Capítulo XXX
El precio de una alianza
La propuesta llegó envuelta en una cena demasiado correcta.
Konstantin Orlov no utilizaba la palabra alianza cuando todavía podía llamarla
conversación. Aquella noche, sin embargo, había dispuesto una mesa pequeña en su
residencia de Moscú y había pedido que Adrián Valdés acudiera solo. No Rafael. No Mateo.
No representantes.
Solo Adrián.
Santiago aceptó porque negarse habría convertido una invitación en una declaración. La
máscara negra cubría su rostro cuando cruzó la entrada. Había aprendido a detestarla
menos desde que comprendió que una identidad falsa podía ser una herramienta sin
convertirse necesariamente en una vida.
Orlov lo recibió con una copa que Santiago no tocó.
—Siempre tan desconfiado.
—Siempre tan observador.
—Mikhail habría dicho que ambas cosas pueden ser la misma enfermedad.
El nombre hizo que Santiago levantara ligeramente la mirada.
Konstantin sonrió.
—Todavía no entiendes cuánto me recuerda tu forma de hablar a alguien que conocí hace
muchos años.
Santiago no respondió.
Era demasiado pronto para preguntar.
La cena avanzó entre asuntos empresariales, Rusia, equilibrio y Viktor Sokolov. Orlov evitó
hablar como un hombre que quisiera destruirlo. Su interés era más preciso.
—Viktor se ha vuelto demasiado necesario —dijo—. Y la gente indispensable termina
confundiendo utilidad con derecho.
Santiago dejó los cubiertos.
—Entonces construya alternativas.
—Eso estamos haciendo.
—¿Estamos?
—Rafael se ha convertido en una de ellas.
Santiago mantuvo la expresión detrás de la máscara.
—Rafael es empresario.
—Y tú eres su hombre de confianza. —Eso dicen.
—Lo dice él.
La conversación habría podido terminar allí.
No lo hizo.
Konstantin dejó la servilleta sobre la mesa.
—Hay otra forma de estabilizar una relación.
Santiago conocía el tono.
No el contenido.
—Habla.
—Mi hija.
Silencio.
Santiago tardó dos segundos en comprender.
Después otros dos en aceptar que había comprendido bien.
—No.
Orlov levantó una ceja.
—Ni siquiera hice la propuesta completa.
—No hace falta.
—Ekaterina tiene treinta años. Es inteligente. Sabe administrar patrimonio. Entiende Rusia
y Europa. No necesita que nadie la mantenga. Tú eres joven, útil y aparentemente incapaz
de dejar de construir relaciones que tarde o temprano llaman la atención.
—Excelente presentación romántica.
Konstantin soltó una risa.
—No estoy hablando de romance.
—Precisamente por eso la respuesta es no.
Orlov dejó de sonreír.
—No te estoy vendiendo a mi hija.
—Y yo no voy a aceptar que una relación personal se convierta en garantía de negocios.
—No es una garantía.
—Entonces no la necesita.
El silencio se endureció.
Santiago sabía que una respuesta así podía costarle meses de trabajo. También sabía que
aceptarla por conveniencia costaría algo peor.
Orlov se recostó. —¿Ya existe alguien?
Sofía apareció en la mente de Santiago antes de que pudiera evitarlo.
Aquello lo irritó.
—Eso no es asunto tuyo.
—Interesante.
—No.
—No dije nada.
—Lo pensaste suficientemente fuerte.
Konstantin sonrió otra vez.
—Mikhail también odiaba cuando alguien veía una respuesta antes de que él estuviera listo
para decirla.
Santiago se quedó quieto.
—¿Por qué sigues mencionándolo?
Orlov tomó la copa.
—Porque conocí a un hombre llamado Mikhail que hablaba de un muchacho mexicano
como si hubiera descubierto una nueva forma de problema.
El pulso de Santiago cambió.
No lo suficiente para que se notara.
Esperó.
Konstantin no añadió nada.
Santiago entendió el mensaje.
Orlov sabía cosas. Quizá no suficientes. Quizá demasiadas.
—Volvamos a tu hija —dijo Santiago.
—Creí que habías dicho que no.
—Lo dije.
—Entonces.
—Quiero que una cosa quede clara. Si Ekaterina y yo volvemos a hablar, será porque ella
quiera y porque yo quiera. No porque Rusia necesite estabilidad.
Orlov lo observó.
—¿Y si ella estuviera de acuerdo con un matrimonio estratégico?
Santiago respondió sin dudar.
—Seguiría necesitando mi acuerdo.
Konstantin dejó escapar una risa grave. —Eso sonó absurdamente obvio.
—Las cosas obvias suelen necesitar repetirse cuando hay poder de por medio.
Durante unos segundos, Orlov no fue jefe del Círculo Orlov. Fue un padre decidiendo si
sentirse ofendido o satisfecho.
Finalmente asintió.
—Bien.
Santiago frunció el ceño.
—¿Bien?
—Prefería escuchar eso a verte calcular cuánto vale mi apellido.
—Nunca calculé eso.
—Todos lo calculan.
—Entonces ya tienes demasiadas personas haciéndolo.
Konstantin brindó solo.
—Eso sí sonó a Mikhail.
La conversación terminó casi a medianoche.
Antes de marcharse, Santiago se detuvo junto a la puerta.
—Hay otra cosa.
—Siempre hay otra cosa contigo.
—Lo de esta noche no sale de esta casa.
Orlov levantó una ceja.
—¿Te preocupa Rafael?
—Me preocupa que alguien convierta una conversación privada en una obligación pública.
—¿Incluida Ekaterina?
Santiago sostuvo su mirada.
—Especialmente ella. Si algún día habla conmigo de esto, quiero que sea porque tú
decidiste tratarla como adulta, no porque alguien en Moscú empezó a tratarla como
contrato.
Konstantin permaneció en silencio.
Después asintió.
—Nadie lo sabrá por mí.
Santiago abrió la puerta.
—Gracias. —Adrián.
Se detuvo.
—¿Sí?
—No rechaces una posibilidad solo porque nació de una razón equivocada.
Santiago giró ligeramente.
—Y no aceptes una persona porque la estructura sea conveniente.
Orlov sonrió.
—También eso sonó a Mikhail.
Santiago salió sin responder.
En Santa Aurelia, Sofía estaba despierta cuando él regresó.
No esperaba encontrarla en la biblioteca.
Ella tenía un expediente abierto y una taza de café abandonada.
—Pensé que estabas en Rusia.
—Estaba.
—Respuesta extraordinariamente útil.
Santiago dejó la chaqueta.
—¿No duermes?
—Podría preguntarte lo mismo.
Sofía lo observó un poco más.
—¿Pasó algo?
Por un instante Santiago pensó en contárselo.
No podía.
No todavía.
—Una conversación complicada.
Sofía cerró la carpeta.
—¿De negocios?
Santiago tardó demasiado.
Ella lo vio.
—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué? —Esa cara.
—No hice ninguna cara.
—La hiciste.
Sofía sonrió.
—Entonces quizá tú estás viendo demasiado.
Santiago pensó en Orlov.
En Ekaterina.
En la pregunta que no había querido contestar.
Y por primera vez comprendió que un problema estratégico podía desaparecer de una
mesa y seguir caminando junto a uno hasta casa.
Aquella noche abrió su cuaderno.
Escribió:
"Una alianza no justifica convertir a una persona en garantía."
Después añadió:
"Elegir por conveniencia sigue siendo elegir."
Se quedó mirando la segunda línea.
Y debajo, sin saber todavía por qué, escribió un nombre.
"Sofía."