El rey demonio y la heroina

QUINCE AÑOS

Capítulo XLXI

QUINCE AÑOS

El número provocó la primera pelea. —Cinco —dijo uno de los negociadores humanos. —Veinte —respondió Dravenn. —Diez. —Veinte. —Doce. —Dieciocho. Darian levantó una mano. —Quince. Todos lo miraron. El representante de Arthel frunció el ceño. —¿Por qué quince? Darian pensó. —Porque llevamos una hora negociando un número y quiero comer. Dravenn cerró los ojos. —Majestad. —También porque cinco es demasiado poco para demostrar nada y veinte es suficiente para que algunos de nosotros muramos antes de revisarlo. El humano consideró. —Quince. Dravenn suspiró.

—Quince. Así empezó el armisticio más importante de la región. • • • No era paz permanente. Nadie estaba preparado para pronunciar esas palabras. Quince años parecían más honestos. Suficientemente largos para que una generación de niños pudiera crecer sin conocer una batalla entre humanos y demonios. Suficientemente cortos para que los gobiernos aceptaran revisar lo firmado antes de fingir eternidad. El Tratado de Armisticio establecía fronteras. Retirada de fuerzas. Intercambio de prisioneros. Comercio limitado. Protección de refugiados. Comunicación directa entre comandancias fronterizas. Investigación conjunta de incidentes graves. Y una cláusula que Darian exigió personalmente: ninguna persona sería entregada por el simple hecho de haber desertado de un ejército si no existía acusación individual por delito. Lucan leyó aquella línea desde Velmora y permaneció varios minutos sin hablar. • • • Arthel también impuso condiciones. No habría presencia militar demoníaca permanente dentro de territorio

humano. Los sistemas ferroviarios construidos durante ocupaciones serían transferidos o desmantelados según cada región. El Reino Demoníaco no podría utilizar la frontera para financiar milicias humanas contra la Corona. Darian aceptó. Un noble demoníaco protestó. —Podríamos debilitar Arthel durante décadas si apoyamos a sus opositores. Darian respondió: —Y ellos podrían hacer lo mismo con nosotros. —Tenemos ventaja. —Hoy. Pausa. —No estoy escribiendo leyes para el día en que soy más fuerte. Estoy intentando escribirlas para el día en que quizá no lo sea. • • • La firma se celebró en una sala reconstruida cerca de Dareth. El lugar fue deliberado. Allí había muerto el tratado anterior. Allí intentarían otra vez. Darian llegó sin corona. Edric de Arthel sí la llevaba. El rey humano parecía haber envejecido varios años en meses. No se dieron la mano inmediatamente.

Primero se sentaron. Primero leyeron. Primero hicieron lo que ninguno había hecho bien antes: preguntar. • • • —Si una unidad demoníaca cruza la frontera sin autorización —preguntó Edric—, ¿qué ocurrirá? Darian respondió: —La detendremos si podemos. —¿Y si no? —Ustedes pueden detenerla con fuerza proporcional mientras nos notifican. —¿Eso no será considerado agresión? —No si existe registro de la notificación y la unidad realmente cruzó. Edric asintió. —Lo mismo para nosotros. —Exactamente. Pausa. Darian añadió: —Y si alguien utiliza ese procedimiento como excusa para iniciar una guerra, quiero que dentro de cien años el documento deje claro quién mintió. Edric lo miró. —No confía en nosotros. —No.

Silencio. —¿Debería? El rey humano no respondió. Darian continuó: —Tampoco le estoy pidiendo que confíe en mí. Pausa. —Le estoy pidiendo que construyamos suficientes procedimientos para que la paz no dependa completamente de si nos caemos bien. Edric observó el tratado. —Eso sí puedo aceptarlo. • • • Aveline permanecía entre los observadores. No como delegada. No como símbolo. Había pedido expresamente que su nombre no apareciera en el tratado. Algunos humanos lo consideraron extraño. Algunos demonios, sospechoso. Ella lo consideraba necesario. Había pasado demasiado tiempo siendo utilizada para legitimar decisiones ajenas. Aquella paz tendría que sostenerse sin poner a la Heroína en medio. • • • Después de la firma llegaron las preguntas. Periodistas.

Pregoneros autorizados. Funcionarios. Nobles. Uno de los representantes humanos se acercó a Aveline. —¿Regresará a Arthel ahora que existe armisticio? Ella pensó. —No inmediatamente. —¿Entonces permanecerá bajo protección del rey demoníaco? Aveline endureció la mirada. —No estoy bajo su custodia. —No quise insinuar— —Lo insinuó. El hombre retrocedió ligeramente. Otro preguntó: —¿Se considera todavía la Heroína de Arthel? Aveline respiró. —Me considero Aveline Caelor. Pausa. —Si alguien necesita otro título para escucharme, ese es su problema. • • • La pregunta que cambió el ambiente vino de una mujer humana. —Entonces ¿por qué se queda? Aveline la miró.

—¿Perdón? —Podría regresar. —Podría vivir en Arthel con protección de la Corona. Pausa. —Pero sigue cerca de Darian Vhalyr. Darian, varios metros más lejos, escuchó su nombre. Arvek también. Dravenn dejó de hablar con un funcionario. La mujer continuó: —Hay quienes dicen que la retiene por motivos políticos. Aveline abrió la boca. Darian empezó a acercarse. Ella levantó una mano sin mirarlo. Él se detuvo. • • • Aveline habló con absoluta claridad. —Darian Vhalyr no me retiene. —Puedo salir de su reino cuando quiera. —Puedo regresar a Arthel cuando quiera. —Tengo dinero propio, documentos propios y libertad de movimiento. La mujer asintió. —Entonces ¿por qué permanece? Aveline miró a Darian.

Error. Él estaba observándola. Ella sintió que el calor subía a su rostro. Durante unos segundos pensó en responder algo diplomático. Algo fácil. Algo que no provocara semanas de rumores. Después recordó a Mia. Hablen. Discútanlo. No permitan que nadie decida por ustedes. Aveline respiró. —Porque me gusta este lugar. Pausa. —Porque Lio es importante para mí. Otra pausa. —Porque aquí estoy construyendo cosas que elegí. La mujer esperó. Aveline cerró los ojos un instante. Después decidió destruir su propia tranquilidad. —Y porque me siento atraída por el rey Darian Vhalyr. Silencio. Absoluto. • • •

Darian quedó inmóvil. Dravenn cerró lentamente los ojos. Arvek miró al cielo como si solicitara paciencia a cualquier dios disponible. Una pluma cayó de la mano de un escriba. Aveline comprendió que acababa de decir aquello delante de demasiada gente. La mujer que había preguntado parpadeó. —Ah. Aveline: —Sí. —Entonces... —No. —Pero yo— —Esa fue la respuesta. La mujer tuvo suficiente inteligencia para detenerse. • • • Darian se acercó varios segundos después. Aveline lo miró. —No digas nada. —No había dicho nada. —Tu cara está diciendo demasiado. —Me han acusado de eso antes. Pausa.

—Aveline. Ella cerró los ojos. —Sí. —¿Podemos hablar después? —Mucho después. —Bien. —En privado. —Definitivamente. Dravenn pasó junto a ellos. —Demasiado tarde para esa parte. Aveline lo fulminó con la mirada. —Sigue caminando. —Con gusto. • • • El armisticio se anunció oficialmente esa tarde. Quince años. Las campanas sonaron en ciudades humanas. En ciudades demoníacas. No todos celebraron. Algunos lloraron. Otros se quedaron en silencio. Familias buscaron nombres en listas de prisioneros. Soldados recibieron órdenes de retirada.

En un puesto fronterizo, un arquero humano y un explorador demoníaco que llevaban semanas observándose desde lados opuestos guardaron sus armas por primera vez. No se saludaron. Todavía no. Pero tampoco dispararon. • • • Esa noche Darian regresó al palacio. Aveline estaba esperando en una pequeña terraza. —Quince años —dijo ella. —Quince años. —Parece mucho. —Espero que algún día parezca poco. Ella asintió. Silencio. Darian la miró. Aveline evitó sus ojos. —No. —No he preguntado. —Vas a hacerlo. —Sí. Aveline respiró profundamente. —Mañana. —Bien.

—No vas a insistir. —No. Ella lo miró, sorprendida. Darian sonrió apenas. —Acabamos de conseguir quince años. Pausa. —Puedo esperar una noche. Aveline soltó una risa nerviosa. —Idiota. —Probablemente. Abajo, la ciudad empezaba a comprender que la guerra había terminado. Al menos durante quince años. Arriba, dos personas empezaban a comprender que existía otra conversación que ya no podían seguir posponiendo. FIN DEL CAPÍTULO LI