Casa Reykov

El hombre de la máscara

Capítulo XXVIII

El hombre de la máscara

Konstantin Orlov esperó hasta el final de la cena.

—Quiero pedirte algo —dijo a Mateo.

—Eso normalmente significa que va a costarme dinero.

Alexei sonrió.

Orlov no.

—Quiero conocer a Rafael Montoro.

Mateo dejó de mover el tenedor.

Un segundo.

No más.

—¿Por qué?

—Sokolov está interesado en él.

Pausa.

—Y últimamente he aprendido que cuando Viktor Sokolov mira demasiado tiempo hacia un

lugar, conviene mirar también.

Mateo apoyó la espalda.

—Puedo preguntar.

—No dije que le pidieras permiso.

Mateo sostuvo su mirada.

—Entonces definitivamente tendrá que esperar.

Orlov empezó a reír.

La llamada a Santa Aurelia terminó con una propuesta que Ximena rechazó inmediatamente.

—Yo también voy —dijo Santiago.

—No.

—Mei.

—No.

Mateo sonrió desde la pantalla.

Santiago explicó que necesitaba observar a Orlov personalmente.

Rafael podía responder preguntas empresariales.

Pero la relación rusa estaba entrando en estrategia.

Nikolai entendió antes que Ximena quisiera admitirlo.

—No como Santiago.

—Exactamente.

Ximena permaneció pensando.

—Entonces Rafael necesita un asistente.

Gabriel llegó al día siguiente y encontró una máscara negra sobre la mesa.

—No.

Santiago levantó una ceja.

—No es para ti —dijo Nikolai.

Gabriel miró a Santiago.

—Ah.

Ximena abrió una carpeta.

ADRIÁN VALDÉS.

—¿Quién es? —preguntó Santiago.

—El asistente personal de Rafael.

—Eso suena poco importante.

—Es la persona en quien Rafael más confía.

Gabriel tomó la máscara.

Sobria.

Negra.

Cubría gran parte de la zona superior del rostro, suficiente para modificar la memoria de quien lo

mirara.

—¿Y por qué la usa? —preguntó.

Ximena respondió:

—Quemaduras.

Nikolai dejó de sonreír.

—Adrián sufrió un accidente hace años. Varias reconstrucciones. Las cicatrices siguen siendo

visibles.

Santiago observó la máscara.

—¿Entonces es médica?

—No. La usa porque quiere.

Ximena continuó:

—Algunas personas miraban sus cicatrices en lugar de escucharlo. A Adrián le gusta la máscara y

la lleva cuando no quiere lidiar con eso.

Gabriel respondió inmediatamente:

—Yo necesito que conozcan mi cara. No la suya.

Ximena asintió.

—Exactamente.

Las reglas fueron simples.

Gabriel decidía públicamente.

Adrián no lo contradecía directamente.

Santiago no demostraría conocimiento que un asistente no tendría razones para poseer.

Y no utilizaría sus lentes habituales.

—Necesito ver —protestó.

—Tendrás otros —dijo Ximena—. Esos pertenecen a Santiago.

Nikolai sonrió.

—La tragedia del siglo.

Mateo vio a Adrián por primera vez en Praga.

Se detuvo.

Miró la máscara.

Después a Santiago.

Y empezó a reír.

—No.

—Mateo.

—Adrián Valdés.

—Termina antes de que llegue Orlov.

Mateo respiró.

Se recompuso.

—Adrián.

Santiago respondió:

—Mateo.

La broma terminó allí.

Mateo sabía perfectamente cuándo una identidad dejaba de ser divertida.

Konstantin observó la máscara al entrar.

—¿Socio? —preguntó.

Gabriel respondió:

—Mi asistente personal. Y la persona en quien más confío.

Aquello cambió la categoría.

—Un asistente inusual.

—Los cargos describen peor a las personas que sus responsabilidades.

Pasaron varios minutos antes de que Orlov preguntara por la máscara.

Gabriel respondió con absoluta naturalidad.

—Adrián sufrió quemaduras graves hace años. Hubo operaciones. No todo pudo corregirse.

—¿Y siempre la lleva?

—Cuando quiere.

Orlov miró hacia Santiago.

Gabriel continuó:

—Algunos socios miraban sus cicatrices en lugar de escucharlo. A Adrián le gusta la máscara. A

mí me gusta que la gente preste atención a lo que dice y no a su cara.

Konstantin asintió.

—Entiendo.

No volvió a preguntar.

Santiago sintió un respeto inesperado.

La conversación empezó con negocios legítimos.

España.

Europa.

Una eventual presencia rusa.

Después Viktor.

—¿Qué piensa de Sokolov? —preguntó Orlov a Rafael.

Gabriel respondió:

—Es un hombre competente construyendo dependencias.

—Eso no fue un cumplido.

—Tampoco un insulto.

—¿Trabajaría con él?

—Si existe una oportunidad beneficiosa, sí.

—¿Confiaría en él?

Gabriel sonrió.

—No necesito confiar en todos mis socios. Necesito entender qué ocurre si mañana dejan de serlo.

Konstantin pareció apreciar la respuesta.

Santiago llevaba casi dos horas sin hablar.

Eso terminó llamando la atención de Orlov.

—Valdés.

—Señor Orlov.

—¿Siempre es tan callado?

—No.

Alexei sonrió.

—Entonces no le caemos bien.

Santiago lo miró.

—Todavía no lo he decidido.

Alexei soltó una carcajada.

Konstantin preguntó:

—¿Qué necesita para decidir?

—Tiempo.

—¿Nada más?

—Consistencia.

Orlov permaneció observándolo.

—¿Y qué piensa usted de Sokolov?

Gabriel le dio espacio con un movimiento mínimo.

Santiago respondió:

—Un hombre puede volverse demasiado importante para su propia estructura. Cuando eso ocurre,

deja de preguntarse qué necesita la organización y empieza a preguntarse qué necesita para seguir

siendo indispensable.

Orlov quedó inmóvil.

—Habla como alguien que ha visto eso.

Santiago recordó la casa Volkov.

Estambul.

Mikhail.

—He visto sus consecuencias.

Konstantin no pidió más.

Al despedirse, Orlov se detuvo frente a Adrián.

—Nunca le he preguntado cómo ocurrió.

Santiago quedó sorprendido.

—Lo sé.

—¿Le sorprende?

—Un poco.

Konstantin tomó su abrigo.

—Si hubiera querido contármelo, ya lo habría hecho.

Aquello incomodó a Santiago más que una sospecha.

Porque Orlov acababa de respetar una cicatriz que no existía.

—Gracias —respondió.

—Nos veremos otra vez.

Ximena no estuvo contenta.

—Hablaste demasiado.

—Respondí dos preguntas.

—Dos demasiado buenas.

Mateo asintió desde la pantalla.

—Eso fue exactamente lo que pasó.

Santiago lo miró.

—¿De qué lado estás?

—Del divertido.

Ximena continuó:

—Adrián no necesita ser interesante.

—No intenté serlo.

—Pero lo eres.

Santiago no supo si aquello había sido un cumplido.

Dos semanas después llegó otra invitación.

Esta vez Orlov no escribió a Mateo.

Escribió directamente a Rafael.

Gabriel llamó a Ximena.

—Nos quiere en Moscú.

Silencio.

—¿A quiénes?

—A Rafael.

Pausa.

—Y específicamente a Adrián.

Nikolai quedó completamente quieto al enterarse.

Moscú.

La ciudad de Mikhail.

La casa.

Viktor.

—No voy —dijo antes de que Santiago pudiera preguntarlo.

—No tienes que hacerlo.

—Si aparezco, la máscara deja de importar.

Pausa.

—Y no estoy listo.

Santiago no intentó convencerlo.

Ximena estableció las condiciones.

Nada de antiguos contactos.

Nada de visitas improvisadas.

Nada de acercarse a la antigua casa Volkov.

—Si la ves desde el automóvil, sigues conduciendo.

Santiago tardó un segundo.

—Sí.

—Ese segundo fue demasiado largo.

—Mei.

—Santiago.

Él aceptó.

Sofía fue la última en enterarse.

—¿Es necesario? —preguntó.

—Sí.

—Eso dices demasiado.

Miró la máscara.

—¿Quién eres ahora?

—Adrián Valdés.

—No te queda.

—Eso dijo casi todo el mundo.

Sofía permaneció seria.

—Ten cuidado.

—Siempre.

Ella negó.

—No confundas poder hacerlo con tener que arriesgarte.

Santiago quedó callado.

—Volveré.

—Más te vale.

La noche antes del viaje, Santiago abrió la libreta que Joaquín le había entregado antes de enviarlo

a Moscú tantos años atrás.

Escribió:

MOSCÚ.

Primera vez: llegué sin saber quién era.

Segunda vez: regreso sabiendo exactamente quién no puedo ser.

Debajo:

ADRIÁN VALDÉS.

Asistente de Rafael.

Quemaduras. La máscara es elección. Nunca justificar demasiado.

ORLOV: respeta límites. Recordarlo.

Y finalmente:

No buscar el pasado.

Santiago permaneció mirando la última frase.

Después añadió:

Dejar que el pasado decida si quiere encontrarme.

Cerró la libreta.

A la mañana siguiente, Gabriel de la Vega Márquez abordaría un avión como Rafael Montoro

Salcedo.

Y Santiago Mijáilovich Volkov Reyes regresaría a Rusia convertido en un hombre que nunca

había existido.

Adrián Valdés.

Dos pasos detrás de Rafael Montoro.