció callado.
Mateo continuó:
—Si lo hace una vez, no importa. Si tiene que hacerlo diez veces, empieza a costarle.
Orlov entendió.
Esta vez Mateo no tuvo que plantar la conclusión.
La situación se volvió más peligrosa cuando Orlov preguntó:
—¿Qué opinas de Rafael Montoro?
Mateo no mostró nada.
—Empresario andaluz.
—Eso puedo leerlo.
—Entonces ¿para qué pregunta?
—Sokolov también está interesado en él.
Mateo tomó agua.
—Entonces quizá debería preocuparse Rafael.
Konstantin lo observó demasiado tiempo.
No insistió.
Esa noche, Viktor colocó dos carpetas sobre su escritorio.
MATEO SERRANO.
RAFAEL MONTORO SALCEDO.
No había conexión directa.
Uno era mexicano y se acercaba a Orlov.
El otro era andaluz y representaba Reykov.
Pero ambos habían aparecido cerca de su periferia mientras determinadas dependencias
empezaban a debilitarse.
Viktor escribió entre ambos nombres:
¿COINCIDENCIA?
Todavía no escribió Santiago.
En Santa Aurelia, el nuevo emblema de la Casa estaba sobre la mesa.
Un dragón.
Negro.
Carmesí.
Oro.
—Muy discreto —dijo Nikolai.
Santiago sonrió.
—Nunca dije que el escudo tuviera que serlo.
—¿Por qué un dragón?
Santiago miró el diseño.
—Porque protege lo suyo.
Nikolai levantó una ceja.
—También quema ciudades.
—Detalles.
Sofía entró.
—Demasiado dramático.
—Eres hermana de Mateo.
—Precisamente por eso reconozco el problema.
Ximena lo estudió.
—Funciona.
Nikolai sonrió.
—Eso es entusiasmo viniendo de ella.
Santiago miró a quienes estaban alrededor.
Nikolai.
Ximena.
Sofía.
Samir entrando desde el corredor.
Mateo lejos, pero cada vez más unido.
El dragón no era Santiago.
Era la Casa.
Y en Rusia, Viktor Sokolov acababa de empezar a sentir sus alas sin saber todavía dónde estaba la
cabeza.