El rey demonio y la heroina

EL REINO QUE NO ESPERABA

Capítulo XLV

EL REINO QUE NO ESPERABA

Arvek esperaba en el puesto de mando occidental. Darian apenas tocó tierra cuando el general habló. —Treinta y siete. Darian parpadeó. —Hola, Arvek. —Treinta y siete comunicaciones pendientes. —Eso parece demasiado. —Treinta y ocho si cuento la que quiero hacer sobre tu incapacidad para permanecer dentro de tus propias fronteras. La Heroína miró hacia otro lado para ocultar una sonrisa. Darian empezó a caminar. —¿Algo explotó? —Sorprendentemente no. Arvek miró a la mujer. —¿Es ella? —Sí. —La Heroína. —Sí. —La que derrotaste. —Sí. —La que Arthel iba a ejecutar. —También. —Y naturalmente la trajiste. La Heroína levantó una mano. —Fui voluntariamente. Arvek la señaló. —No lo defienda. —No lo hacía. —Excelente. Después le dio un sobre a Darian. —Llegó minutos después de que te fueras. Darian reconoció la escritura. —Lio.

Abrió. Darian. Necesito que vengas a Velmora. Es importante. Nada más. Darian dobló la carta. —Preparen el tren. Vamos a Velmora. Arvek lo miró. —¿Ahora? —Ahora. Un oficial dudó. —Majestad, el tren real sigue en reparación. Darian levantó la cabeza. —¿En qué momento dije tren real? —Pero— —Quiero el tren más rápido que salga hacia Velmora. —Hay un convoy logístico. —Ese. —Lleva munición. —Puedo convivir con cajas. Darian añadió: —No retrasen suministros médicos críticos. Locomotora, un vagón de personal y lo que ya esté cargado. El oficial corrió. La Heroína preguntó: —¿Quién es Lio? Darian guardó la carta. —Mi hijo. Ella se detuvo. —¿Tu hijo? —Sí. —¿Demonio? —Humano. Silencio. —Tiene ocho años —añadió Darian—. Lo adopté hace poco. La Heroína lo miró de una manera nueva. • • • Antes de partir, Darian se volvió hacia Arvek. —Puede llegar una delegación humana. —Después de que insultaste a su rey. —Por eso quizá tengan prisa. —Soy general, no diplomático. —Puedes arreglar protocolos. Seguridad. Lugar de reunión. Si traen autoridad suficiente, alto al fuego provisional.

Arvek cruzó los brazos. —¿Y si me equivoco? —Lo corregimos. —Eso es mucha confianza. Darian se encogió de hombros. —El reino no debería dejar de funcionar porque su rey toma un tren. La Heroína escuchó en silencio. • • • El convoy era industrial. Nada elegante. La Heroína miró las cajas de proyectiles. —¿Ese es tu transporte real? Darian subió. —Hoy sí. Horas después llegaron a Velmora. Darian bajó casi antes de que el tren se detuviera. —¿Dónde está Lio? —Residencia, Majestad. —¿Herido? —No. —¿Enfermo? —No que sepamos. —¿Varkhaz? —También bien. Darian frunció el ceño. Entró en la residencia. —¡Lio! El niño apareció corriendo. —¡Darian! Lo abrazó. Darian lo revisó inmediatamente. —¿Estás bien? —Sí. —¿Qué ocurrió? Lio señaló otra habitación. —Varkhaz sigue haciendo trampa. Silencio. Desde dentro: —¡NO HAGO TRAMPA! —¡MOVISTE DOS PIEZAS! —¡TENGO CUATRO PATAS!

—¡ESO NO SIGNIFICA DOS TURNOS! Darian cerró lentamente los ojos. La Heroína empezó a reír. —Crucé medio reino —dijo Darian. Lio asintió con seriedad. —Era importante. Varkhaz apareció. —Su versión está sesgada. Darian señaló al dragón. —¿Moviste dos piezas en el mismo turno? Varkhaz dudó. —Las reglas humanas son innecesariamente restrictivas. —Hiciste trampa. Lio levantó ambos brazos. —¡LO SABÍA! Varkhaz: —Apelaré. —Rechazado. —Tirano. —Rey Demonio. —Eso explica mucho. • • • Después salieron a caminar. La Heroína esperaba escoltas, silencio y reverencias. Velmora le dio otra cosa. Un herrero levantó una mano. —¡Majestad! Darian se detuvo. —¿Cómo está tu esposa? —La prótesis funciona. Ya camina sin bastón. —Bien. Una anciana gritó desde un puesto: —¡Darian! ¡Me debes tres monedas! Lio empezó a reír. —No te debo nada. —Perdiste una apuesta. —Estaba manipulada. Lio señaló a Varkhaz. —Eso dice él también. Darian pagó. —Esto es extorsión contra la Corona.

—Vuelve mañana, tengo pan nuevo. —Retiro la denuncia. La Heroína observaba. Después vio humanos. Muchos. Trabajando junto a demonios. Niños de ambas especies corriendo. Un médico humano hablando con una sanadora demoníaca. —No están separados. Darian levantó una ceja. —¿Por qué deberían estarlo? Más adelante un veterano demonio reconoció a la Heroína. —Majestad. ¿Ella es...? —Sí. El hombre endureció el rostro. —No me gusta. Darian respondió: —No tienes obligación. La Heroína lo miró. —Pero está bajo mi protección. El veterano inclinó la cabeza. —Entonces nadie la tocará. Cuando se fue, ella murmuró: —Me odia. —Probablemente. —Y aun así aceptó. Darian la miró. —No necesito que todos sientan lo mismo. Necesito que respeten las mismas reglas. • • • La cena fue tranquila hasta que llegó un guardia. —Majestad, dos asuntos importantes. Darian dejó los cubiertos. —Dime. —Representantes de varias grandes casas necesitan verlo con urgencia. Darian cerró los ojos. —Naturalmente. —Y el tren real está reparado. Darian abrió los ojos. —¿Eso era urgente? El guardia dudó. —Me ordenaron informarle.

Darian se levantó. —Bien. Es momento de tratar con mis nobles idiotas. La Heroína levantó una ceja. —¿Los llamas así delante de ellos? —Depende de cuánto me irriten. Varkhaz: —Entonces sí. • • • Dravenn empezó la reunión gritando. Drosk empezó colocando documentos. —Cuarenta y nueve comunicaciones —dijo. —Arvek dijo treinta y siete. —Llegaron más. Dravenn señaló a la Heroína. —¡ENTRÓ SOLO EN UNA CAPITAL ENEMIGA Y SE LA LLEVÓ! —Voluntariamente —dijo ella. Dravenn cerró los ojos. —Por favor no lo ayude. Después un conde de cabello gris se levantó. —Majestad. Es inaudito que la Heroína destinada a matarlo esté aquí. Darian lo reconoció. —Conde Samir. El noble levantó el mentón. —Mi familia ha servido nueve generaciones. Mi abuelo perdió un brazo. Mi padre dirigió tropas. Mi bisabuelo murió en campaña. Darian asintió. —Lo sé. —Entonces entiende— —¿Dónde estabas tú? Samir se detuvo. —¿Perdón? —Cuando la ofensiva humana intentó tomar nuestras vías y ahogarnos en el frente, ¿dónde estabas? Silencio. —Administrando mis territorios. —¿Y tus descendientes? —No están obligados a—

Darian levantó un dedo. —Exactamente. Pausa. —Tu abuelo perder un brazo no hace que el tuyo valga más. El servicio de tus antepasados merece memoria, no autoridad eterna para sus descendientes. Miró a la sala. —¿Quieren reconocimiento para sus familias? Bien. Gánenselo. Darian señaló el mapa. —Controlen sus territorios. Construyan casas. Escuelas. Hospitales. Caminos. —Traten a humanos y demonios por igual. —Eviten que la violencia entre especies se convierta en costumbre. Su tono se endureció. —Y si descubro que algún noble, no me importa el rango, permite deliberadamente ataques por especie o los fomenta... Pausa. —Ni siquiera sus tatarabuelos van a salvarlos. El salón quedó en silencio. —Evítenme la pena de destituir casas que han servido al reino durante generaciones porque su descendiente actual decidió comportarse como un idiota. Dravenn se cubrió el rostro. • • • La respuesta no fue solamente indignación. Selvara Nareth se puso de pie. —Mi territorio tiene llanuras grandes. Podemos construir viviendas masivas, como las que desarrollaron para el ejército, adaptadas para familias. Otro noble: —Puedo aportar comida. No para miles durante meses, pero sí para varios cientos. Otro: —Tengo dinero. Donaré una parte. Samir habló después. —Mi familia tiene administradores. Contadores, inspectores, especialistas en distribución. Puedo enviarlos. Darian lo miró. —Hazlo tan bien que dentro de veinte años recuerden lo que hiciste tú.

Samir inclinó la cabeza. Después llegaron madera, piedra, médicos, escuelas y aldeas vacías. Vaelor ofreció cientos de casas abandonadas en pueblos que habían perdido población. Un noble preguntó: —¿La frontera está fuera de peligro? Darian respondió sin adornos. —No. Entonces comenzaron nuevas ofertas. —Tengo soldados de mi casa. —Yo también. —Cuatro compañías. —Ciento cincuenta jinetes. Darian levantó una mano. —Aceptaré tropas con una condición. En zona activa obedecen al Ejército Real. No quiero veinte ejércitos privados compitiendo por gloria. Los nobles aceptaron. El barón Korvel habló: —Tengo una mina y fundiciones. Puedo aportar acero. Dravenn levantó inmediatamente la cabeza. Darian negoció una parte donada y el resto bajo contrato reducido. —Y no conviertan todo en armas. Necesitamos acero para vías, puentes, herramientas, hospitales y locomotoras. Korvel asintió. • • • Al salir, Darian encontró otra multitud. Civiles. Humanos y demonios. —Majestad —dijo un albañil—. Escuchamos que necesitan casas y hospitales. —Sí. —Podemos ayudar. Una mujer añadió: —No podemos pelear, pero sabemos cocinar. Otro: —Tengo carros. Otro: —Soy carpintero. Darian frunció el ceño. —¿Quién organizó esto? —Nosotros. La Heroína observó. Darian respondió: —Si trabajan, cobran. Pueden donar horas si

gratuita. Después organizaron voluntarios, profesionales y turnos. La Heroína permaneció callada durante el paseo. Finalmente dijo: —Pensaba que habías construido un reino donde humanos podían vivir con demonios. —Esa era la idea. —No. Es más que eso. Señaló a la gente. —No construiste un reino para que todos dependan de ti. Construiste uno donde sienten que es suyo. Darian pensó. —Si todo pertenece al rey, cuando algo se rompe es problema del rey. Miró Velmora. —Si pertenece a quienes viven aquí, todos pierden algo. Y todos intentan arreglarlo. —¿No hay discriminación? —Sí. —¿Peleas? —Sí. —¿Odio? —También. Darian la miró. —La diferencia es que no fingimos que está bien. • • • Entonces cinco niños corrieron hacia ellos. —¡REY! Darian se detuvo. —¿Yo? La Heroína levantó una ceja. —Hay pocos reyes alrededor. El mayor habló: —Necesitamos que presida un juicio. Darian se puso serio. —¿Qué ocurrió? Una niña señaló dramáticamente. —Robo. —¿Qué robaron? —Un pescado.

Silencio. Los niños se apartaron. Dentro de una caja había un gato gris lamiéndose una pata. Lio apareció. —¡Yo soy fiscal! Varkhaz se acercó. —Entonces yo defenderé al acusado. Darian lo miró. —No. —Tiene derecho a defensa. Darian cerró los ojos. —Bien. El juicio duró veinticinco minutos. Tres testigos. Una espina. Pelo gris encontrado en la cesta. Varkhaz sostuvo que tener pescado en la boca no demostraba robo. Darian lo declaró culpable. Lio levantó los brazos. —¡GANAMOS! —Orden —dijo Darian. —¿Va a la cárcel? Darian señaló el puesto de pescado. —¿Tiene ratones? La dueña asintió. —Entonces servicio comunitario. Cazará ratones. A cambio recibirá comida suficiente para no robar pescado. Varkhaz levantó una pata. —La defensa acepta. —No te pregunté. El gato saltó de la caja y se sentó frente al puesto. Lio celebró. • • • Cuando los niños se fueron, la Heroína miró a Darian. —Tienes una guerra. —Sí. —Miles de personas llegando. —Sí. —Nobles reorganizando recursos. —Sí. —Y pasaste veinticinco minutos juzgando a un gato. Darian miró a los niños. —Necesitaban un juez. —Podías decir que estabas ocupado.

—Para mí fueron veinticinco minutos. Pausa. —Para ellos era importante. Ella dejó de sonreír. Darian continuó: —Si quiero que crezcan creyendo que la ley sirve para resolver problemas, no puedo enseñarles que la ley solo importa cuando el problema me parece importante a mí. La Heroína miró la plaza. Humanos. Demonios. Un dragón discutiendo jurisprudencia con un niño. Un gato condenado a servicio comunitario. Y un rey que no parecía entender por qué aquello era extraordinario. Había llegado esperando encontrar el reino de su enemigo. En cambio estaba encontrando algo mucho más peligroso para todo lo que le habían enseñado. Un lugar donde humanos y demonios no tenían que amarse para vivir juntos. Solo tenían que reconocerse como personas.