Casa Reykov

Lo que quedó

Capítulo XXXVIII

Lo que quedó

Santa Aurelia recibió a Ximena, Sofía y Ekaterina al final de una tarde cálida.

Samir bajó del vehículo detrás de ellas con la expresión de un hombre que había

sobrevivido a una campaña militar particularmente absurda.

Nikolai fue el primero en salir a recibirlos.

—¿Cómo estuvo el viaje?

Ximena respondió:

—Excelente.

Sofía:

—Muy bien.

Ekaterina:

—Necesario.

Samir:

—Largo.

Nikolai lo miró.

—Te ves peor que después de Estambul.

—No compare.

Ekaterina pasó junto a Santiago.

Nikolai señaló discretamente.

—Ella es la que te disparó cuatro veces, ¿verdad?

Ekaterina se detuvo.

—¿Cuatro?

Santiago cerró los ojos.

—Nikolai.

—Solo confirmo historia familiar.

Sofía miró a Ekaterina.

—¿Cuatro?

Ekaterina sonrió.

—Larga historia.

Santiago: —No.

Ximena:

—Definitivamente quiero escucharla otra vez.

El humor duró hasta que otro vehículo apareció en la entrada.

Santiago reconoció la matrícula.

—No.

Nikolai miró.

—¿Quién?

—Orlov.

Konstantin bajó sin aviso.

Santiago caminó hacia él.

—¿Qué haces aquí?

Orlov levantó una ceja.

—Esa no es manera de recibir a tu socio.

—Mi socio avisa.

—Entonces soy un invitado.

Ekaterina apareció detrás de Santiago.

—Papá.

Konstantin sonrió.

—También vine a ver a mi hija.

Santiago cruzó los brazos.

—Eso sí debiste decirlo primero.

Orlov respondió:

—Y traje algo para ustedes.

La expresión cambió.

Nikolai entendió inmediatamente a quiénes se refería.

En la biblioteca, Konstantin colocó una caja de madera sobre la mesa.

Antigua.

Oscura.

El emblema Volkov todavía visible.

Santiago dejó de moverse. Nikolai se acercó.

—¿De dónde salió?

—Mis hombres la recuperaron de las ruinas de la casa de Mikhail después de los ataques.

Santiago levantó la mirada.

—¿La abriste?

—No.

—¿Nunca?

—No era mía.

Konstantin pasó una mano sobre la tapa.

—La conservé porque esperaba que algún día apareciera alguien a quien perteneciera.

Nikolai tragó saliva.

Santiago abrió.

Primero encontró una fotografía.

La familia completa.

Mikhail.

Yelena.

Dmitri.

Nikolai.

Anastasia.

Y él.

Joven.

Todavía incómodo dentro de un apellido que no sabía si merecía.

La mano de Mikhail descansaba sobre su hombro.

Santiago tocó el borde.

—No sabía que existía.

Nikolai lo miró.

—Estás a punto de llorar.

—Cállate.

—Eso significa sí.

Orlov sonrió.

—Mikhail me dijo que lloraste aquel día.

Santiago levantó la cabeza. —Mentía.

—Muchísimo.

Nikolai empezó a reír.

Debajo de la fotografía había tres sobres.

Uno decía:

**NIKOLAI.**

Otro:

**SANTIAGO.**

Y el tercero:

**PARA MIS HIJOS.**

Konstantin retrocedió.

—Los dejo solos.

Santiago levantó la mirada.

—¿No quieres saber?

Orlov negó.

—Esperé años sin abrirlos. Puedo esperar una hora más.

Salió.

Nikolai abrió primero.

La letra de Mikhail llenaba varias páginas.

No era una despedida formal.

Era un padre hablando a un hijo al que conocía demasiado bien.

Le decía que utilizaba humor para esconder dolor.

Que aquello no era necesariamente cobardía.

Que su capacidad para recordar a otros quiénes eran antes del miedo era una forma rara

de fuerza.

Pero advertía:

"No permitas que tu bondad se convierta en debilidad. Tampoco permitas que el dolor

te vuelva frío solo para demostrar que sobreviviste."

Nikolai dejó de leer durante un momento.

Santiago no habló.

Después continuó.

"Cuida a tus hermanos. Especialmente a Santiago cuando esté absolutamente

convencido de que no necesita que nadie lo cuide."

Nikolai empezó a reír entre lágrimas.

—Incluso muerto sigue haciéndome trabajar.

Santiago sonrió.

—Claramente te conocía.

La carta terminaba:

"La familia no permanece porque nadie se vaya. Permanece porque alguien decide

quedarse.

Papá."

Nikolai sostuvo el papel contra el pecho.

Santiago tardó antes de abrir la suya.

Finalmente lo hizo.

Mikhail comenzaba con una confesión.

"Santiago:

Cometí un error contigo. Durante un tiempo creí que debía convertirte en Volkov para

darte un lugar. Tardé en entender que ya tenías uno."

Santiago dejó de respirar.

Continuó.

"No dejes de ser Reyes para demostrar que eres Volkov. Y no rechaces Volkov para

demostrar que eres mexicano. No eres mitad de una cosa y mitad de otra. Eres las dos

completas."

Los ojos de Santiago se humedecieron.

Nikolai no hizo ninguna broma.

"La confianza no puede exigirse. Sé que tardaste años en dármela. Tenías derecho.

Nunca necesité que fueras mi sangre para llamarte hijo. Solo necesité conocerte."

Santiago cerró los ojos.

México.

Rusia.

Dos padres.

Dos apellidos.

Años intentando decidir cuál parte de sí mismo tenía derecho a conservar.

La carta seguía: "Esta familia no te dio un nombre nuevo para reemplazar el viejo. Solo te dio otro lugar al

cual regresar.

Sé Reyes.

Sé Volkov.

Sé Santiago.

Lo demás puedes decidirlo tú.

Papá."

Santiago bajó la carta.

Nikolai lo miró.

—Ahora sí estás llorando.

Santiago se secó una lágrima.

—Cállate.

—Nunca.

El tercer sobre era distinto.

La letra parecía más apresurada.

Mikhail lo había escrito poco antes de los ataques.

"No sé por qué escribo esto. Probablemente no sea nada."

Santiago y Nikolai se miraron.

La carta hablaba de una mala sensación.

De movimientos que Mikhail todavía no comprendía.

Decía que estaba agradecido de que Santiago y Nikolai estuvieran fuera de Rusia.

Y daba una orden clara:

"No regresen únicamente porque alguien les diga que la familia los necesita. No

vuelvan hasta que yo personalmente los contacte."

Nikolai apretó la hoja.

Mikhail continuaba:

"Si algo ocurre, no se abandonen.

Ambos son mis hijos. Ambos son hijos de esta familia. No compitan por descubrir cuál de

los dos puede sufrir más solo."

Santiago sonrió con dolor.

—Fallamos en esa parte.

—Muchísimo. Al final había una nota escrita con otra letra.

Yelena.

"No la quemes. Ellos tienen derecho a saberlo.

Los amamos.

Mamá Yelena y papá Mikhail."

Nikolai tuvo que sentarse.

Santiago permaneció en silencio.

La frase no se abandonen dejó de ser una instrucción del pasado.

Se convirtió en explicación.

Estambul.

Kara Hilal.

Reykov.

Todo lo que habían hecho sin saber que una carta antigua les pedía exactamente lo mismo.

Nikolai miró la fotografía.

Su dedo llegó a Anastasia.

—Papá dijo que no nos abandonáramos.

Santiago siguió su mirada.

—No la abandonaremos.

Konstantin volvió después.

No preguntó por las cartas.

Solo vio la fotografía.

—Recuerdo esa noche.

Santiago levantó la mirada.

—¿Estabas allí?

—No. Mikhail me llamó después.

Orlov sonrió.

—Me dijo: "Ahora tengo cuatro hijos y un mexicano".

Santiago frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Eso le dije.

—¿Y qué respondió? Konstantin sonrió.

—"Exactamente".

Nikolai empezó a reír.

Santiago negó.

—Idiota.

—Muchísimo —dijo Orlov con afecto.

Fuera de la biblioteca, Ximena, Sofía y Ekaterina esperaban sin acercarse.

Cuando Santiago y Nikolai salieron, Ximena reconoció el emblema de la caja.

—Volkov.

Nikolai asintió.

Sofía preguntó:

—¿Qué había?

Nikolai sostuvo las cartas.

—Nuestros padres.

Nadie hizo más preguntas.

Ekaterina miró a su padre.

Konstantin respondió con un gesto mínimo.

Tiempo.

Esa noche, Orlov se quedó despierto en una habitación de Santa Aurelia.

Pensó en Mikhail.

En el mausoleo.

En tres nombres.

Y en el espacio vacío donde todavía no estaba Anastasia.

Tomó el teléfono.

Buscó un contacto antiguo.

**ANDREI ZÁITSEV.**

Un hombre que llevaba años demasiado cerca de Viktor Sokolov.

Konstantin miró el nombre.

No llamó.

Todavía. Dejó el teléfono sobre la mesa.

—Mañana.

Y apagó la luz.