Capítulo XLXIII
LAS CENIZAS DE DRUNHILD
La carta llegó sin sello real. No venía de Arthel. No venía de un noble. Era una copia de un registro antiguo encontrado durante la reorganización de archivos militares demoníacos. Darian la leyó dos veces. Después llamó a Aveline. • • • Ella entró al despacho esperando algún problema fronterizo. Darian no la hizo esperar. —Encontraron algo sobre Drunhild. Aveline se quedó inmóvil. El nombre todavía podía hacer eso. —¿Qué? Darian le entregó el documento. Era un registro de operaciones de trece años atrás. Sector occidental. Movimientos de unidades. Rutas. Objetivos. Y una línea marcada:
DRUNHILD — POBLACIÓN CIVIL — SIN VALOR TÁCTICO — NO INTERVENIR. Aveline leyó de nuevo. —No. Darian no respondió. —No. Ella levantó la mirada. —Esto puede ser falso. —Sí. —Puede haber sido modificado. —Sí. —Puede faltar otra orden. —Sí. Darian mantuvo la voz tranquila. —Por eso no te dije que ya sé qué ocurrió. Pausa. —Te dije que encontramos algo. • • • Aveline dejó el documento. Durante años la historia había sido sencilla. Demonios entraron en Drunhild. Mataron a sus padres. Quemaron su hogar. Ella sobrevivió.
La Iglesia la encontró. Le enseñó qué era el mal. Le dio una espada. Todo tenía dirección. Todo tenía culpable. Aquella línea no borraba nada. Pero abría una grieta. • • • —Quiero ir —dijo. Darian asintió. —Yo también. —No necesito que vengas. —Lo sé. Aveline lo miró. Darian añadió: —No voy como rey. —Voy porque si ese documento pertenece a mis archivos, también necesito saber si mis soldados estuvieron allí. Pausa. —Y porque no quiero que hagas esto sola. Ella no discutió. • • • Drunhild no era ya una aldea. Era un lugar.
Una colina. Restos de paredes. Árboles creciendo donde antes habían existido casas. Piedras cubiertas de musgo. Aveline bajó del caballo y no habló durante casi una hora. Darian permaneció detrás. No intentó tocarla. No le dijo que todo estaría bien. Eso habría sido mentira. • • • Aveline encontró el lugar donde recordaba su casa. No quedaba nada reconocible. Se arrodilló. Tocó tierra. —Aquí estaba la cocina. Darian esperó. —Mi madre odiaba que dejara las botas cerca de la puerta. Pausa. —Mi padre decía que si las dejaba allí significaba que al menos volvía a casa. Sonrió apenas. —Ella no consideraba que fuera un argumento válido. Darian se sentó a cierta distancia. —Tu padre tenía mala estrategia.
—Terrible. La sonrisa duró poco. • • • Al día siguiente llegaron a Asterhal. No para descansar. Para hablar con un hombre llamado Saren Vol. Humano. Treinta y un años. Antiguo recluta del ejército demoníaco. Aquella combinación ya era extraña. Su historia lo era más. Saren había nacido en territorio humano, huido de una guerra local siendo adolescente y terminado entre comunidades mixtas al otro lado de la frontera. A los dieciocho se enroló en una unidad demoníaca de reconocimiento que aceptaba auxiliares humanos. Ahora tenía una tienda de reparación de herramientas agrícolas cerca de Asterhal. Y una pierna menos. • • • Saren apoyó la prótesis contra una mesa mientras trabajaba. —Majestad. —Darian. —Sigue siendo raro llamarlo así. —Acostúmbrate. Saren miró a Aveline.
Su expresión cambió. —Heroína. Ella respiró. —Aveline. —Sí. Pausa. —Lo siento. —¿Por qué? Saren dejó la herramienta. —Porque sé por qué vinieron. • • • La patrulla tenía siete personas. Habían recibido órdenes de observar movimientos de la Orden del Sol después de una retirada regional. Llegaron a Drunhild dos días después de la fecha oficial de la masacre. —No había demonios —dijo Saren. Aveline no se movió. —¿Seguro? —Éramos una patrulla demoníaca. Pausa. —Si hubiera habido otra unidad de nuestro ejército, la habría reconocido. —¿Qué viste? Saren bajó la mirada. —Humo.
—Cuerpos. —Soldados con insignias de la Orden del Sol. Aveline sintió que el aire desaparecía. • • • Darian habló. —¿Combatiendo? Saren negó. —No. —¿Contra quién? —Civiles. Silencio. Aveline apretó ambas manos. —¿Estás seguro? Saren levantó los ojos. —Vi a uno sacar a un anciano de un granero y matarlo. Pausa. —Vi a otro revisar una casa buscando supervivientes. —No estaban peleando. —Estaban terminando algo. • • • Saren explicó que la patrulla no atacó. Siete exploradores contra una fuerza mucho mayor. Uno de sus compañeros quiso hacerlo.
—Nos ordenó observar. —Contar. —Memorizar insignias. —Volver vivos. Aveline entendía la lógica. La odiaba. —¿Y después? —Regresamos al tercer día. —Ya no había nadie. —Enterramos lo que pudimos. • • • Saren se levantó con esfuerzo. Fue hasta un armario. Sacó una caja pequeña. —Guardamos algunas cosas. Aveline dejó de respirar. —¿Qué cosas? —Objetos que podían identificar personas. Pausa. —Pensamos que algún día quizá alguien preguntaría. La caja contenía botones. Un anillo. Dos placas religiosas.
Una muñeca de tela quemada. Y documentos dañados. Aveline no reconoció nada de sus padres. Eso fue un alivio y una decepción al mismo tiempo. • • • Darian tomó uno de los informes de la patrulla. Había una línea diferente. Personal no perteneciente a la Orden presente en zona. —¿Qué significa? —preguntó. Saren frunció el ceño. —Había un hombre. —No llevaba blanco y dorado. —Capa azul oscura. —Un símbolo. Darian: —¿Cuál? Saren cerró los ojos. —Un ave. Pausa. —No sé cuál. Aveline: —¿Halcón? —Quizá.
—Águila. Saren abrió los ojos. —Sí. Pausa. —Creo que sí. • • • Aveline sintió un escalofrío. Darian no conocía aquella insignia. Ella tampoco. Todavía. —¿Escuchaste algo? —preguntó Darian. Saren tardó demasiado en responder. Aveline lo vio. —Saren. El hombre apretó la mandíbula. —Una frase. —¿Cuál? —No sabía qué significaba. —Dila. Saren miró directamente a Aveline. —Uno de los hombres preguntó por qué tenían que revisar otra vez las casas. Pausa. —El de la capa azul respondió...
Saren tragó saliva. —Porque si alguien sobrevive, la niña puede enterarse. Silencio. Aveline no sintió el suelo. Darian se levantó inmediatamente, pero no la tocó hasta que ella agarró su brazo. Lo hizo con tanta fuerza que sus dedos temblaron. —La niña —susurró. Darian no respondió. No era necesario. Aveline cerró los ojos. Durante trece años había creído que Drunhild había sido destruido para matarla. Ahora aparecía una posibilidad mucho peor. Quizá Drunhild había sido destruido... para construirla. FIN DEL CAPÍTULO LIII