Casa Reykov

Cerrar los frentes

Capítulo XXXIII

Cerrar los frentes

Praga fue elegida porque no pertenecía a ninguno de los dos.

No Rusia.

No Andalucía.

No una propiedad Orlov.

No Santa Aurelia.

Ekaterina llegó primero.

Santiago la vio desde el otro lado del salón privado. Cabello blanco. Abrigo oscuro. Ningún

escolta visible dentro de la habitación.

Él tampoco llevaba máscara.

Ese era el punto.

Ekaterina se detuvo a tres metros.

Lo observó.

—¿Quién eres?

Santiago sostuvo su mirada.

—Santiago.

—Eso ya lo sé porque fue el nombre con el que reservaste la reunión.

—Santiago Mijáilovich Volkov Reyes.

Silencio.

Ekaterina no se movió.

—Volkov.

—Sí.

—¿Los Volkov?

—Sí.

—La familia que Viktor Sokolov destruyó.

Santiago asintió.

Ekaterina miró el rostro que durante meses había permanecido oculto detrás de la máscara

de Adrián Valdés.

—Entonces Adrián no existe.

—Existe como identidad. —No juegues con palabras hoy.

Santiago aceptó.

—No. Adrián Valdés no es una persona real.

Ekaterina se acercó.

—¿Y las cicatrices?

—Falsas.

—¿Los tratamientos?

—Parte de la historia.

—¿Todo?

—Todo lo relacionado con el rostro.

Ekaterina soltó aire y caminó hacia la ventana.

Santiago no intentó detenerla.

—¿Por qué me lo dices ahora?

—Porque te involucré sin darte la posibilidad de decidir qué significaba conocerme.

—Eso suena aprendido.

Santiago casi sonrió.

—Varias personas me lo han repetido.

—Inteligentes.

—Mucho.

Ekaterina giró.

—¿Mi padre sabe?

—No todavía.

—¿Rafael?

Santiago dudó.

—Sabe más que la mayoría.

—Otra respuesta incompleta.

—Hay información que no puedo darte porque no me pertenece solo a mí.

—¿Y Nikolai Volkov?

Santiago levantó los ojos.

Ekaterina había investigado.

—Vivo.

Ella quedó inmóvil. —¿También?

—Sí.

—¿Cuántos fantasmas tiene Viktor caminando alrededor sin saberlo?

Santiago respondió:

—Por ahora, dos.

Le contó lo esencial.

La caída.

Estambul.

Nikolai.

Reykov.

No cada detalle.

No cada relación.

Pero suficiente para que Ekaterina comprendiera que Adrián no había nacido para

engañarla específicamente. Era una capa dentro de una guerra anterior a ella.

Eso no eliminaba la mentira.

Solo la explicaba.

—Me utilizaste —dijo.

Santiago negó.

—No.

—Fuiste a una negociación matrimonial con una identidad falsa.

—Sí.

—Permitiste que yo creyera que conocía al hombre que tenía enfrente.

—Sí.

—Entonces no me digas que no me utilizaste.

Santiago guardó silencio.

—Tienes razón.

Ekaterina pareció sorprendida por la ausencia de defensa.

—Eso fue fácil.

—No lo fue.

—No parece. —Porque estoy cansado de descubrir que explicar por qué hice algo no cambia el hecho de

que lo hice.

Ekaterina lo observó largo rato.

—¿Qué quieres de mí?

—Nada.

—Mentira.

—Quiero que guardes el secreto.

—Eso no es nada.

—No.

Santiago respiró.

—Pero no quiero que lo guardes porque tu padre lo necesita. Ni porque Reykov lo necesita.

Te lo estoy pidiendo yo.

Ekaterina pensó.

—¿Y si digo que no?

Santiago respondió:

—Entonces adaptaré todo lo que pueda antes de que Viktor lo sepa.

—¿No me amenazarías?

—No.

—¿Ni mi padre?

—Tampoco.

Ekaterina sonrió muy poco.

—Eres un hombre extraño, Santiago Volkov Reyes.

—Me lo han dicho.

—Guardaré el secreto.

Santiago inclinó la cabeza.

—Gracias.

—No te perdoné.

—No te lo pedí.

—Bien.

La segunda reunión fue en Moscú.

Konstantin Orlov tenía delante a Santiago sin máscara por primera vez. No dijo nada durante casi un minuto.

Santiago permitió que lo mirara.

—Reyes —dijo finalmente Orlov.

Santiago quedó inmóvil.

—¿Qué?

Konstantin se levantó lentamente.

—Mikhail hablaba de ti.

El aire cambió.

—No de Santiago Volkov.

Pausa.

—De Santiago Reyes.

Santiago sintió que años enteros se comprimían en una habitación.

Orlov sonrió con tristeza.

—"Tengo otro hijo ahora", me dijo una vez.

Santiago no respiró.

—Le pregunté si era otro ruso.

Konstantin soltó una risa breve.

—Me dijo: "Mexicano".

Santiago bajó la mirada.

—Le dije que eso sonaba como un problema.

—¿Y él?

—"Lo es".

Por primera vez Santiago sonrió con dolor.

—Eso sí suena a Mikhail.

Orlov continuó:

—Pregunté el nombre.

Pausa.

—Santiago Reyes.

Silencio.

Konstantin miró al hombre delante de él.

—Después escuché que Mikhail había adoptado a un mexicano. Santiago Mijáilovich Volkov

Reyes. Señaló la silla.

—Y ahora aparece un hombre sin pasado, detrás de una máscara, hablando como él,

construyendo una casa cuyo nombre parece mezclar Reyes y Volkov.

Santiago se sentó.

—Rey-kov.

Konstantin negó con una sonrisa.

—Mikhail habría amado eso.

—Ximena lo inventó conmigo.

—Quiero conocerla.

—Eventualmente.

—Otra palabra peligrosa.

Entonces Santiago decidió terminarlo.

Cerró frentes.

Le contó a Orlov que Rafael Montoro no era el verdadero controlador.

Konstantin se puso serio.

—¿Rafael tampoco existe?

—El hombre existe. Se llama Gabriel de la Vega Márquez.

—¿Actor?

—Empresario.

—Explícate.

—Su experiencia es real. Su capacidad para negociar es real. Sus contratos son reales. Las

empresas cumplen obligaciones reales. La mentira es quién controla finalmente la

estructura.

Orlov lo estudió.

—Necesitabas un hombre capaz de interpretar que era dueño de la estructura.

Santiago corrigió:

—Necesitábamos un empresario capaz de hacer el trabajo, no un actor fingiendo ser

empresario.

Konstantin asintió lentamente.

—Me gusta más esa diferencia de lo que debería.

Después llegó Mateo.

Orlov preguntó si Mateo sabía la verdad completa. Santiago eligió una mentira parcial.

—Lo engañé también al principio.

No dijo cuánto sabía Mateo ahora.

No iba a entregar una relación que no le pertenecía.

Aquella mentira tendría precio más adelante.

Pero ese día Orlov no la vio.

Ekaterina entró después.

Santiago supo por su expresión que había hablado con su padre.

Orlov llevaba una protección discreta bajo la ropa. Santiago también.

Ekaterina se detuvo frente a él.

—¿Estás listo?

Santiago frunció el ceño.

—¿Para qué?

El primer disparo lo golpeó en el torso protegido.

Santiago retrocedió un paso.

—¡¿Qué demonios?!

Ekaterina mantuvo la calma.

—El primero fue por Adrián Valdés.

Segundo disparo.

Santiago volvió a retroceder.

—¡Ekaterina!

—El segundo por Rafael Montoro.

Tercero.

—Y el tercero para que nunca vuelvas a mentirnos de esa manera.

Santiago miró a Konstantin.

—¿Vas a decir algo?

Orlov bebió tranquilamente.

—Estoy evaluando.

—Tu hija me está disparando.

—Con protección.

—Eso no mejora tu papel como padre. Ekaterina bajó el arma.

—Terminé.

Santiago respiró.

—Bien.

Giró para caminar hacia la mesa.

El cuarto impacto llegó por la espalda protegida.

Santiago se quedó inmóvil.

Muy lentamente giró la cabeza.

Ekaterina sonrió.

—Mentí.

Orlov empezó a reír.

—Lección importante, Santiago.

—No quiero escucharla.

—Las mentiras por la espalda son particularmente molestas.

Santiago cerró los ojos.

—Los odio a los dos.

Ekaterina respondió:

—Eso es más honesto.

La prueba terminó sin ruptura.

Orlov mantuvo los acuerdos.

Ekaterina mantuvo el secreto.

Adrián Valdés siguió existiendo hacia afuera.

Pero dentro de aquella casa murió.

Konstantin lo dejó claro:

—Puedes usar la máscara para Viktor, para Moscú, para quien necesites.

Pausa.

—Pero no entras otra vez aquí como Adrián.

Santiago asintió.

—De acuerdo.

—Aquí eres Santiago.

Ekaterina añadió: —Y si vuelves a mentirnos así, la próxima conversación será peor.

Santiago miró los puntos doloridos bajo la protección.

—Me cuesta imaginar cómo.

Ella sonrió.

—Eso es porque te falta creatividad.

Esa noche Orlov y Santiago se quedaron solos.

Konstantin habló de Mikhail.

No de negocios.

De un amigo.

—Decía que eras demasiado desconfiado.

Santiago sonrió.

—Eso sí lo recuerdo.

—Y decía que en parte era culpa suya.

Santiago levantó la mirada.

Orlov continuó:

—No quería que Rusia borrara México de ti.

Pausa.

—Una vez me dijo: "El mundo no necesita simplemente otro Volkov. Pero quizá sí necesita

a alguien suficientemente terco para ser Reyes y Volkov al mismo tiempo."

Santiago tuvo que mirar hacia otro lado.

Konstantin no invadió el silencio.

Después de varios minutos Santiago habló:

—¿Por qué nunca me buscaste?

—Porque pensé que estabas muerto.

La respuesta fue sencilla.

Y dolorosa.

Orlov añadió:

—Y porque cuando uno no tiene un cuerpo, también existe el riesgo de convertir esperanza

en obsesión.

Santiago asintió.

No sabía todavía cuánto importaría aquella frase. Antes de marcharse escribió en su libreta:

"Cerrar un frente no significa eliminar a las personas."

Debajo:

"A veces significa eliminar la mentira que obliga a defenderlo."

Por primera vez en mucho tiempo, Rusia contenía a alguien que conocía su nombre

completo y seguía siendo aliado.

Eso no eliminaba el peligro.

Pero reducía una guerra.