Capítulo XXXV
Una vez
Mateo eligió el peor momento posible para pedir un favor.
Santiago estaba terminando una reunión de RS Horizonte cuando su teléfono vibró por
tercera vez.
Sofía vio el nombre.
—Mi hermano.
—Sí.
—Si llama tres veces, hizo algo o quiere hacerlo.
Santiago guardó los documentos.
—¿Cuál es peor?
—Depende de cuánto dinero haya de por medio.
La respuesta llegó horas después, en Santa Aurelia.
Mateo apareció sin el humor habitual. Eso bastó para que Ximena sospechara.
—Necesito capacidad temporal —dijo.
Santiago apoyó la espalda.
—No.
Mateo levantó una mano.
—Todavía no expliqué.
—Precisamente.
—Escúchame.
—No.
—Tiago.
—Cada vez que usas Tiago antes de una propuesta, termino arrepintiéndome.
Nikolai, sentado cerca, levantó la mirada.
—Eso es bastante específico.
Mateo ignoró el comentario.
—Es una sola vez.
Santiago cerró los ojos.
—Peor.
La explicación fue general.
Una operación clandestina excepcionalmente grande en la que participarían varias
relaciones de Mateo: contactos italianos, rusos, marroquíes y colombianos.
No necesitaba que Reykov dirigiera nada.
No quería RS Horizonte.
Necesitaba, por una única ocasión, capacidad de la Casa que normalmente permanecía
dedicada a otras actividades.
Santiago escuchó sin preguntar detalles operativos.
No los quería.
Tampoco quería que Ximena, Sofía o Ekaterina terminaran involucradas por conocimiento
innecesario.
—No —repitió.
Mateo lo miró.
—Puedo hacerlo sin ti.
—Entonces hazlo.
—Con más riesgo.
—Eso no convierte el riesgo en obligación mía.
Mateo permaneció callado.
Santiago continuó:
—Reykov no nació para convertirse en infraestructura permanente de tu mundo.
—No te estoy pidiendo permanente.
—Una vez crea precedentes.
—También crea confianza.
—La confianza no es deuda.
Mateo sonrió muy poco.
—Eso sonó a alguien que aprendió algo.
—Me rodeo de gente insoportable.
—Yo también.
La negociación duró dos días.
Santiago terminó aceptando por una sola razón: la capacidad ya existía y la alternativa de
Mateo aumentaba riesgos innecesarios para varias personas con las que Reykov ya
mantenía relaciones. Pero estableció límites.
Una vez.
Nada de RS Horizonte.
Nada que obligara a las estructuras legales a mentir sobre su propósito.
Nada que transformara a Reykov en socio permanente de aquella operación.
Y, sobre todo, Mateo dirigiría el frente clandestino.
Santiago no asumiría un mundo que no quería controlar.
—Acepto una vez —dijo.
Mateo levantó una ceja.
—Voy a escribirlo.
—Hazlo.
—"Santiago Reyes admitió que Mateo tenía razón".
—Eso no fue lo que dije.
—La historia necesita interpretación.
Nikolai soltó una carcajada.
Ximena no.
Ella observaba a Santiago.
—¿Quién sabe?
—Los necesarios.
—Respuesta peligrosa.
—Lo sé.
—Otra vez esa palabra.
Santiago suspiró.
—No voy a utilizar Horizonte. No voy a convertir esto en algo recurrente. Y cuando
termine, termina.
Ximena mantuvo la mirada.
—¿Me estás pidiendo que confíe?
—Una semana.
—Sin preguntas.
—Sin preguntas sobre el contenido. Si ves un riesgo para la Casa, intervienes.
Ximena pensó.
Finalmente asintió. —Una semana.
Santiago supo que acababa de recibir algo más valioso que permiso.
Confianza voluntaria.
El problema siguiente tenía nombres.
Ximena.
Sofía.
Ekaterina.
Mateo fue quien señaló lo evidente.
—No pueden estar aquí.
Santiago lo miró.
—No voy a expulsarlas de Santa Aurelia.
—No dije eso.
Mateo sonrió de una forma que Santiago detestó inmediatamente.
—Vacaciones.
Santiago cerró los ojos.
—No.
—Piénsalo.
—No.
—Sofía lleva meses diciendo que necesita descansar.
—No.
—Ekaterina está en España.
—Mateo.
—Ximena tampoco se ha tomado una semana libre en años.
Santiago miró hacia Samir.
El jefe de seguridad permanecía completamente neutral.
—No me metas en esto —dijo.
Mateo señaló.
—Incluso él cree que es buena idea.
Samir respondió:
—No dije eso.
—Tu silencio fue favorable. —Mi silencio significaba que esperaba que terminaras de hablar.
Nikolai empezó a reír.
El viaje terminó ocurriendo por razones que no pertenecían del todo a Santiago.
Sofía realmente necesitaba descanso.
Ekaterina aceptó acompañarla.
Ximena, después de protestar durante cuarenta minutos, reconoció que una semana lejos
de Santa Aurelia podía ser saludable.
Ninguna fue obligada.
Eso importaba.
Samir y un equipo pequeño las acompañaron.
Antes de irse, Ximena miró a Santiago.
—Una semana.
—Sí.
—No voy a investigar.
—Gracias.
—No me hagas arrepentirme.
Santiago respondió:
—Intentaré.
—Respuesta horrible.
Sofía apareció detrás.
—¿Qué está ocultando?
Ximena la miró.
Santiago dejó de respirar.
Ximena sonrió.
—Probablemente algo aburrido.
Sofía lo observó.
—Eso sí no te lo creo.
Ekaterina se acercó.
—Si desaparece una empresa mientras estamos fuera, sabremos quién fue.
Santiago levantó las manos.
—¿Por qué todas asumen que voy a destruir algo? Samir respondió:
—Patrón histórico.
Santiago lo miró.
—Tú deberías estar de mi lado.
—Estoy de su lado. No significa que deba mentir.
La semana pasó sin espectáculo.
Eso era lo que Santiago quería.
Mateo coordinó su mundo.
Santiago habilitó únicamente aquello que había prometido.
Orlov, Bellandi, Idris y Salazar cumplieron sus partes en términos generales.
No hubo celebración.
Santiago se negó a convertir una operación clandestina en orgullo familiar.
Para él era una excepción que debía terminar antes de que empezara a parecer normal.
La última noche Mateo se sentó frente a él.
—Funcionó.
—Bien.
—Eso es todo.
—¿Quieres una medalla?
Mateo sonrió.
—Mikhail te contaminó.
Santiago levantó la mirada.
Mateo no conocía toda la profundidad de esa frase.
—Terminó —dijo Santiago.
—Terminó.
—No otra vez.
Mateo tardó medio segundo.
—No prometo que nunca vaya a pedir.
—Y yo no prometo escuchar.
—Perfecto.
Se estrecharon la mano.
Una vez. Eso era todo.
Al menos eso quería creer Santiago.