Casa Reykov

Entre el jade y el águila

Capítulo V

Entre el jade y el águila

Shanghái hizo que Moscú pareciera silenciosa.

Santiago llegó con una maleta mejor que la de sus dieciocho años, un ruso casi natural, un inglés competente y exactamente ninguna habilidad útil en mandarín.

Chen Jian, el contacto de los Volkov en China, lo recibió con la eficiencia de alguien que ya tenía un calendario preparado para cada hora de las siguientes semanas.

Idiomas por la mañana.

Economía y administración por la tarde.

Entrenamiento físico y coordinación algunos días.

Reuniones de observación otros.

Y, cuando Santiago pensaba que la jornada había terminado, lectura.

El instructor Zhang Wei resumió la diferencia con Rusia durante la primera semana.

"Tus maestros rusos te enseñaron a seguir funcionando cuando las condiciones empeoran."

"Sí."

"Yo quiero que aprendas a notar que están empeorando antes de que sea tarde."

Santiago escribió la frase esa noche.

Conoció a Ximena Mei Liang por culpa de tres kilos de cebollas.

Estaba en una cafetería intentando pedir indicaciones para un mercado cuando utilizó una palabra equivocada. Una joven sentada dos mesas más allá levantó la vista.

"Si sigues diciendo eso, vas a terminar comprando cebollas. Muchas."

Santiago giró.

Español.

Mexicano.

El acento no dejaba dudas.

"¿Cuántas?"

"Con lo que acabas de decir, como tres kilos."

Santiago cerró los ojos.

Ella sonrió.

"¿Nuevo en China?"

"¿Tan evidente?"

"Solo para cualquiera que hable mandarín."

Se llamaba Ximena Mei Liang. Había nacido en México y pasado parte importante de su vida entre México y China. Su padre, Liang Wei, era chino. Su madre, mexicana. Hablaba español y mandarín como lenguas propias, inglés con soltura y tenía una memoria que Santiago inicialmente encontró irritante.

"Te dije esa palabra ayer", comentó ella durante otra conversación.

"Estoy aprendiendo."

"Lentamente."

"Me gusta procesar."

"Te gusta justificar."

En pocas semanas comenzaron a encontrarse con frecuencia.

No por romance.

No todavía, quizá nunca de la manera simple que otros supondrían.

Era algo diferente.

Santiago entendía personas.

Ximena entendía estructuras.

La primera vez que él le mostró una pequeña tabla relacionada con un análisis empresarial, ella detectó en menos de dos minutos una relación que Santiago había pasado una hora buscando.

"¿Cómo viste eso?"

"Las fechas se repiten."

"Yo las estaba mirando."

"Sí. Ese era el problema."

La historia familiar de Ximena apareció gradualmente.

Sus padres habían muerto años antes. Un tío había asumido gran parte del control de ciertos asuntos empresariales. Ella había empezado a revisar documentos por simple necesidad y había encontrado algo imposible de ignorar.

Contratos alterados.

Transferencias extrañas.

Cambios de propiedad.

Y una firma atribuida a su padre en una fecha posterior a su muerte.

Santiago investigó por su cuenta.

Fue un error.

Ximena lo descubrió.

"¿Quién te pidió que hicieras eso?"

"Nadie."

"Exacto."

"Estabas en peligro de perder información."

"Era mi información."

Santiago intentó explicar que quería ayudarla.

Ella respondió con una frase que terminaría cambiando su manera de entender la protección.

"Ayudarme no significa decidir por mí."

Santiago permaneció callado.

Mikhail habría estado de acuerdo.

Eso lo hizo peor.

Al día siguiente se disculpó sin excusas.

Ximena aceptó con una condición:

"Si investigamos, investigamos juntos."

"Juntos."

Chen Jian desaprobó la idea.

"La muchacha no es nuestro problema."

Santiago sintió algo antiguo despertar.

México.

Gente importante diciendo que algo no era su problema.

Personas abandonadas porque ayudar era inconveniente.

Llamó a Mikhail. "No sé si debo meterme."

"Entonces no te metas."

Santiago frunció el ceño.

Mikhail continuó:

"Abre una puerta. Si ella quiere atravesarla, acompáñala."

La investigación conjunta los llevó hacia empresas aparentemente independientes que compartían administradores, direcciones y fechas. No tenían una respuesta completa, pero sí suficiente para saber que alguien había reorganizado activos después de la muerte de Liang Wei.

Ximena era metódica.

Santiago era intuitivo.

Ella construía el mapa.

Él intentaba entender por qué alguien lo había dibujado así.

A miles de kilómetros, Mikhail recibía informes sobre el progreso de Santiago.

También Viktor.

Y mientras Mikhail veía a un joven creciendo, Viktor empezó a notar algo que no había previsto.

Santiago ya no solo estaba aprendiendo.

Estaba empezando a crear lealtades que no provenían del apellido Volkov.