Capítulo XXIX
El regreso de un muerto
Moscú apareció bajo las nubes como un recuerdo que Santiago había intentado enterrar
demasiadas veces.
La ciudad seguía allí.
Gris.
Enorme.
Fría incluso antes de tocarla.
Desde la ventanilla del avión, Santiago observó durante varios segundos sin decir nada.
Gabriel estaba sentado a su lado.
No como Gabriel de la Vega Márquez.
Como Rafael Montoro Salcedo.
Frente a ellos descansaba la máscara.
Negra.
Sobria.
Adrián Valdés esperaba.
—¿Estás bien? —preguntó Gabriel.
—Sí.
—No te pregunté si puedes hacerlo.
Santiago finalmente lo miró.
—Estoy bien.
Gabriel asintió.
—Eso suena más convincente.
Moscú crecía debajo.
La primera vez había llegado con dieciocho años, una maleta y una libreta que Joaquín Serrano le
había entregado antes de morir.
Ahora regresaba con una Casa propia, un hermano ruso esperando noticias desde Andalucía y una
máscara diseñada para impedir que alguien reconociera al muchacho que había aprendido a
sobrevivir allí.
Gabriel señaló el objeto.
—Es hora.
Santiago se quitó los lentes.
Se colocó la máscara.
Adrián llegó a Moscú.
Orlov los recibió en una residencia privada.
Alexei esperaba en la entrada.
—Valdés.
—Voronin.
Alexei miró la máscara.
—Sigue ahí.
—Me alegra que lo haya notado.
—Temía que Rusia la hubiera asustado.
—Todavía no.
Gabriel estrechó su mano.
—Alexei.
—Rafael.
La biblioteca de Konstantin golpeó a Santiago antes que cualquier otra cosa.
Dos niveles.
Mapas.
Una mesa larga.
Durante una fracción de segundo vio otra habitación.
Mikhail.
Ajedrez.
Sun Tzu.
Observar no significa adivinar.
Santiago regresó al presente.
—Montoro —dijo Orlov.
—Orlov.
Después:
—Valdés.
—Señor Orlov.
Konstantin no mencionó la máscara.
Aquello ya estaba resuelto.
La primera conversación fue empresarial.
Rusia.
España.
Europa.
Santiago reconocía nombres que Adrián no debía reconocer.
Empresas que habían tratado indirectamente con los Volkov.
Personas que Mikhail había mencionado.
Estructuras nacidas después de la caída.
No reaccionó.
Memoria tras memoria permaneció detrás de la máscara.
Gabriel lo miró una vez.
Control.
Adrián volvió.
Después de una hora, Orlov preguntó:
—¿Qué piensa, Valdés?
Gabriel le dio espacio.
—Creo que los mercados complicados normalmente no son complicados por razones económicas.
—Continúe.
—La gente llama mercado a una red de relaciones. Cuando esas relaciones importan más que el
producto, el capital deja de ser suficiente.
Konstantin sonrió.
—Exactamente.
Gabriel señaló a Santiago.
—Por eso lo traigo.
—Empiezo a entenderlo.
Después de la comida recorrieron una parte de la residencia.
Santiago observó fotografías familiares.
Una mujer aparecía en varias.
Konstantin vio hacia dónde miraba.
—Mi hija.
—Entiendo.
—Ekaterina.
Santiago no dio importancia al nombre.
Todavía.
Al anochecer, los asesores se retiraron.
Alexei recibió una llamada.
Gabriel se dirigió a otra habitación.
Santiago se levantó.
—Valdés.
Se detuvo.
—Quédese.
Gabriel apareció en la puerta.
Orlov explicó:
—Solo quiero hablar con su asistente.
Adrián asintió.
—Estaré bien.
La puerta se cerró.
Por primera vez quedaron únicamente Konstantin Orlov y Santiago.
—Quiero hablar de cómo debería entrar Reykov en Rusia —dijo Orlov.
—Eso debería hablarlo con Rafael.
—No.
Pausa.
—Quiero hablarlo con usted.
Santiago no reaccionó.
—Entonces está hablando con la persona equivocada.
—No lo creo.
Konstantin se recostó.
—Montoro construye empresas. Usted piensa qué ocurre alrededor de ellas. Quién gana. Quién
pierde. Quién empieza a depender.
Santiago sonrió apenas.
—Una descripción exagerada de las funciones de un asistente.
Orlov respondió:
—Y usted parece un asistente bastante exagerado.
Entonces llegó Viktor.
—Si Reykov quiere abrir mercado en Rusia, debería empezar trabajando con Sokolov.
Santiago quedó sorprendido.
—Pensé que quería debilitarlo.
—Quiero equilibrio.
—Trabajar con él parece conseguir lo contrario.
—Solo si permiten que se convierta en una necesidad.
Konstantin explicó que Viktor tenía empresas, relaciones y experiencia que sería absurdo ignorar.
—¿Está sugiriendo que Rafael se asocie con él?
—Sí.
—¿Y después?
Orlov sonrió.
—Después asegúrense de que ninguna puerta que abra dependa para siempre de su mano.
Santiago comprendió.
—Quiere que aprendamos a funcionar sin él.
—Exactamente.
—Eso se parece peligrosamente a utilizarlo.
Konstantin no negó.
—Sean buenos socios mientras sean socios. Si cumple, cumplen. Si aporta valor, recibe valor.
—¿Y cuándo desaparece?
Orlov sostuvo su mirada.
—Cuando deje de ser necesario.
Santiago planteó el problema inmediato.
—Está proponiendo que dependamos de usted para dejar de depender de Viktor.
Konstantin sonrió.
—Esperaba que dijera eso.
—Entonces tendrá respuesta.
—No quiero que dependan de mí tampoco.
Orlov ofrecía estabilidad.
Presentaciones.
Algunos contactos empresariales legítimos.
Conocimiento del entorno.
Y la seguridad informal de que determinadas personas entenderían que Reykov tenía una relación
con el Círculo Orlov.
No protección.
Contexto.
—¿A cambio de qué? —preguntó Santiago.
—De que Viktor deje de convertirse en el único hombre capaz de abrir determinadas puertas.
Después añadió:
—Y quiero socios capaces de seguir existiendo si yo desaparezco.
Aquello golpeó a Santiago.
—¿Por qué?
—Porque los imperios que dependen de un hombre tienen fecha de caducidad.
Mikhail habría entendido aquella frase.
Santiago también.
Adrián impuso una condición.
—No destruiremos empresas únicamente porque pertenecen a Viktor.
Konstantin esperó.
—Si una empresa funciona y hay personas inocentes que dependen de ella, no se convierte en
objetivo por su dueño.
—¿Entonces?
—Si Viktor pierde control, que sea porque dejó de aportar valor. No porque destruyamos todo
alrededor suyo para llegar hasta él.
Konstantin lo estudió.
—Demasiada conciencia para alguien que trabaja con Mateo Serrano.
Santiago sonrió.
—Se sorprendería de Mateo.
—Ya lo ha hecho varias veces.
Orlov hizo una última pregunta.
—¿Por qué le importa tanto Sokolov?
Santiago quedó quieto.
—No me importa.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Me importa cualquier hombre que necesite hacerse indispensable para conservar poder.
—Eso sonó personal.
Santiago respondió:
—Muchas buenas reglas nacen de errores personales.
Konstantin no insistió.
Santiago volvió a respetarlo por ello.
La cena de despedida estaba programada para la noche siguiente.
Esta vez era más personal.
Una silla permanecía vacía.
La puerta se abrió algunos minutos después.
Una mujer entró.
Treinta años aproximadamente.
Cabello blanco.
Ojos azules.
Traje elegante.
Nada excesivamente formal.
Konstantin levantó la mirada.
—Llegas tarde.
Ella dejó el teléfono sobre una mesa.
—Treinta y siete segundos.
—Tarde.
—Sobrevivirás.
Alexei sonrió.
Konstantin hizo las presentaciones.
—Mi hija. Ekaterina Orlova.
Ella saludó a Gabriel.
Después miró hacia Santiago.
La máscara.
Un segundo más de lo normal.
Curiosidad.
—Señor Valdés.
Santiago estrechó su mano.
—Señora Orlova.
Ella levantó una ceja.
—Ekaterina.
—Adrián.
Ekaterina entendía los negocios mejor de lo que Santiago esperaba.
Contradecía a Konstantin.
Corregía cifras.
Hacía preguntas mejores que muchos asesores.
Hasta que lo miró.
—¿Usted nunca habla?
—A veces.
—Mi padre dijo que hablaba demasiado poco.
Konstantin:
—Yo nunca dije demasiado.
Ekaterina lo ignoró.
—¿Qué hace exactamente para Rafael?
Gabriel respondió:
—Evita que tome decisiones estúpidas.
Ekaterina sonrió.
—Entonces tiene empleo permanente.
Santiago:
—Estoy reconsiderando mi contrato.
Ella rió.
Konstantin observó demasiado atentamente.
El momento llegó durante el postre.
—Montoro.
—¿Sí?
—¿El señor Valdés está casado?
Santiago dejó lentamente el vaso.
Gabriel respondió:
—Todavía no.
Ekaterina cerró los ojos.
—Papá.
—¿Comprometido?
—No que yo sepa.
Santiago miró a Gabriel.
Traidor.
Konstantin continuó:
—En ese caso, ¿qué le parecería mi hija?
Silencio.
Gabriel sonrió.
—Creo que esa pregunta debería hacerla a Adrián.
Konstantin giró.
—Valdés.
—Señor Orlov.
—Tienen casi la misma edad.
Ekaterina:
—Eso no significa absolutamente nada.
Konstantin habló de alianzas.
Contratos que podían terminar.
Intereses que podían cambiar.
Y vínculos familiares que hacían una traición más costosa.
Santiago preguntó:
—¿Está proponiendo un matrimonio?
—Estoy proponiendo que se conozcan.
Konstantin levantó una mano hacia su hija.
—Tú decides. Él decide. Yo propongo.
Ekaterina respondió:
—Qué moderno de tu parte.
Alexei soltó una risa.
Orlov se volvió serio.
—No puedo entregar a mi hija y no quiero hacerlo. Si no le agrada usted, será la primera en
decírselo. Si usted no está interesado, se termina.
—Entonces ¿por qué sugerirlo?
—Porque las familias sobreviven cosas que los contratos no.
Santiago sostuvo su mirada.
—Nada elimina la traición.
Konstantin sonrió.
—No. Pero puede cambiar su precio.
Ekaterina observó a Santiago.
Él preguntó:
—¿Cómo se llama?
Ella levantó una ceja.
—Ya te lo dijeron.
—Quería comprobar si podía responder usted misma.
—Ekaterina Konstantínovna Orlova.
—Adrián Valdés.
—Supuestamente ya lo sabía.
—También quería comprobarlo.
Alexei murmuró:
—Esto va a ser divertido.
Después de la cena, Ekaterina interceptó a Santiago.
—Valdés.
—Ekaterina.
—No piense que porque mi padre sugirió esto yo estoy interesada.
—No lo pienso.
—Bien.
Pausa.
—Tampoco piense que no lo estoy.
Santiago quedó quieto.
Ella sonrió.
—Buenas noches.
Mateo rió durante casi un minuto cuando recibió la noticia.
—¿Terminaste? —preguntó Santiago.
—No.
—Mateo.
—Viniste a Moscú a estudiar negocios y Orlov intentó casarte con su hija.
—No intentó casarme.
—Claro.
—Solo propuso que la conociera.
—Muchísimo más normal.
Santiago cerró los ojos.
—Te odio.
—Lo sé.
Después Mateo se puso serio.
—¿Vas a hacerlo?
Santiago tardó.
—No lo sé.
Mateo sonrió.
—Sofía va a disfrutar esto.
Santiago quedó en silencio.
Demasiado.
Mateo dejó de sonreír.
—Ah.
—No.
—No dije nada.
Santiago terminó la llamada.
Pero el nombre permaneció.
Sofía.
A cientos de kilómetros, Sofía Serrano estaba trabajando sobre documentos de RS Horizonte
cuando recibió un mensaje de Mateo.
TENEMOS QUE HABLAR.
Sofía respondió:
¿QUÉ HICISTE?
Mateo:
YO NADA.
Pausa.
SANTIAGO, TÉCNICAMENTE TAMPOCO.
Sofía dejó lentamente el bolígrafo.
Todavía no sabía que Konstantin Orlov, intentando fortalecer una alianza entre familias, acababa
de tocar una relación que ni ella ni Santiago habían tenido el valor de nombrar.