Capítulo XXXVIII
DIEZ MIL PEQUEÑAS HISTORIAS
Lucan Valeor llegó sin espada. Eso no impidió que seis guardias le apuntaran. Darian lo encontró en una tienda del puesto avanzado, cubierto de barro y con un uniforme humano al que había arrancado las insignias. —Nombre. —Lucan Valeor. —Rango. El hombre dudó. —General de División del Tercer Cuerpo Occidental de Arthel. Darian levantó una ceja. Arvek dejó de apoyarse contra la pared. —Eso no es exactamente un desertor cualquiera. Lucan soltó una risa cansada. —No. Darian se sentó frente a él. —¿Por qué? —Porque estoy cansado de ver morir hombres para que nobles incompetentes puedan explicar después que todo era inevitable. —Eso suena conveniente. —Lo es. Lucan no intentó parecer heroico. —Tengo esposa. Dos hijas. Quiero que estén a salvo. —¿Y a cambio? Lucan puso una carpeta sobre la mesa. —Rutas de suministros. Mandos. Cambios recientes. Fortificaciones que no aparecen en sus mapas. Darian no tocó la carpeta. —No compro familias con información. Lucan lo miró. —Entonces ¿qué hago? —Tu familia será evaluada como cualquier civil que solicite protección. —¿Aunque yo no te dé esto? —Sí.
Lucan permaneció inmóvil. —Eso es una forma muy mala de negociar. —Me lo dicen a menudo. El general empujó la carpeta de todos modos. —Entonces tómala porque quiero que termine esta guerra. • • • La información era buena. Demasiado buena para ignorarla y demasiado sensible para creerla sin verificación. Darian mandó contrastar todo. Horas después, Ilan llegó con otra preocupación. —Tenemos un problema más grande. —Define grande. —Arthel sabe demasiado sobre nosotros. Darian lo miró. —Eso ya lo noté. Lucan, sentado cerca, habló. —No entiendes cómo. Darian se volvió. —Explícalo. Lucan tomó una carta civil que Ilan había dejado sobre una mesa. —Una carta no sirve. Puso otra al lado. —Diez tampoco. Otra. —Cien comienzan a mostrar patrones. Levantó la mirada. —Diez mil pequeñas historias cuentan un reino entero. Darian no dijo nada. Lucan continuó. —Un trabajador escribe que el tren ahora tarda dos horas menos. —Una esposa dice que su marido fue trasladado a Ravel. —Un comerciante se queja de que el carbón subió en una provincia. —Un niño cuenta que vio un vehículo blindado pasar por una estación. Pausa. —Ninguno revela un secreto. Juntos revelan infraestructura, unidades, producción y prioridades.
Ilan murmuró: —Las cartas civiles. Darian apoyó ambas manos sobre la mesa. —No las vamos a censurar todas. Arvek lo miró. —Eso facilitaría el trabajo al enemigo. —Y convertiría cada familia en sospechosa. Darian negó. —Separamos lo que es información militar de lo que es vida privada. Entrenamos a soldados y funcionarios para que no escriban posiciones, cantidades, horarios ni órdenes. Pero mi ejército no va a leer cada carta de un niño a su padre. Lucan lo estudió. —Entonces seguirá filtrándose información. —Sí. —¿Lo aceptas? —Acepto que gobernar personas libres implica riesgos que una prisión no tiene. • • • Korran eligió ese momento para entrar. —Tengo algo. Darian miró la caja que llevaba. —No. —Ni siquiera sabes qué es. —Eso mejora mis probabilidades de seguir vivo. Maelis entró detrás, agotada. —No es una bomba. Korran protestó. —Todavía. Darian cerró los ojos. Una hora después estaban en un campo de pruebas. Sobre una plataforma rúnica descansaba un proyectil absurdo. Más largo que un hombre. Darian lo miró. Después a Korran. —No cabe en un VBE. —Correcto. —No cabe en ningún cañón que tengamos. —También correcto. Maelis señaló las runas. —Por eso no usa cañón.
La matriz mágica liberó energía. El proyectil salió con un rugido. Pasó muy lejos del objetivo. Korran levantó un dedo. —Prueba de trayectoria. Darian miró el punto donde había caído. —¿Ese era el objetivo? —No. —Bien. El segundo lanzamiento fue mejor. Impactó un depósito vacío construido para la prueba. La estructura desapareció entre polvo y fuego. Darian permaneció en silencio. Korran sonrió. —¿Ahora? —Ahora me preocupa más. Maelis asintió. —Todavía no es preciso. Darian señaló el cráter. —Entonces solo objetivos aislados. Korran empezó: —Una aldea usada como— —No. —No terminé. —No importa. Darian se volvió hacia ambos. —Depósitos. Puentes militares si el entorno está despejado. Fortificaciones aisladas. Nada cerca de población hasta que puedan decirme dónde cae y demostrarlo. Korran resopló. —Le quitas toda la diversión. —Ese es mi trabajo. • • • Esa noche Lucan observó a Darian sobre un mapa. —¿Cuántos años tienes? Darian levantó la cabeza. —¿Qué? —Edad. —Treinta. Lucan frunció el ceño. —Entonces encaja. Darian dejó el lápiz. —No me gusta esa frase.
—Hay una mujer en Arthel. Arvek prestó atención. Lucan continuó. —Apareció hace unos años. O la encontraron. Nadie dice lo mismo dos veces. —¿Nombre? —No lo sé. —Muy útil. —Sé que tiene aproximadamente tu edad. Lucan se inclinó sobre el mapa. —Y sé que después de su aparición algunos nobles dejaron de ir primero al palacio real. —¿A dónde iban? —A verla. Darian se quedó quieto. —¿Qué clase de nobles? —Altos. Casas militares. Financiadores. Gente de la Orden del Sol. —¿Ella manda el ejército? —No oficialmente. —¿Quiere el trono? Lucan negó. —La vi una vez desde lejos. Pausa. —Parecía cansada. —Eso no significa nada. —Lo sé. Lucan miró los informes humanos. —Pero los gastos militares aumentaron después. Fortificaron regiones específicas. Cambiaron sellos de mando. Desaparecieron funcionarios. Darian miró el mapa. —¿Crees que ella ordenó esto? —No dije eso. Lucan tardó un momento. —Quizá Arthel tampoco sabe ya para quién está peleando. • • • Darian durmió mal. Cuando abrió los ojos estaba entre estrellas. Chronos lo esperaba.
—Vaya —dijo Darian—. Pensé que hoy ya había tenido suficientes problemas. Chronos no sonrió. Eso hizo que Darian se incorporara. —¿Qué ocurre? Chronos miró algo que Darian no podía ver. —Va a comenzar. —¿Qué? —Lo mismo que empezó la última vez. Darian frunció el ceño. Chronos finalmente lo miró. —La última vez que apareció una Heroína.