El rey demonio y la heroina

EL PRECIO DE LA PAZ

Capítulo XLIX

EL PRECIO DE LA PAZ

El mundo regresó con frío, piedra y una cola blanca que seguía fingiendo no estar haciendo nada. Darian tardó varios segundos en recordar que respiraba. Aveline seguía frente a él. Muy cerca. Las mejillas de ambos todavía conservaban el color provocado por la última intervención de Vaelthra. La dragona blanca retiró finalmente la cola. —Qué extraño —dijo—. Parece que ahora sí pueden levantarse. Darian la miró. —Voy a recordar esto. —Eso dicen todos mis hijos. —Solo tienes uno aquí. —Eso lo hace más fácil. Varkhaz, varios metros más lejos, levantó la cabeza. —No me involucren. Lio, sentado junto a una roca, mordió una manzana. —Yo creo que mamá Varkhaz tenía razón. El dragón negro giró lentamente hacia él. —No vuelvas a llamarla así. Lio pensó. —Abuela Varkhaz. Varkhaz cerró los ojos.

—Peor. Aveline rio. Darian también. Durante unos segundos aquello bastó. Después recordó que existían reinos esperando respuestas. • • • Regresaron a la capital dos días después. La noticia de que Darian y Aveline habían vuelto del territorio de los dragones llegó antes que ellos. La noticia de que ninguno podía explicar con claridad qué habían visto llegó todavía más rápido. Dravenn los esperaba en el despacho real con una montaña de documentos. —Me alegra que sigan vivos. Darian dejó la capa sobre una silla. —Tu voz dice lo contrario. —Mi voz dice que mientras ustedes estaban contemplando recuerdos de hace mil años, la mitad del continente decidió recordar que tiene problemas actuales. Aveline se sentó. —¿Cuántos? Dravenn empujó una carpeta. —Arthel solicita conversaciones formales. Darian dejó de moverse. —¿Para qué? —Para detener la guerra.

Silencio. Arvek apareció detrás de Dravenn. —No es una rendición. —No esperaba una. —Tampoco es una tregua de tres días para reorganizarse. Darian tomó el documento. El lenguaje era cuidadosamente diplomático. La Corona de Arthel reconocía que la continuación de las hostilidades produciría pérdidas desproporcionadas en ambos pueblos. Solicitaba conversaciones para un cese de hostilidades de largo plazo. Intercambio de prisioneros. Definición de fronteras. Retirada de determinadas unidades. Protección de civiles desplazados. Y algo que no aparecía escrito pero podía sentirse en cada línea. Arthel estaba cansado. También ellos. Darian dejó el documento. —¿Quién lo firma? —Edric —respondió Dravenn—. Y el Consejo Real. Aveline mantuvo la vista sobre el papel. —¿La Iglesia? Dravenn negó. —No figura.

—Entonces habrá resistencia interna. —Probablemente. Darian la miró. Aveline no apartó los ojos del documento. —No estoy diciendo que rechaces la propuesta. —Lo sé. —Solo que una firma humana ya no significa automáticamente que todas las estructuras de Arthel estén de acuerdo. Darian pensó en Dareth. —Eso también lo sé. • • • La primera reunión se celebró en una ciudad fronteriza que ninguno de los dos bandos consideraba completamente propia. No hubo grandes estandartes. No hubo desfiles. Había demasiados muertos recientes para fingir entusiasmo. Arthel envió juristas, dos ministros, representantes militares y tres nobles. El Reino Demoníaco respondió con Dravenn, Arvek, dos juristas de la Corona y Darian. Aveline no formó parte de ninguna delegación. Fue decisión suya. —Si entro como representante humano, algunos demonios creerán que todavía trabajo para Arthel. —Si entro como parte de tu delegación, algunos humanos dirán que cambié de bando.

Darian asintió. —¿Y qué quieres hacer? —Estar cerca. Pausa. —Pero no en la mesa. Nadie discutió. • • • La paz resultó más difícil de negociar que algunas batallas. En una batalla, al menos todos sabían quién estaba intentando matarlos. En una negociación, podían pasar cuatro horas discutiendo una palabra. —“Retirada” implica que aceptamos ocupación previa ilegítima —protestó un ministro humano. Dravenn respondió: —Porque hubo ocupación. —También hubo territorios humanos ocupados por demonios. —Y los retiraremos según el mismo acuerdo. —Entonces utilicemos “reposición de fuerzas”. Darian miró a Arvek. —¿Eso significa algo? —Significa retirada con ropa bonita. El ministro humano fingió no escuchar. • • • El problema más grave no fue territorial. Fue el precio.

Uno de los nobles demoníacos exigió reparaciones durante treinta años. Un representante humano exigió compensaciones por ciudades dañadas por artillería demoníaca. El demonio respondió con aldeas incendiadas por la Orden del Sol. El humano mencionó ejecuciones realizadas por comandantes demoníacos antes de la Orden de Vhalyr. La habitación empezó a llenarse de muertos. Darian escuchó durante veinte minutos. Después golpeó la mesa con dos dedos. —Basta. Todos se callaron. —Si vamos a convertir cada cadáver en una moneda, ninguno de nuestros reinos tiene dinero suficiente para pagar al otro. El noble demoníaco endureció el rostro. —Majestad, nuestras familias merecen justicia. —Sí. —Entonces Arthel debe pagar. Darian lo miró. —¿Y nosotros? El noble guardó silencio. —¿Vamos a fingir que ningún demonio cometió crímenes durante la guerra? —No compararía— —Yo sí. Pausa.

—Crimen no deja de ser crimen porque quien lo cometió tenía mis mismos cuernos. Un ministro humano intervino: —Entonces acepta que el Reino Demoníaco pague reparaciones. Darian giró hacia él. —Acepto investigar reclamaciones concretas con pruebas concretas. Pausa. —No aceptaré que un niño que nazca dentro de diez años herede una deuda porque un general que nunca conoció quemó una aldea antes de que naciera. Silencio. —Y tampoco voy a imponer eso a los niños de Arthel. • • • El acuerdo empezó a cambiar. No habría reparaciones colectivas indefinidas. Sí habría fondos para reconstrucción de zonas concretas verificadas. Cada reino cubriría prioritariamente daños dentro de su territorio. Casos de propiedad transfronteriza podrían reclamarse ante tribunales mixtos. Los prisioneros serían identificados y devueltos salvo acusación individual por crimen demostrado. Los desertores no serían entregados automáticamente. Los refugiados podrían elegir regresar o permanecer donde se encontraban. Nadie sería devuelto por la fuerza solo por pertenecer a otra especie.

• • • Al anochecer, Darian encontró a Aveline en una muralla. Ella miraba las luces de ambos campamentos a lados opuestos del río. —¿Cuántas veces estuvieron a punto de abandonar? —preguntó. —Cinco. —Solo cinco. —Antes de comer. Aveline sonrió apenas. Después volvió a mirar el río. —¿Crees que funcione? Darian tardó en responder. —No sé. —Buena respuesta para un rey. —Estoy aprendiendo. Pausa. —Sí creo que vale la pena intentarlo. Aveline apoyó los brazos sobre la piedra. —Mia también lo intentó. —Lo sé. —Y fracasó. —También. Ella lo miró. —Eso no te asusta.

—Muchísimo. Aveline parpadeó. Darian continuó: —La diferencia es que ahora sabemos algunas cosas que ella no sabía. —¿Cuáles? —Que un tratado no arregla un pueblo. Pausa. —Y que si todo depende de dos personas que se quieren mucho, en cuanto esas dos personas mueren, los idiotas vuelven a trabajar. Aveline soltó una risa breve. —Chronos estaría orgulloso de esa descripción histórica. —Chronos era uno de los idiotas originales. —También. • • • Aveline se quedó callada un momento. —¿Qué vas a pedir a cambio de la paz? Darian frunció el ceño. —Que dejen de matarnos. —Sabes a qué me refiero. Él sí sabía. Victoria militar daba opciones. Podía exigir territorios. Tributos. Desarme.

Humillación pública. Podía obligar a Arthel a recordar durante generaciones quién había ganado. —Nada que convierta la próxima guerra en inevitable —respondió. Aveline lo estudió. —Eso también tiene un precio. —Sí. —Tus nobles dirán que estás desperdiciando una victoria. —Algunos ya lo dijeron. —Los humanos dirán que solo aceptaste porque temes continuar. —Algunos ya lo dijeron. Aveline sonrió. —Entonces vas bien. Darian se apoyó junto a ella. —La paz siempre decepciona a quien esperaba una recompensa. —¿Y tú qué esperabas? Él miró las luces humanas al otro lado del río. —Dormir una noche sin recibir una lista de muertos. La sonrisa de Aveline desapareció. • • • Tres días después acordaron los primeros principios. No era todavía un tratado. Era una estructura. Una tregua inmediata.

Negociaciones para un armisticio prolongado. Fronteras provisionales. Protección de civiles. Intercambio de prisioneros. Mecanismos para investigar incidentes. Y un compromiso que parecía pequeño pero había costado una guerra completa alcanzar: ningún ataque aislado sería considerado automáticamente una declaración de guerra sin investigación previa. Darian leyó la línea varias veces. Dareth había muerto porque nadie había conseguido detener una escalada a tiempo. No quería volver a verla. • • • Cuando regresó a la capital, los nobles exigieron explicaciones. Uno gritó: —¡Ganamos! Darian respondió: —Sí. —¡Entonces deben pagar! —Ya pagaron. —No lo suficiente. Darian dejó de caminar. —¿Cuánto es suficiente?

Darian continuó: —Dame un número. —Majestad— —¿Cuántos hijos humanos tienen que crecer sin padres para que consideres equilibrada la muerte de los nuestros? Silencio. —¿Diez mil? —No dije— —¿Cincuenta mil? El noble bajó la mirada. Darian habló más bajo. —No existe una cifra. Pausa. —Por eso no gobernaré buscándola. • • • Esa noche Aveline encontró a Darian en su despacho. Había una lista sobre la mesa. No de enemigos. De prisioneros que regresarían a Arthel en el primer intercambio. —¿Sigues trabajando? —Sí. —Son las dos de la mañana. —Eso explicaría por qué estoy cansado. Aveline tomó una silla.

—Darian. —¿Sí? —Cuando todo esto termine... Él levantó la cabeza. Aveline dudó. —¿Qué? —No sé. Ella rio sin humor. —Durante años sabía exactamente qué iba a ocurrir mañana. —Entrenar. —Pelear. —Recibir una orden. —Ser la Heroína. Pausa. —Ahora nadie sabe qué hacer conmigo. Darian dejó la pluma. —¿Y tú? Aveline lo miró. —Eso es lo que me asusta. —¿Por qué? —Porque por primera vez también tengo que decidirlo yo. Darian permaneció en silencio. Después empujó la lista a un lado.

—Entonces no decidas esta noche. —¿Así de fácil? —No. Pausa. —Pero sí así de permitido. Aveline lo observó. Una vida sin título. Sin profecía. Sin una orden diciéndole dónde debía estar. Por primera vez, aquella posibilidad no parecía vacía. Parecía aterradora. Y quizá precisamente por eso... real. FIN DEL CAPÍTULO XLIX