Capítulo XLII
LA PUERTA ABIERTA
La Llanura de Elvar no tenía nada especial. Eso era precisamente lo que Darian quería. Tierra abierta. Sin fortalezas. Sin pueblos cercanos. Sin bosques que ocultaran un ejército. Darian llegó con aproximadamente mil soldados de seguridad, colocados bastante atrás. Arthel llevó casi dos mil. Arvek miró el otro lado de la llanura. —Eso es el doble. —No vinimos a contar. —Yo sí. Darian dejó la espada envainada. Una figura avanzó desde la formación humana. Mujer. Aproximadamente su edad. Armadura funcional. Sin oro. Sin capa absurda. Sin insignias suficientes para explicar quién era. Solo una presencia que hacía que oficiales de mucho mayor rango esperaran hasta que ella se moviera. Darian pensó en Lucan. Cansada. Sí. Eso también estaba allí. Ella se detuvo a unos veinte metros. —Darian Vhalyr. —Heroína. La mujer frunció ligeramente el ceño. —Ese es un título. —Todavía no me dieron otra cosa. Ella casi sonrió. —Tú hiciste el desafío. —Sí. —Entonces habla. Darian miró a los soldados humanos detrás de ella. —Antes quiero hacer otra cosa. Ella levantó una ceja. —Eso normalmente precede un problema. —Me lo dicen mucho. Darian amplificó la voz. La Heroína se giró. —¿Qué haces? —Abriendo una puerta.
• • • —Soldados de Arthel —dijo Darian—. Muchos de ustedes están cansados. Las filas humanas se tensaron. —Lo sé porque mis propios soldados también lo están. —También sé que algunos están muriendo por decisiones tomadas por nobles que no han pisado barro en años. Un oficial humano gritó: —¡Propaganda! Darian lo miró. —Mi reino también tiene nobles idiotas. No es una enfermedad exclusivamente humana. Algunos soldados demoníacos rieron. Incluso varios humanos ocultaron expresiones. Darian continuó: —Velmora cambió. Vhalyr cambió. Ahora el reino entero está empezando a cambiar. —No les voy a prometer un paraíso. —Les ofrezco una elección. La Heroína permanecía quieta. —Quien quiera seguir sirviendo a Arthel puede quedarse. Nadie será atacado durante este encuentro. —Quien no quiera seguir peleando puede dejar su arma en el suelo y cruzar detrás de mis líneas. Murmullos. Oficiales humanos empezaron a gritar órdenes. Darian elevó la voz. —No les pediré secretos hoy. No los obligaré a servir en mi ejército. Su rango humano no se convertirá automáticamente en rango demoníaco. —Serán registrados. Revisados por seguridad. Atendidos si están heridos. —Podrán trabajar. Estudiar. Traer a sus familias cuando sea posible. —Y estarán bajo la misma ley que cualquier demonio. Un soldado humano gritó: —¡Mientes! Darian respondió: —Entonces quédate. Pausa. —La puerta no deja de ser una puerta porque tú no quieras cruzarla. Silencio. Pasó un minuto. Después otro. Un hombre dejó caer su lanza. El sonido pareció enorme.
Un oficial gritó: —¡Eren! El soldado dio un paso. Después otro. —Nombre —dijo Darian cuando llegó a mitad de camino. —Eren Tal. —¿Por qué? Eren tragó. —Mi hermano vive en Velmora. Los humanos se removieron. —Me escribe. Pausa. —Pensé que lo obligaban. Después dejó de pedir que lo rescatara y empezó a decirme que fuera yo. Darian hizo un gesto hacia sus líneas. —Cruza. Eren caminó. Nadie disparó. Después cayó otra arma. Otra. Tres soldados. Diez. Cincuenta. Un capitán humano levantó su espada. —¡DESERTORES! ¡FORMEN—! La Heroína se volvió. —Nadie dispara. El capitán la miró. —Pero— —No matarás a un hombre desarmado de espaldas delante de mí. Silencio. La orden se extendió. Y entonces la puerta se abrió de verdad. • • • En menos de una hora, más de la mitad de la formación humana había cruzado. No el ejército de Arthel. No sesenta por ciento del reino. Aproximadamente mil doscientos de los dos mil presentes. Muchos lloraban. Otros miraban atrás. Algunos no parecían entender todavía lo que habían hecho. Un comandante humano dejó su espada en el suelo y caminó. —Havel —se presentó. Darian lo reconoció de informes. —Tu rango no se conserva automáticamente. Havel asintió. —No esperaba que lo hiciera. —Entonces empezamos bien.
Darian llamó a un oficial demoníaco. —Agua. Comida. Médicos. Registro. —¿Interrogatorios? —No hoy. —Majestad, podrían traer información útil. —También acaban de abandonar el único ejército que conocen frente a todos sus compañeros. Dales un día para recordar que son personas. El oficial asintió. —Y seguridad normal. No sean ingenuos. —Entendido. Darian volvió hacia la Heroína. Ella observaba sus filas vacías. —Me quitaste más de mil soldados. —Técnicamente tus nobles los convencieron. Pausa. —Yo solo abrí la puerta. Ella lo miró. —Lucan dijo que eras irritante. Darian levantó una ceja. —¿Conoces a Lucan? —Sí. —Está vivo. —Lo imaginaba. —También dijo que tú parecías cansada. La Heroína suspiró. —Lucan habla demasiado. • • • Se alejaron de ambas formaciones. Sin amplificación. Sin oficiales. Darian preguntó: —Lian Valak. Ella dejó de caminar. —Mia Volur. —Entonces sabes. —Sé la historia. —¿Eres Mia? La mujer lo miró como si la pregunta fuera absurda. —No. Darian asintió.
—Bien. Eso la desconcertó. —¿Bien? —Ya tengo suficientes muertos dentro de mi cabeza. No necesito reencarnaciones. Ella casi sonrió. —Pero sí soy la Heroína. —¿Por elección? Silencio. —No exactamente. Darian pensó en Lucan. —¿Iniciaste esta guerra? —No. —¿Ordenaste los ataques a mis vías? —No. —¿Los nobles te obedecen? —Algunos. —¿Por qué? La Heroína miró hacia Arthel. —Porque el título hace que la gente escuche incluso cuando no quieres que lo haga. Pausa. —Y porque alguien lleva años intentando convertirnos en Lian y Mia otra vez. Darian sintió frío. —Entonces tenemos un enemigo común. Ella lo miró. —Vine a descubrir eso. Darian señaló las espadas. —¿Y el duelo? La Heroína observó la multitud de testigos. —Después de todo esto, si nos vamos sin pelear, nadie creerá lo que digamos. Darian soltó aire. —Odio cuando la política tiene sentido. Ella desenvainó. —Entonces demos lo mejor de nosotros. Darian sacó su espada.
—Sin banderas. —Sin intervenir. Ella asintió. —Solo tú y yo. Y la llanura entera guardó silencio.