Casa Reykov

Lo que uno elige

Capítulo XXXI

Lo que uno elige

Antonio Herrera ocupaba siempre la misma mesa de la cafetería.

Santiago lo había notado semanas antes porque el anciano parecía poseer una habilidad

que él envidiaba: podía sentarse durante una hora sin revisar un teléfono, sin mirar una

puerta y sin actuar como si el mundo fuera a desmoronarse por no recibir instrucciones

suyas.

Aquella tarde Santiago entró buscando café.

Terminó sentado frente a él.

—Otra vez usted —dijo Antonio.

—Eso suena a queja.

—Depende de cuánto piense hablar.

Santiago sonrió.

No sabía exactamente por qué había vuelto.

Quizá porque Antonio no conocía a Reykov.

No conocía a Viktor.

No sabía quién era Rafael Montoro ni por qué Adrián Valdés utilizaba máscara.

Para él, Santiago era simplemente un hombre de treinta y tres años que pensaba

demasiado.

A veces necesitaba que alguien lo viera así.

—Tengo una pregunta —dijo.

Antonio bebió café.

—Eso suele ser peligroso.

—¿Cómo sabe uno si debe casarse con alguien?

El anciano dejó lentamente la taza.

—Ah.

Santiago frunció el ceño.

—No haga eso.

—¿Qué?

—Esa expresión.

—Muchacho, usted acaba de preguntarle a un viudo de ochenta años cómo decidir con

quién casarse. Permítame disfrutarlo. Santiago apoyó la espalda.

—Olvídelo.

—No.

Antonio sonrió.

—Ahora quiero saber por qué alguien como usted está pensando en matrimonio.

—No estoy pensando en matrimonio.

—Entonces la pregunta es todavía peor.

Santiago cerró los ojos.

—Alguien propuso una posibilidad.

—¿La mujer?

—No.

—¿Entonces quién?

—No importa.

Antonio lo miró.

—Ya entiendo.

—No, no entiende.

—Alguien vio que dos personas podían ser útiles juntas y decidió que eso era razón

suficiente.

Santiago se quedó quieto.

Antonio sonrió.

—La gente poderosa cree que inventó cosas que las familias llevan siglos haciendo.

—¿Y qué debería hacer?

—Nada.

—Excelente consejo.

—No terminé.

Antonio señaló con la cuchara.

—No se case porque conviene. Tampoco rechace a una persona solamente porque alguien

más vio primero la conveniencia.

Santiago guardó silencio.

—¿Estuvo casado mucho tiempo?

El rostro de Antonio cambió.

—Cuarenta y siete años. —¿Cómo supo?

—No supe.

Santiago frunció el ceño.

—Eso no parece tranquilizador.

—Porque busca tranquilidad donde no existe.

Antonio dejó la cuchara.

—Uno no elige una esposa una sola vez. La elige muchas veces. Cuando es fácil. Cuando no

lo es. Cuando está enferma. Cuando uno está insoportable. Cuando hay dinero. Cuando no

lo hay. Cuando los hijos se van. Cuando la casa queda demasiado grande.

Miró hacia la ventana.

—Y llega un día en que ella ya no está y uno descubre que la sigue eligiendo en las cosas

pequeñas.

Santiago bajó la mirada.

—Entonces ¿qué debo buscar?

Antonio respondió:

—Una persona, no una solución.

Pausa.

—Y cuando tenga que hablar, sea claro. No cruel. No cobarde. Claro.

Santiago repitió mentalmente las palabras.

No cruel.

No cobarde.

Claro.

La conversación volvió con él a Santa Aurelia.

Sofía estaba en la terraza, revisando documentos de RS Horizonte.

Santiago se sentó frente a ella.

—Necesito decirte algo.

Sofía no levantó la mirada.

—Esa frase nunca anuncia algo agradable.

—Recibí una propuesta.

Ahora sí lo miró.

—¿Empresarial?

Santiago negó. —Personal.

Sofía cerró lentamente la carpeta.

—¿Qué clase de propuesta?

Santiago eligió cuidadosamente cuánto podía revelar.

—Una persona considera que una alianza podría fortalecerse mediante un matrimonio.

Sofía tardó muy poco.

—Tuyo.

—Sí.

—¿Con quién?

Santiago permaneció callado.

Sofía entendió que no iba a obtener el nombre.

—¿Y qué dijiste?

—No.

La respuesta salió demasiado rápida.

Sofía lo notó.

—Entonces ¿por qué me lo estás contando?

Santiago no tenía una respuesta cómoda.

Podía decir confianza.

Podía decir transparencia.

Ninguna era completamente cierta todavía.

—Porque pensé en ti.

Sofía dejó de moverse.

Santiago continuó antes de perder el valor.

—Cuando hicieron la propuesta.

—¿Como alternativa?

—No.

—¿Como problema?

—Tampoco.

Sofía cruzó los brazos.

—Santiago, estás haciendo exactamente eso que haces cuando quieres que una persona

llegue sola a la respuesta que tú no quieres decir.

Mikhail. Viktor.

Manipulación.

Santiago respiró.

—Pensé que, si alguna vez tuviera que considerar algo así de verdad, tú serías una de las

personas con las que tendría que hablar primero.

Sofía sostuvo su mirada.

—Eso sigue sin ser una respuesta.

—No me eres indiferente.

Silencio.

Fue probablemente la frase menos estratégica que Santiago había pronunciado en meses.

Sofía no sonrió.

Tampoco apartó los ojos.

—Bien.

Santiago frunció el ceño.

—¿Bien?

—Sí.

—Esperaba algo más.

—No te debo una escena porque finalmente dijiste una verdad sencilla.

Santiago aceptó el golpe.

—Justo.

Sofía permaneció seria.

—¿Te gusta la otra mujer?

Santiago pensó en Ekaterina.

Cabello blanco.

Ojos azules.

Una inteligencia que no necesitaba pedir permiso para mostrarse.

Una mujer a la que conocía todavía demasiado poco como para responder con seguridad.

—No sé.

Sofía asintió.

—Esa sí te la creo.

—¿Estás molesta?

—No. —¿Segura?

—No me gusta que alguien esté intentando organizar tu vida como parte de un acuerdo.

Pausa.

—Pero tampoco voy a fingir que tengo derecho a decidir lo que tú sientes.

Santiago recordó a Ximena en China.

Ayudarme no significa decidir por mí.

El mismo principio regresaba con formas distintas.

—Gracias.

Sofía abrió otra vez la carpeta.

—No me agradezcas todavía.

—¿Por qué?

—Porque si algún día decides utilizarme como pieza estratégica, te voy a hacer desear que

hubieras aceptado el otro matrimonio.

Santiago empezó a reír.

—Eso fue bastante específico.

—Quería ser clara.

—No cruel. No cobarde. Clara.

Sofía levantó una ceja.

—¿De dónde sacaste eso?

—Un anciano que toma café.

—Necesito conocerlo.

—No.

—Ahora definitivamente necesito conocerlo.

Esa noche Santiago escribió de nuevo.

"No elegir a una persona por lo que representa."

Debajo:

"No rechazarla por miedo a lo que representa."

Y finalmente:

"La claridad no elimina el riesgo. Solo evita convertirlo en engaño."

Cerró el cuaderno.

En otro país, Ekaterina Orlova recibió una llamada de su padre. —¿Qué quería Adrián? —preguntó.

Konstantin miró el fuego de la chimenea.

Había dado su palabra.

—Negocios.

Ekaterina permaneció en silencio.

—Papá.

—¿Sí?

—Mientes peor cuando intentas protegerme.

Orlov sonrió.

—Eso también lo aprendí tarde.

—¿De quién?

Konstantin pensó en Mikhail.

—De un amigo.

No dijo más.

Pero Ekaterina ya sabía que algo había ocurrido.

Y Santiago todavía no comprendía que negarse a abrir un frente no impedía que el frente lo

encontrara.