Capítulo XXXVI
Hechos
Ximena, Sofía y Ekaterina regresaron a Santa Aurelia de mejor humor del que Santiago
consideraba prudente.
Samir regresó de peor humor del que cualquiera consideraba saludable.
Nikolai fue el primero en verlo.
—Pareces cansado.
Samir dejó una bolsa.
—Estoy bien.
—Eso significa que está destruido —dijo Ximena.
Sofía asintió.
Ekaterina añadió:
—Se negó a admitirlo durante todo el viaje.
Samir miró a Santiago.
—La próxima vez que necesite sacar a tres mujeres inteligentes de una propiedad durante
una semana, consiga una guerra. Es más sencillo.
Santiago empezó a reír.
—¿Se divirtieron?
Ximena lo observó.
—Mucho.
—¿Investigaste?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
Santiago parpadeó.
—Eso me preocupa.
—A mí me preocupó más.
Sofía miró entre ambos.
—Definitivamente están enfermos.
La operación de Mateo había terminado. No hubo una reunión formal de cierre.
Solo confirmaciones.
Cada relación regresó a su lugar.
Reykov volvió a sus actividades habituales.
Santiago insistió en que ninguna capacidad temporal se convirtiera por comodidad en
estructura permanente.
Mateo aceptó.
No feliz.
Pero aceptó.
El asunto podía considerarse cerrado.
Entonces llamó Orlov.
—Terminó —dijo Santiago.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Mateo habla demasiado cuando está satisfecho.
—Eso es verdad.
Konstantin guardó silencio.
—Ahora te debo algo.
Santiago se puso serio.
—¿Qué?
—Hechos.
La palabra detuvo todo.
—Sobre Mikhail.
Santiago miró hacia Nikolai, que estaba al otro lado de la biblioteca.
Habían acordado algo.
Juntos.
—Hablas conmigo y con Nikolai.
Orlov no discutió.
—Bien.
—¿Cuándo?
—Pronto.
Santiago apretó el teléfono. —No utilices esa palabra.
Konstantin sonrió del otro lado.
—Ximena también te regaña por eso, ¿verdad?
—Demasiado.
—Entonces te avisaré.
Colgó.
Nikolai observó.
—¿Mikhail?
—Orlov dice que tiene hechos.
La expresión de Nikolai cambió.
—¿Cuáles?
—No lo dijo.
—¿Cuándo?
Santiago respondió:
—Pronto.
Nikolai levantó una ceja.
—Te odio.
—Yo también odio esa palabra.
Los días siguientes fueron extrañamente normales.
Sofía trabajó con Horizonte.
Ekaterina permaneció algunos días más en Andalucía antes de regresar a Rusia.
Ximena reorganizó varias áreas de Reykov y se negó a contarle a Santiago qué había
hablado con las otras dos durante el viaje.
—Me prometiste transparencia —protestó él.
—No sobre conversaciones que no te pertenecen.
Santiago dejó de hablar.
Ximena sonrió.
—Exacto.
—Eso fue cruel.
—Educativo.
Mateo apareció una tarde con un sobre.
Santiago lo miró.
—¿Qué es?
—Tu parte.
—No.
Mateo suspiró.
—Otra vez.
—No quiero dinero de eso.
—Participaste.
—Presté capacidad.
—Y asumiste riesgo.
—No por ganancia personal.
Mateo dejó el sobre sobre la mesa.
—No te estoy preguntando si quieres celebrar. Te estoy diciendo que existe una parte que
corresponde a tu participación.
Santiago lo empujó de vuelta.
—No.
Mateo no lo tomó.
—Piensa antes de decidir.
—Ya pensé.
—No. Reaccionaste.
Aquello irritó a Santiago porque sonaba a Mikhail.
Mateo continuó:
—Tienes una organización legítima que no quieres contaminar. Bien. Tienes una Casa
donde Ximena conoce prácticamente cada movimiento. Bien. Tienes Horizonte, que no
debe tocarse. Bien.
Pausa.
—Pero también tienes enemigos que conocen tus estructuras normales.
Santiago frunció el ceño.
—¿Y tu solución es dinero secreto?
—Mi solución es que conserves una reserva que no obligue a Reykov a deformarse si un día
necesitas tomar una decisión personal.
Santiago permaneció callado. —Eso puede convertirse en una excusa para hacer cosas sin rendir cuentas.
Mateo asintió.
—Sí.
—Mala venta.
—No dije que fuera moralmente sencillo.
Santiago miró el sobre.
No lo aceptó aquel día.
Pero tampoco lo devolvió.
Dos noches después, Santiago escribió una serie de condiciones.
No pertenecería a Reykov.
No pertenecería a Horizonte.
No se mezclaría con las empresas legítimas.
No lo usaría para esconder decisiones que deberían ser colectivas.
Si alguna vez la existencia de aquel dinero empezaba a cambiar la forma en que decidía, se
desharía de él.
Después llamó a Mateo.
—Lo conservaré.
Mateo tardó un segundo.
—Sabía que eras razonable.
—No terminé.
—Naturalmente.
Santiago leyó las reglas.
Mateo escuchó.
—Eso es absurdamente tú.
—¿Problema?
—Ninguno.
Pausa.
—Solo una cosa.
—¿Qué?
—No dejes que una reserva termine convirtiéndose en una vida paralela.
Santiago miró el cuaderno. —No ocurrirá.
La respuesta fue demasiado segura.
El dinero quedó guardado.
Ximena no supo.
Sofía tampoco.
Y Santiago todavía no comprendía que el primer problema de un secreto no es lo que uno
hace con él.
Es el momento en que uno decide que puede conservarlo.
La llamada de Orlov llegó al día siguiente.
—Trae a Nikolai.
Santiago se quedó quieto.
—¿A dónde?
—A mi casa.
—¿Qué encontraste?
Konstantin respondió:
—No por teléfono.
Santiago miró a su hermano.
Nikolai ya sabía por su expresión que el tiempo de esperar había terminado.
—¿Cuándo?
Orlov respondió:
—Ahora.
Hechos.
Por fin.