El rey demonio y la heroina

EL MIEDO TAMBIÉN COMBATE

Capítulo XXXV

EL MIEDO TAMBIÉN COMBATE

Rethal llevaba seis días bajo control demoníaco cuando Azrhael llamó. —¿Cuántos? Darian revisó el informe. —Doscientos treinta y ocho muertos. Setecientos once heridos. El rey respiró despacio. —Debes minimizar las pérdidas. —Eso intento. —No lo suficiente. Darian apretó una mano sobre la mesa. —Entonces dime cómo. —Haz lo mismo que hiciste en Dareth. Darian se quedó inmóvil. —Ni siquiera sé qué demonios hice en Dareth. —No hablo del príncipe —respondió Azrhael—. Cuando llegaste, ya te conocían. Sabían que aceptabas rendiciones. Sabían que no saqueabas. Y sabían lo que podía ocurrir si elegían enfrentarte. Pausa. —La mejor fortaleza es la que abre las puertas antes de que tengas que romperlas. Darian entendió. —Quieres que los desmoralice. —Quiero que cuando escuchen que Darian Vhalyr viene, la primera discusión no sea cómo derrotarte. Quiero que sea si vale la pena intentarlo. —Quieres que me tengan miedo. —Quiero que te tengan un miedo indescriptible. —¿Cómo? —Descúbrelo. La comunicación terminó. Esa noche Chronos apareció entre estrellas. —Vaya problema tienes.

—Si sabes algo, dilo. —Conozco una forma de cumplir exactamente la orden que te dieron. Pero no te va a gustar. Darian lo miró. —Dímela. Soy todo oídos. Chronos mostró una guerra de hacía más de mil años y un comandante llamado Malachar Vorn. —Era conocido por su crueldad y por el amor que su pueblo le tenía. Vorn protegía a sus civiles, pagaba pensiones y castigaba abusos. Pero después de las batallas buscaba a los comandantes enemigos muertos. No prisioneros. No rendidos. Muertos en combate. Y exhibía sus restos como advertencia ante las siguientes fortalezas. Darian apartó la mirada. —Eso es barbarie. —Probablemente. —No juegues conmigo. Chronos dejó de sonreír. —No lo hago. Las primeras ciudades lucharon. Miles murieron. La quinta negoció. La sexta abrió las puertas. —Porque tenían miedo. —Sí. Vorn puso fin en dieciocho meses a una guerra que llevaba nueve años consumiendo ambos reinos. Darian cerró los ojos. —No voy a cortar cabezas y clavarlas frente a ciudades. —Entonces no lo hagas. Te mostré una herramienta, no una orden. Chronos añadió la parte más importante: —El miedo solo funciona mientras el enemigo crea que tiene una salida. Si piensan que morirán aunque se rindan, pelearán hasta el final. Darian comprendió. —Necesito dos reputaciones. —Sí.

—Si pelean, tienen que creer que enfrentarse a mí es una idea terrible. Si se rinden, tienen que creer que mi palabra vale más que cualquier muralla. Chronos asintió. Darian estableció límites: nunca civiles, nunca prisioneros, nunca ejecutados para espectáculo. Al día siguiente la atención se centró en Valderan, una fortaleza que controlaba carreteras y un paso entre colinas. El asalto podía costar entre quinientos y ochocientos muertos demoníacos. Darian se negó a pagar ese precio sin intentar otra cosa. Cortó caminos, controló el agua secundaria, interceptó mensajeros y dejó una ruta abierta hacia territorio humano. Después envió una carta: Rethal se rindió. Sus soldados viven. Sus heridos reciben atención. Sus civiles están protegidos. La resistencia de Valderan no alterará el resultado. Solo alterará el número de muertos. Depongan las armas y conservarán la vida. La respuesta llegó en una línea: Valderan no se rinde ante demonios. Vorak leyó. —Original. Darian observó el mapa. Una fuerza de refuerzo de tres mil hombres marchaba hacia Valderan bajo el Marqués Aldren Valcrest, noble que había pedido continuar la guerra hasta expulsar a los demonios más allá de Asterhal. —Primero voy a impedir que llegue. Dos días después, Aldren entró en un valle donde Vorak cerró una salida y la artillería dominaba las alturas. El marqués intentó romper el cerco en persona. Murió combatiendo. Más de mil de sus soldados se rindieron. Darian llegó al campo y miró el cadáver. Ciento tres muertos demoníacos en aquella batalla. ¿Cuántos morirían contra las murallas?

Recordó a Chronos. —Laven el cuerpo —ordenó. Cassian lo miró. —¿Qué? —Límpienlo. Recuperen su armadura. No le quiten insignias. Arvek entendió. —Darian. —Lo sé. No me gusta. —Entonces no lo hagas. Darian miró a los heridos. —¿Y si funciona? Silencio. —Si Valderan abre las puertas, cientos viven. Ordenó colocar el cuerpo de Aldren en un carro, sin mutilarlo, sin burlas y sin permitir trofeos. Frente a Valderan sería descubierto únicamente como mensaje. La segunda carta decía: El Marqués Aldren Valcrest intentó llegar hasta ustedes. Murió combatiendo. Sus soldados que se rindieron viven. Él también será devuelto a su familia si Valderan abre sus puertas. No necesito demostrar que puedo tomar su fortaleza. Ustedes deben decidir cuántos hombres necesitan morir para convencerse. Darian Vhalyr. Pasó una hora. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Entonces apareció una bandera blanca. El comandante de Valderan salió sin espada. —Quiero condiciones por escrito. —Las tendrá. —Mis soldados viven.

—Si entregan las armas. —Mis civiles no serán tocados. —Correcto. —Nuestros heridos serán atendidos. —Según capacidad. —Los oficiales no serán ejecutados. —No mientras respeten la rendición. —¿Y el marqués? —Será entregado a su familia. El comandante cerró los ojos. —Entonces Valderan se rinde. No hubo asalto. No murieron ochocientos demonios. Ni quizá mil humanos. Las puertas simplemente se abrieron. Aquella noche Darian vomitó detrás de su tienda. Varkhaz permaneció cerca. —Fue un cadáver —dijo Darian. —Sí. —Ya estaba muerto. —Sí. —No lo torturé. —No. —No maté a nadie para hacerlo. —No. Darian miró sus manos. —Y aun así lo usé. —Sí. —Funcionó. —Sí. Eso era lo peor. Lio apareció con una cantimplora. —La sanadora dice que hay que tomar agua.

No hizo preguntas. Al amanecer el informe llegó a Azrhael. Valderan se rindió sin asalto. Pérdidas durante la toma de la fortaleza: cero. El rey respondió con una sola frase: Ahora entiendes Dareth. La historia empezó a extenderse. Rethal había resistido y caído, pero sus civiles seguían vivos. Valderan había visto el cadáver de un noble y abierto las puertas. Los prisioneros que se rendían ante Darian recibían comida, agua y atención. Los civiles no eran saqueados. Un soldado demoníaco había muerto a manos del propio Darian por intentar asesinar a un niño humano. Y poco a poco nació una contradicción útil: Si Darian Vhalyr llegaba como enemigo, había que temerlo. Si aceptaba tu rendición, había que confiar en su palabra. Una semana después, otra fortaleza recibió una carta con el sello de Vhalyr. El comandante la leyó y preguntó: —¿Qué hacemos? Después de un largo silencio respondió: —Pregunten condiciones. Arvek dejó el informe frente a Darian. —Ni siquiera tuviste que presentarte. Darian lo leyó. —Eso era lo que Azrhael quería. Después miró el mapa. —Nada de aumentar esto. No quiero cabezas. No quiero cadáveres en cada carretera. Valderan fue una herramienta concreta para un problema concreto. No una tradición. Arvek asintió. Darian cerró el informe. —Si mi nombre basta, prefiero usar mi nombre.

Y por primera vez desde que la guerra había comenzado, una fortaleza humana empezó a negociar su rendición antes incluso de ver aparecer al ejército del heredero demoníaco.