Capítulo XLIV
UNA MESA O EL CAMPO DE
BATALLA Darian aterrizó en la Plaza Real como si aquello hubiera formado parte del programa. No había formado parte del programa. El verdugo se quedó inmóvil. La Guardia Real tardó exactamente dos segundos en comprender quién acababa de aparecer. Darian miró a la Heroína. Cabello sucio. Moretones. Ropa de prisionera debajo de restos de armadura. —Te ves terrible. Ella soltó aire. —He tenido mejores días. El verdugo reaccionó. Darian le quitó la espada antes de que terminara de moverla. La arrojó lejos. —No es personal. El hombre retrocedió. —Solo tengo prisa. Darian agarró las cadenas de la Heroína. La magia corrió por sus dedos. Metal roto. Ella se frotó las muñecas. —¿Entraste solo? —Sí. —Eres un idiota. —Arvek dijo algo parecido. • • • —¡REY DEMONIO! La voz de Edric atravesó la plaza. Darian levantó la cabeza. El rey humano estaba de pie. —¿Cómo te atreves? Darian miró alrededor. Miles de guardias. Muros. La capital enemiga. Después volvió hacia Edric. —Entré volando solo en su capital. Pausa. —Creo que ya establecimos que me atrevo a bastante. La Heroína se tapó la boca con una mano. Darian amplificó su
voz. —Pensaba que Arthel solo tenía nobles idiotas. Murmullos indignados. —Ahora descubro que también tiene un rey tan incompetente que necesita un chivo expiatorio para no quedar ridiculizado delante de su propio pueblo. Edric palideció. —¡Mátenlo! Darian levantó un dedo. —Antes de que hagan eso, tengo una oferta. La plaza dudó. Era suficiente. —Negociaciones de paz. El silencio cambió. —O, si todavía no son capaces de sentarse en la misma mesa, un armisticio. Darian señaló a soldados humanos. —No necesito que mueran más de ustedes. Después hacia el oeste. —Y no necesito que mueran más de los míos. —Envíen una carta al palacio del Rey Demonio. —Usen palabras antes de ejércitos. Edric gritó: —¡La Heroína es propiedad de la Corona de Arthel! La mujer se puso rígida. Darian dejó de sonreír. —No. Pausa. —Ninguna persona es propiedad de una corona. Miró a la Heroína. —Desde este momento está bajo protección de la Corona Demoníaca. Los murmullos se convirtieron en gritos. Darian levantó la voz. —No es prisionera. —No es rehén. —No será torturada. —No será ejecutada. —No será obligada a pelear por mí. La miró. —Puede decidir después qué quiere hacer. Ella levantó una ceja.
—Estabas a punto de perder la cabeza. Considero resuelto el problema administrativo. La Heroína soltó una risa incrédula. • • • Darian volvió hacia Edric. —Y si rechazan la mesa... El tono cambió. —Prepárense. —Tengo más soldados que al inicio de esta guerra. —Tengo ferrocarriles que siguen moviéndose aunque intenten destruirlos. —Tengo radios. —Vehículos blindados. —Industria que aprende cada mes. —Y cada día más humanos cruzan mi frontera porque ustedes siguen castigando a cualquiera que duda. Pausa. —No digo esto para presumir. —Lo digo para que entiendan el precio de escoger otra ofensiva. Darian extendió una mano. —Una mesa. Después cerró el puño. —O el campo de batalla. La plaza quedó en silencio. Darian desactivó la amplificación. Miró a la Heroína. —Ahora tú. —¿Qué? —Puedes quedarte. Ella miró al verdugo. Después a Edric. Después a los nobles que habían asistido a su juicio. —No parece una opción particularmente atractiva. Darian extendió una mano. —Entonces ven. La tomó. —Voluntariamente —dijo ella. —Gracias. Arvek va a necesitar esa precisión. • • •
un escudo. No respondió con fuego. —¿No vas a matarlos? —preguntó ella mientras despegaban. —Acabo de ofrecer un armisticio. Una flecha rebotó en la barrera. —Sería diplomáticamente incómodo convertir la salida en una masacre. —Tu sentido de la diplomacia es extraño. —Estoy aprendiendo. No volaron directamente hacia la frontera. Lucan había advertido de torres y rutas de interceptación. Darian tomó un corredor montañoso. Horas después aterrizaron en un claro escondido. La Heroína cayó sentada contra una roca. —Caballo. Darian plegó las alas. —¿Qué? —La próxima vez conseguimos un caballo. —Eres la Heroína. —No tengo alas. —Detalle técnico. Ella lo miró. —¿Por qué fuiste? Darian tardó. —Porque en Elvar elegí que vivieras. —Eso fue una elección tuya. —Sí. —No te obligaba a rescatarme. —No. Darian miró las montañas. —Pero no voy a decidir que la historia no se repite y después permitir que tus nobles la terminen por mí. Ella guardó silencio. —La historia no define el futuro —murmuró. Darian la miró. —Sí. —Lian decía cosas parecidas. —Chronos también. Un ruido de patrulla los interrumpió. Darian se puso de pie. —Tenemos que movernos. Ella aceptó su mano.
—¿A dónde me llevas? —Al Reino Demoníaco. —Eso ya lo sabía. —Entonces estamos progresando. —¿Dónde exactamente? Darian pensó. —Todavía no lo sé. Ella lo miró. —¿Estás improvisando? —Muchísimo. Por primera vez desde la plaza, sonrió de verdad. Y volvieron a volar.