El rey demonio y la heroina

LA PRIMERA ORDEN

Capítulo III

LA PRIMERA ORDEN

El ascenso a teniente llegó demasiado pronto para el gusto de Darian. Vorak dejó las insignias sobre una mesa como si fueran una pieza de equipo que Darian hubiera olvidado recoger. —No. —No es una pregunta. —Podría serlo. —No. Darian miró las insignias. —Hay hombres con más años de servicio. —También hay hombres con más años de servicio que todavía necesitan instrucciones para salir de una tienda cuando empieza a arder. Darian frunció el ceño. Vorak se encogió de hombros. —Eso es porque tienes sentido común. Los que quieren mandar demasiado suelen ser los últimos a los que debería permitírseles. Su primera sección incluía a Kael, Serah, Malvek, Orin y Vessa. Cinco rostros conocidos y otros treinta que todavía eran nombres sobre una lista. Darian decidió aprenderlos antes de la primera operación. Rovan Kes llevaba siempre una cuerda enrollada en el cinturón porque aseguraba que todo problema militar terminaba necesitando una cuerda. Tirak Morn se quejaba de sus botas, del clima y de la comida con una constancia casi profesional. Helena Voss tenía mejor memoria para caminos que la mayoría de los exploradores y corregía mapas con carbón en los bordes. Merek Taal era el más joven de los cuatro y fingía no estar nervioso cada vez que Kael hablaba de batallas anteriores. Darian no sabía entonces que recordaría precisamente esos detalles. La orden parecía sencilla: asegurar una granja abandonada desde la que un grupo humano hostigaba una ruta de suministro. Vorak extendió el mapa.

—No necesitamos héroes. Necesitamos que dejen de disparar a nuestros carros. —¿Número estimado? —Entre quince y veinticinco. —Eso significa que nadie sabe. Vorak lo miró. —Estás aprendiendo. Darian estudió el terreno durante una hora. La granja estaba sobre una elevación baja. Un camino de tierra subía desde el sur y un bosque cubría la parte occidental. Un muro de piedra protegía el patio. Helena señaló una línea casi borrada. —Aquí había una acequia. —¿Había? —El mapa tiene seis años. Malvek suspiró. —Excelente. Moriremos por cartografía atrasada. —No moriremos —dijo Darian. Serah lo miró. —No digas eso antes de una misión. Darian dividió la unidad. Una escuadra fijaría al enemigo desde el sur mientras otra rodeaba por el bosque. Si la acequia seguía existiendo, podría servir como cobertura en el último tramo. —Yo voy con el grupo del bosque —dijo Darian. —Naturalmente —respondió Vessa—. ¿Para qué usar el rango si puedes seguir metiéndote personalmente donde disparan? El avance empezó antes del amanecer. Durante los primeros minutos todo ocurrió como Darian había calculado. La escuadra sur recibió fuego y respondió sin intentar avanzar. El enemigo giró su atención hacia ellos. Darian condujo al segundo grupo entre árboles húmedos, cruzó una cerca derribada y encontró la acequia exactamente donde Helena había dicho. —Te debo una cena —murmuró. —Dos. El mapa estaba equivocado dos veces. Llegaron a menos de cien metros sin ser vistos.

Entonces un caballo relinchó dentro de un cobertizo. Una cabeza humana apareció detrás del muro. —¡Oeste! Todo dejó de ser un plan. Flechas. Magia. Gritos. Darian ordenó avanzar antes de que el enemigo pudiera reorganizarse. Orin saltó la acequia y clavó su lanza sobre el borde del muro. Vessa cubrió a dos soldados mientras cruzaban. Malvek rompió una barrera de luz con una descarga que le dejó humo saliendo del guante. —Eso era nuevo —dijo Kael. —Yo también estoy sorprendido. La posición empezó a ceder. Darian vio una puerta lateral abierta. —Rovan, Tirak, conmigo. Helena, cubre el patio. Merek, quédate con Vessa. Merek asintió. Un segundo después un hechizo explotó contra el muro. La piedra salió despedida. Darian cayó de rodillas. Cuando levantó la cabeza, Merek estaba en el suelo. Vessa ya estaba sobre él. —¡Sigue! —gritó ella. Darian siguió. La puerta lateral llevó a un almacén donde cuatro humanos intentaban reorganizarse. Rovan lanzó su cuerda alrededor de una viga y tiró de una estantería cargada para bloquear otra entrada. —¡Te dije que siempre hace falta una cuerda! Fue lo último que Darian le oyó decir. Una flecha entró por una ventana rota y le atravesó el cuello. Tirak rugió y avanzó demasiado. Darian intentó detenerlo. No llegó.

Una espada humana lo encontró primero. Helena cayó en el patio mientras señalaba una posición enemiga escondida detrás del granero. La sección tomó la granja. Funcionó. La posición cayó. Los ataques contra la ruta de suministro terminaron. También murieron cuatro soldados. Rovan Kes. Tirak Morn. Helena Voss. Merek Taal. La noche después de la batalla, mientras algunos hombres bebían porque seguían vivos y otros dormían por agotamiento, Darian permaneció sentado frente a una hoja. Había escrito los cuatro nombres. Debajo había añadido detalles que ningún informe incluiría. Rovan: cuerda. Tirak: odiaba las botas nuevas. Helena: corregía mapas. Merek: diecinueve años. Vorak apareció sin hacer ruido. —Ganaste. Darian no levantó la mirada. —Ellos no. —No. —Mi orden los puso allí. —Sí. Darian esperaba consuelo. No llegó. Vorak se sentó a su lado. —Mandar significa que algún día alguien morirá porque tú decidiste que debía estar en un lugar peligroso. —Entonces no quiero mandar.

—Eso también es una decisión. Y otros morirán porque alguien peor lo hizo en tu lugar. Darian apretó los dientes. —Pude haber esperado. —Tal vez. —Pude haber cambiado la entrada. —Tal vez. —Pude— —Y vas a hacerte esa pregunta cada vez. Vorak señaló la lista. —Lo importante es que no la uses para castigarte hasta volverte inútil. Úsala para recordar qué cuestan tus decisiones. —¿Para qué? —Para que cuando el siguiente mapa te diga que perder treinta hombres es aceptable, sepas que el mapa está mintiendo. Darian miró los cuatro nombres. Aquella noche los copió en un cuaderno nuevo. Dejó espacio debajo. Odiaba haber dejado espacio. Nunca dejó de llenarlo.