Capítulo XLVI
LOS NOMBRES QUE CARGAMOS
La paz duró hasta el desayuno. Darian debería haberlo esperado. Lio terminaba una segunda pieza de pan mientras Varkhaz, reducido a un tamaño menos peligroso para el mobiliario, seguía defendiendo su actuación en el juicio del gato. —Era culpable —dijo Lio. —Supuestamente culpable. —Tenía el pescado. —Posesión no demuestra adquisición ilícita. Darian bebió su té. —Varkhaz. —¿Sí? —Perdiste el juicio. —Yo era defensor. —Precisamente. La Heroína ocultó una sonrisa detrás de su taza. La puerta se abrió. Un funcionario entró con un documento sellado. Darian lo miró. Después miró su desayuno. —No. El funcionario se detuvo. —Majestad. —Todavía no he terminado. —Lo siento. —No lo suficiente. Lio sonrió. El hombre extendió el documento. —Mensaje urgente de la capital. Darian reconoció varios sellos: Consejo de las Grandes Casas, Tesorería, Administración Real y otros pertenecientes a nobles que parecían competir por fabricar el sello más incómodo de abrir. Leyó. Una vez. Después otra. —¿Malas noticias? —preguntó la Heroína. —Alta nobleza. —Eso no responde. —Para mí sí.
Lio se inclinó. —¿Qué quieren? —Mi presencia. Aparentemente entrar en la capital enemiga, interrumpir una ejecución, rescatar a la Heroína, ofrecer un armisticio, amenazar con continuar la guerra y después regresar como si nada generó algunas preguntas. La Heroína levantó una ceja. —Qué sensibles. Darian la señaló. —Me agrada que empieces a entenderlo. El funcionario carraspeó. —Solicitan también la presencia de la Heroína. Ella dejó la taza. —¿Mía? —Sí. “Debido a las implicaciones diplomáticas, militares, políticas y sucesorias derivadas de su presencia dentro del Reino Demoníaco.” Silencio. Darian: —¿Sucesorias? La Heroína: —No. Darian: —Todavía ni siquiera sé su nombre. El funcionario decidió que no quería entrar en aquella discusión. Lio no tuvo el mismo instinto. —¿Tú tampoco sabes cómo se llama? La Heroína miró al niño. Después a Darian. —No. Darian extendió una mano. —¿Ves? —No has preguntado correctamente. —He preguntado. —No correctamente. Varkhaz murmuró: —Extraña especie. Darian volvió al documento. —También solicitan a Lio. —¿A mí? —Como miembro reconocido de la Casa Vhalyr. Lio tocó la insignia que llevaba en el pecho. Darian pensó unos segundos. No le gustaba exponerlo a política, pero tampoco podía declararlo públicamente su hijo y esconderlo cada vez que las
consecuencias aparecieran. —Vamos los tres. Varkhaz levantó la cabeza. —Cuatro. —No te invitaron. —No necesito invitación. —Amenazaste con comerte a un ministro la última vez. —Era irritante. —Precisamente. Lio levantó la mano. —Yo quiero que venga. Varkhaz adoptó una expresión triunfal. Darian suspiró. —Puedes volar detrás del tren. —Humillante. —Entonces quédate. —Volaré detrás del tren. • • • El tren real estaba reparado. La Heroína se detuvo frente a la locomotora oscura y los vagones con emblemas de la Corona. —Así que este es el verdadero. —Sí. —Es bastante distinto al anterior. —Este tiene menos munición en el suelo. —Una mejora. Lio corrió hacia un vagón. Darian lo sujetó antes de que subiera sin esperar. —Despacio. —Ya sé subir. —Lo sé. —Entonces... —Déjame ejercer paternidad innecesaria. Lio sonrió. —Bien. La Heroína los observó. Aquel era el mismo hombre que había tenido una espada contra su garganta en Elvar. El mismo que había aterrizado solo en una plaza de ejecución. Y ahora comprobaba dos veces que un niño hubiera colocado bien el pie en el escalón. Subieron. Varkhaz despegó desde un campo cercano. Lio pegó el
rostro a la ventana. —¡Varkhaz! El dragón descendió junto al tren. —¡PUEDO ESCUCHARTE! —¡ESTÁS VOLANDO MUY ALTO! —¡SOY UN DRAGÓN! Darian tomó asiento. —Será un viaje largo. La Heroína se sentó frente a él. —Empiezo a comprender cómo desarrollaste esa paciencia. Darian miró por la ventana. —No la desarrollé. • • • La capital era distinta de Velmora. Más antigua. Murallas de siglos, torres negras, casas nobles, templos, mercados y edificios administrativos acumulados durante generaciones. Pero la Heroína volvió a ver algo que no esperaba. Humanos. Menos que en Velmora, pero suficientes. Comerciantes. Trabajadores. Funcionarios. Incluso algunos soldados humanos con insignias demoníacas. Cuando Darian bajó hubo reverencias y saludos. —¡Majestad! —¡Vhalyr! —¡Darian! Un guardia de estación se puso rígido cuando alguien gritó únicamente su nombre. Darian ni siquiera reaccionó. Lio descendió y produjo murmullos. La insignia de Vhalyr sobre un niño humano era todavía una imagen nueva. Después bajó la Heroína. El lugar se volvió más silencioso. Ella lo notó. —Todos me miran. —Sí. —Eso no te preocupa. —También me miran a mí. —Eres el rey. —Exactamente. Darian añadió: —Nadie va a tocarte. —Ya lo sé. La respuesta salió demasiado rápido. Ambos lo notaron. Darian no comentó.
• • • La reunión se celebró en el antiguo salón del Consejo Real. Vaelor Theryn. Selvara Nareth. Malthor Varesh. Korven Draeth. Samir. Duques, marqueses y condes de regiones que Darian apenas empezaba a visitar desde la muerte de Azrhael. Dravenn esperaba junto a una montaña de documentos. Drosk tenía otra. Darian los vio. —No. Dravenn: —Sí. —Acabo de llegar. —Y nosotros llevamos horas esperando. Drosk levantó un documento. —Intentamos empezar sin usted. Entonces alguien preguntó si podíamos declarar vinculante un armisticio sin el rey. —No. Drosk miró a Dravenn. —Eso dije. La discusión empezó con la oferta hecha en Arthel. Darian confirmó que era oficial. Arvek tenía autoridad para establecer un alto al fuego provisional si una delegación humana podía demostrar que hablaba en nombre de Edric o de una autoridad capaz de cumplirlo. Korven frunció el ceño. —Le has entregado mucho poder. —El suficiente para que el frente no espere a que mi tren llegue a una estación. Pausa. —Si el reino deja de funcionar porque estoy a varias horas de distancia, hemos construido mal. Vaelor sonrió ligeramente. Después llegó la Heroína. Un noble señaló hacia ella. —Es inaudito que esté sentada aquí. Darian miró la silla. —No forma parte del Consejo. Está sentada dentro de la sala. —Sabe a qué me refiero. —Sí. —¿Prisionera? —No. —¿Rehén? —No.
—¿Aliada? Darian miró a la mujer. —Todavía no lo sé. —¿Enemiga? —Tampoco. El noble apretó la mandíbula. —Entonces ¿qué es? La Heroína habló: —Una mujer a la que su reino intentó cortar la cabeza y cuyo antiguo enemigo decidió que eso era estúpido. Darian asintió. —Resumen aceptable. Otro noble habló de las historias antiguas. Darian negó. —No son claras. Son simples. No es lo mismo. Pausa. —Hace mil años una Heroína mató a un Rey Demonio. Eso es lo que sabemos. Miró a la mujer. —Pero yo ya tuve mi oportunidad. Ella recordó Elvar. —No la maté. Y aquí seguimos. • • • Después discutieron a Lio. —¿Es oficialmente su hijo? —Sí. —¿Humano? Darian frunció el ceño. —Eso es evidente. Algunos ocultaron sonrisas. —Pregunto por la sucesión. —No hay consecuencias automáticas. Pausa. —Es mi hijo. Eso no significa que mañana vaya a colocarle una corona. Tiene ocho años. Su principal preocupación esta semana fue demostrar que Varkhaz hace trampa. Lio, desde más atrás: —Porque hace trampa. Darian cerró los ojos. Desde el exterior se escuchó un rugido indignado. Vaelor se rio directamente. • • •
Drosk formalizó después las ofertas realizadas en Velmora. Selvara puso sobre el mapa las llanuras donde podían construir viviendas. —Agua —preguntó Darian. —Dos ríos menores. Posibilidad de pozos. —Ferrocarril. —Dieciocho kilómetros. —Demasiado. —Propongo ramal secundario. Dravenn: —Caro. —Mi casa cubrirá parte. Dravenn levantó la cabeza. —¿Cuánto? Selvara dio una cifra. —Ahora podemos hablar. Llegaron ofertas de piedra, madera, comida y dinero. Malthor incluso aumentó su donación. Darian preguntó: —¿Compras un favor? —No. —¿Un cargo? —Tampoco. —Entonces ¿por qué? Malthor respondió: —Mi familia lleva siglos diciendo que su riqueza existe porque sirvió al reino. Sería vergonzoso descubrir que solo era cierto cuando no costaba nada. Dravenn levantó un dedo. —Auditado. Documentado. Sin derechos especiales después. Malthor suspiró. —Sí, Dravenn. Samir confirmó treinta y cuatro administradores disponibles. Drosk dijo que necesitaba cincuenta. —Treinta y cuatro competentes —respondió Samir. —Mejor. Darian lo miró. Samir sostuvo la mirada. —Dijo que quería recordar lo que hicimos nosotros. Estoy intentando darle algo que recordar. Darian inclinó la cabeza. —Bien. La frontera seguía peligrosa. Los nobles reafirmaron la oferta de
tropas propias. Darian repitió la condición: en zona militar activa obedecerían al mando del Ejército Real. Korvel confirmó mina, fundiciones y acero. —No quiero todo convertido en armas —dijo Darian. —Estamos en guerra. —También necesitamos locomotoras, puentes, herramientas y hospitales. Un ejército con muchas armas y ningún tren sigue teniendo hambre. Korvel aceptó. Finalmente Darian se puso de pie. —No quiero destruir sus casas. Quiero que justifiquen por qué siguen teniendo autoridad. —Administren bien. Protejan a su gente. Traten a humanos y demonios con la misma ley. Su expresión se endureció. —Y repito para quien no estuvo en Velmora: si descubro que una casa permite deliberadamente violencia entre especies o la fomenta, no me importará si su apellido tiene quinientos años. Pausa. —Ni sus tatarabuelos van a salvarlos. Dravenn se cubrió el rostro cuando Darian volvió a mencionar a “descendientes idiotas”. El rey ignoró la reacción. • • • La reunión terminó cuatro horas después. Lio caminaba detrás de Darian. —¿Siempre tarda tanto? —A veces más. —¿Por qué? —Porque hay demasiada gente con opiniones. La Heroína, a su lado, dijo: —Tú también tienes muchas. —Las mías son excelentes. Un oficial esperaba en el corredor con el emblema de Desarrollo Militar. Darian lo vio. —No. —Los prototipos están preparados, Majestad. —¿Hoy? —La inspección estaba programada antes de su viaje. Darian cerró los ojos. —Maelis. —Sí.
—¿Korran? El oficial dudó. —También. Darian abrió los ojos. —Lio no viene. —¡¿Qué?! —No. —Quiero ver. —Korran. Lio pensó. —Puedo quedarme lejos. —Eso dijo un teniente antes de perder las cejas. La Heroína levantó una ceja. —¿Literalmente? —Volvieron a crecer. Darian miró a la mujer. Ella reconoció la expresión. —No. —¿No qué? —Esa cara de que vas a pedirme algo. —Quédate con Lio. Ella guardó silencio. —¿Me estás dejando a tu hijo? —Sí. —Con la Heroína. —También. —La mujer que hace pocos días estaba destinada a matarte. Darian se encogió ligeramente de hombros. —Si creyera que fueras a hacerle daño, no estarías a menos de cien metros de él. No sonó como amenaza. Sonó como una certeza. Lio tomó la mano de ella. —Podemos ir a los jardines. La Heroína lo miró. Después a Darian. —Bien. —No salgan del distrito interior sin avisar. —Sí, Majestad. Él frunció el ceño. —¿Qué? —Nada.
—Eso nunca significa nada. —Vete a ver tus explosiones. Darian señaló a Lio. —Por eso no quería llevarlo. • • • Los prototipos esperaban en un campo militar fuera del núcleo urbano. Darian vio humo antes de llegar. Maelis estaba junto a una estructura blindada. Korran estaba encima. Sonriendo. Eso era peor. —No —dijo Darian. —¡Majestad! —¿Qué explotó? —Nada importante. Darian miró el humo. —Reformula. —Nada que no estuviera diseñado para soportarlo. Maelis señaló un cráter. —Eso no estaba diseñado para soportarlo. Korran: —Detalles. Había tres prototipos principales. El primero era una evolución de los VBE: más bajo, mejor distribución de peso, placas frontales inclinadas y un motor más potente. —¿Fiable? —preguntó Darian. Silencio. —Maelis. —Más fiable. —No fue la pregunta. —No. —Entonces todavía no existe para producción. El segundo llevaba una versión mejorada del arma rotatoria. —¿Atascos? Korran: —Muchos menos. —Número. Maelis respondió: —Uno cada varios cientos de disparos en pruebas controladas. —Demasiado. —Antes era uno cada setenta —protestó Korran. —Mejorar no significa estar listo.
El tercero era una plataforma rúnica con un proyectil más largo que un hombre. Darian miró a Korran. —¿Treinta y cuatro? Korran sonrió. —Treinta y cinco. —¿Qué pasó con el treinta y cuatro? Maelis: —No preguntes. —¿Explotó? —No exactamente. Korran señaló una colina lejana. —Ahora forma parte de la geografía. Darian decidió no preguntar. La precisión había mejorado, pero no suficiente para blancos pequeños dentro de ciudades. —Entonces no se dispara contra ciudades —ordenó—. Depósitos aislados, fortificaciones abandonadas, objetivos grandes con entorno despejado. Si no podemos demostrar dónde cae, no lo usamos cerca de civiles. Korran resopló. La inspección continuó con radios reforzadas, nuevos enganches ferroviarios y una ambulancia blindada basada en el quinto VBE. Darian entró en ella. —¿Capacidad? —Seis acostados. Ocho sentados. —¿Protección? —Fragmentos y fuego ligero. Darian revisó ventilación, puertas y espacio para material médico. —Esto sí. Korran pareció ofendido. —¿Te emociona más una ambulancia que mi proyectil? —Sí. —Monstruo. —Rey Demonio. —Exactamente. • • • Mientras Darian discutía con ingenieros, Lio caminaba con la Heroína por los jardines interiores. Guardias los seguían a distancia. El niño observaba flores, estatuas y fuentes. Después la miró. —¿Puedo preguntarte algo?
—Ya lo hiciste. Lio frunció el ceño. Ella sonrió. —Pregunta. —¿Cómo te llamas? La sonrisa desapareció. No por molestia. Por sorpresa. —¿Qué? —Tu nombre. Todos dicen “Heroína”, pero ese no puede ser tu nombre. Ella miró hacia delante. Durante años había escuchado el título más veces que su propio nombre. Heroína. Elegida. Esperanza. Arma. Símbolo. Aquel niño no preguntaba por nada de eso. Solo por ella. —¿Por qué quieres saberlo? Lio se encogió de hombros. —Porque hablar contigo diciendo Heroína suena raro. Ella rio suavemente. —Eso es bastante razonable. Pausa. —Aveline. Lio inclinó la cabeza. —¿Aveline? —Aveline Caelor. El niño repitió despacio: —Aveline Caelor. Algo extraño ocurrió al escuchar el nombre sin un título delante. Lio sonrió. —Me gusta. —Gracias. Su expresión se volvió traviesa. —Darian no lo sabe. Aveline cerró los ojos. —No. —¡Yo sé algo que Darian no sabe! —Baja la voz. —¿Es secreto? Aveline pensó. —No. Pero preferiría decírselo yo. —Entendido. Aveline tuvo la sospecha de que aquel acuerdo contenía demasiados vacíos legales.
• • • En una plaza residencial varios niños reconocieron a Lio. —¡Lio! ¿Quieres jugar? Él miró inmediatamente a Aveline. —¿Por qué me miras? —Darian dice que tengo que avisar antes de irme. —No vas a irte. Te estaré viendo. Lio esperó. Aveline entendió. —Sí. Puedes jugar. Corrió. El juego usaba una pelota, dos líneas y reglas que parecían cambiar cada vez que alguien empezaba a perder. Aveline decidió no investigar. Humanos y demonios jugaban juntos. Un niño demonio señaló hacia ella. —¿Quién es? Lio miró. —Es... —¿Es tu mamá? Todo cambió. Solo en Lio. La sonrisa desapareció. Los ojos bajaron. Durante un instante no estaba en la plaza. Recordó otra noche. Una voz llamándolo. Una mano en su cabello. Una mesa. Seguridad. Después gritos. Confusión. Y dos personas que no iban a regresar. Lio no respondió. El niño que preguntó empezó a sentirse incómodo. —Yo solo... Aveline ya venía hacia ellos. Había visto esa mirada. No necesitaba saber todos los detalles para reconocer a alguien atrapado en un recuerdo doloroso. —Sí —dijo. Todos la miraron. Aveline sonrió. —Soy su madre. El niño demonio asintió. —Ah. ¿Entonces puede seguir jugando? —Mientras no rompa nada. Lio: —Darian dice eso. —Por una vez estamos de acuerdo. Aveline miró a Lio. —Ve. Y él fue.
• • • Más tarde Lio regresó con el cabello desordenado y una rodilla sucia. Aveline le dio agua. Después se sentó con él en un banco. —Lio. —¿Sí? —Quiero pedirte perdón. —¿Por qué? —Por decir que era tu madre. Lio frunció el ceño. —Pero me ayudaste. —Lo sé. Vi que estabas incómodo y no sabías qué responder. Solo quería ayudarte. Pausa. —Pero no debería asumir ese lugar sin preguntarte. Lio miró sus pies. —Tu mamá fue tu mamá. Yo no la conocí y no tengo derecho a fingir que puedo reemplazarla. —No me molestó. —¿Seguro? —Sí. Lio movió los pies. —Solo no sabía qué decir. Aveline asintió. —Lo imaginé. —Mi mamá murió. —Lo sé. —Mi papá también. —Sí. —A veces todavía pienso en ellos. Aveline lo miró. —Espero que lo hagas. Lio levantó la cabeza. —¿Por qué? —Porque fueron tu familia. Querer a alguien que está aquí no significa que tengas que dejar de querer a alguien que ya no está. Lio pensó. —Darian dice algo parecido.
—Empiezo a preocuparme por la cantidad de cosas en las que estoy de acuerdo con ese hombre. Lio rio. —Darian es mi papá. —Sí. —Pero también tuve otro papá. —Sí. —¿Eso está bien? —Claro. —Entonces no reemplaza al otro. —No. Lio sonrió. —Solo tengo dos. Aveline sintió algo extraño en el pecho. —Supongo que sí. —No me molestó que dijeras que eras mi mamá. —Bien. —Pero puedo llamarte Aveline. —Preferiría eso por ahora. —¿Y si otro niño pregunta? Aveline abrió la boca. La cerró. —Puedes decir lo que quieras. —Eso no ayuda. Ella rio. —Si te incomoda explicar todo, no me molestará si lo dices otra vez. —Bien. Aveline levantó un dedo. —Pero nada de inventar historias. —Varkhaz dice que ser creativo es bueno. —Varkhaz también defiende gatos ladrones. —Punto válido. • • • Darian regresó bastante más tarde con hollín en una manga. Lio corrió. —¡Darian! —¿Todo bien? —Sí.
Darian miró a la mujer. —¿Algún incidente? Ella cruzó los brazos. —Define incidente. —Eso no me gusta. Lio levantó la cabeza. —Ya sé cómo se llama. Silencio. Aveline cerró los ojos. —Lio. Darian miró al niño. —¿Tú sabes su nombre? —Sí. Darian miró a la Heroína. —Él sabe tu nombre. —Parece. —Yo te he preguntado. —No correctamente. —Él tiene ocho años. —Y aun así lo consiguió. Darian miró a Lio. —¿Vas a decírmelo? Lio recordó el acuerdo. —Dijo que prefería decírtelo ella. Darian volvió hacia la mujer. No la presionó. Ella respiró. —Aveline. Pausa. —Aveline Caelor. Darian repitió: —Aveline Caelor. Por primera vez dejó de ser únicamente el título entre ellos. —Mucho mejor que Heroína —dijo Darian. —¿Eso era un cumplido? —No te acostumbres. Lio sonrió. —Yo lo supe primero. —Sí. —Antes que tú. —Ya entendí. —Porque pregunté mejor.
Darian miró a Aveline. Ella sonrió. —No fui yo quien se lo dijo. —Pero eres claramente responsable. Lio añadió con alegría: —También dijo que era mi mamá. Silencio absoluto. Aveline levantó ambas manos. —Eso necesita contexto. Darian parpadeó. —Definitivamente. Lio explicó la pregunta de los niños y cómo se había quedado sin saber qué decir. Aveline habló después: —Lo noté incómodo. Dije que sí para ayudarlo. Después me disculpé y hablamos de sus padres. Darian miró a Lio. —¿Estás bien? —Sí. —¿Te molestó? —No. Me ayudó. Darian levantó los ojos hacia Aveline. —Gracias. Ella parpadeó. —¿No estás molesto? —¿Por qué? Fueron treinta segundos para evitarle una pregunta que no sabía responder. Después lo hablaste con él. Bajó la mirada hacia su hijo. —Tenerme a mí no borra a tu padre. Ni a tu madre. Lio asintió. —Aveline dijo lo mismo. Darian levantó una ceja. Aveline cruzó los brazos. —No pongas esa cara. —¿Cuál? —La de estar satisfecho porque pensamos igual. —No hacía esa cara. Lio: —Sí. Darian lo miró. —Tú ya me traicionaste hoy. • • • Un rugido atravesó el cielo. Varkhaz, que descansaba en una terraza, se incorporó.
—No. Lio levantó la cabeza. —¿Qué? Varkhaz retrocedió. —No. Una sombra blanca cubrió el patio. La voz llegó desde arriba. —VARKHAZ. El dragón negro se congeló. Vaelthra descendió con una suavidad imposible para su tamaño. —Madre. Ella lo examinó. —Vengo a ver cómo se está portando ese malcriado. Lio levantó inmediatamente la mano. —¡Hizo trampa! —¡LIO! Vaelthra entrecerró los ojos. —¿Otra vez? Darian cruzó los brazos. —Dos movimientos en un turno. Varkhaz: —¡LAS REGLAS ERAN AMBIGUAS! —Varkhaz. —Fue una discrepancia interpretativa. —Varkhaz. —No volverá a ocurrir. Lio sonrió triunfalmente. Entonces Vaelthra vio a Aveline. El humor desapareció. Sus ojos antiguos fueron de ella a Darian y de Darian a ella. Aveline sostuvo su mirada. —¿Qué ocurre? Vaelthra se acercó. —Así que finalmente llegaste. —¿Nos conocemos? —No. Pero conozco ese título. Aveline endureció la expresión. —Tengo nombre. Vaelthra pareció complacida. —Entonces dímelo. —Aveline Caelor. —Aveline.
—Y tú. —Sigo siendo Darian. —Lo sé. Vengan conmigo. —¿A dónde? —A un lugar donde podrán dejar de hacer preguntas equivocadas. Lio levantó una mano. —¿Yo puedo ir? La expresión de Vaelthra se suavizó. —No, pequeño. Esto pertenece a ellos. Darian se agachó. —Quédate con Varkhaz. —Pero hace trampa. —Vigílalo. Varkhaz: —Soy un dragón milenario. Lio: —Entonces deberías saber las reglas. Darian sonrió. —Volveré. —¿Seguro? Darian evitó usar promesas con ligereza. —Haré todo lo posible. Lio frunció el ceño. Darian terminó: —Sí. Voy a volver. Aveline añadió: —Nos veremos luego. —¿También? —También. • • • Vaelthra los llevó lejos de la capital. Montañas. Bosques antiguos. Regiones sin carreteras. Darian reconoció el paisaje al final. —He estado aquí. —Cerca —respondió Vaelthra. Era el territorio de los dragones, próximo a las montañas donde había conocido a Varkhaz. Llegaron a una formación circular de piedra entre tres montañas. Runas antiguas recorrían la superficie. Darian podía ver mejor que antes las estructuras mágicas, pero aquellas no estaban ocultas: simplemente eran demasiado antiguas para comprenderlas de inmediato. Vaelthra señaló el círculo.
—Siéntense. Aveline miró a Darian. —Cada vez que alguien me dice eso últimamente termina cambiando mi vida. —Podemos quedarnos de pie. Vaelthra giró la cabeza. Ambos se sentaron. —Cobarde —murmuró Aveline. —Pragmatismo. Vaelthra se colocó frente a ellos. —Les conté parte de la historia. Darian: —Lian Valak. Aveline: —Mia Volur. —Sí. Saben cómo terminó. No saben cómo empezó, ni qué tuvo que ocurrir para que dos niños que crecieron juntos terminaran frente a dos ejércitos esperando que se mataran. Aveline frunció el ceño. —Entonces cuéntanos. —No. Darian parpadeó. —¿No? —Las palabras no son suficientes. Yo recuerdo, pero incluso la memoria consciente cambia después de mil cien años. Vaelthra caminó alrededor del círculo. —Si quieren comprender por qué Lian terminó siendo Rey Demonio, por qué Mia terminó siendo Heroína y por qué el mundo parece empeñado en colocarlos a ustedes en los mismos lugares, deben verlo. Darian miró las runas. —¿Cómo? Vaelthra levantó una garra. —Sangre. —Eso nunca precede nada agradable. —No será doloroso. —Eso tampoco tranquiliza. Vaelthra explicó que la sangre de dragones antiguos conservaba ecos de magia, lugares, sonidos y sensaciones. —No viajarán físicamente. Sus conciencias observarán. No podrán intervenir, hablar con ellos ni cambiar nada. Aveline miró alrededor.
—¿Cuánto tiempo? —Aquí, poco. Allí, la memoria no respeta el tiempo igual. Vaelthra los observó. —Tómense de las manos. Aveline levantó una ceja. —¿Por qué? —Necesito un punto común para que entren juntos. Darian extendió la mano. Aveline la miró. —¿Así de fácil? —He tenido semanas extrañas. —Argumento terrible. —¿Confías en ella? Aveline miró a Vaelthra. —No completamente. —Yo tampoco. Vaelthra gruñó. —Puedo escucharlos. Aveline colocó su mano sobre la de Darian. Los dedos se cerraron. —Cierren los ojos —ordenó Vaelthra. Aveline murmuró: —Si despierto convertida en dragón voy a culparte. —Sería interesante. —Darian. —Cerrando. Oscuridad. Vaelthra rozó una escama con un colmillo. Una sola gota de sangre oscura cayó sobre las manos unidas. El efecto fue inmediato. El mundo desapareció. No dolor. No caída. Como si el presente dejara de existir alrededor de ellos. Aveline apretó la mano de Darian. Él respondió. La voz de Vaelthra llegó cada vez más lejana. —No intenten intervenir. Apareció luz. —No intenten cambiarlo. Viento. Árboles. Agua. Darian sintió suelo bajo los pies. Aveline seguía a su lado. Abrieron los ojos. No había ferrocarriles. No había radios. No había fábricas. No había fortalezas que reconocieran. Frente a ellos se extendía un mundo desaparecido hacía más de un milenio. La voz de Vaelthra llegó por última vez.
—Mil cien años atrás. Darian miró a Aveline. Aveline miró a Darian. Y por primera vez, el Rey Demonio y la Heroína contemplaron juntos el mundo que había creado sus títulos.