Capítulo XLX
UNA VIDA POSIBLE
Aveline descubrió que la paz era ruidosa. No por los cañones. Por los martillos. Por los carros. Por los niños. Por los comerciantes discutiendo. Por los trabajadores intentando reconstruir en semanas aquello que los ejércitos habían destruido en minutos. Velmora llevaba meses recibiendo gente. Humanos. Demonios. Familias completas. Personas solas. Soldados desmovilizados que todavía se despertaban buscando una espada. Civiles que no querían volver a las aldeas donde habían perdido a todos. Aveline caminaba entre ellos sin armadura. Eso seguía resultándole extraño. • • • Una niña humana corría detrás de un niño demonio junto a una fuente. —¡Devuélvemelo!
—¡Lo encontré! —¡Estaba en mi cesta! —Entonces lo encontré en tu cesta. Aveline se detuvo. Darian, a su lado, también. El objeto en disputa era una cuchara de madera. —¿Intervenimos? —preguntó Aveline. Darian observó la persecución. —Quiero ver quién gana. —Eres rey. —Eso no me obliga a resolver cucharas. La niña humana alcanzó al demonio y ambos terminaron en el suelo. Una mujer apareció desde una tienda. —¡LOS DOS! Los niños quedaron inmóviles. Darian empezó a alejarse. —Problema resuelto. Aveline rio. • • • Aquello era lo que más la confundía. La normalidad. Durante años le habían explicado que humanos y demonios no podían convivir sin que uno terminara dominando al otro. Velmora no demostraba que todos se amaran.
Demostraba algo más incómodo. Podían discutir por precios. Por ruido. Por espacio. Por cucharas. Y al día siguiente seguir compartiendo una calle. • • • Lio apareció corriendo desde una esquina. —¡Aveline! Ella apenas tuvo tiempo de girar antes de que el niño la abrazara. —Hola. —Varkhaz está haciendo trampa otra vez. Darian: —Eso no es una emergencia. Lio lo miró. —Para ti no. —¿Qué hizo? —Dijo que los dragones pueden mover dos piezas si tienen más de quinientos años. Darian cerró los ojos. —No existe esa regla. —Lo sé. Aveline miró a Darian. —¿Vamos a intervenir?
Darian suspiró. —Esto sí requiere a la Corona. • • • Varkhaz estaba en tamaño reducido junto a una mesa. Demasiado reducido para su dignidad y demasiado grande para la silla. —No hice trampa. Lio señaló el tablero. —Moviste dos. —Adapté las reglas a la longevidad dracónica. Aveline tomó asiento. —Eso se llama hacer trampa. —Los humanos tienen una obsesión extraña con las definiciones. Darian: —Devuelve la pieza. Varkhaz lo miró. —Rey Demonio. —Dragón tramposo. La pieza regresó. Lio levantó ambos brazos. —¡JUSTICIA! • • • Aveline se quedó después de la partida. Lio salió con Varkhaz porque el dragón había prometido demostrarle una forma “legal” de ganar.
Darian los observó desaparecer. —Eso terminará mal. —Probablemente. Aveline miró la habitación. No era una sala real. Era una casa en Velmora que Darian utilizaba cuando estaba allí. Había mapas. Botas junto a una puerta. Una taza mal lavada. Un dibujo de Lio pegado sobre una pared porque el niño había insistido en que era “un retrato oficial”. Darian aparecía en el dibujo con alas enormes. Varkhaz era todavía más grande. Aveline estaba a un lado. Darian siguió su mirada. —No preguntes. —Tengo una espada en la mano. —Lio dijo que era importante. —¿Por qué? —Porque “eres buena con ella”. Aveline sonrió. Después notó otra cosa. En el dibujo, ella estaba dentro de la casa. No fuera.
• • • —¿Qué vas a hacer? —preguntó Darian. Ella sabía a qué se refería. —Todavía no lo sé. —Bien. —Sigues diciendo eso como si no decidir fuera una decisión aceptable. —Durante un tiempo lo es. Aveline se apoyó contra la mesa. —Arthel me ha enviado tres cartas. —Lo sé. —¿Las leíste? Darian la miró. —No. —Podías. —Sí. —¿Por qué no? —Porque estaban dirigidas a ti. La respuesta fue tan sencilla que Aveline tardó un segundo en reaccionar. —En Arthel revisaban prácticamente toda mi correspondencia. Darian endureció ligeramente la expresión. —Eso explica algunas cosas. • • • Aveline tomó una de las cartas de su bolsillo.
Darian no dijo nada. —Dicen que mi presencia ayudaría a estabilizar el reino. —Probablemente. —Que la gente todavía confía en la Heroína. Darian hizo una mueca. Aveline lo vio. —¿Qué? —Nada. —Darian. —No me gusta esa frase. —¿Por qué? —Porque no dice que confían en Aveline. Silencio. Ella bajó la carta. • • • —También podría quedarme aquí —dijo. Darian mantuvo una expresión cuidadosamente neutral. Demasiado cuidadosamente. Aveline lo notó. —Eso te preocupa. —Sí. —¿Por qué? —Porque no quiero que dentro de cinco años descubras que elegiste quedarte solo porque aquí nadie te estaba persiguiendo.
Ella frunció el ceño. —Eso parece una buena razón. —Para refugiarte, sí. Pausa. —No necesariamente para construir una vida. Aveline se quedó callada. Darian continuó: —Puedes vivir aquí si quieres. —Puedes volver a Arthel. —Puedes irte a territorio enano y descubrir que odias las montañas. —Puedes convertirte en granjera. Aveline lo miró. —Sería una granjera terrible. —Entonces no lo hagas. —Excelente consejo. —Soy rey. —Eso tampoco lo vuelve buen consejo. • • • La sonrisa desapareció poco a poco. —¿Y si quiero quedarme? —preguntó Aveline. Darian respondió sin bromas. —Entonces quédate. —¿Así de simple?
—No. —Pero no te pediré una razón que me agrade a mí. Aveline sostuvo su mirada. Había algo que ninguno estaba diciendo. Todavía. • • • Pasaron los siguientes días recorriendo Velmora y Asterhal. No como rey y Heroína. No completamente. Darian seguía siendo reconocido. Aveline también. Pero por primera vez ella pudo detenerse frente a un puesto de comida sin que alguien esperara una declaración política. En Asterhal visitó el hospital. Una sanadora demoníaca estaba ajustando una prótesis a un veterano humano. —Demasiado apretada —dijo él. —La última vez dijiste demasiado suelta. —Quiero un punto medio. —La medicina agradecería que describieras cuál. Aveline observó varios minutos. El hombre levantó la mirada. La reconoció. Se quedó inmóvil.
—Heroína. Aveline sintió el viejo peso. Antes de que pudiera responder, la sanadora golpeó suavemente la pierna protésica. —Aquí es paciente. El hombre parpadeó. Después miró a Aveline. —Perdón. Ella sonrió. —Aveline está bien. • • • Más tarde encontraron a Maelis discutiendo con dos ingenieros. —Si vuelven a utilizar una pieza distinta porque “se veía mejor”, voy a lanzarlos dentro del horno. Darian: —¿Necesitas ayuda? Maelis giró. —Sí. Una ley contra idiotas. —Dravenn dice que sería demasiado amplia. —Dravenn es cobarde. Aveline rio. Maelis la señaló. —Tú. Ven. —¿Yo?
—Necesito una persona que no haya diseñado esto para decirme si es incómodo. Aveline terminó dentro de un vehículo experimental durante cuarenta minutos. Darian esperó afuera. Cuando salió, tenía el cabello lleno de polvo. —¿Y? —Si esto entra en batalla, el enemigo no necesita destruirlo. Maelis frunció el ceño. —¿Por qué? —El asiento matará al conductor primero. Maelis miró al responsable del diseño interior. El hombre empezó a retroceder. • • • Aquella noche Aveline regresó caminando con Darian. No había escolta visible. Había guardias a distancia. Ella ya había aprendido a reconocerlos. —No es perfecto —dijo. Darian levantó una ceja. —¿Qué? —Tu reino. —Eso espero. Aveline lo miró.
—¿Esperas que no sea perfecto? —Si alguien me dice que construyó un sistema perfecto, empiezo a buscar dónde escondió los cadáveres. Pausa. —Los sistemas perfectos normalmente solo existen cuando nadie puede admitir que algo salió mal. Aveline pensó en Arthel. —Aquí también hay prejuicios. —Sí. —Vi a un demonio negarse a alquilar una habitación a una familia humana. —¿Lo denunciaste? —La oficina municipal ya estaba interviniendo. Darian asintió. —Entonces funciona un poco. —¿Un poco? —La ley no elimina idiotas. Pausa. —Solo intenta impedir que tengan permiso para arruinarle la vida a todos. • • • Se detuvieron sobre un puente. El río reflejaba luces amarillas. Aveline apoyó las manos sobre la baranda. —Creo que quiero quedarme un tiempo.
Darian no reaccionó inmediatamente. —Bien. Ella giró. —Solo “bien”. —¿Quieres que haga un discurso? —No. —Entonces bien. Aveline sonrió. —No sé cuánto. —No necesitas saberlo. —Tampoco sé qué voy a hacer. —Podemos encontrar algo. —No quiero un puesto porque soy la Heroína. —Entonces no lo tendrás. —Ni porque estoy cerca de ti. Darian hizo una pausa mínima. Aveline la vio. —¿Qué? —Nada. —Otra vez esa cara. —No tengo una cara. —Tienes muchas. • • •
Ella volvió hacia el río. —Podría enseñar combate. —Sí. —O ayudar con entrenamiento de guardias humanos. —Sí. —O trabajar con refugiados. —Sí. Aveline lo miró. —¿Vas a decir sí a todo? —No. —¿Puedo dirigir Korran? —No. —Ahí está. • • • Se quedaron en silencio. Después Aveline habló: —Darian. —¿Sí? —¿Tú tienes una vida posible después de todo esto? Él no comprendió al principio. —Soy rey. —Eso es un trabajo. —Es un problema permanente.
—También. Ella se giró por completo. —Pero tú. Darian miró el agua. Durante años había pensado en el siguiente frente. Después en el siguiente territorio. Después en Azrhael. En el reino. En Lio. En soldados. Nunca había imaginado demasiado más allá. —No lo sé —admitió. Aveline sonrió ligeramente. —Bien. Él la miró. —Eso lo digo yo. —Lo estoy aprendiendo. • • • Lio apareció corriendo desde el extremo del puente. —¡LOS ENCONTRÉ! Darian cerró los ojos. —¿Qué hiciste? —Nada.
Varkhaz apareció detrás, caminando en tamaño reducido con una expresión ofendida. —El niño afirma que hice trampa. Lio: —¡MOVISTE TRES PIEZAS! Varkhaz: —Tengo más de mil años. Aveline miró a Darian. —Una vida posible. Darian observó al dragón milenario discutir con su hijo humano sobre un juego de mesa. Después la miró a ella. —Podría ser peor. Aveline sonrió. —Mucho peor. Y esa noche, por primera vez, no pensó en cuándo tendría que marcharse. Pensó en qué podría hacer al día siguiente. FIN DEL CAPÍTULO L