El rey demonio y la heroina

ANTES DE LOS TÍTULOS

Capítulo XLVII

ANTES DE LOS TÍTULOS

El mundo de hacía mil cien años olía distinto. Darian tardó unos segundos en entender por qué. No había carbón. No había humo industrial. No había locomotoras. No había metal caliente proveniente de fábricas. Solo tierra húmeda, árboles, agua, leña y viento. Aveline seguía a su lado. Su mano todavía estaba entrelazada con la de Darian. Ella fue la primera en notarlo. Miró hacia abajo. Después hacia él. —Creo que ya podemos soltarnos. Darian observó sus manos. —Probablemente. Ninguno lo hizo inmediatamente. Aveline levantó una ceja. Darian soltó primero. —No digas nada. —No había dicho nada. —Tu cara sí. Una carcajada infantil interrumpió la conversación. Ambos giraron. Dos niños corrían junto al río. Uno demonio. Una humana. Quizá nueve o diez años. Cada uno llevaba una rama como espada. —¡Eso fue trampa! —gritó la niña. —¡No! —¡Me empujaste! —Utilicé el terreno. —¡Eso sigue siendo trampa! —Si funciona, no es trampa. Aveline miró lentamente a Darian. —No. Darian sonrió. —¿Qué? —No lo digas. —Varkhaz habría adorado a ese niño. La niña golpeó al pequeño demonio en el hombro. Él cayó sobre la hierba. —¡Ganaste! —dijo ella.

—Porque hiciste trampa. —Acabas de decir que si funciona no es trampa. El niño permaneció callado. —Eso fue antes. Aveline sonrió. Darian observó al muchacho: cabello oscuro, pequeños cuernos todavía en crecimiento y una sonrisa demasiado grande para alguien que un día sería recordado como una amenaza para la humanidad. Lian Valak. La niña le tendió una mano. Mia Volur. No había corona. No había título. No había ejército. Solo dos niños cubiertos de barro. • • • El recuerdo avanzó por fragmentos. El mismo río. Los mismos niños con algunos años más. Doce. Trece. Quince. Mia lanzaba piedras al agua mientras Lian intentaba pescar. —Ese lado del río es humano —dijo Mia. Lian miró el agua. —El pez no parece saberlo. —Tú sí. —El pez es más inteligente. Mia le lanzó una piedra. Atravesó el cuerpo de Darian sin tocarlo. La sensación seguía siendo extraña. —Tus soldados estuvieron cerca de mi aldea otra vez —dijo Mia. Lian dejó de sonreír. —Los tuyos también. —Mi padre dice que están aumentando patrullas. —Mi madre dice lo mismo de ustedes. Pausa. Mia miró el río. —¿Crees que habrá guerra? Lian tardó. —No. —¿Seguro? —No. —Eso no es tranquilizador. —Pero es verdad. Darian escuchó una conversación que podría haber ocurrido antes de Dareth. Cada lado convencido de que solo respondía a lo que hacía el otro. • • •

El recuerdo volvió a moverse. Lian y Mia tenían dieciséis o diecisiete años. Ya no peleaban con ramas. Caminaban juntos junto al río. Demasiado cerca. Las manos chocaban ocasionalmente. Ninguno parecía dispuesto a admitir que fuera deliberado. Una sombra blanca pasó sobre ellos. Una dragona mucho más pequeña que la Vaelthra del presente aterrizó cerca. Darian parpadeó. —Vaelthra. Aveline la observó. —Joven. Lian levantó una mano. —Llegas tarde. Vaelthra gruñó. —Soy un dragón. —Eso no responde. —Los dragones no llegan tarde. Mia: —Llegaste tarde. Vaelthra miró a ambos. —Los dos son irritantes. Darian sonrió. —Eso no cambió. Mia se apoyó contra el costado blanco de la dragona. —Lian cree que no habrá guerra. —Dije que espero que no. —Eso no dijiste. Vaelthra miró al demonio. —¿Qué dicen tus mayores? —Que los humanos concentran tropas. Mia respondió antes de que preguntara: —Los míos dicen que los demonios concentran tropas. Vaelthra resopló. —Entonces todos parecen muy ocupados preparándose para una guerra que nadie quiere comenzar. Darian sintió un escalofrío. A veces una guerra no necesitaba que nadie deseara iniciarla. Solo suficientes personas convencidas de que el otro lo haría primero. • • • Después llegaron campanas de alarma. Darian y Aveline aparecieron dentro de una aldea demoníaca. Familias cargaban

carros. Soldados gritaban órdenes. Lian, ya joven adulto, estaba frente a una casa pequeña. Su madre sujetaba una bolsa. —Tenemos que irnos. —¿Cuánto tiempo? —No lo sé. —Entonces me quedo. Su padre lo agarró del hombro. —No. —Puedo luchar. —Todavía no. —No soy un niño. —Eres nuestro hijo. Lian miró al oeste. Hacia el río. —Necesito hacer algo primero. Su madre comprendió. —Lian... Pero ya corría. Darian y Aveline siguieron el recuerdo. Mia llegó desde el otro lado del río también corriendo. Soldados humanos la llamaban desde atrás. —¡Lian! —¡Mia! Se detuvieron separados por el agua. —¡También nos evacúan! —gritó ella. —¡A nosotros igual! —Dicen que cerrarán la frontera. Lian miró alrededor. —Cuando esto termine, volvemos aquí. Mia respiraba con dificultad. —¿Promesa? Lian levantó una mano. —Promesa. Ella hizo lo mismo. —Promesa. Los soldados volvieron a llamarlos. Mia retrocedió. —¡No tardes! Lian sonrió. —¡Tú tampoco! Se marcharon en direcciones opuestas. Aveline permaneció mirando el río vacío.

—No volvieron. Darian negó. —No. • • • El tiempo avanzó. El río quedó cercado por fortificaciones. Donde habían jugado aparecieron zanjas, almacenes, puestos de vigilancia y muros. Las aldeas se convirtieron en puntos estratégicos. Después llegaron cadáveres. Primero pocos. Después demasiados. Invierno. Batalla. Primavera. Batalla. Verano. Batalla. Otra generación de soldados. Más tumbas. Más odio. Voces se superpusieron entre recuerdos. —Los humanos atacaron otra vez. —Los demonios masacraron una patrulla. —No tienen honor. —No tienen conciencia. —Monstruos. —Bestias. —Asesinos. Hasta que nadie parecía recordar que una vez hubo un río donde niños humanos y demonios pescaban juntos. • • • Lian también cambió. Darian lo vio en batalla, ya en sus veintitantos. Armadura dañada. Sangre en el rostro. Espada real en la mano. —¡RETROCEDAN A LA SEGUNDA LÍNEA! Un soldado gritó: —¡Nos rodean! Lian miró el terreno. —¡Entonces dejen de intentar sostener la colina! —¡Nos ordenaron defenderla! —¡Y yo les ordeno sobrevivir! Combatía ferozmente. No de manera elegante. Bloqueaba, caía, volvía a levantarse, protegía heridos y arrastraba hombres detrás de barricadas. Aveline observó. —Se parece a ti. Darian negó. —Combate diferente. —No hablo de eso. Darian no respondió. El recuerdo mostró fogatas con soldados,

aldeas liberadas y civiles que conocían el nombre de Lian. Compartía comida. Regresaba por hombres atrapados. Escuchaba a trabajadores. Y su nombre crecía. Lian Valak. El joven que no abandonaba soldados. El que regresaba por civiles. El que ganaba. El que hacía que otros sobrevivieran. • • • El territorio demoníaco, sin embargo, se fragmentaba. Darian y Aveline aparecieron en un salón lleno de representantes. —¡Necesitamos un mando único! —¡No reconoceré a Dareth! —¡Entonces proclamo rey a mi señor! —¡Ya tenemos cinco supuestos reyes! —¡Seis! —¡Eso no mejora la situación! Un anciano golpeó la mesa. —¡BASTA! Silencio. —Los humanos tienen varios reinos y aun así coordinan ejércitos. Nosotros tenemos casas, clanes, generales y regiones compitiendo entre sí. —¿Qué propone? —Elegir a uno. Murmullos. —¿Un rey? —Un representante. Un comandante común. Una voz que todos aceptemos. Empezaron nombres. Nobles. Generales. Señores regionales. Cada uno era rechazado por alguien. Hasta que una voz dijo: —Lian Valak. Silencio. Otro se rio. —¿El soldado? —Comandante ahora. —No tiene sangre real. —No existe sangre real. Estamos intentando crear un rey. Darian casi sonrió. —No pertenece a una gran casa. —Por eso los clanes pequeños lo aceptarían. —Los soldados lo siguen. —El pueblo lo ama.

—Ganó seis campañas. —Perdió dos. —Pero volvió con sus hombres. El nombre se repitió. Lian. Lian. Lian. Cuando se lo dijeron, la respuesta fue inmediata. —No. El anciano parpadeó. —¿No? —No. —El Consejo te eligió. —Eligió mal. —Los clanes aceptaron. —Problema suyo. —Las ciudades también. Lian dejó la espada sobre una mesa. —No soy noble. —Bien. —No tengo una casa importante. —Mejor. —No sé gobernar un reino. —Aprenderás. Lian miró al techo. —¿Y si no quiero? —Entonces seguiremos con ocho hombres proclamándose rey y ninguno obedecido. Lian cerró los ojos. —Odio esta conversación. El anciano sonrió. —Eso también ayuda. Aveline miró a Darian. —Se parece muchísimo a ti. —No. —Sí. —Aveline. —Solo digo. • • • La coronación fue simple porque la guerra no permitía lujo. Una plaza. Soldados. Trabajadores. Familias. Una corona sencilla.

—Desde este día —proclamó el anciano— Lian Valak será reconocido como Rey de los Demonios. La multitud gritó. No “Rey Demonio”. Todavía no. Rey de los Demonios. Un representante común. No señor del mal. No criatura profética. Una institución nacida de una guerra. Darian lo comprendió. —El título cambió. Aveline asintió. —Con los siglos. • • • Del lado humano, Mia no tenía trono. Tenía caminos destruidos. Darian y Aveline la vieron romper un cerco para evacuar una aldea. Defender un puente mientras familias lo cruzaban. Discutir con un noble que se negaba a abandonar una ciudad. —¡La muralla caerá! —¡Es mi ciudad! Mia señaló a cientos de civiles. —¡Y ellos son su gente! Si quiere morir por las piedras, hágalo después de sacarlos. Los soldados empezaron a seguirla. Después pueblos. Después señores menores. Y junto a su nombre creció propaganda. Sermones. Carteles. Rumores. —Los demonios no sienten. —No aman. —No conocen misericordia. —Solo entienden violencia. Aveline apretó la mandíbula. Versiones de aquellas frases seguían vivas mil cien años después. La humanidad estaba agotada y dividida. Necesitaba algo que la uniera. Después de que Mia liberara otra ciudad, una mujer gritó desde una plaza: —¡La Heroína! Otro repitió: —¡Nuestra Heroína! La palabra se extendió. Mia parecía odiarla. —No soy ninguna Heroína. Un comandante rio. —Díselo a ellos. Miles gritaban el título. Aveline permaneció inmóvil. —Así nació. —Parece.

—No una profecía. —No. —Una necesidad. Darian asintió. —Un símbolo. Aveline observó a la mujer del pasado. —Exactamente como conmigo. Darian no respondió todavía. No tenían suficiente para afirmar qué había ocurrido en Arthel. Pero la semejanza era demasiado evidente. • • • Pasaron años. Lian recibía informes: —La Heroína retomó Helmir. —La Heroína rompió el sitio de Arden. —La Heroína unificó tres ejércitos humanos. Mia recibía otros: —El Rey Demonio recuperó la frontera norte. —El Rey Demonio reorganizó sus legiones. —El Rey Demonio tomó Karvel. Los títulos se enfrentaban mucho antes de que las personas supieran quién estaba detrás. • • • Entonces apareció un hombre que Darian reconoció antes de escuchar su nombre. Un campamento demoníaco. Una fortificación humana recién tomada. Frente a ella, cuerpos. No civiles. Oficiales y comandantes muertos en batalla. Expuestos deliberadamente. Lian llegó furioso. —¿Quién ordenó esto? Un joven demonio salió de una tienda. Alto. Cabello oscuro. Armadura negra. Una tranquilidad incómoda entre tanta muerte. —Yo. Lian caminó hasta él. —Nombre. —Malachar Vorn. Darian se quedó inmóvil. Aveline lo notó. —¿Qué? —Malachar. —¿Lo conoces? Darian negó lentamente.

—Chronos me habló de él. Lian señaló los cadáveres. —Bájalos. Malachar no discutió. —Sí, Majestad. Se volvió. —¡Bájenlos! Los soldados obedecieron. Malachar permaneció. —¿Algo más? —preguntó Lian. —La fortaleza anterior costó cuatrocientos hombres. Señaló otra posición a la distancia. —Aquella vio los cuerpos y se rindió. Doce muertos. Lian endureció la expresión. —¿Esperas que te felicite? —No. Malachar sostuvo su mirada. —Espero que piense. Aveline miró a Darian. Malachar continuó: —El miedo también gana batallas. Lian respondió: —Y también crea enemigos. —Los muertos crean menos. —Si empiezas a disfrutar de esto, te retiro el mando. Malachar no cambió de expresión. —No disfruto. —Bien. Prisioneros rendidos no se tocan. —Nunca. —Civiles. —Nunca. —Nada de torturas. —No las necesito. Lian miró los cuerpos. —Los muertos serán tratados como muertos. —Perdemos parte del efecto. —Lo sé. —Podría salvar vidas después. Lian guardó silencio. Eso era lo peor. Sabía que podía tener razón. —Puedes utilizar el miedo —dijo al fin—. Pero el día en que necesites crueldad para sentirte poderoso, dejarás de mandar

bajo mi corona. Malachar inclinó la cabeza. —Entendido. Aveline habló en voz baja: —Darian. Él sabía. —Valderan. —Sí. Darian observó a Lian. —Utilicé un cadáver. —Lo sé. —Funcionó. —Sí. Darian respiró. —Eso es precisamente lo peligroso. Recordó a Azrhael. La crueldad es peligrosa porque funciona. Y comprendió que muchas lecciones de Chronos no habían sido teoría. Eran cicatrices. • • • Malachar apareció más veces. Discutiendo con Lian. Salvándolo. En una batalla lo arrastró de debajo de un caballo muerto. En otra recibió una flecha destinada al rey. —Me debes dos —dijo mientras una sanadora retiraba la punta. Lian: —¿Dos qué? —Vidas. —Pensé que servías al reino. —Lo hago. —Entonces son horas de trabajo. Malachar lo miró. —Odio que seas rey. —Yo también. Darian sonrió. Chronos no había leído sobre Malachar. Lo había conocido. • • • El descubrimiento llegó años después. Lian revisaba documentos capturados. Una lista de mandos humanos. Un nombre. Mia Volur. Debajo: Heroína de la Coalición Humana. Lian dejó de respirar. Leyó otra vez. Y otra. Malachar estaba en la habitación.

—¿Majestad? Lian no respondió. Malachar miró el nombre. Después al rey. —La conoce. No fue una pregunta. Lian cerró los ojos. —Sí. Del otro lado ocurrió lo mismo. Mia recibió un informe. Lian Valak. Rey de los Demonios. El documento cayó de sus manos. —¿Heroína? —preguntó una oficial. Mia retrocedió. —No. Recogió el papel. —Lian... Darian y Aveline permanecieron en silencio. Cada victoria de uno había sido una derrota para el otro sin que lo supieran. • • • Debieron encontrarse entonces. No lo hicieron. Consejeros. Generales. Otra ofensiva. Otro pueblo. Otra masacre. Cada oportunidad destruida por la siguiente crisis. Malachar finalmente confrontó a Lian. —Déjame matarla. Lian levantó la cabeza. —No. Demasiado rápido. Malachar lo notó. —Majestad. —Dije que no. —Ha destruido cinco posiciones este año. —También evacuó dos ciudades demoníacas antes de que sus aliados las bombardearan. —Eso no cambia— —No. Silencio. Malachar observó al rey. —Es ella. Lian quedó quieto. —No sé de qué hablas. —Mia. Lian levantó la mirada. Malachar soltó aire. —Mientes fatal. —Cuidado.

—Llevo veinte años sirviéndote. Puedo reconocer cuándo el rey está asustado. —No estoy asustado. —Entonces estás enamorado. Silencio. Malachar comprendió. —Eso es peor. —Fuera. Antes de cruzar la puerta, Malachar se detuvo. —Algún día tendrá que decidir. —¿Qué? —Qué está dispuesto a hacer cuando ambos estén frente a frente. La puerta se cerró. Aveline miró a Darian. —Vaelthra tenía razón. —Esperaron demasiado. • • • El momento finalmente llegó. Dos grandes ejércitos frente a frente. Y el lugar era cruelmente apropiado. El valle de sus antiguas aldeas. El río seguía allí, más estrecho y oscuro. Las casas ya no. Solo ruinas y fortificaciones. Mia estaba al frente del ejército humano. Lian al frente del demoníaco. Ambos desmontaron. Caminaron. Darian y Aveline estaban entre ellos, invisibles. Lian se detuvo. Mia también. Décadas habían pasado desde la promesa junto al río. Lian sonrió primero. —Tardaste en volver. Mia soltó una risa rota. —Tú tampoco estabas aquí. —Tuve trabajo. —Yo también. Miraron las ruinas. —Nuestra casa estaba allí —dijo Lian. —La mía detrás de aquella colina. —Ya no queda nada. —No. Lian miró los ejércitos. —Excepto esto. Mia cerró los ojos. —Nunca quise esto.

—Pero ocurrió. —Sí. Lian alzó la voz. —¡NO HABRÁ BATALLA! Los generales protestaron. Lian levantó una mano. —Treinta años enterrando gente. Es suficiente. Miró a Mia. —Solo tú y yo. Ella comprendió. —Lian... —Si me matas, la guerra termina. Los demonios gritaron. Lian se volvió hacia ellos. —¡ESE SERÁ MI ÚLTIMO DECRETO SI PIERDO! Mia respiró. Después miró a los humanos. —Y si él me mata, la Coalición reconocerá la derrota. Sus generales protestaron. —No morirán otros diez mil por nosotros —dijo ella. Lian desenvainó. —Entonces estamos de acuerdo. Malachar avanzó antes de que Lian caminara hacia el centro. —Majestad. —¿Qué? Malachar bajó la voz. —Si entra ahí sin intención de matarla, no me obligue a fingir que no sé lo que está haciendo. Lian permaneció quieto. —No sé qué estoy haciendo. Malachar lo miró. —Eso es lo que me preocupa. Lian extendió una mano. Malachar la tomó. —Cuida de ellos. Malachar endureció la mandíbula. —Hágalo usted. Lian soltó su mano. —Haré lo que pueda. Darian sintió algo frío. La misma forma de hablar de una promesa que podía no cumplirse. • • •

El duelo comenzó. Fue largo. Brutal. Hermoso. Terrible. Lian y Mia eran extraordinarios, pero cuanto más peleaban, más evidente resultaba que se conocían. Mia sabía cuándo Lian iba a girar. Lian reconocía sus falsos retrocesos. Ella anticipaba defensas. Él las suyas. Como dos niños con ramas. Solo que ahora una equivocación significaba muerte. Aveline lo vio primero. —No están atacando para matar. Darian asintió. —No. Los ejércitos rugían con cada golpe sin entender que contemplaban a dos personas buscando desesperadamente una salida que no encontraban. Una hora. Quizá más. Hasta que Mia derribó a Lian. Su espada cayó. Ella colocó la propia contra su pecho. Los humanos gritaron. Los demonios quedaron congelados. Lian miró la hoja. Después a Mia. —Hazlo. Ella tembló. —No. —Mia. —No. —Termínalo. —¡NO! Bajó ligeramente la espada. —Encontraremos otra forma. Lian sonrió. —La buscamos durante treinta años. —Entonces buscaremos treinta más. —¿Y cuántos morirán? —No me importa. Lian abrió los ojos. Mia comprendió lo que había dicho. —No. Sí me importa. Pero tú... tú no. Lian levantó una mano y tocó su rostro. —Mia. Mírame. Ella lo hizo. Lian sonrió como el niño junto al río. —Siempre te he amado. Mia empezó a llorar. —Idiota. —Probablemente. —¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque era joven. Después soldado. Después comandante. Después rey. Pausa. —Siempre encontraba una razón para esperar. Mia apretó los dientes. —Yo también. —Entonces fuimos dos idiotas. Ella soltó una risa ahogada. —Sí. Darian miró a Aveline. Ella tenía lágrimas en los ojos y no intentó ocultarlas. Lian observó los ejércitos. —Tú puedes hacerlo. Mia negó. —No puedo matarte. —Lo sé. —Entonces levántate. —No. —Lian. —Une a los pueblos. Mia se quedó inmóvil. —¿Qué? —Humanos. Demonios. Haz que vivan en paz. —No puedo hacerlo sola. —Puedes intentarlo. Mia lo agarró de la armadura. —Contigo. Lian sonrió. —Si ambos salimos de aquí, la guerra continúa. —No lo sabes. —Sí. Pausa. —Nos convirtieron en demasiado. Mia negó. —Somos Lian y Mia. —Para nosotros. Lian miró alrededor. —Para ellos soy el Rey Demonio. Y tú eres la Heroína. Silencio.

Mia bajó completamente la espada. —Entonces ninguno. Lian miró la hoja. Después a ella. —Perdóname. Darian lo entendió primero. —No. Aveline giró. —¿Qué? Darian avanzó instintivamente. —¡LIAN! No podía escucharlo. Lian tomó la mano de Mia. —¿Qué haces? —Lo que debí hacer hace años. La besó. Mia quedó inmóvil. Después respondió. Décadas. Una guerra. Dos pueblos. Miles de muertos. Durante unos segundos no existió nada de aquello. Solo Lian y Mia. Cuando se separaron, ella lloraba. —Te amo. Lian sonrió. —Lo sé. Entonces agarró su muñeca. Mia no entendió hasta que fue demasiado tarde. Lian tiró. La espada avanzó. —¡NO! La hoja atravesó su cuerpo. Por voluntad de él. Mia intentó detenerla. Lian empujó más. Hasta que salió por su espalda. Los ejércitos rugieron. Los humanos celebraron. Los demonios gritaron. Desde la distancia parecía una sola cosa. La Heroína había atravesado al Rey Demonio. Aveline vio la verdad. —Ella no lo mató. Darian apenas pudo responder. —No. Lian cayó. Mia lo sostuvo. —¡¿POR QUÉ?! Sangre. Demasiada. Lian respiraba con dificultad. —Porque sabía que tú no podrías. —¡IDIOTA! ¡NO! Mia presionó la herida. —¡SANADORES! Malachar ya corría. Lian levantó una mano.

—No. Malachar se detuvo. —Majestad. Lian miró a Mia. —La guerra... termina. —No me importa la guerra. —A mí sí. —No ahora. Lian sonrió débilmente. —Por eso tú serás mejor que yo después. —No quiero ser mejor. —Quiero que vivas. Los ojos de Lian empezaron a cerrarse. Mia lo sacudió. —¡LIAN! Él consiguió mirarla una vez más. —Une... a ambos pueblos. —Lian... —Prométemelo. Mia negó. —No quiero prometerte nada. —Mia. Ella apretó su frente contra la de él. —Lo prometo. Lian sonrió. —Bien. Su mano cayó. Y Lian Valak murió. • • • El ejército humano estalló en gritos. —¡LA HEROÍNA VENCIÓ! —¡EL REY DEMONIO HA CAÍDO! Los demonios permanecieron inmóviles. Un general levantó la espada. —¡VENGANZA! Malachar lo agarró. —No. —¡MATÓ AL REY! —ÉL DIO UNA ORDEN. —¡PERO—!

Malachar rugió: —¡SU ÚLTIMA ORDEN FUE TERMINAR LA GUERRA! Silencio. El general temblaba. —¿Y vamos a obedecerla? Malachar miró el cuerpo de Lian. Después a Mia. —Sí. Pausa. —Aunque nos destruya. Las armas demoníacas comenzaron a bajar. Una. Después otra. Después miles. La guerra terminaba. Mia no celebraba. • • • Seguía sosteniendo a Lian. —No. Sus manos empezaron a brillar. Darian sintió magia antigua, desesperada. Malachar se acercó. —Heroína. Mia ni siquiera lo miró. —No está completamente perdido. —Está muerto. —Su cuerpo. Levantó la cabeza. —SU CUERPO. Pero todavía siento su esencia. Una piedra oscura comenzó a formarse entre sus manos. Magia comprimida. Memoria. Alma. Poder. Darian la reconoció. El cristal. El cristal de Chronos. Aveline respiró. —Dioses... Mia lloraba mientras trabajaba. —No puedo salvar tu cuerpo. La esencia de Lian empezó a separarse como luz negra y carmesí. Recuerdos. Una voz. Una risa. Dolor. Magia. Todo absorbido por el cristal. —Pero no voy a dejar que desaparezcas. Vaelthra descendió detrás de ellos. Joven. Asustada. —Mia. Ella levantó el cristal. Dentro pulsaba luz oscura. —Está aquí. Vaelthra se quedó inmóvil. —¿Lian?

—Lo que pude salvar. Darian sintió algo conocido. No Chronos todavía. Lian. Fragmentado. Dormido. Sellado. Pero allí. • • • Los gritos humanos continuaban a la distancia. —¡LA HEROÍNA SALVÓ A LA HUMANIDAD! —¡EL REY DEMONIO HA MUERTO! Aveline miró a los soldados. —La mentira empezó inmediatamente. Darian negó. —No exactamente. —¿Qué? —Ellos realmente creen que lo mató. Aveline observó las filas demasiado lejanas para haber visto la mano de Lian empujando la espada. —Entonces nadie mintió. —No al principio. Pausa. —Solo entendieron mal. La historia no siempre necesitaba un mentiroso. A veces solo necesitaba una verdad vista desde demasiado lejos. Mia seguía abrazando el cristal. Malachar miraba los ejércitos. Vaelthra la observaba. Darian comprendió que aquello no era el final. Lian había muerto. La guerra había terminado. Mia tenía en sus manos la esencia del primer Rey de los Demonios. Y acababa de prometer algo imposible. Aveline llegó a la misma conclusión. —Mil cien años después seguimos separados. —Sí. —Entonces algo salió mal. Darian volvió hacia el recuerdo. —Mucho. El mundo comenzó a oscurecerse. Pero no desapareció. La memoria todavía tenía algo que mostrarles. Mia levantó lentamente la cabeza. Y sus ojos ya no parecían los de la Heroína que había ganado una guerra. Parecían los de una mujer que acababa de comprender el verdadero peso de una promesa.