Capítulo XLVIII
LA PROMESA QUE NO BASTÓ
Mia levantó lentamente la cabeza. Y sus ojos ya no parecían los de la Heroína que había ganado una guerra. Parecían los de una mujer que acababa de comprender el verdadero peso de una promesa. A su alrededor, el campo seguía transformándose. Los soldados humanos celebraban. Los demonios bajaban las armas. Algunos lloraban. Otros miraban el cuerpo de Lian sin comprender cómo una guerra que había consumido décadas podía terminar en unos cuantos segundos. Malachar Vorn permanecía junto a Mia. Tenía una mano cerrada alrededor de la empuñadura de su espada. No por intención de usarla. Sino porque parecía necesitar aferrarse a algo. Mia miró el cristal. Dentro de aquella superficie negra y carmesí pulsaba una luz débil. Irregular. Como un corazón que no sabía si todavía debía seguir latiendo. Darian sintió algo extraño al contemplarlo. Conocía aquella presencia. Había convivido con ella. Había discutido con ella. Había aprendido de ella. Había llegado a considerarla un amigo. Pero aquello no era todavía Chronos. Era Lian. O lo que quedaba de él. Aveline habló en voz baja. —Está ahí. Darian asintió. —Sí. Mia apretó el cristal contra su pecho. Malachar finalmente habló. —¿Qué vas a hacer con él? Ella no respondió. Miró a los humanos. Después a los demonios. Y comprendió algo. Habían aceptado detener la guerra porque Lian lo había ordenado. Pero eso no significaba que confiaran entre ellos. Ni siquiera cerca. Si los humanos descubrían que el alma, los recuerdos y el poder del Rey Demonio seguían existiendo, algunos intentarían destruir el cristal. Otros estudiarlo. Otros usarlo. Y del lado demoníaco no sería distinto. Alguien intentaría devolver a Lian aunque para ello tuviera que deformar lo que quedaba de él. Mia se puso de pie. —Vaelthra. La joven dragona blanca se acercó.
—¿Sí? Mia extendió las manos. El cristal descansaba sobre ellas. Vaelthra lo miró. Después a Mia. —No. Mia frunció el ceño. —¿Qué? —No me lo des. —Vaelthra. —Es Lian. —Lo sé. —Entonces quédate con él. La expresión de Mia se quebró durante un instante. —Precisamente por eso no puedo. Vaelthra permaneció inmóvil. Mia volvió a mirar el cristal. —Si lo llevo conmigo, alguien terminará descubriéndolo. —Puedo protegerte. —¿De todos? Vaelthra no respondió. Mia continuó: —Los humanos podrían intentar utilizarlo contra los demonios. Pausa. —Los demonios podrían intentar utilizarlo contra los humanos. Malachar no protestó. Sabía que era verdad. Mia extendió nuevamente el cristal. —Lian murió para terminar esta guerra. —No voy a permitir que lo conviertan en la excusa para empezar otra. Vaelthra bajó lentamente la cabeza. Finalmente abrió una de sus garras. Mia colocó el cristal sobre ella. La diferencia de tamaño hacía que pareciera diminuto. Sin importancia. Darian sabía que aquella pequeña piedra sobreviviría más de mil años y terminaría en sus manos. Mia apoyó los dedos sobre ella una última vez. —Escóndelo. Vaelthra la miró. —¿Dónde? —Donde ningún humano pueda encontrarlo. Pausa. —Y ningún demonio tampoco. —Eso incluye a ti.
Mia cerró los ojos. Dolió. Pero asintió. —Especialmente a mí. Vaelthra cerró la garra. —¿Y qué vas a hacer? Mia miró otra vez el campo. Los dos ejércitos empezaban lentamente a retirarse, por primera vez en décadas sin intentar matarse. —Le hice una promesa. Malachar la observó. Mia respiró profundamente. —Voy a unirlos. Darian bajó ligeramente la mirada. Aveline permaneció callada. Los dos sabían cómo había terminado aquella promesa. Mil cien años después, humanos y demonios todavía vivían separados. • • • El recuerdo saltó. El campo desapareció. La luz cambió. Años. Darian lo sintió antes de comprenderlo. Tres. Habían pasado tres años. No había grandes ejércitos enfrentándose en la frontera. Las fortificaciones seguían allí. También los cementerios. Pero las armas habían dejado de hablar todos los días. La paz existía. Sobre el papel. Darian y Aveline aparecieron junto a una construcción de piedra en una zona fronteriza. Mia estaba allí. Aveline tardó unos segundos en reconocerla. —Dioses... No era mucho mayor. Pero parecía haber envejecido una década. Ojeras. Cabello recogido sin cuidado. Ropa de viaje en lugar de la armadura de la Heroína. Una montaña de documentos descansaba sobre una mesa. Tratados. Cartas. Mapas. Solicitudes. Rechazos. Un caballo apareció en el camino. El jinete desmontó. Malachar Vorn. También había cambiado. Conservaba la postura y la mirada, pero llevaba menos armadura y más cansancio. Entró. —Heroína. Mia ni siquiera levantó la cabeza. —Mia. Malachar permaneció callado un instante. —Mia. —Mejor. Tomó asiento. Ninguno habló durante un rato. Finalmente Malachar señaló los documentos. —¿Malas noticias?
Mia soltó una pequeña risa sin humor. —¿Cuánto tiempo tienes? —Demasiado. Mia tomó un papel. —Propuesta comercial entre tres ciudades humanas y dos demoníacas. —Rechazada. Otro. —Programa para permitir que familias desplazadas regresen a sus antiguas tierras. —Rechazado. Otro. —Consejo conjunto para investigar crímenes cometidos durante la guerra. —Rechazado por humanos porque incluía jueces demoníacos. Otro. —Rechazado por demonios porque incluía jueces humanos. Malachar dejó caer la cabeza. —Naturalmente. Mia lo miró. —Lo he intentado todo. Silencio. —Reuniones. —Tratados. —Comercio. —Reparaciones. —Intercambio de prisioneros. —Reconstrucción conjunta. —Escuelas. —Rutas fronterizas. Mia apretó uno de los documentos. —Cuando no estamos peleando contra demonios... Pausa. —Estamos peleando contra nosotros mismos. Darian miró a Aveline. Ella escuchaba cada palabra. —Un rey humano dice que otro recibió demasiado territorio —continuó Mia—. Otro exige reparaciones durante cincuenta años. Una casa noble reclama aldeas que nunca gobernó. Los sacerdotes siguen diciendo que permitir demonios en nuestros
mercados traiciona a los muertos. Mia rio amargamente. —Los mismos nobles que hace tres años gritaban que necesitábamos unidad ahora discuten sobre quién merece más reconocimiento por haber ganado. Malachar apoyó los brazos sobre la mesa. —Aquí pasa lo mismo. Mia levantó la mirada. —¿Qué? —Lian murió. Y antes de que termináramos de enterrarlo ya discutían sobre quién recibiría su autoridad. La mandíbula de Malachar se endureció al pronunciar el nombre. —Las casas antiguas quieren recuperar los privilegios que entregaron durante la guerra. Los generales dicen que ellos mantuvieron unido el reino y deberían decidir al siguiente gobernante. Los nobles dicen que los militares ya tienen demasiado poder. Las regiones menores no quieren obedecer a las mayores. Pausa. —Y tres idiotas se han proclamado sucesores de Lian. Mia parpadeó. —¿Tres? —Eran cuatro. —¿Qué pasó con el cuarto? Malachar se encogió de hombros. —Descubrió que proclamarse rey no consigue que nadie te obedezca. Darian casi sonrió. Aveline murmuró: —Eso suena familiar. —Mucho. Malachar continuó: —Están tan ocupados decidiendo quién recibe el poder de Lian que nadie quiere hacer un cambio. Mia miró los documentos. —Entonces murió para nada. La respuesta fue inmediata. —No. Mia levantó la cabeza.
—La guerra terminó. Miles de hombres que habrían muerto siguen vivos. Niños crecieron durante tres años sin escuchar ejércitos cruzando sus aldeas. Pausa. —Eso no es nada. Mia permaneció callada. Malachar añadió: —Solo esperábamos demasiado de una sola muerte. Aquello golpeó incluso a Darian. Lian había logrado algo enorme. Terminar la guerra. Pero no podía morir y llevarse consigo la avaricia, el miedo, el resentimiento y la estupidez. Ningún sacrificio podía hacer eso. • • • Mia se levantó. —Algunos de mis generales dicen que me he vuelto blanda. —Otros dicen que paso demasiado tiempo defendiendo demonios. —¿Y lo haces? Mia se giró. —Defiendo civiles. —No pregunté eso. —Entonces sí. Cuando están siendo tratados injustamente. Malachar asintió. —Eso bastará para que alguien te llame traidora. —Ya lo hicieron. Silencio. Malachar dejó de bromear. —¿Quién? —No importa. —Mia. Ella lo miró. —No los mates. Malachar pareció ofendido. —Ni siquiera dije nada. —Te conozco. —No tan bien. —Lian hablaba de ti. Eso lo detuvo. Mia volvió a los papeles.
—Hay nobles humanos que dicen que jamás debí permitir que sobrevivieran tantos demonios. Que debimos aprovechar la muerte de Lian para avanzar. Malachar apretó la mandíbula. —Y del lado demoníaco hay quienes dicen que jamás debimos obedecer su último decreto. Que debimos matarte allí mismo. Mia rio sin humor. —Perfecto. Al menos estamos unidos en algo. Malachar la observó largo rato. Después tomó una decisión. —Tienes que desaparecer. Mia lo miró. —¿Qué? —Desaparecer. —No puedo abandonar todo. —No dije abandonar. Tu título cumplió su función. Mia se quedó inmóvil. —Durante la guerra necesitaban una Heroína. Ahora algunos necesitan una traidora. Y tú eres conveniente para ambos papeles. Mia negó. —Si desaparezco, todo esto empeorará. —Si permaneces, alguien terminará intentando matarte. —Ya lo intentan. —Precisamente. —No voy a esconderme entre humanos. —No. Pausa. —Te esconderás entre demonios. Silencio. Mia se volvió muy lentamente. —¿Perdón? —Nadie te buscará allí. —Soy la Heroína. —Lo he notado. —Hay demonios que me odian. —Muchos. —Algunos perdieron familia peleando contra mí. —También. —¿Y quieres esconderme entre ellos? —Sí.
Mia lo miró como si hubiera perdido la razón. —Es la idea más estúpida que he escuchado este año. —Gracias. —No era un cumplido. —Lian decía lo mismo. Mia quedó callada. Malachar se levantó. —Hay tierras al este que quedaron casi vacías durante la guerra. Pequeños pueblos. Gente demasiado ocupada reconstruyendo para preocuparse por política. Puedo proteger tu identidad. Mia lo observó. —¿Por qué? Malachar tardó. —Porque Lian me pidió que cuidara de nuestro pueblo. —Soy humana. —No dije que fueras demonio. Se acercó. —Dije que eres parte de lo que dejó. Mia no tuvo respuesta. —Te entregó su última voluntad y confió en ti. No voy a permitir que quienes ignoraron lo que quería terminen destruyéndote también. Por primera vez, Mia aceptó. • • • Los rumores comenzaron semanas después. Darian y Aveline los escucharon superponerse como voces sin rostro. —La Heroína ha muerto. —Fue asesinada. —Desapareció en las montañas. —Los demonios la capturaron. —Abandonó a la humanidad. —Perdió sus poderes. —Los dioses se la llevaron. —Está preparando otra guerra. —Nunca existió realmente. Aveline cerró los ojos. —Solo semanas. Darian entendió.
—Y ya se estaba convirtiendo en leyenda. Nadie sabía dónde estaba. Nadie sabía qué había ocurrido. Y cuando faltaban hechos, las personas llenaban el vacío. Mia Volur desapareció. La Heroína permaneció. • • • Dos años. Otro salto. Cinco desde la muerte de Lian. Una casa pequeña apareció. Piedra. Madera. Un jardín modesto. No había palacio. No había estandartes. Darian vio niños jugando cerca. Humanos. Demonios. Una comunidad fronteriza pequeña. Aveline observó un mercado diminuto donde un herrero demonio hablaba con un agricultor humano y una mujer humana vendía pan. Nada extraordinario. Precisamente por eso era extraordinario. Dentro de la casa, Mia estaba sentada junto a una ventana. Aveline se quedó inmóvil. —Está enferma. Darian observó. No vio fiebre. No vio heridas. No vio un deterioro mágico claro. Solo agotamiento. Mia parecía consumida. Había documentos todavía. Cartas. Proyectos. Planes para conectar aldeas. Nunca había dejado de intentarlo. La puerta se abrió. Malachar entró con una botella. Mia lo vio. —Los médicos dijeron que dejaras de beber. Malachar miró la botella. —Los médicos dijeron que descansaras. —No estamos hablando de mí. —Precisamente estamos hablando de ti. Mia sonrió. Malachar dejó la botella. —¿Cómo estás? —Excelente. —Mientes peor que Lian. —Eso es imposible. Mia volvió hacia la ventana. —Mira. Él miró. —¿Qué? —El mercado. —Lo veo. —Humanos y demonios. —También lo veo. Mia sonrió.
—Funcionó aquí. Malachar observó el pequeño pueblo. —Uno. —Sí. —Un pueblo. —Uno. Malachar estuvo callado. —Uno es más que ninguno. Mia rio suavemente. —Lian habría dicho eso. —Lian habría preguntado por qué no tenemos veinte. —También. La sonrisa desapareció poco a poco. Mia apoyó la cabeza contra la pared. —Ahora lo entiendo. —¿Qué cosa? —Me equivoqué durante años. Creía que el problema eran humanos y demonios. Pensaba que si conseguíamos que dejaran de odiarse por especie, todo mejoraría. Negó. —Pero los humanos pueden ser generosos y crueles. Los demonios también. Humanos pueden proteger desconocidos. Demonios igual. Pausa. —Y ambos pueden ser increíblemente avariciosos. Malachar sonrió ligeramente. —Eso sí lo sabía. —La avaricia no distingue especie. Ni el miedo. Ni la ambición. Siempre habrá alguien que quiera más poder, más tierra, más dinero, más autoridad. Mia observó a los niños. —Tal vez la paz no consiste en conseguir que esas personas desaparezcan. Darian sintió que sabía qué iba a decir. —Tal vez consiste en construir algo suficientemente fuerte para que no puedan destruirlo cada vez que aparecen. Darian dejó de respirar durante un instante. Aveline lo miró. Instituciones. Leyes. Contrapesos. Un sistema que no dependiera de que todos fueran buenos. Mia sonrió débilmente.
—Tardé demasiado en entenderlo. Malachar: —Todavía puedes escribirlo. —Ya lo hice. Señaló una montaña de papeles. —¿Alguien los leerá? Mia levantó los hombros. —Quizá. Pausa. —Tal vez dentro de mil años. Darian y Aveline se miraron. Ninguno encontró aquello gracioso. • • • Malachar se quedó hasta la noche. Hablaron de Lian. No del Rey Demonio. De Lian. De cómo roncaba cuando estaba demasiado cansado. De cómo perdía guantes. De cómo una vez intentó montar un caballo humano que claramente lo odiaba. De las dos veces que Malachar le salvó la vida. —Él decía que eran horas de trabajo —recordó Malachar. Mia rio. —Eso suena a él. Después llegó el silencio. Mia miró las estrellas. —¿Crees que estaba enfadado conmigo? —¿Por qué? —No cumplí. —La guerra sigue terminada. —No uní a los pueblos. Malachar miró el pequeño mercado. —Quizá no como querías. —No es suficiente. —Nunca iba a ser suficiente para ti. Mia sonrió. —Probablemente. Pausa. —Estoy cansada. Malachar frunció el ceño. —Entonces duerme. —Eso haré. —Mañana revisaremos las cartas del norte.
—Sí. Malachar se levantó. Mia lo detuvo. —Malachar. —¿Qué? —Gracias. —¿Por qué? —Por no odiarme. Malachar permaneció quieto. —Te odié. Mia pareció sorprendida. —Durante bastante tiempo. —Ah. —Después me cansé. Ella soltó una pequeña risa. —Y después comprendí que Lian probablemente me perseguiría desde la tumba si permitía que te mataran. Mia sonrió. —Eso también suena a él. Malachar llegó hasta la puerta. —Mañana. —Mañana. Salió. Mia permaneció junto a la ventana mirando aquel pequeño lugar donde humanos y demonios vivían juntos. No perfectamente. Pero juntos. Cerró los ojos. Y durmió. • • • Malachar regresó a la mañana siguiente. Llamó. No hubo respuesta. Entró. —Mia. Silencio. La encontró junto a la ventana. Exactamente donde la había dejado. Por un instante pareció dormida. Malachar caminó hacia ella. —Mia. Nada. Tocó su hombro. Se detuvo. No había herida. No había veneno. No había sangre. Ningún asesino. La Heroína que había sobrevivido a décadas de guerra simplemente no despertó. Aveline llevó una mano a la boca. Darian permaneció quieto. Malachar se sentó delante de ella. Durante mucho tiempo no habló. Finalmente murmuró: —Maldita mujer.
—Te dije que descansaras. Nada. Malachar miró hacia la ventana. Humanos y demonios empezaban otro día en el pequeño mercado. Después volvió hacia Mia. —Lo intentaste. Su voz falló apenas. —Más que todos nosotros. Cerró lentamente los ojos de la mujer. —Descansa. Y por primera vez, Malachar Vorn lloró. No mucho. No dramáticamente. Solo lágrimas silenciosas que nadie de su época llegó a conocer. La memoria empezó a desaparecer. Aveline miró una última vez a Mia Volur. No como Heroína. Como una mujer agotada que había intentado sostener un mundo demasiado pesado para una sola persona. • • • Oscuridad. Darian sintió que el suelo desaparecía. Esperó las montañas. A Vaelthra. El presente. No llegaron. En cambio aparecieron estrellas. Miles. Millones. Un vacío infinito. Darian abrió los ojos. —No. Aveline miró alrededor. —¿Dónde estamos? Darian conocía aquel lugar demasiado bien. —Aquí hablaba con Chronos. Aveline se volvió. —¿Este es...? —Sí. El plano estrellado. Silencio. Después apareció una luz negra y carmesí. Otra apareció a su lado, clara y cálida. Ambas descendieron. Tomaron forma. Un hombre. Una mujer. Darian no pudo hablar. El hombre lo miró y sonrió exactamente como recordaba. —Majestad. Darian abrió los ojos. —Chronos. Chronos extendió ligeramente los brazos. —Esto es inaudito. Pausa.
—Yo pensé que ya no nos veríamos. Darian rio. No pudo evitarlo. —Yo también. La mujer junto a él observó a Aveline. Mia Volur. No agotada. No moribunda. Como antes de que el mundo terminara de desgastarla. Aveline permaneció inmóvil. —Mia. Ella sonrió. —En parte. Chronos levantó un dedo. —Antes de que alguien se emocione demasiado, especialmente tú, esto no somos realmente nosotros. —Yo no estaba— —Majestad. Darian cerró la boca. Mia continuó: —Lo que ven es lo último que quedó de nosotros dentro de Vaelthra. —Ecos —dijo Chronos—. Recuerdos. Fragmentos con suficiente conciencia para hacer esto una vez. Darian sintió que la alegría se mezclaba con otra cosa. —Una vez. Chronos asintió. —Sí. Mia miró a ambos. —Cuando salgan de aquí, no volverán a vernos. Darian bajó ligeramente la cabeza. Chronos sonrió. —Ya tuvimos nuestra despedida. Esto es simplemente una anomalía administrativa. Darian rio. —Sigues siendo irritante. —Gracias. • • • Chronos observó a Darian. —Pero mira lo que hiciste. —¿Qué? —Empezaste. —No sé de qué hablas. Chronos negó.
—Humanos viviendo dentro de tu reino. Demonios compartiendo leyes con ellos. Nobles obligados a demostrar para qué sirven. Instituciones que no dependen completamente de ti. Darian cruzó los brazos. —Velmora no es el mundo. —No. Por eso dije que empezaste. Mia miró a Aveline. —Nosotros quisimos cambiar todo de una vez. Tal vez ese fue otro error. Aveline preguntó: —Entonces ¿qué debemos hacer nosotros? Mia se acercó. —Primero, no seas yo. Aveline quedó sorprendida. —¿Qué? —No tienes obligación de repetir mi vida, mis decisiones ni mis errores. Mia miró hacia Darian. —Y sobre todo no tienes ninguna obligación de matarlo. Chronos levantó un dedo. —Agradezco especialmente esa parte. Darian: —Yo también. Mia continuó: —Los títulos se deformaron. Yo fui llamada Heroína porque los humanos necesitaban algo que los uniera. Chronos: —Y yo fui elegido Rey de los Demonios porque los demonios necesitaban lo mismo. Mia: —No nacieron como enemigos. Chronos: —El mundo decidió después que debían serlo. Aveline observó a Darian. Él también la miraba. • • • Chronos caminó hacia él. —Darian. El uso del nombre hizo que prestara más atención. —No intenten terminar nuestra historia. Mia se acercó a Aveline. —Construyan la suya. Chronos: —No les pedimos que se amen. Mia sonrió. —Sería bastante extraño.
Chronos: —Nuestro amor fue nuestro. Mia: —No suyo. Aveline bajó ligeramente la mirada. Chronos continuó: —Si algún día ocurre algo entre ustedes... Se encogió de hombros. —Problema suyo. Mia lo miró. —Tu talento romántico sigue siendo impresionante. Chronos la señaló. —Me atravesé voluntariamente con una espada. Nadie debería seguir mis consejos sentimentales. Darian soltó una carcajada. —Finalmente dices algo inteligente. —Majestad, sigo siendo más viejo que tú. —Estás muerto. Chronos abrió la boca. La cerró. —Cruel. Mia empezó a reír. Después el humor pasó. Mia tomó la mano de Aveline. Chronos tomó la de Darian. Darian pudo sentir algo parecido a una mano real: calor, recuerdo, familiaridad. La última sombra de un amigo. Chronos acercó la mano de Darian a la de Aveline. Mia hizo lo mismo. Sus dedos quedaron juntos. Darian y Aveline se miraron. Mia habló: —Cooperen. Chronos: —No como humano y demonio. Mia: —No como Heroína y Rey Demonio. Chronos: —Ni como símbolos. Mia terminó: —Como seres que pertenecen al mismo mundo. Silencio. —Nosotros esperamos demasiado —dijo Chronos—. Cuando intentamos decidir qué significaba el otro para nosotros ya había ejércitos esperando la respuesta. Mia apretó suavemente la mano de Aveline. —Ustedes todavía tienen tiempo. Chronos: —Utilícenlo. Mia: —Hablen. Chronos: —Discútanlo. —Pueden insultarse un poco. Aveline: —Eso ya lo hacemos.
—Excelente. Darian: —No la animes. Mia sonrió. —Pero cooperen. Porque ninguno podrá hacer esto solo. Chronos: —Ni el mejor Rey Demonio. Mia: —Ni la mejor Heroína. Chronos: —Ni humanos. Mia: —Ni demonios. Ambos hablaron casi al mismo tiempo. —Juntos. Las estrellas comenzaron a apagarse. • • • Darian supo lo que ocurría. No quería decir nada. Chronos tampoco pareció necesitarlo. —Majestad. —¿Sí? —Intenta no destruir tu reino cuando me vaya. —No estaba destruyéndolo cuando estabas. Chronos levantó una ceja. —Entraste solo en la capital enemiga. Aveline giró lentamente hacia Darian. —Ya hablamos de eso. Chronos miró a Mia. —¿Ves? Mia: —Lian también decía que “había circunstancias”. Darian abrió los brazos. —Esto es absurdo. Chronos lo ignoró. Después miró a Aveline. —Aveline. —¿Sí? La expresión de Chronos se volvió casi solemne. —Cuídalo. Darian frunció el ceño. —Chronos. —No he terminado. Volvió hacia ella. —Tiene la costumbre de hacer estupideces todo el tiempo. Aveline miró lentamente a Darian.
—Eso ya lo había notado. —¡¿De qué lado estás?! Aveline empezó a enumerar con los dedos. —Entraste solo en Arthel. Interrumpiste mi ejecución rodeado por soldados enemigos. Has volado sin escolta suficiente. Y cruzaste medio reino porque Lio escribió que necesitaba verte. Darian levantó un dedo. —Eso último era perfectamente razonable. —Era porque Varkhaz estaba haciendo trampa. —¡YO NO SABÍA ESO! Chronos asintió solemnemente. —Exactamente. Mia rio. Darian los miró a todos. —Esto parece una conspiración. Chronos: —Solo intenta impedir las estupideces potencialmente mortales. Aveline: —¿Solo esas? Chronos pensó. —Si intentas impedirlas todas, no tendrás tiempo para nada más. Darian dejó caer la cabeza. Mia miró a Aveline. —Te deseo suerte. —Gracias. —¡NO ACEPTES! Chronos empezó a desaparecer. —Demasiado tarde. Darian volvió hacia él. El humor desapareció. —Chronos. —Majestad. Darian respiró. —Fue un gusto volver a verte. Chronos sonrió. —Igualmente... amigo. Darian asintió. Mia tomó la mano de Lian, de Chronos, del hombre que había esperado mil cien años dentro de un cristal. Sus cuerpos comenzaron a convertirse en luz. Chronos miró una última vez a Darian. —Y recuerda. —¿Qué?
—La historia no define el futuro. Darian sonrió. —Lo sé. Mia miró a Aveline. —No cargues mis errores. Después observó a ambos, sus manos todavía unidas. —Y no permitan que nadie decida por ustedes lo que esos títulos significan. Chronos hizo una última inclinación teatral. —Majestad. Mia sonrió. —Aveline. Y desaparecieron. Las estrellas se apagaron con ellos. • • • El mundo regresó de golpe. Frío. Piedra. Viento. Montañas. Darian respiró profundamente. Abrió los ojos. Y se encontró con los de Aveline. Muy cerca. Demasiado. Sus frentes estaban juntas. Las narices casi se rozaban. Sus manos seguían entrelazadas entre ambos. Ninguno habló. Darian sintió cómo el calor subía hacia su rostro. Aveline también se sonrojó. —Ah. —Sí. Siguieron mirándose. Un segundo. Dos. Tres. Demasiados. Aveline bajó los ojos. —Seguimos tomados de la mano. Darian miró. —Parece. Los dos intentaron soltarse al mismo tiempo. Lo consiguieron. Después intentaron retroceder. No lo consiguieron. Algo blanco y enorme apareció detrás de Darian. Una cola. Darian cerró lentamente los ojos. —Vaelthra. La cola empujó. Su frente volvió a tocar la de Aveline. Ella abrió mucho los ojos. Otra parte de la cola apareció detrás de ella. Empujó también. —¡Vaelthra! Ahora estaban todavía más cerca. Aveline completamente roja. Darian no se encontraba mucho mejor. La enorme dragona los contemplaba con una tranquilidad insultante.
—¿Qué? —preguntó Vaelthra. Darian la miró. —Nos estás empujando. —No. Aveline: —Literalmente tienes la cola detrás de nosotros. Vaelthra miró hacia ella. —Coincidencia. Darian: —¡¿COINCIDENCIA?! —Sí. Aveline intentó apartarse. La cola no se movió. —Vaelthra. —¿Sí? —Déjanos levantarnos. La dragona inclinó la cabeza. —Pueden hacerlo. Darian miró la cola. —No. —Curioso. Aveline entrecerró los ojos. —Empiezo a comprender de dónde sacó Varkhaz su forma de hacer trampa. Vaelthra quedó inmóvil. Darian soltó una carcajada. —Eso fue excelente. Aveline giró hacia él. Error. Sus rostros quedaron prácticamente frente a frente. La risa de Darian desapareció poco a poco. También la expresión burlona de Aveline. Sus ojos se encontraron. Otra vez. Después de Lian. Después de Mia. Después de una guerra de treinta años. Después de un beso que había llegado demasiado tarde. Después de una muerte elegida. Después de una promesa imposible. Después de descubrir que sus títulos nunca habían nacido para enfrentarse. Ahí estaban. Darian Vhalyr. Aveline Caelor. No Lian. No Mia. No obligados a repetir nada. Aveline habló casi en un susurro. —Chronos dijo que no teníamos que enamorarnos. Darian levantó ligeramente una ceja. —También dijo que tengo costumbre de hacer estupideces. —Eso último ya estaba demostrado. —Gracias. Una pequeña sonrisa apareció en ella. Darian correspondió.
Detrás de ambos, la cola de Vaelthra avanzó apenas otro centímetro. —Vaelthra —advirtieron los dos. La dragona cerró los ojos. —No estoy haciendo nada. Darian y Aveline volvieron a mirarse. Frentes juntas. Rostros encendidos. Y por primera vez en mil cien años... el Rey Demonio y la Heroína tenían delante una historia que nadie había escrito todavía. FIN DEL CAPÍTULO XLVIII