Casa Reykov

Fuera del tablero

Capítulo IX

Fuera del tablero

La llamada llegó a las tres y diecisiete de la madrugada.

Santiago despertó al segundo tono.

Ximena.

"Necesito que me escuches antes de hacer preguntas."

Él se incorporó.

"¿Qué pasó?"

"Acabo de decir que no hagas preguntas."

"Eso nunca funciona conmigo."

"Esta vez tiene que funcionar."

Algo en su voz eliminó cualquier rastro de sueño.

Ximena no estaba preocupada.

Estaba asustada.

"Necesito verte."

"Voy a China."

"No."

"Entonces ven a Rusia."

"Tampoco."

Santiago se levantó.

"Ximena."

"No podemos reunirnos ni en China ni en Rusia. Encontré algo."

"¿Severny?"

Silencio.

"¿Viktor?"

Otra pausa. "No puedo decirlo por teléfono."

Santiago pensó en despertar a Mikhail.

Ximena pareció adivinarlo.

"No le digas a Mikhail. Ni a Dmitri. Ni a Nikolai. A nadie."

La petición golpeó más fuerte que cualquier nombre.

"Me estás pidiendo que oculte algo a mi familia."

"Sí."

"Sin explicarme por qué."

"Sí."

"No."

"Entonces puede que no vuelva a tener oportunidad de explicártelo."

Santiago cerró los ojos.

"¿Dónde?"

"Estambul."

Dos días.

Un lugar intermedio entre sus mundos.

Cuando la llamada terminó, Santiago bajó a la biblioteca.

Abrió el cuaderno.

Debajo de los hechos sobre Viktor escribió:

"Ximena encontró información demasiado peligrosa para transmitir a distancia."

"Pidió expresamente no informar a la familia."

La puerta se abrió.

Mikhail entró.

"Son casi las cuatro."

"Tú también estás despierto."

"Tengo sesenta años. Tengo derecho a dormir mal."

Mikhail vio el cuaderno cerrado.

"¿Ocurre algo?"

Santiago sintió el peso de la mentira antes de pronunciarla.

"Todavía no sé."

"¿Quieres hablar?"

Casi dijo que sí.

No lo hizo.

"Todavía no."

Mikhail asintió.

"Cuando quieras."

Antes de salir se detuvo.

"Buenas noches, hijo."

El secreto pesó el doble.

Santiago organizó el viaje bajo una razón empresarial real, aunque innecesaria. Nadie sospechó demasiado.

Hasta que Nikolai apareció junto al automóvil rumbo al aeropuerto con una maleta.

"No", dijo Santiago.

"Buenos días."

"No vienes."

"Sí voy."

"¿Por qué?"

Nikolai sonrió.

"Es por Ximena."

"No."

"Definitivamente es por Ximena."

Santiago intentó negarse. Solo consiguió aumentar la curiosidad de su hermano.

Finalmente cedió.

Durante el trayecto Nikolai dejó de bromear por un momento.

"Estás extraño. Si ocurre algo puedes decírmelo."

Santiago sostuvo su mirada.

"Lo sé."

Aquella confianza hizo que el silencio doliera más.

Estambul los recibió con lluvia.

Ximena envió una dirección y una hora.

El lugar no era un hotel ni un restaurante. Era un pequeño alojamiento privado.

Cuando abrió la puerta y vio a Nikolai, su expresión cambió.

"¿Qué hace él aquí?"

"También me alegra verte", respondió Nikolai.

Ximena miró a Santiago.

"Te dije nadie."

"Se autoinvitó."

"Eso es peor."

Dentro había computadoras, documentos y una pizarra cubierta de conexiones.

Nikolai perdió la sonrisa.

"Esto no es una cita."

Santiago lo miró.

"Te lo dije."

Ximena cerró la puerta.

"Él no debería saberlo."

Nikolai respondió:

"Ahora definitivamente voy a saberlo."

Santiago decidió.

"Es mi hermano."

Ximena asintió.

Y empezó.

Primero Severny.

Después sociedades aparentemente independientes que compartían beneficiarios indirectos.

Adquisiciones de deuda.

Participaciones.

Contratos que solo adquirirían enorme valor si determinadas compañías Volkov entraban en crisis.

Algunas fechas se remontaban cuatro años.

"Esto empezó antes de Severny", dijo Santiago.

"Sí."

Ximena sacó una carpeta física.

En varias páginas aparecía un nombre.

Viktor Sokolov.

Nikolai quedó inmóvil. "No."

Ximena no apartó la mirada.

"Sí."

"Lo conozco desde niño."

"Por eso funcionó."

La frase lo destrozó.

No había una orden firmada de traición. Pero sí relaciones ocultas, contactos anteriores a lo que Viktor había admitido y movimientos que coincidían con decisiones perjudiciales para los Volkov.

Después Ximena escribió una palabra en la pizarra:

"CAÍDA."

Explicó que varias estructuras estaban preparadas no para competir con los Volkov, sino para absorber aquello que quedara después de una crisis.

Santiago sintió frío.

"No están intentando vencernos."

"No."

"Están preparando nuestro reemplazo."

Nikolai tomó el teléfono.

"Tenemos que llamar a papá."

"Espera", dijo Santiago.

Ximena abrió un último archivo.

Movimientos recientes de personas vinculadas con seguridad y contratistas en torno a propiedades Volkov.

Y una frase parcial aparecida después de que el viaje de Santiago se hiciera conocido:

"La ventana exterior estará abierta."

Santiago la leyó dos veces.

Ximena habló muy despacio.

"Creo que la ventana eres tú."

Nikolai miró a su hermano.

"Mi viaje."

"Sí."

Santiago empezó a pensar en quién sabía que saldría de Rusia.

Demasiadas personas.

No por traición.

Porque nunca había sido secreto.

Entonces escucharon un vehículo detenerse afuera.

Después otro.

Santiago se acercó discretamente a la ventana.

Dos hombres descendieron de uno de los automóviles.

"Mei."

Ella ya estaba guardando equipos.

"También lo vi."

Nikolai se puso de pie.

"¿Qué ocurre?"

Las luces parpadearon.

Una vez.

Dos.

Se apagaron.

Un golpe resonó en la planta inferior.

Santiago comprendió por fin el tamaño de su error.

Había viajado a Estambul para averiguar si Viktor preparaba una guerra.

No.

La guerra ya había comenzado.

Y alguien acababa de llegar para asegurarse de que Santiago Mijáilovich Volkov Reyes nunca volviera a casa.