Casa Reykov

Dos mesas

Capítulo XXXIX

Dos mesas

Varios días antes de que Konstantin Orlov fijara su atención en el nombre de Andrei

Záitsev, Santiago decidió reducir el número de guerras que estaba intentando sostener al

mismo tiempo.

La primera conversación ocurrió en Santa Aurelia.

Ximena estaba en el centro de la mesa.

Sofía a su derecha.

Ekaterina a la izquierda.

Santiago permanecía de pie.

Las tres lo observaban.

—Esto parece una intervención —dijo finalmente.

Ximena cruzó las piernas.

—Porque lo es.

—¿Qué hice?

Ekaterina respondió:

—Es preocupante que esa sea tu primera pregunta.

Sofía asintió.

—Muchísimo.

Ximena no sonrió.

—No estamos aquí por una sola cosa. Estamos aquí porque estamos cansadas de descubrir

cosas después de que ya las hiciste.

Ximena enumeró sin dramatismo.

Adrián.

Rafael.

Orlov.

Praga.

Mateo.

Decisiones que afectaban a personas distintas de Santiago y que él seguía tratando como

riesgos personales.

Santiago intentó marcar límites. —Hay información de Mateo que no me pertenece contar.

—No la queremos —respondió Sofía.

—Asuntos confidenciales de Orlov.

Ekaterina negó.

—Tampoco.

Santiago miró a las tres.

—Entonces ¿qué quieren?

Ekaterina respondió:

—Tus secretos.

Pausa.

—No los de otras personas. Los tuyos.

Sofía añadió:

—No queremos descubrir dentro de seis meses otra identidad, otra alianza o una decisión

enorme que consideraste innecesario mencionar porque estabas "protegiéndonos".

Ximena terminó:

—Claridad. Transparencia. Y que dejes de decidir por nosotros qué estamos preparados

para conocer cuando las consecuencias también nos pertenecen.

Santiago permaneció en silencio.

Después tomó asiento.

—Bien.

Ximena levantó una ceja.

—¿Bien?

—Pregunten.

Se detuvo.

—No. Mejor todavía. Empiezo yo.

Les contó prácticamente todo.

No secretos de terceros.

Los suyos.

La identidad real de Gabriel y el sentido de Rafael Montoro.

El papel actual de Adrián.

La relación con Orlov. La verdadera profundidad del acuerdo con Mateo.

La operación excepcional que acababa de terminar, sin detalles operativos.

El hecho de que RS Horizonte nunca había sido utilizado para aquello.

El mausoleo.

Mikhail.

Yelena.

Dmitri.

Anastasia sin muerte confirmada.

Y la decisión de empezar a quitarle poder a Viktor sin matarlo mientras pudiera poseer

respuestas sobre ella.

Sofía escuchó con la mandíbula tensa cuando Santiago habló de Mateo.

—¿Mi hermano está construyendo todo eso?

—Sí.

—¿Y tú?

—No lo dirijo.

Sofía sostuvo su mirada.

—Eso no fue lo que pregunté.

Santiago respiró.

—Lo ayudé a construir determinadas alternativas.

Sofía asintió.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque por una vez no convertiste una respuesta incómoda en una respuesta incompleta.

Después hablaron de Viktor.

Santiago colocó una carpeta sobre la mesa.

—Quiero empezar a quitarle poder.

Ximena respondió inmediatamente:

—Define quitarle poder.

—Que sus socios dejen de necesitarlo.

Sofía:

—No sabotaje. —No.

Ximena:

—No compramos personas ni las obligamos a elegirnos.

—No.

Ekaterina:

—No atacamos empresas simplemente porque Viktor participe en ellas.

—De acuerdo.

Sofía:

—Y trabajadores inocentes no se convierten en daño colateral de una guerra personal.

Santiago respondió sin dudar:

—Absolutamente.

Ximena resumió:

—No le quitamos lo que tiene. Construimos algo que haga que otros prefieran no

necesitarlo.

Santiago sonrió.

—Exactamente.

Por primera vez estaba consultando antes de decidir cómo debía actuar el mundo de los

demás.

Parecía más lento.

También parecía más sólido.

Había una verdad que no dijo.

El dinero de Mateo.

La reserva separada de Reykov y Horizonte.

Santiago pensó en ella cuando la conversación comenzó a terminar.

Pudo decirlo.

Era suyo.

No protegía un secreto de otra persona.

No existía una razón externa para callar.

—Hay...

Las tres lo miraron.

Santiago se detuvo. —¿Hay qué? —preguntó Ximena.

Pudo contarlo.

No lo hizo.

—Nada.

Ximena sostuvo su mirada durante un segundo más.

Después volvió a los documentos.

Santiago sintió inmediatamente el peso de la elección.

Cuando Ximena se levantó, Santiago pensó que la conversación había terminado.

Ella miró a Sofía y Ekaterina.

—Mi parte sí.

Santiago frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Ximena caminó hacia la puerta.

—Buena suerte.

—Mei.

La puerta se cerró.

Santiago miró a las dos mujeres que seguían sentadas.

—Prefería la reunión anterior.

Ekaterina sonrió.

—Todavía no ha empezado esta.

Sofía comenzó.

—Queremos decirte algo.

—¿Las dos?

—Sí.

Ekaterina levantó una mano.

—Cállate y escucha.

Sorprendentemente, obedeció.

Sofía lo miró directamente.

—Nos gustas.

Silencio. Santiago parpadeó.

—¿Las dos?

Ekaterina levantó una ceja.

—No parezcas tan sorprendido.

—No estoy sorprendido.

—Muchísimo.

Sofía casi sonrió.

—Sí. A las dos.

Santiago abrió la boca.

—Sofía, yo—

Ella levantó una mano.

—No tienes que responder.

Eso sí lo dejó sin palabras.

Ekaterina continuó:

—Sabemos que estás intentando encontrar qué ocurrió con Anastasia.

Sofía:

—Y sabemos que Viktor sigue delante.

Ekaterina:

—No vamos a convertirnos en otro frente.

Aquella palabra encontró exactamente el lugar correcto.

Sofía añadió:

—No tienes que elegir nada ahora. No tienes que decirnos qué sientes. Y no vamos a

competir entre nosotras mientras intentas resolver a tu familia.

Ekaterina asintió.

—Encuentra la verdad sobre Anastasia. Acaba con Viktor. Después hablamos.

Santiago permaneció callado.

—¿Y si una de ustedes cambia de opinión?

Sofía se encogió de hombros.

—Entonces cambió.

—¿Y si las dos cambian?

—Tu problema se resolvió solo.

Santiago pensó. —¿Y si ninguna cambia?

Las dos se miraron.

Ekaterina sonrió.

—Entonces sí tendrás un problema.

Santiago soltó una risa breve.

Después se puso serio.

—No quiero lastimar a ninguna.

Sofía respondió:

—Entonces no decidas por nosotras qué podemos soportar.

Ekaterina añadió:

—Sabemos que existe la otra. Sabemos qué sentimos. Cuando llegue el momento, tu

responsabilidad es ser sincero.

Santiago asintió.

—Después de Anastasia.

—Sí.

—Después de Viktor.

—Sí.

Santiago respiró.

—Después hablamos.

Sofía sonrió.

—Después hablamos.

Ekaterina se levantó.

—Y si necesitas que esto termine de una forma más familiar, siempre puedo dispararte.

Santiago levantó inmediatamente una mano.

—No.

Sofía empezó a reír.

Las dos salieron juntas.

No como rivales.

Eso importaba.

Aquella noche Santiago reunió al núcleo ampliado de Casa Reykov.

Nikolai. Ximena.

Samir.

Mateo.

Sofía.

Ekaterina.

Colocó dos carpetas sobre la mesa.

**RUSIA - VIKTOR SOKOLOV.**

**MÉXICO - HÉCTOR BARRAGÁN.**

Santiago tocó la segunda.

—Esto se congela.

Mateo levantó la mirada.

—México.

—Sí.

Nikolai frunció el ceño.

—Barragán puede saber algo.

—Sí.

—Puede estar relacionado con lo que ocurrió.

—Sí.

—Entonces ¿por qué dejarlo?

Santiago respondió:

—Porque todavía no sabemos qué hizo. Puede haber participado, puede haber abierto una

puerta, puede saber algo o puede no saber nada útil.

Después tocó la carpeta de Viktor.

—Pero sí sabemos quién destruyó a nuestra familia.

Nikolai guardó silencio.

—Y sabemos quién puede tener respuestas sobre Anastasia.

Sofía miró las dos carpetas.

—Demasiados frentes.

Santiago asintió.

—Exactamente.

Ximena sonrió. —Finalmente utilizas todas esas horas leyendo a Napoleón para evitar el error antes de

cometerlo.

Nikolai silbó.

—Eso dolió.

—Muchísimo —respondió Santiago.

Santiago escribió el orden:

**PRIORIDAD I - ANASTASIA.**

**PRIORIDAD II - VIKTOR.**

Más abajo:

**MÉXICO - EN ESPERA.**

Mateo preguntó:

—¿Y si aparece información sobre Barragán?

—La guardamos.

—¿Y si él se acerca?

—Escuchamos.

Pausa.

—Pero no dejamos que nos saque de Rusia.

Nikolai miró la primera línea.

—Primero nuestra hermana.

Santiago asintió.

—Primero Anastasia.

—Después Viktor.

—Después Viktor.

—¿Permanentemente?

Santiago sostuvo su mirada.

—Permanentemente.

La primera mesa estaba lista.

Faltaba la segunda.

Santiago llamó a Orlov.

—Necesito una reunión. —Últimamente esa frase siempre termina siendo cara.

—Probablemente.

—¿Con quién?

Santiago enumeró:

Mateo Serrano.

Alessandro Bellandi.

Idris El-Mansouri.

Esteban Salazar.

—¿Y yo? —preguntó Orlov.

—Tú organizas.

Konstantin soltó una risa.

—Muy considerado.

—¿Puedes?

—Sí. ¿Para qué?

Santiago miró la fotografía de los Volkov.

Señaló mentalmente a Anastasia.

—Para empezar a cerrar puertas.

Días después los seis hombres se sentaron alrededor de una mesa.

Santiago colocó la fotografía familiar.

Señaló a Anastasia.

—Mi hermana. Tres miembros de mi familia tienen muerte confirmada. Ella no.

Bellandi observó la imagen.

—¿Crees que está viva?

—No lo sé.

Pausa.

—Pero Viktor sabe algo.

Salazar entendió.

—Y quieres que hable.

—Sí.

Idris:

—Entonces ¿qué necesitas? Santiago respondió:

—Que deje de tener salidas fáciles.

Explicó su idea sin convertirla en guerra abierta.

Viktor sobrevivía porque demasiadas relaciones asumían que necesitarlo era más sencillo

que reemplazarlo.

Santiago quería demostrar lo contrario.

No quería matar a Viktor todavía.

Quería volverlo cada vez menos indispensable y mantenerlo vivo hasta obtener respuestas

sobre Anastasia.

Bellandi fue directo.

—Eso cuesta dinero.

Idris añadió:

—Y relaciones construidas durante años.

Salazar:

—¿Qué recibimos?

Santiago miró a Mateo.

—Una alternativa.

Mateo explicó de forma general la estructura clandestina internacional que había

empezado a construir separada de Reykov y RS Horizonte.

Nuevas relaciones.

Nuevos mercados.

Interlocutores en Asia, incluidos contactos vinculados a círculos chinos y japoneses

dispuestos a conversar sobre cooperación.

Santiago dejó una frontera clara:

—Eso no es Reykov. No es Horizonte. Y yo no lo dirijo. Todo lo relacionado con ese mundo

se habla con Mateo.

Mateo asintió.

La propuesta no consistía en pedir a Bellandi, Idris, Salazar u Orlov que perdieran dinero

por la familia de Santiago.

Consistía en ofrecerles razones económicas para que Viktor dejara de ser necesario.

Bellandi comenzó a interesarse.

Idris preguntó:

—¿Y si Viktor mejora sus condiciones? Santiago respondió:

—Entonces trabajen con él.

La respuesta sorprendió a todos.

—No estoy comprando obediencia —continuó—. Quiero demostrar que dejará de ser la

mejor opción.

Orlov sonrió.

—Volverlo innecesario.

—Exactamente.

Entonces Salazar se levantó.

—Todo muy bonito.

Caminó unos pasos.

—Pero hay algo que no me cuadra. Nosotros vamos a arriesgar relaciones, dinero y años de

trabajo. Santiago corre un riesgo mínimo comparado con nosotros.

Mateo iba a intervenir.

Santiago levantó una mano.

—Déjalo.

Salazar miró la fotografía.

—En Colombia la familia es primero. Entiendo por qué haces esto. Si fuera mi hermana,

probablemente haría lo mismo.

Después miró a los otros.

—Pero no debemos ser los únicos que arriesguemos algo.

Idris habló:

—Sé concreto.

Salazar lo fue.

—Cuando llegue el momento, quiero que Santiago sea quien mate a Viktor.

La mesa quedó en silencio.

Salazar continuó antes de que alguien reaccionara.

—No ahora. No mientras pueda responder una sola pregunta sobre Anastasia. Pero cuando

deje de ser útil, quiero la palabra de Santiago de que no utilizará nuestras manos para

terminar algo que él no está dispuesto a asumir.

Bellandi consideró la condición proporcional a la petición.

Idris no estaba interesado en quién ejecutara la venganza, pero sí en saber que Santiago

cargaría con el final que pedía preparar a otros. Orlov habló con calma:

—No necesito que mate a nadie para demostrarme lealtad. Pero si al final decide que esa

deuda le corresponde, no voy a detenerlo.

Mateo fue el último.

—No me gusta.

Salazar levantó una ceja.

—¿Entonces no aceptas?

—Acepto con una condición absoluta.

Miró a Santiago.

—Primero Anastasia.

Bellandi asintió.

Idris también.

Orlov:

—Naturalmente.

Salazar:

—Sin discusión.

Todos miraron a Santiago.

Santiago tardó.

No quería prometer un futuro por impulso.

Miró la fotografía.

Mikhail.

Yelena.

Dmitri.

Nikolai.

Anastasia.

Él.

Después levantó la cabeza.

—Viktor no muere mientras exista una sola pregunta sobre Anastasia que pueda

responder.

Salazar asintió.

—No importa cuánto nos provoque. No importa cuánto dinero perdamos. Encontramos a mi

hermana primero. Mateo:

—Primero Anastasia.

Santiago continuó:

—Después resolvemos a Viktor. Y si lo que sabemos confirma lo que creemos, Viktor será

mío.

Silencio.

—No se lo pediré a Orlov. Ni a Mateo. Ni a Bellandi. Ni a Idris. Ni a Salazar.

Miró directamente al colombiano.

—Yo terminaré con Viktor Sokolov.

Salazar extendió la mano.

—¿Tu palabra?

Santiago se levantó.

La estrechó.

—Mi palabra.

Cuando la reunión terminó, Orlov se quedó con él.

—¿Vas a cumplirlo?

—Siempre cumplo mi palabra.

—No pregunté eso.

Konstantin miró la fotografía.

—Matar a Viktor no devolverá a Mikhail, Yelena ni Dmitri.

—Lo sé.

—Y quizá cuando encuentres a Anastasia quieras algo distinto.

Santiago guardó la fotografía.

—Entonces tendremos esa conversación cuando llegue el momento.

Orlov asintió.

—Primero Anastasia.

—Primero Anastasia.

Semanas después, Viktor Sokolov recibió varios informes pequeños.

Nada extraordinario por separado.

Relaciones que diversificaban. Socios que hablaban con nuevas estructuras.

Personas que antes acudían automáticamente a él y ahora parecían descubrir otras

opciones.

Andrei Záitsev estaba sentado frente a su escritorio.

—Pueden ser movimientos independientes —dijo.

Viktor colocó un informe.

—Uno.

Otro.

—Dos.

Otro.

—Tres.

Y un cuarto.

—Cuatro personas diferentes descubriendo casi al mismo tiempo que ya no me necesitan

no es independencia.

Záitsev lo observó.

—¿Entonces qué es?

Viktor permaneció mirando los papeles.

—Alguien está pensando.