El rey demonio y la heroina

ANTES DE LA CORONA

Capítulo XLXVII

ANTES DE LA CORONA

Vhalyr no aparecía en los mapas modernos con letras grandes. Era una marca pequeña. Un lugar reconstruido parcialmente después de la masacre y abandonado poco a poco cuando las familias supervivientes se establecieron en otras regiones. Darian descendió del tren en la estación más cercana. Aveline estaba a su lado. —¿Nervioso? —preguntó. —No. Ella esperó. Darian suspiró. —Sí. —Bien. —Deja de robarme palabras. • • • Caminaron las últimas horas. Darian reconoció montañas antes que caminos. Un arroyo. Una curva. Una formación rocosa. Después encontró el lugar donde había estado la aldea.

No dijo nada. Aveline tampoco. • • • Había algunas casas nuevas. No muchas. Una familia cultivaba parte de las antiguas tierras. Un anciano demonio los recibió. No se inclinó ante Darian. Lo miró durante varios segundos. Después dijo: —Tienes la cara de Lyra cuando estás molesto. Darian quedó inmóvil. Aveline lo miró. —¿La conoció? El anciano soltó una risa triste. —Era mi amiga. Pausa. —Varos también. • • • Darian no conocía al hombre. O no lo recordaba. Se llamaba Orven. Había vivido en una aldea cercana.

familiares. —Enterramos a quienes pudimos identificar. Darian dejó de respirar. —¿Mis padres? Orven asintió. • • • La tumba no estaba donde Darian creía. Durante años había asumido que Varos y Lyra se encontraban en la gran fosa común marcada por el ejército. Orven los llevó a una zona más pequeña. —No pudimos escribir todos los nombres. —¿Por qué? El anciano miró el suelo. —Porque yo no pude escribir los suyos. Darian frunció el ceño. Orven respiró. —Eran mis amigos. Pausa. —Cada vez que intentaba hacerlo, me temblaban demasiado las manos. • • • Habían intentado preservar los cuerpos de forma rudimentaria. No por magia avanzada. Sal. Hierbas.

Sellos funerarios sencillos. Frío. Lo suficiente para retrasar el deterioro. No suficiente para conservarlos intactos durante décadas. Darian se sentó frente a la piedra. Aveline permaneció a varios pasos. • • • Orven entregó una caja. Dentro había dos objetos. Un anillo oscuro de hierro. Y un pequeño colgante. Darian reconoció el anillo inmediatamente. —Mi padre. —Lyra se lo dio cuando se casaron. Darian lo sostuvo. El colgante contenía un fragmento de tela vieja. —¿Qué es esto? Orven sonrió. —Una parte de una camisa tuya cuando eras pequeño. Darian cerró los ojos. —Mi madre guardaba basura. —Tu madre te quería. —Eso dije.

Aveline soltó una risa suave. • • • Pasaron la tarde escuchando historias. Varos era terrible negociando. Una vez vendió herramientas por menos de lo que había costado el metal. Lyra le prohibió negociar durante dos meses. —¿Dos meses? —preguntó Aveline. Orven: —Tres, pero él convenció a todo el pueblo de que dos sonaban menos humillantes. Darian negó. —Eso explica demasiado. • • • Varos intentó reparar la campana de la aldea una vez. La reparó. Técnicamente. Sonaba diferente después. —¿Diferente cómo? —preguntó Aveline. Orven golpeó una taza con una cuchara. El ruido fue terrible. Darian empezó a reír. —Sí. —¿Lo recuerdas? —Todos lo recordaban.

• • • Después llegaron historias de Lyra. Cuentas. Cultivos. Negociaciones. La mujer que podía conseguir que un comerciante bajara un precio sin levantar la voz. —Ella sabía cuándo quería casarse con Varos antes que él —dijo Orven. Aveline levantó una ceja. Darian también. —Nunca escuché esto. —Eras un niño. —¿Cómo lo sabía? Orven sonrió. —Una noche me dijo que dejó de imaginar el futuro preguntándose si Varos estaría en él. Pausa. —Simplemente estaba. Aveline quedó muy quieta. Darian también. • • • —¿Y mi padre? —preguntó. —Más lento. —Naturalmente.

—Varos me dijo que supo que amaba a Lyra porque un día se dio cuenta de que cuando pensaba en volver a casa... Orven miró la antigua aldea. —no estaba pensando en una casa. Pausa. —Estaba pensando en ella. Silencio. Aveline bajó la mirada. Darian se quedó mirando el anillo de hierro. • • • El anciano siguió hablando sin darse cuenta de lo que acababa de hacer. —Hay diferencia entre apresurarse y fingir que no sabes lo que sientes. Darian levantó lentamente la cabeza. Orven ya estaba hablando de otra cosa. Aveline no lo miró. Eso fue peor. • • • Esa noche se alojaron en una casa cercana. Aveline preguntó por los diez años entre la masacre y el ejército. Darian contó más de lo que esperaba. Familias temporales. Establos. Granjas. Un herrero.

Carga de carros. Animales. Un trabajo como cocinero que duró cuatro días. —¿Tan malo eras? —Casi maté a tres personas. —¿Envenenamiento? —Sabor. Aveline rio. • • • También habló de un escriba que le enseñó números a cambio de ayudar a ordenar documentos. De trabajos donde nadie preguntaba demasiado por un niño sin familia. De noches en graneros. De gente buena. De gente que no lo era. —¿Querías venganza cuando entraste al ejército? —preguntó Aveline. Darian pensó. —Sí. —¿La conseguiste? —Maté a mi primer hombre de la Orden del Sol a los diecinueve. Pausa. —Mis padres siguieron muertos. Aveline asintió lentamente. —Entonces me quedé por otras razones.

—¿Cuáles? —Kael. —Serah. —Malvek. —Orin. —Vessa. Pausa. —Después por los siguientes. • • • Aveline preguntó por la primera vez que lo castigaron por insubordinación. Darian la miró. —¿Quién te contó? —Arvek. —Traidor. —Dijo que preguntara por Kharvek. Darian cerró los ojos. • • • El mayor Kharvek había ordenado a una compañía de casi cincuenta hombres cruzar un paso sin exploración previa. Darian, entonces oficial joven, se negó. —¿Directamente? —preguntó Aveline. —Sí. —¿Qué dijiste?

Darian pensó. —Probablemente algo menos diplomático de lo que recuerdo. Mandó exploradores. Encontraron cuarenta humanos escondidos con arqueros y magos. Darian utilizó otra ruta. Flanqueó. Pocas bajas. Kharvek lo acusó igualmente de insubordinación. —¿Y qué respondiste? Darian miró el fuego. —Que no iba a añadir cincuenta muertos porque alguien tenía prisa. —¿Te suspendieron? —Tres semanas. —¿Lo golpeaste? Darian la miró. —No. —Arvek dijo que aclarara esa parte. —Definitivamente voy a matarlo. • • • A la mañana siguiente volvieron a las tumbas. Darian habló con Orven sobre trasladar los restos. No a la capital. No a una cripta real.

Aveline lo escuchó pensar en voz alta. —Aquí están mis padres. Pausa. —Los tuyos están en Drunhild. Ella lo miró. Darian continuó: —Dos lugares destruidos por guerras distintas. —Dos familias que no se conocieron. Pausa. —Podríamos construir algo entre ambos. Aveline frunció el ceño. —¿Un monumento? —No. —Un mausoleo. Silencio. • • • —Privado —dijo Darian. —Sin estatua. —Sin trono. —Sin símbolo religioso. —Sin “padres del Rey Demonio” o “padres de la Heroína”. Aveline lo observó. —Solo nombres.

—Sí. —Varos y Lyra. —Edran y Lyssa. Pausa. —En algún lugar donde ninguno esté “en el reino del otro”. Aveline miró la distancia. —A mitad de camino. —Más o menos. —Y lo pagamos nosotros. Darian levantó una ceja. —Mitad y mitad. —Son nuestros padres. Él asintió. —Mitad y mitad. • • • Antes de irse, Darian sostuvo una última vez el anillo de Varos. Después miró a Aveline. Ella estaba hablando con Orven. El anciano decía algo que la hizo reír. Darian pensó en volver a casa. No en el palacio. No en Vhalyr. No en Velmora.

En una persona. La comprensión llegó sin magia. Sin Chronos. Sin recuerdos ajenos. Simple. Terrible. Inevitable. La amo. Darian cerró los ojos. —Problemas —murmuró. Orven lo escuchó. —¿Qué? Darian abrió los ojos. —Nada. Aveline lo miró. —Esa palabra otra vez. Darian hizo una mueca. Esta vez sabía perfectamente qué estaba escondiendo detrás de ella. FIN DEL CAPÍTULO LVII