Capítulo XXXVII
Los nombres que faltaban
Mateo entregó el dinero antes de que Santiago y Nikolai viajaran a Rusia.
No fue una celebración.
Santiago lo conservó bajo las reglas que se había impuesto y se negó a considerarlo parte
de Reykov.
—Todavía puedes devolverlo —dijo Mateo.
—No.
—Entonces deja de mirarlo como si fuera a morderte.
Santiago cerró la carpeta.
—El dinero siempre muerde a alguien.
Mateo sonrió.
—Eso sí sonó mexicano.
Santiago no respondió.
Horas después estaba en un avión junto a Nikolai.
Ninguno hablaba demasiado.
Orlov había dicho solamente dos cosas:
Trae a Nikolai.
Y ven ahora.
Konstantin no los recibió con una mesa.
Tampoco con documentos.
—Suban al auto.
Nikolai levantó una ceja.
—Hola para ti también.
Orlov abrió la puerta.
—Después.
Santiago observó al conductor.
—¿A dónde vamos?
—A un lugar al que deberían haber ido hace años.
Nikolai dejó de bromear. El automóvil salió de Moscú.
La ciudad quedó atrás.
Ninguno preguntó otra vez.
El mausoleo estaba rodeado de árboles desnudos.
Piedra oscura.
Silencio.
Un lugar demasiado cuidado para ser abandonado y demasiado solitario para recibir visitas
frecuentes.
Santiago bajó primero.
Nikolai lo hizo con más lentitud por la pierna.
Orlov caminó delante.
No explicó.
No hizo falta cuando llegaron a la placa.
Santiago vio el primer nombre.
**MIKHAIL VOLKOV.**
El mundo se detuvo.
Debajo:
**YELENA VOLKOVA.**
Después:
**DMITRI VOLKOV.**
Nikolai dejó de respirar.
—No.
Santiago no pudo hablar.
Habían vivido años con versiones.
Rumores.
Indicaciones.
Todo apuntaba.
Probablemente.
Casi seguro.
Pero el mármol no utilizaba hipótesis.
Orlov permaneció detrás. —Lo siento.
Nikolai dio un paso hacia la placa.
Su mano tocó el nombre de su madre.
—¿Cuándo lo supiste?
Konstantin respondió:
—Después de los ataques. Tardé en confirmar identidades.
Santiago encontró la voz.
—¿Qué ocurrió?
Orlov no dio detalles gráficos.
No eran necesarios.
Mikhail, Yelena y Dmitri habían estado juntos cuando el vehículo fue atacado.
Los cuerpos fueron recuperados.
Las identidades confirmadas.
Konstantin había llegado demasiado tarde para cambiar nada.
—¿Por qué nunca nos encontraste? —preguntó Nikolai.
—Porque el mundo decía que ustedes también estaban muertos.
Nikolai miró la placa.
—Pero nuestros nombres no están.
Santiago también lo vio.
No Nikolai.
No Santiago.
Y tampoco Anastasia.
Orlov respondió:
> —Porque nunca tuve cuerpos.
Silencio.
—No iba a grabar sus nombres en piedra solamente porque todo el mundo estaba cansado
de buscarlos.
Santiago levantó la mirada.
Konstantin continuó:
> —Los desaparecidos merecen algo mejor que una conclusión conveniente.
Nikolai miró hacia el espacio vacío.
—Anastasia. —No hay cuerpo confirmado —dijo Orlov.
—¿La oficina?
—Hubo una explosión.
—¿Encontraron restos?
—Ninguno identificado como ella.
Santiago sintió cómo el dolor cambiaba de forma.
Tres muertos.
Una pregunta.
—Entonces no sabemos.
—No —respondió Orlov.
—¿La buscaste?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para encontrar inconsistencias. No lo suficiente para encontrarla.
Nikolai cerró los ojos.
—¿Por qué preservaste esto?
Orlov miró los nombres.
—Mikhail era mi amigo.
Pausa.
—Y alguien tenía que recordar que existieron aunque la gente que los amaba pareciera
haber desaparecido también.
Santiago se arrodilló frente a la placa.
No rezó.
No supo qué decir.
Mikhail había sido padre sin sangre.
Yelena había sido madre sin pedir definición.
Dmitri había tardado años en aceptarlo y después lo había hecho sin reservas.
Tres nombres.
Santiago apoyó una mano sobre la piedra.
—Llegamos tarde.
Nikolai estaba junto a él. —No.
Santiago levantó la mirada.
—Ellos sí.
Nikolai señaló los nombres.
—Nosotros llegamos vivos.
La frase dolió.
También sostuvo algo.
Santiago se puso de pie.
Miró a su hermano.
—Hoy somos sus hijos.
Nikolai asintió.
Santiago miró el espacio donde no estaba el nombre de Anastasia.
> —Mañana empezamos a buscar a nuestra hermana.
Nikolai respiró.
—Juntos.
—Juntos.
Orlov se mantuvo a distancia mientras ellos hablaban.
Cuando Santiago se acercó, Konstantin le entregó una carpeta pequeña.
—Esto es lo que tengo sobre Anastasia.
Santiago no la abrió.
—¿Conclusión?
—Ninguna.
—Bien.
Orlov levantó una ceja.
Santiago explicó:
—Prefiero una pregunta honesta a una muerte inventada.
Konstantin asintió.
—Mikhail habría dicho algo parecido.
Nikolai se acercó.
—¿Podemos dejar de descubrir que papá dijo todo antes que nosotros?
Orlov sonrió. —No.
Por primera vez desde que llegaron, Nikolai soltó una risa breve.
Antes de marcharse, Santiago volvió a mirar los nombres.
Mikhail.
Yelena.
Dmitri.
No había forma de cambiar aquello.
La estrategia no corregía la muerte.
El dinero no compraba tiempo.
Las alianzas no devolvían una mesa familiar.
Pero había algo que todavía podía hacer.
No abandonar a quien no tenía nombre allí.
En el automóvil, Nikolai preguntó:
—¿Qué hacemos con Viktor?
Santiago miró por la ventana.
La primera respuesta habría sido venganza.
Años antes quizá habría sido la única.
Ahora negó.
—No todavía.
—¿Por Anastasia?
—Sí.
Pausa.
—Si Viktor sabe algo, vive hasta que hable.
Nikolai apretó la mandíbula.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—Entonces estamos de acuerdo.
Aquella noche, Santiago escribió tres nombres bajo la palabra HECHOS.
Mikhail Volkov: muerto.
Yelena Volkov: muerta. Dmitri Volkov: muerto.
Después escribió:
Anastasia Volkov: no confirmada.
Se quedó mirando la última línea.
No escribió muerta.
No escribió viva.
Solo:
"Encontrarla."