Capítulo XXXIII
EL LOCO DE LAS EXPLOSIONES
La mañana anterior al avance sobre Rethal comenzó con una explosión. Darian siguió leyendo un informe. Otra explosión hizo caer una taza. Un soldado entró pálido. —Mi duque. Tenemos un problema. —¿Humanos? —No. —¿Ferrocarril? —No. —¿Radio? —Tampoco. El soldado tragó saliva. —El ingeniero. —¿Qué ingeniero? —El loco de las explosiones. Arvek empezó a reír. Darian cerró los ojos. —Naturalmente. El ingeniero se llamaba Korran Veyk y prefería “especialista en aplicaciones energéticas de impacto”. Nadie usaba ese nombre. En el campo de pruebas había cráteres, placas de metal destrozadas y soldados escondidos detrás de una barrera. —¿Por qué están todos ahí? —preguntó Darian. —Experiencia, mi duque. Korran retiró una lona y mostró varios tubos alrededor de un eje. —Sistema de disparo rotativo de alta cadencia. —Muchas palabras para decir arma rotatoria. Korran pareció ofendido durante medio segundo. —Técnicamente— —Dispara.
Korran sonrió. Los tubos giraron. BRRRRRRRRT. Proyectiles cónicos encantados atravesaron armadura estándar de los Caballeros del Sol. Una munición especial, mucho más cara, amenazaba incluso placas pesadas. —¿Cuántas especiales? —Ciento veinte. —Entonces no se desperdician. Al otro lado del campo un cañón disparó un proyectil de hierro con encantamiento penetrante y explosión al impacto. El muro de prueba terminó con un agujero enorme. Darian miró el arma rotatoria. Miró el cañón. Miró los caballos necesarios para moverlos. —Si matan a los caballos, dejan de moverse. Korran asintió. Darian sonrió. Arvek suspiró. —Esa cara nunca termina bien. —Quiero las dos cosas sobre un carro. —Sería muy pesado. —Sí. —Los caballos no podrían. —Sin caballos. Silencio. —Traigan a Maelis. Maelis llegó furiosa. —¿Qué explotó? Korran levantó una mano. —Depende de cuál explosión. Darian señaló Rethal en el mapa de campaña.
—La próxima gran batalla será ahí. Tiene barricadas, Caballeros del Sol y defensas preparadas. Puedo abrir una brecha con infantería y magia, pero voy a pagarla con cientos de hombres. Maelis miró primero el mapa y después las armas. —Quieres una plataforma que pueda acercarlas bajo fuego. —Quiero algo que llegue a la puerta, la rompa y permita que los soldados hagan el resto. Korran ya estaba sonriendo. —Me gusta. —No me importa que te guste —respondió Darian—. Me importa que funcione. Maelis caminó alrededor del cañón. —Un motor ferroviario. Mucho más pequeño. Suficiente fuerza para varias toneladas. Transmisión reforzada. Ruedas grandes. —¿Puede hacerse? —Sí. Korran dio un paso hacia ella. —¿Cuánto? —No dije que fuera fácil. Darian miró la fecha del avance. —Lo necesito antes de Rethal. Maelis lo observó como si acabara de insultar a toda la ingeniería. —Eso es mañana. —Lo sé. —Darian. —No necesito cincuenta. Necesito uno que pueda llegar vivo a una barricada. Korran golpeó la mesa con ambas manos. —Podemos hacerlo. Maelis giró hacia él. —Tú puedes volar por los aires si quieres. Yo tengo estándares. —Tus estándares son lentos. —Mis estándares hacen que la gente sobreviva. —Entonces hazlos rápido.
Darian salió antes de que empezaran a lanzarse herramientas. No durmieron. Maelis desmontó un motor ferroviario de mantenimiento que ya existía en un depósito cercano. No estaban inventando una fuente de potencia nueva; estaban reduciendo, reforzando y adaptando tecnología que Vhalyr llevaba años usando. Korran modificó el montaje del cañón y el arma rotatoria para soportar vibraciones. Herreros de campaña trabajaron en turnos. Ingenieros ferroviarios construyeron una transmisión provisional. A medianoche el primer chasis se movió. Avanzó veinte metros y se calentó tanto que uno de los ayudantes podía haber cocinado sobre la cubierta. —Ventilación —dijo Maelis. Korran tocó el metal y retiró la mano. —Definitivamente ventilación. En la segunda prueba una rueda cayó en una zanja. —Ruedas más anchas —ordenó Maelis. —Eso aumenta peso. —La zanja acaba de expresar su opinión. En la tercera prueba el arma rotatoria vibró tanto que el conductor no veía el camino. Korran quiso decir que técnicamente el arma seguía disparando. Maelis le lanzó un guante. En la cuarta, el cañón hizo retroceder el vehículo medio metro. Korran estaba encantado. Maelis no. Darian apareció poco antes del amanecer con ojeras casi tan profundas como las de ellos. —Informe. —Horrible —dijo Maelis. —Prometedor —dijo Korran al mismo tiempo. Darian miró el prototipo. —¿Puede moverse?
—¿Puede disparar? —Sí. —¿Puede hacer ambas cosas sin matarnos? Maelis hizo una pausa. —Estamos trabajando en ese detalle. Darian tampoco pidió cincuenta. —Uno. Korran pareció ofendido. —¿Uno? —Uno que funcione. Después cinco. Los probamos. Después decidimos. Dravenn, al enterarse, dijo: —Estoy orgulloso. Darian cerró los ojos. —Todos dicen eso últimamente. El trabajo siguió durante el día. Maelis dormía quince minutos apoyada sobre planos y despertaba para corregir una unión. Korran llevaba tantas horas despierto que empezó a discutir con una llave que no encontraba aunque la tenía en la mano. Darian intentó ordenarles descansar. Ambos lo ignoraron. —Esto es una obsesión —dijo Arvek. Darian observó a Maelis y Korran discutir sobre ventilación. —Sí. —¿Vas a detenerlos? —Después de Rethal. El prototipo recibió blindaje selectivo de mithril oscuro, ventilación mejorada y una transmisión reforzada. Seguía siendo lento en barro, caro, caliente y vulnerable por los laterales. No era invencible. Eso le gustó a Darian. Era una herramienta para un problema concreto. Nada más. El vehículo necesitaría cuatro tripulantes: conductor, tirador del arma rotatoria, artillero del cañón y cargador.
La discusión por el nombre provocó otra guerra. Korran propuso “Destructor Solar”. Varkhaz prefería “Dragón de Acero”. Kael apareció para sugerir “Tortuga de la Muerte”. Darian escribió sobre la placa del proyecto: —Vehículo Blindado Experimental Uno. VBE-1. Korran casi lloró. —Eso no es un nombre. —Es exactamente un nombre. Varkhaz declaró que la Tortuga era superior. Horas antes del movimiento hacia Rethal, el VBE-1 fue cargado sobre una plataforma ferroviaria. Maelis caminó a su lado hasta que el tren empezó a moverse. —Si se rompe, lo retiras. —Sí. —Si la temperatura supera el límite, lo retiras. —Sí. —Si el conductor dice que algo suena raro— —Lo retiro. Maelis señaló a Darian. —No estoy bromeando. —Nunca pensé que lo hicieras. Arvek vio descender el vehículo cerca del frente. —¿Qué demonios es eso? —Una mala idea —respondió Darian. Arvek observó el cañón y el arma rotatoria. —Ah. Excelente. Darian explicó el propósito señalando Rethal. —No va a ganar la batalla. —Entonces ¿para qué lo trajiste? Darian miró las defensas humanas. —Para abrir la puerta.