Casa Reykov

La visita que nunca ocurrió

Capítulo XXXII

La visita que nunca ocurrió

La segunda visita de Adrián Valdés a la residencia Orlov no figuró en ningún calendario.

No hubo reunión oficial.

No hubo fotografías.

No se informó a ningún socio.

Para todos los efectos, nunca ocurrió.

Santiago había viajado solo.

No llevó a Mateo.

No informó a Gabriel más de lo necesario.

Ximena sabía que estaría en Rusia, pero no el propósito exacto.

Era la clase de decisión que todavía justificaba con una frase peligrosa:

"Esto me corresponde a mí."

Konstantin lo recibió en una biblioteca lateral.

—Creí que ya habíamos terminado con el matrimonio.

—Yo también.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Santiago dejó la máscara sobre el rostro.

—Porque quiero que quede claro qué cambia y qué no cambia después de esa

conversación.

Orlov se sirvió agua.

—Habla.

—Nuestra relación empresarial continúa.

—Naturalmente.

—Tu relación con Rafael continúa.

—Sí.

—Mi vida personal queda fuera.

Konstantin lo observó.

—¿Eso incluye a mi hija?

—Sobre todo a tu hija.

—Interesante forma de expresarlo. Santiago no reaccionó.

—No vas a utilizar negocios para acercarnos ni para alejarnos. No vas a mejorar

condiciones porque ella y yo hablemos. Tampoco empeorarlas si no ocurre nada.

Orlov sonrió.

—¿Y qué obtengo a cambio de esta generosa lista de prohibiciones?

—Un socio que no tendrá que preguntarse si está negociando contigo o con el padre de una

mujer.

Konstantin permaneció pensativo.

—Acepto.

Santiago levantó ligeramente la mirada.

—¿Así de fácil?

—No todo tiene que convertirse en guerra contigo.

—Últimamente tengo dudas.

—Eso también se parece a Mikhail.

El nombre volvió a quedarse entre ellos.

Santiago estaba a punto de preguntar cuando escuchó pasos.

Konstantin levantó los ojos hacia la puerta.

Demasiado tarde.

Ekaterina entró.

Se detuvo.

Cabello blanco recogido.

Ojos azules pasando primero por su padre y después por el hombre de la máscara.

—Adrián.

Santiago inclinó ligeramente la cabeza.

—Ekaterina.

Ella miró el reloj.

—No sabía que teníamos reunión.

Konstantin respondió:

—No la tenemos.

Ekaterina miró a su padre.

Después a Santiago.

—Entonces esto es todavía más interesante.

No preguntó directamente.

Eso habría sido más sencillo.

Se acercó a una estantería, tomó un libro que claramente no necesitaba y se quedó allí.

—¿Negocios?

—Sí —respondió Santiago.

—¿Cuáles?

—Privados.

Ekaterina levantó una ceja.

—Negocios privados con mi padre dentro de nuestra casa que no requieren a Rafael.

—Correcto.

—Y que aparentemente tampoco requieren que yo sepa que existen.

Santiago sostuvo su mirada.

—Correcto.

Ella sonrió muy poco.

—Empiezo a entender por qué mi padre te encuentra entretenido.

Konstantin intervino:

—Ekaterina.

—No estoy haciendo nada.

—Precisamente.

Santiago reconoció la dinámica.

Orlov no quería mentirle.

Tampoco romper la palabra dada.

La situación era culpa suya.

—La conversación me corresponde —dijo Santiago.

Konstantin lo miró.

Ekaterina también.

—¿Perdón?

Santiago eligió un límite.

—Tu padre y yo hablamos de una propuesta que te involucraba. La rechacé porque no

considero aceptable convertir una relación personal en garantía empresarial.

Los ojos de Ekaterina cambiaron. —¿Una propuesta que me involucraba?

Konstantin cerró los ojos un segundo.

—Adrián.

—No voy a permitir que ella descubra esto por rumores.

Ekaterina miró a su padre.

—¿Qué propuesta?

Orlov respondió:

—Matrimonio.

Silencio.

Ekaterina no pareció avergonzada.

Pareció ofendida.

—¿Con él?

Santiago casi sonrió detrás de la máscara.

—La reacción es mutua.

Ekaterina lo miró.

—No te emociones. Estoy intentando comprender por qué dos hombres tuvieron una

conversación sobre mi matrimonio sin mí.

Konstantin abrió la boca.

Ella levantó una mano.

—Tú después.

Después señaló a Santiago.

—¿Y tú dijiste que no?

—Sí.

—¿Porque no te intereso?

Konstantin miró hacia otro lado.

Santiago permaneció inmóvil.

—Porque la propuesta estaba mal planteada.

Ekaterina sonrió sin humor.

—Eso no fue lo que pregunté.

Santiago pensó en Sofía.

En Antonio.

En claridad. —No te conozco lo suficiente para responder honestamente esa pregunta.

La respuesta pareció satisfacerla más que cualquier cumplido.

—Bien.

Konstantin murmuró:

—Esta familia utiliza demasiado esa palabra.

Ekaterina lo ignoró.

—¿Y por qué regresaste?

Santiago respondió:

—Para asegurarme de que una propuesta personal no contaminara la relación empresarial.

—¿Sin mí?

—La relación empresarial es con tu padre.

—La propuesta personal era conmigo.

Santiago aceptó el golpe.

—Sí.

Ekaterina tomó aire.

—Entonces la próxima vez que algo me involucre, hablas conmigo.

—De acuerdo.

—Antes de decidir qué necesito saber.

La frase atravesó más de una historia.

Ximena.

Sofía.

Ahora Ekaterina.

Santiago asintió.

—De acuerdo.

Ekaterina salió sin despedirse.

Konstantin esperó a que la puerta se cerrara.

Después miró a Santiago.

—Acabas de convertir una conversación privada en algo peor.

—No iba a mentirle.

—Podías haber callado.

—Eso también es una decisión. Orlov bebió agua.

—Mikhail habría estado orgulloso.

Santiago se cansó.

—¿Cómo conociste a Mikhail?

Konstantin dejó el vaso.

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque no sé quién eres.

Santiago permaneció inmóvil.

Orlov continuó:

—Sé quién dices ser. Sé lo que Rafael cree que eres. Sé que utilizas una máscara que

explica demasiado convenientemente por qué nadie puede reconocerte.

Pausa.

—Y sé que cuando hablas de confianza, familia y decisiones, escucho a un hombre muerto.

Santiago sintió el peligro.

—Entonces investiga.

Konstantin sonrió.

—Ya lo hago.

Santiago regresó a Andalucía con una certeza incómoda.

Orlov estaba cerca.

Ekaterina estaba dentro de un problema que él había intentado mantener fuera.

Y la máscara, que durante meses había sido defensa, empezaba a convertirse en pregunta.

Ximena lo esperaba en Santa Aurelia.

—¿Todo bien?

Santiago dejó la maleta.

—Sí.

Ella lo miró demasiado tiempo.

—Mentira.

—No es mentira.

—Entonces es una respuesta inútil.

Santiago sonrió cansado. —Una conversación se complicó.

—¿Puedo saber cómo?

Santiago pensó en decirlo.

Otra vez decidió que todavía no.

—No aún.

Ximena asintió.

No discutió.

Eso fue peor.

Porque Santiago entendió que la confianza también podía desgastarse sin ruido.

Aquella noche escribió:

"Cerrar un frente no significa ocultarlo hasta que desaparezca."

Después dejó la pluma.

La frase no resolvía nada.

Pero por primera vez admitía que quizá el problema no era cuántos secretos podía

sostener.

Sino cuántas personas estaba obligando a vivir alrededor de ellos.